<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102</id><updated>2011-08-30T12:32:15.651-05:00</updated><title type='text'>RETRATO DEL INFIEL</title><subtitle type='html'>No hay una razón lógica para este tipo de confesiones. Si acaso, es sólo por alimentar tu morbo.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>50</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-117641503989049578</id><published>2007-04-12T16:37:00.000-05:00</published><updated>2007-04-12T17:14:44.403-05:00</updated><title type='text'>Profanación</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/x/blogger/417/164/1600/697750/maniqui[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/x/blogger/417/164/320/318867/maniqui%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Esta vez la historia gira en torno de una mujer que el autor del diario conoció en los pasillos de un centro comercial. Nadie que no haya visto una silueta dibujada en la transparencia de un cristal reconocerá el sentimiento de saber que el universo puede fragmentarse: la mitad del espacio la ocupa ahora esa imagen desvanecida, como impresa en el vestido que unas manos anónimas calzaron, no sin cierta perversión, en la fría desnudez de un maniquí; la otra mitad, la que no participa en el juego de reflejos, los detalla a los dos en esa pose inequívoca del encuentro casual. Quedémonos por el momento con la primera imagen: el autor de la anotación en el diario (digamos que su nombre es Oscar) ha sido descubierto espiando la reacción de esa mirada que es casi como la confesión de un espejo. La mujer, suave el cabello castaño sobre sus hombros estrechos, puede ver ambas imágenes: la del reflejo y la real, donde la espalda del hombre gira levemente para reacomodar su ángulo de visión. Entonces decide actuar (el verbo es literal): se mira en instantes la muñeca desnuda y luego avanza un par de pasos hacia el hombre que ya es incapaz de fingir. Con la voz quebrada por la leve excitación le pregunta la hora. Él duda un momento en responder; pero al fin lo hace: es el sonido y no la comunicación en sí lo que ella ha buscado: ama los tonos, las inflexiones, la plástica sonoridad de las palabras. Pequeños caprichos que el tiempo ha cultivado. Y no tarda en decidir que aquella voz le gusta. En el breve silencio que inició a partir de la respuesta, aquella mujer siente ganas de confesarlo todo: “Tu voz es hermosa”. Pero no lo hace: la Tradición los vigila. El autor del diario, ajeno a ese sutil tormento, reconstruye su sorpresa en una sonrisa que parece sincera. “¿Me preguntas para recordar la hora en que nos conocimos?” La respuesta penetra con vigor en sus oídos, pero es más de lo que puede soportar una mujer moldeada a las maneras del acecho y no a las del acoso. “No”, dice entonces, “preguntaba para saber la hora en que no nos conocimos”. Ambos reflejos sonríen con un gesto que trasciende el silencio del cristal y se plasma en la tela del vestido de noche. Y ahí, justo en el muslo de la estatua que se adivina a través de la seda, una mano femenina se extiende no como si saludara, sino como si señalara la puerta de entrada a su existencia.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Las dos figuras desertan del cristal. O no, tan sólo es una ilusión de la mirada: hace falta únicamente moverse un par de metros de costado para descubrir que sus imágenes, de pronto diminutas, han decidido cambiar la seda por el lino; que se han acodado en el barandal que mira hacia la plaza; que gesticulan nerviosamente; que en ese encuentro no ha llegado aún el momento de venerar al silencio. Ahora es el brazo del hombre el que se extiende para señalar algo al fondo, una nevería, quizá un café. A ella parece gustarle la idea: se lleva una mano a la boca del estómago en el gesto universal del hambre o del antojo. Pero la idea se desvanece: algo ha ocurrido abajo, en los pasillos inferiores, y las espaldas de ambos saludan al cristal, que congela sus imágenes. Por el ángulo en el que se les mira, resulta imposible saber si eso que han visto es algo grave o divertido. Imposible es también verificar si la gente que pasea a su alrededor se ha sentido atraída por aquello que los dos observan: el vacío que recibe sus miradas en lo real está representado aquí por un muro de granito, y en él la luz se muere. Seguramente lo que ocurre abajo es alguna de esas comedias espontáneas de los centros comerciales: el refresco que se esparce en el piso con un estrépito apagado, el niño que se ha hundido de nariz en la fuente, cualquier otra confusión: es fácil saberlo ahora que sus cuerpos translúcidos se sacuden en espasmos de hilaridad, no por fingidos menos divertidos. Oscar, quien más tarde intentará rescatar esos momentos pero será vencido por el sueño a media página, insiste en señalar aquello que no hemos podido precisar. La mujer ya ni siquiera parece nerviosa: está segura de que aquella voz la seguirá a donde quiera que vaya. Quizá por eso es ella quien arriesga un par de pasos en la dirección contraria al objeto de la atención de ambos. Es un simple juego, como jalar una cuerda a ver quién de los dos invade primero el territorio ajeno. Y es él quien cruza definitivamente el plano imaginario y empieza a perseguir un sueño, una historia que le dolerá muchos años después.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;¿Qué es el dolor sino un sucio hábito de la memoria? La pregunta no es mía, sino de Oscar, el autor de este diario que mis ojos profanan con insana perversión. Años atrás, el hombre acomete una página en blanco. Hay llanto en su rostro, y a su lado, desde un nivel muy profundo y, sin embargo, abierto a la noche, esos ojos lo observan. Son ojos de mujer, lejanos, inasequibles. Son los ojos de Berenice. Y están al otro lado de la calle. Las líneas que los describen no detallan los modos del asombro propio cuando la mujer, recargada en un auto, le sonríe, tan tersa, como si no mediaran años entre los dos, como si los días fueran transparentes o fueran sólo un juego más del recuerdo y, por lo tanto, no merecieran la pena del rencor, también en todo caso imaginario. Oscar no sabe si avanzar (nunca lo sabe) o pretender que no la ha visto. Pero es ella quien cruza la calle, evade un auto dando saltitos ridículos y finalmente alcanza la otra acera, o esta desde la cual Oscar, inmóvil, se ha dado cuenta de que el universo funciona muy a costa suya. ¿Y qué se dicen? Nada que el diario confiese. Al parecer aquella tarde se han quedado a conversar, si es que la comunicación puede alimentarse de gruñidos y asentimientos y negaciones que nada le dicen a esta historia porque el autor no lo considera necesario. El resto de la página está en blanco y es como una figura femenina que se aleja de la historia sin decir adiós.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La tarde siguiente los tiene a los dos con la ciudad al fondo. Están en un café, en el piso 45 de un edificio en el centro. Ambos, uno frente al otro, se han quedado en silencio: la sortija en el anular de ella, de Berenice, rescata los fulgores de la tarde, que no son muchos, pues el invierno se ha posado en el concreto y le roba el color a las cosas. “Es hermosa”, quisiera decir él, “hermosa a pesar de tus gemidos, que ya no son míos; hermosa aunque ignore la expresión del rostro que se hunde a tu lado cada noche luego de penetrar tu carne que alguna vez amé; hermosa como los recuerdos que retiras de la piel de tu rostro ante el espejo como si fueran eso: una simple máscara de maquillaje. Hermosa. Hermosa sin mí”. No lo dice; su expresión se reduce a esquivar los recuerdos y a prolongar el silencio en el que a final de cuentas ha hallado refugio desde hace al menos una hora. Y la mano de ella, que parece comprender, se retira, se retrae en sí misma y desaparece bajo la mesa en donde los cafés se enfrían intactos, casi inexistentes. “¿Lo has notado?”, tampoco dice ella. “No, no lo has hecho; no sabes por qué estás aquí ni por qué he vuelto a buscarte, porque si lo supieras el silencio no sería capaz de contenerte”. Y él, que ha visto en sus ojos el comentario indescifrable, de pronto intuye que es verdad, que los dos no caben en ese mismo silencio, tan inútil. Entonces se anima al fin a deslizar una pregunta que una vez que ha escapado de sus labios ni él mismo es capaz de reconocer: “¿Por qué has vuelto a buscarme? ¿No te basta con haberte ido así, sin más, y ahora regresas por la misma razón?” Los ojos de ella se adelantan a la respuesta: tienen ahora un brillo, una esperanza, una elocuencia cristalina que los párpados cancelan en un par de ocasiones antes de que su voz hiera una vez más el silencio: “Me gustaría que comprendieras, que recordaras, que algo nos faltó. Sé que tienes motivos para odiarme, pero al menos quiero que entiendas que irme era algo necesario para lo que estábamos intentando construir. Yo también te quería, o más bien ‘yo te quería’, y no deseaba que todo empezara a terminar...” Oscar comprendió cabalmente esas palabras, pero una cosa es descifrar su sentido y otra muy diferente es soportarlo. Por eso la rabia fue una cosa de su rostro; por eso cruzó los brazos sobre su pecho y ensayó la difícil alquimia de retener el llanto. “Porque eso era lo que habría ocurrido aquella tarde en el hotel.” Eso lo dijo Berenice, ya instalada en mitad de la confesión que desde hacía algunos meses la estaba llamando. Oscar apretó la quijada. Por eso nadie, ni la pareja de ancianos que cenaban a su lado, ni la muchacha que miraba ansiosa su reloj al fondo del café, ninguno de ellos escuchó cuando una nueva pregunta se impuso entre los dos: “¿Así que te fuiste para que lo nuestro nunca terminara?” Ahora fue ella quien leyó en esos ojos la fría herrumbre del sarcasmo. “Aunque no quieras creerlo”, asentó. “¿Y volviste sólo para decírmelo, para que tu remordimiento pudiera descansar en la paz del consuelo?” “No”, afirmó ella, tan de súbito que aquella palabra fue casi como un manotazo sobre la mesa. “No es esa la razón: en realidad, he vuelto porque ya no pertenecemos más a esa historia, porque ahora ya podemos recordarla y hacer que viva para siempre, porque jamás sabremos si el tedio o la costumbre la habrían arruinado, porque ahora esa historia es capaz de tener mil rostros y ninguno, y en ella nos seguimos amando, lo seguiremos haciendo para siempre. Porque ahora que estamos fuera de ella y somos incapaces de hacerle daño, sólo ahora podemos hacer eso que nunca fue.” Eso dijo. Eso fue lo que Oscar escribió días después en este diario, acaso no con las mismas palabras exactas, pero sí con el ánimo de recrear aquel momento en que otras palabras, hechas ya no de signos sino de una extraña, tensa felicidad, se abandonaron a la sinrazón de esa enferma circunstancia.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sí, lo que sigue es el sexo, tan puro y henchido de sí mismo, tan sin máscaras, que Oscar ha debido rescatarlo del recuerdo para otorgarle un lugar en la existencia. ¿Para saber que fue cierto? Antes, ambos han vagado del brazo por algunas calles sinuosas y desiertas que en el pasado sus ojos aprendieron a reconocer. Todo sigue allí: la cantina, la fachada ya sin majestad de un edificio colonial, la tienda de arreglos florales que nadie parece visitar. Pasan junto a las cosas, las ignoran, no parecen importarles: siempre han estado en el mismo sitio y lo seguirán estando cuando ya sus recuerdos de aquel paseo vespertino le pertenezcan a la noche. Luego, sólo un poco más tarde, mientras los negocios oficializan con ruido de rejas la soledad del entorno, ellos alcanzan la entrada del hotel. Es ella quien paga; una mano anónima desliza la llave y la voz detrás del cristal de espejo les señala el número de la habitación. El elevador los conduce al silencio, igual fingido, de un largo corredor. La puerta está abierta. La cierran a sus espaldas y aspiran el olor de otros cuerpos mezclado con sustancias baratas. La silueta de Berenice se recorta contra la luz de la tarde en la ventana; luego cierra las pesadas cortinas y la oscuridad recupera los rincones del cuarto. Oscar se desviste, de nuevo en silencio; sus ojos, no habituados aún a la penumbra, no saben lo que ocurre al otro lado de la cama, donde ella intenta descifrar esa figura para ver si se parece a la estampa que durante tantos años ha jugado en su memoria. Poco a poco, el cuerpo de Oscar se concreta: sus largos brazos cuelgan desde la sutil asimetría de sus hombros. Los ojos de Berenice lo recorren, le buscan el sexo, exangüe aún como sus brazos, un trozo de carne que, de pronto recuerda, jamás jugó a imaginar. “Acércate”, le ordena, a gatas ahora sobre la cama para negar de una vez por todas la distancia que ella misma puso entre los dos. “Déjame verte bien”. Oscar obedece, avanza apenas y apoya las rodillas sobre el colchón. Berenice pasa una mano por su cadera y la lleva hasta el muslo, rozando apenas la vellosidad de la carne que tiembla ligeramente. Sus dedos se posan sobre la tibia piel de sus genitales, se reconocen en ellos, los oprimen suavemente con el ansia apagada de quien siente que el alba le arrebata las cosas del sueño. Luego, estirándose un poco, deja que sus labios los apresen; su lengua acepta el leve sabor agridulce de esa carne que ahora palpita, y que crece, violentando su paladar. Sólo entonces lo saca de su boca y gira sobre la cama para alcanzar su orilla, donde también comienza a desvestirse sin atreverse a mirarlo, sintiendo el raro pudor de saberse observada. Cuando la última prenda resbala por sus pies hasta la alfombra, una mano le acaricia la espalda. Ella cierra los ojos y se da la media vuelta para dejar que esa mano se pose en el nacimiento de sus senos, para dejar que sus labios intimen de nuevo con su boca, que a pesar del deseo los desconocen por un momento. No, no es fiel el recuerdo, tampoco lo es. Pero en ello radica parte de su placer. No para Oscar, cuyas manos fatigan cada rincón de aquel cuerpo en busca de su nombre, aunque sea tan sólo el rastro de su nombre. Y apenas unos minutos más tarde, cuando ya sus cuerpos empiezan a confundirse, él se aparta ligeramente de su rostro y la mira a los ojos desde un estado parecido a la melancolía. “La sortija”, le dice, “¿no vas a quitártela?” Y ella, cuya imaginación ya había fraguado aquel momento de alguna manera definitivo, extiende la mano en el espacio entre ambos y señala: “Soy la misma con anillo de matrimonio o sin él, y nada, ni siquiera tu dolor, hará que eso cambie.” Y su sexo se abre a la dureza de una carne que jamás, luego de aquella tarde, volverá a ser en ella.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Es preciso volver al primer instante, al centro comercial, al juego de reflejos sobre el cristal y a los ojos de ella, que recorren curiosos la elegante confección de un vestido de noche y que de pronto, con sorpresa, encuentran esos otros ojos que trascienden las formas de la tela para depositar en la silueta a sus espaldas su propia curiosidad. Berenice, muda ante la sospecha de saberse confundida, se frota la muñeca de la mano derecha en un gesto que la acompaña desde la infancia. “Perdón, ¿dijiste algo?”, le pregunta al hombre que gira la cabeza para mirar el origen de aquella voz. “No”, responde él, “pensé que eras tú la que habías hablado”. Entonces, ya lejos de la historia que tiene lugar al otro lado del cristal, ambos se miran a los ojos sin encontrar en ellos nada que se parezca a la nostalgia.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-117641503989049578?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/117641503989049578/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=117641503989049578&amp;isPopup=true' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/117641503989049578'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/117641503989049578'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2007/04/profanacin.html' title='Profanación'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-117615733800075433</id><published>2007-04-09T17:09:00.000-05:00</published><updated>2007-04-09T17:22:18.010-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/x/blogger/417/164/1600/663359/Llueve.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/x/blogger/417/164/200/961963/Llueve.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le mentí: amo el recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No la lluvia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-117615733800075433?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/117615733800075433/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=117615733800075433&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/117615733800075433'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/117615733800075433'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2007/04/le-ment-amo-el-recuerdo.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-117615653768067927</id><published>2007-04-09T17:05:00.000-05:00</published><updated>2007-04-09T17:08:57.680-05:00</updated><title type='text'>FAQ</title><content type='html'>Ahórrate las preguntas: hoy inició el contador.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-117615653768067927?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/117615653768067927/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=117615653768067927&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/117615653768067927'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/117615653768067927'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2007/04/faq.html' title='FAQ'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-117575545947723523</id><published>2007-04-05T01:33:00.000-05:00</published><updated>2007-04-05T01:45:34.936-05:00</updated><title type='text'>Lulu</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/x/blogger/417/164/1600/186446/Louise%20Brooks.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/x/blogger/417/164/320/61558/Louise%20Brooks.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Detrás del portal herrumbroso, borrado a medias por la lluvia, la silueta de Lulu al fin se concretó. El traje de una pieza, ceñido al cuerpo, le resaltaba las formas. La piel sobre sus hombros parecía un pedazo de sombra que hubiera decidido fugarse con ella a la noche de la ciudad de México.&lt;br /&gt;Salí del auto y crucé la estrecha calle para ofrecerle el refugio del paraguas. Ella sonrió ante el gesto, pero el dictado de sus labios no era diversión sino extrañeza.&lt;br /&gt;-Así que eres un caballero -me dijo, y el esmalte de sus dientes recuperó por un instante los danzantes reflejos de un anuncio luminoso.&lt;br /&gt;-Tu presencia lo amerita -le respondí, ligeramente inquieto.&lt;br /&gt;Lulu era hermosa, más incluso de lo que dejaba traslucir la foto en donde la conocí y que de pronto supe antigua. Las caricias, mas no el polvo de los años se habían ido acumulando sobre su historia, cincelando en su rostro los rasgos de una madurez enigmática. Lo había visto en algunas actrices del cine comercial: Diane Lane, Michelle Pfiffer, Sharon Stone: ayer jóvenes y anónimas, el tiempo parecía haberles reclamado la juventud en favor de su leyenda. Pero Lulu no era una actriz, sino una impostora. Alguien que vivía de venderte un cuerpo que supuestamente no le pertenecía. Una mujer que jugaba cada noche a representar un papel distinto no para engañarte, sino para engañarse a sí misma, para fingir que la piel que otros penetraban con violencia seguía intacta.&lt;br /&gt;Una puta falaz.&lt;br /&gt;Abrí la portezuela y ella se acomodó en el asiento sin molestarse en ocultar el secreto de sus largas piernas enfundadas en las oscuras medias de red.&lt;br /&gt;Rodeé el auto y entré. Encendí el motor y aguardé un instante.&lt;br /&gt;-¿Y? -musité al ver que ella se había enfrascado en corregir ante el espejo los imaginarios desperfectos de su peinado.&lt;br /&gt;-Sigue de frente y toma la calzada -dijo sin mirarme-. En el tercer semáforo da vuelta a la izquierda. Luego tomas la primera avenida. No está lejos.&lt;br /&gt;Contacté a Lulu por medio de un anuncio en el periódico. La fotografía hacía énfasis en su nariz afilada; al pie había sólo dos palabras: COMPAÑÍA. LLÁMAME, y el número de un teléfono celular. Lo marqué sin atreverme a meditar siquiera la razón que me animaba a hacerlo.&lt;br /&gt;“Vi tu anuncio en el diario”, le dije a esa voz que parecía deslizarse sobre antiguo terciopelo. “Ese rostro es la compañía que necesito”, añadí. Lulu dudó un instante, pero en seguida se adaptó a la circunstancia. “Ya estoy contigo”, respondió, “¿cuál es el trato?” No lo sabía, pero improvisar sobre la base de aquel sucio sinsentido me pareció menos enfermo que interrumpir la comunicación. “Que me acompañes a sobrellevar la noche”, le dije. “La noche es larga”, acotó, “nunca se sabe lo que esconde”. “¿Tú escondes algo?”, pregunté a mi vez, fascinado.&lt;br /&gt;-No es lo que escondo, sino cuanto de ti eres capaz de reconocer en mi disfraz -respondió entonces, cuando supo que no la miraba. La luz de un semáforo nos había detenido en la esquina de una calle solitaria; el resplandor en rojo sobre su perfil acentuó el misterio de esa frase.&lt;br /&gt;Puse de nuevo el auto en marcha. La miré de reojo mientras cambiaba la velocidad. Medité un instante. Al fin dije:&lt;br /&gt;-No hay mucho de mí en Louise Brooks. De hecho, si lo pienso, hay algo que no cuadra...&lt;br /&gt;-Dime.&lt;br /&gt;-Es la voz: nunca la había escuchado; el cine mudo no tenía mucho que hacer para corregir ese defecto.&lt;br /&gt;-¿Prefieres que me quede en silencio?&lt;br /&gt;Un auto con la música a todo volumen surcó el espacio a nuestro lado. Impulsado por la velocidad ajena, aceleré un poco. Pero Lulu me detuvo y canceló mi respuesta:&lt;br /&gt;-Esa es la calle.&lt;br /&gt;Solté un poco el acelerador para doblar a la izquierda. El guante negro que presidía su largo brazo se apoyó en el tablero. Ella volvió a sonreír.&lt;br /&gt;-La velocidad debe ser algo nuevo para ti -observé, levemente irónico.&lt;br /&gt;-He visto de todo -dijo ella, y me regaló un breve parpadeo.&lt;br /&gt;La lluvia había cesado, dejando tras de sí el roto espejo del asfalto humedecido. Las llantas del auto susurraron una frase incierta cuando me incorporé a la avenida.&lt;br /&gt;Conduje en silencio. Apenas musité un tenue sí cuando Lulu preguntó, merced a un gesto casi imperceptible, si podía fumar.&lt;br /&gt;Conforme nos acercábamos al centro de la ciudad, el tránsito se hacía más lento. La amplitud de la avenida se redujo y pronto nos encontramos circulando por una calle estrecha.&lt;br /&gt;-Sigue de frente -me ordenó.&lt;br /&gt;La noche se vuelve una mentira cuando has decidido ser un extranjero en tu propia tierra. Todo lo que creías familiar, las esquinas, las fachadas, las cosas que has visto al pasar cuando no has necesitado verlas se empeñan en ser de pronto hostiles y la fragilidad es un sentimiento que siempre había estado aguardando tu llegada.&lt;br /&gt;-Adelante hay un estacionamiento -volvió a señalar Lulu, posando repentinamente la suavidad del guante sobre la mano que yo mantenía aferrada a la palanca de velocidades.&lt;br /&gt;-Quedaremos lejos -observé, temiendo la penumbra que las farolas indecisas apenas conseguían disimular.&lt;br /&gt;-Más allá no se puede andar en auto -me dijo, dejando que su mano resbalara hasta el borde del asiento.&lt;br /&gt;Habría sido estúpido objetar cuando el entorno era apenas propicio para la situación absurda que yo mismo había fraguado. Dejamos el auto en el estacionamiento y caminamos tomados del brazo las dos cuadras que nos separaban del sitio a donde nos dirigíamos. El seno firme, tibio que Lulu me restregaba en el antebrazo derecho me negó la posibilidad de pensar en la hostilidad de aquellas calles cuya suciedad parecía tragarse cualquier indicio de vida.&lt;br /&gt;Nuestro destino era una antigua vecindad de paredes corroídas por épocas que ya nadie sabía. Un hombretón oscuro, con pinta de asesino, nos cortó el paso. Lulu se adelantó un poco para dejar que su rostro se le retratara a aquel en la mirada. El tipejo se hizo a un lado. Otro sujeto apareció de la nada. La saludó a ella con un gesto y a mí me obligó a alzar los brazos en un afán de registrarme. “Ya está bien”, le dijo Lulu, y el otro me dejó en paz.&lt;br /&gt;Detrás de la pesada cortina se nos reveló un escenario casi fantasmal: cientos de siluetas se recortaban contra la grotesca luz de un pequeño entarimado. Las figuras, inmóviles, envueltas por el humo, se cernían sobre botellas de cerveza apenas equilibradas sobre mesas diminutas. Había hombres y mujeres; lo supe cuando la herida repentina de la iluminación al fondo al fin cedió.&lt;br /&gt;La mano de Lulu me condujo hacia el interior. A la mitad del camino detuvo a un mesero y le susurró algo al oído. El tipo asintió mirándome a hurtadillas y se perdió de vista.&lt;br /&gt;-¿Te parece bien aquí? -me preguntó; su aliento de un leve aroma a tabaco me sedujo.&lt;br /&gt;-Tú dime -le respondí-: estos son tus territorios.&lt;br /&gt;Se oía una música densa, ociosa, que nadie parecía notar. Lulu tomó asiento con un movimiento grácil e impropio del entorno. No tuve más remedio que imitarla, pero mi ademán fue tosco, grave, como el de un borracho que regresa del baño. Temí que aquella silla, o ese juguete que me correspondía, cediera ante mi peso. Nada ocurrió, excepto la mano del mesero que depositó una botella de ron barato y las inconfundibles coca colas de cantina detrás de largos vasos con enormes e irregulares trozos de hielo. El mesero recogió la botella y la destapó con presteza; bañó los hielos de ambos vasos y luego se ocupó de rellenarlos con el contenido íntegro de los refrescos. Sólo entonces desapareció.&lt;br /&gt;-Salud -dijo ella, sorbiendo apenas.&lt;br /&gt;-Salud -dije yo, apurando un largo trago.&lt;br /&gt;La bebida resbaló hasta mi estómago con un fragor insospechado. Entonces recordé que hacía varias horas de mi último alimento; como en otras ocasiones, sólo deseé que la prefectura del alcohol fuera benévola conmigo.&lt;br /&gt;Se habría impuesto una mirada lánguida, lo sé, una promesa devenida gesticulación, el roce de la mano desnuda ya del guante cuando me ofreciera a encenderle el cigarrillo. Pero sólo hubo una expresión de somera elegancia y una pregunta formulada sin pasión:&lt;br /&gt;-¿Te lo imaginabas así?&lt;br /&gt;Me obligué a escudriñar de nuevo el sitio: era un tugurio sórdido mal disfrazado de cabaret de los años 50. Pesadas cortinas de gastado terciopelo disfrazaban las paredes seguramente ganadas por la humedad. Del alto cielorraso pendían un par de enormes arañas sin huella alguna de majestad, rodeadas por el hierro de la frágil estructura que sostenía los reflectores que apuntaban al escenario: una tarima de apenas un par de metros cuadrados levantada a la altura de los ojos del público que, ahora que mi vista se había acostumbrado a la semioscuridad, supe compuesto por gente de la más baja ralea: sardos morenos y enjutos, albañiles de pelos relamidos, vendedores enfundados en trajes baratos, prostitutas de diversas edades, casi todas ellas de rasgos aindiados. Una fauna grotesca y, sin embargo, homogénea, cabal en su propia circunstancia.&lt;br /&gt;-Nunca imaginé nada -respondí al fin-. Supongo que elegí la sorpresa.&lt;br /&gt;Algo iba a decir Lulu, pero una canción estridente, casi una fanfarria, canceló su intento. Un hombre en traje rosado emergió de las cortinas al fondo del escenario y probó el micrófono antes de anunciar el espectáculo previo a la función estelar. O así creí entenderlo. Sin que el animador hubiera abandonado aún el escenario, un grupo de mujeres semidesnudas apareció a sus espaldas, siguiendo el ritmo de una pieza ensordecedora.&lt;br /&gt;Nadie pareció prestarles atención. Menos aún cuando en la esquina opuesta a nuestra mesa había iniciado una pelea. El estruendo de los golpes y de las vociferaciones se sumó al escándalo, mientras que los sacaborrachos corrían entre las mesas para alcanzar a los rijosos y las mujeres sobre el escenario apenas eran capaces de respetar su propia coreografía, atentas al barullo que ya nos fue imposible seguir pues todos se habían puesto de pie para ver el espectáculo de la sangre, más interesante aún que aquel que se desarrollaba sobre el escenario.&lt;br /&gt;Pero la música no se detuvo. Los individuos en pugna fueron arrastrados fuera del lugar y las bailarinas se mantuvieron firmes en su indecoroso anonimato durante algunos minutos más. Su baile, penoso y descompuesto, pronto derivó en un torpe streaptess que el público, de pronto atento, celebró con ruidosos silbidos.&lt;br /&gt;Con tristeza descubrí que el baile anterior a su desnudez había sido menos desalentador que ver sus pieles sin misterio.&lt;br /&gt;-¿Eso era todo? -le grité a Lulu, pero ella no pareció escucharme; apuró el resto de su bebida y encendió un nuevo cigarrillo sin darme tiempo a que le ofreciera fuego.&lt;br /&gt;Arriba, las nalgas renegridas de una de las mujeres apuntaban al público. Un sujeto se acercó al escenario, blandiendo un billete entre los dedos para que la dueña de aquel culo pudiera verlo. Las manos de la mujer se enroscaron en su propio cuerpo, como invitando al hombre a imaginar si aquella denominación justificaba la cercanía de su vulva expuesta a cualquier capricho. No estábamos lejos, así que fue fácil ver cómo el hombre enrollaba el billete para introducírselo a medias en el ano. El público festejó la acción. Para ese momento, las monedas caían sobre la madera del entarimado y el resto de las mujeres se afanaban en recogerlo en una vergonzosa danza involuntaria.&lt;br /&gt;La música bajó de intensidad y aproveché para preguntarle a Lulu si aquello era digno de su porte magnífico. Por supuesto, empleé otras palabras. Ella asintió levemente y volvió a beber.&lt;br /&gt;Le tomé la mano que recién había abandonado el cigarrillo. Ella me miró, pero en sus ojos no había sino el opaco velo que desde el principio había señalado nuestro encuentro. Le estreché suavemente los dedos; luego dejé que mi mano subiera por su antebrazo, liso y terso, casi ajeno a todo lo que nos rodeaba.&lt;br /&gt;-Eres muy hermosa -le dije-. No entiendo qué tienes tú que ver con todo esto.&lt;br /&gt;-Esto soy yo -me contestó. Y añadió, depositando mi mano sobre la mesa-: Ahora tienes que decidir cuál es tu lugar en mí.&lt;br /&gt;No había duda de que sus palabras eran sólo parte del juego, un preámbulo incluso para la excitación, un preparativo que anunciaba el instante de la carne, inobjetable ahora que su propia mano se había posado sobre mi pierna y avanzaba, decidida, hacia esa zona en donde mi sexo empezó a latir y a llenarse de la sangre que reclamaba trascender de una vez por todas el disfraz y el misterio.&lt;br /&gt;-Quiero verte desnuda -es lo único que acerté a decir cuando sus dedos sobaron la dureza de mi miembro, como midiéndolo, como reconociéndolo.&lt;br /&gt;-Me verás -dijo-. A su tiempo.&lt;br /&gt;Entonces las luces cayeron de nuevo sobre el escenario y el hombre del micrófono soltó un par de frases mudas antes de que un fuerte zumbido sustituyera sus ánimos.&lt;br /&gt;-Perdón -dijo el hombre, dando un par de golpecitos en el micro-. Llegó el momento estelar de la noche, en donde ustedes serán artistas. Recibamos con un fuerte aplauso a su estrella y, por qué no, feliz pareja, la bella Azucena...&lt;br /&gt;El hombre se hizo a un lado para cederle el paso a una joven apenas ataviada con una minúscula prenda que le ceñía las caderas y la vulva. La mujer, de largas pestañas y tez brillante de maquillaje, ensayó una reverencia y se paseó por la orilla del escenario, recibiendo a su paso una oleada de silbidos y largas obscenidades.&lt;br /&gt;-La dama de la noche, la ninfa, la depositaria de sus sueños más profundos... -El anunciador se esforzaba por hacerse escuchar en medio de la rechifla y las vociferaciones-. Ella ha venido aquí, deseosa de un hombre que la haga gozar. -Y, dirigiéndose al público-: ¿Quién es el primer aventurado de la noche?&lt;br /&gt;Uno de los sardos se incorporó de una mesa cercana, empuñando un par de billetes que soltó de un manotazo sobre la madera antes de impulsarse para subir al escenario.&lt;br /&gt;El anunciador hizo un gesto de ensayada sorpresa y se agachó para recoger los billetes, que contó delante del público.&lt;br /&gt;-Nuestro amigo viene decidido a convertirse en una estrella, y ha pagado un alto precio por ello. -Los billetes se asomaron como un abanico en su mano derecha-. Adelante, enhorabuena, y mucha suerte.&lt;br /&gt;Lo supe de inmediato: aquella pareja repentina se disponía a fornicar en público.&lt;br /&gt;En esencia, no se trataba de nada digno del asombro: la mujer era una actriz involuntaria, acostumbrada a impartir fuegos fatuos en los quehaceres torpes o habilidosos de los desconocidos. Un simple sucedáneo de la masturbación. Una deconstrucción del placer voyeurista, con la diferencia de que en ese lugar nadie tenía necesidad de esconder su condición.&lt;br /&gt;Me volví para mirar a Lulu, que observaba todo con la calmada expresión de quien espera un autobús que ha sufrido un retraso.&lt;br /&gt;El hombre tenía la piel oscura, casi cobriza, y un pene de regular tamaño erigido a medias entre las piernas. La mujer representó un papel de esclava: se plegó de pronto a los pies del otro y escondió la cara, que un súbito jalón a su cabellera la obligó a revelar. No tardó mucho en hacerse con aquel trozo de carne que la aguardaba impaciente.&lt;br /&gt;Hacía rato que el ruido de la música había cesado. Pero no había silencio en aquella expectación: una especie de rumor amortiguado, opresivo, evidenciaba el cúmulo de alientos contenidos en aquella espera insoportable.&lt;br /&gt;Bebí un trago, luego otro; finalmente, agoté el contenido de mi vaso. Pero no era la sed lo que me abrasaba, sino el ansia, una rara codicia por hacer mío el placer de aquellos cuerpos cuyo acto no había empezado siquiera a consumarse.&lt;br /&gt;Ahora la mujer escupió el miembro y se tendió de espaldas para sobarse la vulva castigada por la prenda. El hombre se hincó y hundió la cara entre las piernas lustrosas por los aceites que sugerían la lubricidad del cuerpo dispuesto, falsamente dichoso. La lengua se paseó violenta por esos muslos, por la ranura de la vagina, por la zona oscura del ano. Sólo entonces el hombre se atrevió a desnudarla; le alzó las piernas, la penetró con una exclamación furiosa.&lt;br /&gt;La saliva, engullida al mismo tiempo por todas las gargantas, señaló la frontera entre el deseo y la saciedad.&lt;br /&gt;De reojo, vi que varias parejas habían empezado a trenzarse en su propio escarceo. Noté que Lulu también las había visto, y sonreía.&lt;br /&gt;Me acerqué para decirle al oído:&lt;br /&gt;-Es una escena planeada. Es pura actuación.&lt;br /&gt;-Todos alguna vez la hemos representado -sentenció con sequedad.&lt;br /&gt;Los gemidos de la mujer, primero apagados, fueron de pronto una ruidosa ficción. O quise creerlo. No tardé mucho en comprender que estaba equivocado: el rictus que descompuso su expresión fue evidencia suficiente del gozo real que aquella verga, inserta en sus entrañas, le estaba provocando.&lt;br /&gt;Me descubrí tomado por una excitación elemental, desprovista de artificios, descarnada. El cuerpo de Lulu, tan cercano, fue también el depositario del ansia proyectada por los cuerpos que se agitaban sobre la sucia madera del escenario. Le estrujé los senos, metí mi mano hasta donde sus piernas cruzadas lo permitieron, le lamí el cuello, el lóbulo de la oreja izquierda, pero ella se mantuvo distante, no exactamente fría, sino aquietada, como si quisiera decirme que el tiempo, ese tiempo que nos correspondía, aún no había llegado.&lt;br /&gt;Una mujer que se retuerce sobre el suelo, que arquea la espalda; un hombre que se monta sobre su pecho para arrojarle a la cara los jugos calientes de su eyaculación. Un público que los observa en el callado frenesí del fanático religioso. De pronto lo comprendí todo: la fría interfaz de la pornografía, impresa o en video, había sido derrotada por la cercanía real, palpable, de dos cuerpos enfrascados en los trabajos de una obscenidad casual.&lt;br /&gt;No sobrevino, como supuse, ningún estallido de aplausos, sino apenas el ruido característico de los cuerpos al recomponerse. El animador aprovechó el momento para salir a escena y pedir un aplauso para la mujer que se untaba los anónimos jugos en las mejillas y el hombre que no sabía si ceder ante el temblor de sus piernas o corregir la compostura que lo había llevado a ser partícipe de su propio espectáculo.&lt;br /&gt;Mis manos aún estaban en Lulu, pero ella empezó a retirarlas discretamente e irguió la espalda, extrañamente nerviosa, como llamada por una señal que sólo ella era capaz de escuchar.&lt;br /&gt;-¿Pasa algo? -le dije, aún excitado, sintiendo que necesitaba descargarme como aquel hombre que ahora era impelido por el animador a abandonar el escenario para dejar lugar al momento que todos los allí reunidos debíamos estar esperando.&lt;br /&gt;Lulu se arregló el escote que mis ansias le habían descompuesto, bebió de un solo trago el resto de su vaso y se incorporó, sin más, al tiempo que el animador pedía las luces allí donde su índice señalaba a la mujer que el mundo deseaba tener en sus manos esa noche.&lt;br /&gt;-Llegó el momento -dijo Lulu, mientras que el haz del reflector bañaba su hermosa figura ceñida por el vestido de seda negra que había permanecido tanto tiempo en silencio junto a mí.&lt;br /&gt;Vi su mano en mi mejilla, sus ojos que me reclamaban el deseo que mis propias manos le habían descrito. Sabía lo que ella quería, lo que me estaba pidiendo, y por un momento el rostro del animador estuvo frente a mis ojos, como si mi conciencia sólo fuera capaz de enfocar el burdo acercamiento de aquella expresión entre mórbida y burlona que también me llamaba.&lt;br /&gt;-No -le dije a Lulu con voz trémula-. No puedo hacerlo.&lt;br /&gt;-Alguien más lo hará por ti -respondió ella-, al igual que otros lo han hecho en su momento.&lt;br /&gt;-No puedo.&lt;br /&gt;Su lenta figura se alejó sin mirarme ya siquiera. No quise averiguar si la incómoda sensación a mis espaldas era producto de la miríada de ojos que incidían en mí, o si era tan sólo el simple escalofrío que esclaviza el cuerpo de quien ha optado por la cobardía. Lo cierto es que clavé la mirada en la geografía de la embriaguez, hecha de cenizas, de manchas de labial en la orilla de un vaso, y soñé que nada de lo que estaba ocurriendo era verdad.&lt;br /&gt;De nuevo me equivocaba: el clamor apagado que se dejó sentir en el ambiente me dictó primero la imagen seductora de un cuerpo femenino de blanca piel surcada aquí y allá por trazos de una inútil lencería. Pero al alzar la vista, esa imagen quedó cancelada ante el golpe devastador de la desnudez perturbadora, resplandeciente, casi imposible de aquella mujer que se había fingido otra y que ahora, despojada ya de todo disimulo, se mostraba plena en el irreal disfraz de sí misma.&lt;br /&gt;No pude sino emitir una exclamación de azoro que fue, al mismo tiempo, apenas parte de la suma de murmullos de excitación anónima que llenaron de pronto el lugar.&lt;br /&gt;El hombre del micrófono rodeó con un brazo a Lulu, a la que había sido Lulu, y le pasó una mano por las formas perfectas de su cuerpo dispuesto.&lt;br /&gt;No intentaré relatar lo que ocurrió a continuación. Prefiero guardarme para siempre el arribo de los hombres que la fueron buscando, la masa de tacto ávido, la humedad de las lenguas que fueron dejando su rastro fugaz sobre la piel abandonada, la irrupción de aquella carne endurecida que su cuerpo tragó por resquicios insospechados, los ojos de Lulu que me hallaron absorto en la imagen insoportable de su vulva incapaz de contener el líquido violento de su orgasmo.&lt;br /&gt;Las palabras no bastan. El silencio podría decírtelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madrugada se anuncia con distintas voces: las sirenas lejanas, el fragor adormilado de tempranos autobuses de transporte público, el inesperado aullido de un perro, un grito trasnochado, las notas repentinas de una canción que te alcanza y se desvanece en un instante, el taconeo cadencioso de una mujer que camina a tu lado, ebria de alcohol, de languidez.&lt;br /&gt;El guardia del estacionamiento asomó su fastidio por una rendija del cuartucho que había estado albergando su sueño. Nos abrió la reja y nos mostró el auto, que presidía la escasa fila de vehículos. Recibió el billete; se lo guardó en seguida sin dar muestras de querer devolver el cambio; nos dijo que tenía las llaves puestas.&lt;br /&gt;-Puedo quedarme contigo -dijo Lulu mientras se reacomodaba la piel de imitación barata que le abrazaba los hombros-. Si tú lo deseas...&lt;br /&gt;No respondí. Ignoré el semáforo en rojo y enfilé el auto con rumbo a la avenida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La penetré con rabia. Pero el deseo, que creí veraz, se fue apagando. Me dejé caer a un lado. Lulu me miró, o creí que me miraba, pero no habló.&lt;br /&gt;Hacía falta la mirada, el deseo inconcluso, el calor de las luces sobre su cuerpo cercano y a la vez inalcanzable. La cama revuelta en la oscuridad de aquel cuarto de hotel era tan sólo una burda caricatura del escenario que la volvía magnífica.&lt;br /&gt;Sólo en ese lugar, quien lo quisiera, podría recuperar su misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya había amanecido cuando apagué el auto frente al portal del edificio en el que la había visto por primera vez. Su rostro a la luz del día era menos enigmático, pero algo de nocturno había aún en él y me obligaba a recordar sus palabras de apenas unas horas antes: “No es lo que escondo, sino cuánto de ti eres capaz de reconocer en mi disfraz”. Supe de pronto que los secretos tienen una hora propicia, y que fuera de ella su revelación carece de sentido.&lt;br /&gt;No le fue fácil disimular su cansancio mientras rodeaba el auto por el frente para alcanzar la ventanilla, que ya había abierto, aguardándola. Aún tenía en la mano los billetes que saldaban los favores de su compañía.&lt;br /&gt;Me dio un beso en la mejilla. Me dijo que esperaba mi llamada. Se dio la media vuelta y comenzó a alejarse.&lt;br /&gt;-¡Lulu! -la detuve.&lt;br /&gt;Ella giró un poco y me miró, dócil aún, solícita.&lt;br /&gt;-¿Crees en el amor?&lt;br /&gt;-Todos lo hacen -me respondió, alzando los hombros.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-117575545947723523?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/117575545947723523/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=117575545947723523&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/117575545947723523'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/117575545947723523'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2007/04/lulu.html' title='Lulu'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-116175547154453439</id><published>2006-10-25T00:40:00.000-05:00</published><updated>2006-10-25T00:51:11.566-05:00</updated><title type='text'>Crash test dummies</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/choque[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/choque%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Es una mujer morena, pero eso no evita que su piel se ilumine cuando al fin la mezclilla se le escurre de las piernas. Adivino una vergüenza tibia ahora que se sabe casi desnuda: su mirada busca la mía con insistencia, como si quisiera distraerme, como si buscara prolongar la llegada del momento en que deberá ceder a favor del deseo. No la evado: prefiero dejar que se acostumbre a mi presencia. Se ha quedado quieta, sentada a la orilla de la cama, vestida apenas con la ropa interior que ya no es necesario imaginar. Mis ojos comprueban que el tacto no se equivocaba: las prendas son pequeñas, delgadas, de algún color tenue que la oscuridad, cómplice de su pudor, ayuda a disfrazar. Sé que es mi turno cuando ella ensaya un gesto que traduzco como una interrogante. Me desabrocho la camisa y me deshago de ella sin pausa. El cinturón cede; el pantalón cae al piso víctima de la misma gravedad que ha hecho de ella una estatua. Me equilibro torpemente sobre uno y otro pie para sacarme los calcetines; avanzo poco a poco hasta quedar a centímetros del lugar que se niega a ofrecerle refugio. “Quítamelos”, le digo, señalándome los bóxers. Titubea un poco pero al fin obedece. El miembro, casi erecto, se balancea frente a sus ojos cuando el resorte lo deja libre. “Míralo”, le pido, pues en ese momento ha vuelto a buscarme el rostro. Obedece. Sus manos, que ahora se deshacen de la prenda, están temblando. Ha llegado el momento: dejo que mis dedos se enreden en sus cabellos y la atraigo hacia mí, sin violencia, para restregarle las mejillas en la carne erecta. Ella apoya sus manos en mis caderas, pero no me acaricia, simplemente me sujeta, como si aguardara la autorización para reconocer mi piel. Me inclino para besarla en la boca. Mis manos avanzan por su espalda, por su cintura, se detienen un momento en la orilla de sus pantaletas. Siento ganas de arrancárselas, pero me contengo: la he oído suspirar. La empujo suavemente hasta tenderla sobre la cama. Me recuesto sobre su cuerpo, dejando que mi sexo se acomode entre sus piernas.&lt;br /&gt;Creo en la justicia de alguna hora precisa: el instante en que ella vio por primera vez mi erección debió cerrar este pasaje de la historia. Nada hay más erótico que ese momento previo al placer o a la angustia. A la tragedia, incluso. Si acaso, debí darle una oportunidad al tacto y concluir. No lo hice: la penetré con una furia sosegada que segundos después devino frenesí. Sus pezones fueron en mi boca; su lengua supo de mi carne; sus oídos se resignaron a mis palabras violentas. Le rompí el himen, la inundé de rabia, le imprimí en las nalgas la lujuria que mi cuerpo no fue capaz de soportar.&lt;br /&gt;Por alguna razón que ignoro, siempre acabo en el auto equivocado: los gemidos, que apenas una hora antes hablaban de placer, de pronto fueron la inmediata traducción del dolor físico y de la incredulidad. Sobre la calzada, a escasos metros de nuestro destino, la camioneta se nos cerró de pronto y de súbito nos arrojó a la nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despertar a la oscuridad es más difícil que ser cegado por el lugar común de unos reflectores sobre el rostro: nunca es la sala de terapia intensiva de un hospital que ignoras, sino la penumbra, que es el eco de cualquier cosa. No bien recuperé la conciencia, mis manos se ciñeron a lo inmediato. Confiar en el tacto, decidir si aquella consistencia de sábanas limpias dejó alguna vez registro en la memoria. Era posible. Entonces, sólo entonces, escudriñar el derredor. Allá, el espejo vacío; a la izquierda, el rectángulo apagado que tan sólo promete las cosas de la calle. La recámara, en fin, callada y somnolienta, precisa, de mi departamento.&lt;br /&gt;Me incorporé y de pronto, como una canción inesperada, recordé el accidente.&lt;br /&gt;Había estado esa tarde con Irma en un hotel del centro. Lloró a mi lado, cubierta apenas por una orilla de la sábana. Su llanto tenía origen en ese sentimiento que las mujeres no saben pero aceptan cuando han tenido sexo por primera vez. Volví a acariciarla; tardé más de una hora en conseguir que volviera a abandonarse. Ya había anochecido cuando abandonamos el estacionamiento del hotel en el auto de su padre. Quería seguir conversando y le propuse tomar un café. Nos dirigíamos al sur cuando el vehículo nos embistió por un costado. Fuimos -según relató el hombre de la aseguradora- afortunados: el auto derrapó hacia la derecha y se incrustó de frente en un poste de alumbrado público. La estructura de concreto partió el auto por la mitad y sólo se detuvo hasta romper el tablero. Apenas tengo presente el estruendo y algo como un grito, aunque bien pudo haberse tratado del chirriar de los neumáticos aferrándose inútilmente al pavimento. Es extraño cómo el trauma de lo imprevisto borra de pronto los recuerdos inmediatos: el rostro femenino y ensangrentado que me miraba era el de todas las mujeres que conozco y el de ninguna. Fue como el súbito despertar que acababa de ocurrirme: todo gira como esas ruedas de la fortuna de los programas de concursos y se va deteniendo poco a poco para mostrarte que te has ganado un lugar en el centro de la incredulidad. Me vi empujando la portezuela, que se había trabado, y vislumbré como en un sueño los ojos de los curiosos que se iban amontonando al otro lado del cristal. Los quejidos de la mujer me distrajeron un momento. Su mano izquierda le cubría el rostro, como si quisiera liberarme de la obligación de recordarla; su mano derecha empujaba el volante, que le oprimía el vientre y le apagaba los gritos que el dolor debía estarle imponiendo. Ese era el tamaño del infierno más elemental. Quiero decir que pudo haber sido peor; quizá la inconsciencia, la desmembración, la muerte. Pero aquella noche sólo nos correspondió el dolor.&lt;br /&gt;Me citó en la entrada del colegio. Vestía una blusa delgada y una falda amplia, propia de la primavera. Fuimos a comer una hamburguesa y conversamos largo rato, sentados uno frente al otro, como dos adolescentes. El local estaba lleno y aún así insistió en mostrarme las obstinadas señales de las magulladuras en su muslo derecho.&lt;br /&gt;-Toca -me pidió, llevando mi mano hasta la zona levemente oscurecida de su piel.&lt;br /&gt;Ella sabía que cualquiera podía vernos cuando guió mi tacto hasta su entrepierna, allí donde mis dedos reconocieron la densidad del vello cubierto apenas por el algodón.&lt;br /&gt;Alguien silbó a mis espaldas, pero fui incapaz de encararlo, tomado de pronto por el deseo cruel e inapelable.&lt;br /&gt;Mis dedos trascendieron el resorte de la prenda y toqué la humedad que se le escapaba de los labios.&lt;br /&gt;-Cógeme -dijo sin apenas mover la boca-. Quiero que me cojas bien fuerte...&lt;br /&gt;No sé si lo conseguí: creo que algo parecido a la ternura violentó esa orden que había sido categórica. En descargo de mi desobediencia, la invité a dejarse lamer el clítoris hasta hacerle un orgasmo. Fue, sin embargo, tan sólo una invitación, porque aquello no era algo que ella ansiara y por lo mismo no pasó de un buen momento.&lt;br /&gt;-Anoche soñé con el choque -me contó, fumando un cigarrillo, su cabeza apoyada en mis piernas-. No fue exactamente como ocurrió: en el sueño, tú conducías; me estabas mirando y me decías que no te había gustado lo que habíamos hecho, algo así. Yo me enojé, te insulté y te pedí que me llevaras a mi casa. Entonces aceleraste pero ya no eras tú, sino uno de mis primos, que me decía que cuando éramos niños me había espiado mientras me bañaba... ¿Te conté de esa vez?&lt;br /&gt;Negué en silencio mientras le pedía el cigarrillo.&lt;br /&gt;-No importa. El chiste es que llegamos a mi casa y de pronto algo cayó encima del auto, una piedra enorme. Yo pensé: “¡No, otra vez no!” Pero no era otra vez sino “esa”, y te vi a mi lado, todo despeinado, mirándome como si no me reconocieras, igualito que en aquella ocasión. ¿Te conté cuánto te odié en aquel momento?&lt;br /&gt;-Nunca -le respondí, devolviéndole el cigarrillo.&lt;br /&gt;-No se me quita de la cabeza la cara que pusiste...&lt;br /&gt;-Me imagino. Yo, en cambio, recuerdo algo bien curioso.&lt;br /&gt;-Qué.&lt;br /&gt;-Tu sangre. Acababas de sangrar -le señalé el vientre-, y cuando te vi, toda roja de las manos y de la cara, se me hizo de lo más normal.&lt;br /&gt;-¿En serio?&lt;br /&gt;-Ya luego reaccioné. Vi que estabas atorada con el volante y me asusté mucho. Me puse a gritar, ¿te acuerdas? Entonces salió de no sé dónde el chavo ese y abrió la puerta. Yo creo que pensaba sacarte de un jalón, pero cuando te vio toda torcida y llena de sangre, se puso a vomitar.&lt;br /&gt;-¡Es cierto! De eso no me acordaba...&lt;br /&gt;-Luego ya no te vi porque empezaron a apagar el coche con un extinguidor y todo se llenó de humo o de no sé qué. Cuando me di cuenta, ya no estabas. Fue cuando me animé a salir, de tu lado, porque mi puerta estaba trabada.&lt;br /&gt;Guardamos silencio unos minutos. Luego, Irma se incorporó un poco y acercó su boca a mi exhausto miembro, húmedo aún de sus jugos. Lo tomó entre sus labios; jugó con él dentro de su boca.&lt;br /&gt;Lo hicimos otra vez, ella encima de mí, moviéndose con dificultad. Luego de un rato, temí que su cabalgata imperfecta me apagara la erección y le pedí que me masturbara. Sintió por primera vez en sus manos el temblor de la eyaculación; sonrió, divertida, al ver el largo escupitajo de semen cayendo en mi vientre. Aquello menguó el placer. No demasiado.&lt;br /&gt;-Pensé que jamás volveríamos a estar juntos -meditó un rato después, al tiempo que expulsaba el humo de un nuevo cigarrillo.&lt;br /&gt;-¿Por qué? -le pregunté, tratando de adivinar la hora a través de la ventana.&lt;br /&gt;-Pudimos haber muerto -respondió, mirándome de reojo.&lt;br /&gt;-Siempre estamos muriendo -sentencié, casi para mí.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-116175547154453439?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/116175547154453439/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=116175547154453439&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/116175547154453439'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/116175547154453439'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/10/crash-test-dummies.html' title='Crash test dummies'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115561301866813857</id><published>2006-08-14T22:27:00.000-05:00</published><updated>2006-08-14T22:36:58.686-05:00</updated><title type='text'>Recuerdos de un pasado imperfecto</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/perfil[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/perfil%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ya sé que es un lugar común: el perfil de la mujer cuyos ojos barren el mar. No puedo remediarlo: tal es el recuerdo que hoy me agobia, e intentar disfrazarlo acaso te conmueva, pero no conseguirá borrarlo.&lt;br /&gt;El perfil le pertenece a Estela. El mar es el Pacífico. Lo demás es una tarde que no se decide a morir del todo, aunque en mi imaginación le gusta jugar a que ninguno de sus colores se ha desvanecido.&lt;br /&gt;También hay cosas menos evidentes: la cerveza que ha encontrado lugar entre las piernas desnudas, el cigarrillo recién encendido, el pliegue que se empeña en restarle un mínimo grado de perfección al vientre que se ensancha y se reduce mientras Estela le cuenta cosas a su propia memoria.&lt;br /&gt;Los gritos de los veraneantes no logran restarle majestad al golpe de las olas: el mar a esa hora parece reclamar inútilmente un territorio que más tarde le pertenecerá a la noche. Es por eso que sé que la imaginación me engaña: el calor ha perdido un poco su categoría; la frescura del viento va retomando poco a poco sus espacios; la arena que se adhiere a las piernas de Estela empieza a perder sentido. Quiero decir que en unos minutos más se hará fácil buscar un sitio en el restaurante de la terraza para observar el ocaso y hacer todos esos comentarios que los turistas repiten sin remordimiento: “¡Qué hermoso!” “¿Habías visto algo semejante?” “Podría quedarme a vivir aquí sin ningún problema...” Estela dará un nuevo trago a su cerveza y el alcohol le dictará el deseo que en medio de esa atmósfera es casi una obligación.&lt;br /&gt;Volveremos al hotel con el pretexto de lavarnos y empezaremos a acariciarnos bajo el tibio chorro de la regadera. Estela me sobará el miembro y se hincará para llevárselo a la boca. La dureza de la carne henchida de sexo se concretará entre sus labios. A Estela le gusta hacer que la punta le toque la garganta, mientras uno de sus dedos me viola sin delicadeza. Mis propios dedos se enredarán en su cabello y así me masturbaré con su cara. Ella ha aprendido a reconocer el temblor de mis piernas, y a tiempo abandonará el pene endurecido y se incorporará para regalarme un beso tierno, ajeno por completo a la violencia que ella misma habrá iniciado. La evasiva es un juego; eso lo sé. Por eso tomaré el jabón y lo pasaré suavemente por su espalda como si nada hubiera ocurrido. Estela siempre sonríe al ver que entiendo sus motivos: le gusta asumir el gobierno de mi cuerpo, y tratar de continuar el escarceo no hará más que derrotar la magia momentánea que ella misma habrá creado entre los dos.&lt;br /&gt;Ya sobre la cama, Estela me restregará el pelo con la toalla y volverá a besarme, dejando que su lengua se reconozca en mi boca. Sus manos me acariciarán el pecho, se abandonarán de nuevo a mi entrepierna, me agitarán el sexo renacido. Entonces me pedirá que me tienda bocabajo y me separará las nalgas con ambas manos para lamerme el ano con una fruición casi enfermiza. Decir placer no describirá lo que sienta. Ella volverá a introducirme un dedo mientras que su lengua me repasará los testículos. Esos momentos son extraños: todo hace parecer que la eyaculación llegará de un momento a otro, pero jamás se presentará, no mientras ella persista en esa oralidad frenética. Cerraré los ojos y la oiré gemir: habrá empezado a masturbarse. Sus caricias serán violentas: sabré, sin necesidad de verla, que se ha introducido uno o dos dedos en la vagina; es posible que incluso el índice se haya perdido en su ano. De pronto estaré seguro de ello, pues me habrá abandonado para volcarse sobre sí misma y sobre sus propias sensaciones, de las que entonces seré un extranjero. Poco a poco me volveré para verla: recortada contra la tarde que se asoma por el ventanal, su silueta se agitará. No la tocaré: he dicho ya que ama sentirse cómplice de sus propios juegos, y mi placer radicará en esa suerte de contemplación pasiva.&lt;br /&gt;Lo que siga será un grito. Estela se plegará sobre sí misma y los dedos de sus pies -lo más próximo a mis ojos- se contraerán como si quisieran asir aquella sensación. Luego se quedará quieta. Su cuerpo se relajará paulatina, casi imperceptiblemente, hasta quedar exhausto a mi lado. Sólo entonces me sabré capaz de atrever una caricia. Mis ojos, ya en la semi penumbra, jugarán a buscar los suyos, que se esconderán como si la vergüenza y no la satisfacción quisieran tomar el lugar del deseo. La besaré, apenas un leve roce, suficiente sí para hacer que sonría. “¿Estuvo rico?”, la interrogaré, así, con esas palabras: el lenguaje posterior al sexo no sabe sino ser tierno. Ella asentirá con un gesto y se estirará con ademanes de gato.&lt;br /&gt;Permaneceremos algunos minutos en silencio, pero la experiencia me dirá que más tarde ella no hará sino hablar y hablar sin freno. Le gusta contar su última experiencia como un viajero que acabara de volver de algún lugar exótico. Sus palabras detallarán (como si fuera otro) el momento del que fui testigo, y el café o una nueva cerveza morirán en sus labios. Estela me observará de vez en vez para asegurarse de que el deseo sigue palpitando en mí. Sabrá que me he quedado a medias. Sabrá muy bien que esa circunstancia me esclaviza.&lt;br /&gt;Así que la magia seguirá viva, y no deberé buscarla cuando por la noche vayamos de nuevo a la recámara. Ella me sorprenderá en la madrugada; sus labios en mi sexo dictarán la hora en el juego haya llegado a su fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no esa vez. Estela se embriagará como nunca lo había hecho y vomitará afuera del cuarto mientras torpemente intentaré meter la tarjeta en la ranura que destraba el seguro. Dormirá hasta muy tarde por la mañana y despertará con una cruel resaca. Le pediré el almuerzo a la habitación, pero ni siquiera se atreverá a verlo. Yo saldré corriendo a la farmacia por un par de antiácidos y suero oral. Sólo hasta la tarde se sentirá mejor. Pero será la hora de partir.&lt;br /&gt;Y camino al aeropuerto la abrazaré para hacerla sentir que aquello no ha ido tan mal: ya habrán otros viajes, otras noches, otra oportunidad para el sexo. No sabré, no podré saber que menos de una semana después ocurrirá el accidente, la amnesia, el destierro de sí misma.&lt;br /&gt;A bordo del minitaxi que ansía reclamar su lugar en esta historia, nada podrá decirme que Estela y yo jamás volveremos a estar juntos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115561301866813857?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115561301866813857/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115561301866813857&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115561301866813857'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115561301866813857'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/08/recuerdos-de-un-pasado-imperfecto.html' title='Recuerdos de un pasado imperfecto'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115535992849535527</id><published>2006-08-12T00:05:00.000-05:00</published><updated>2006-08-12T00:18:48.506-05:00</updated><title type='text'>Lo patético</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/murderknife[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/murderknife%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hay una imagen de Hollywood que es irreconciliable con las cosas de la ciudad de México: es la del músico de jazz que a solas escupe un par de notas mientras la oscuridad lo envuelve.&lt;br /&gt;Noches de concreto y gabardinas húmedas, de luces de autos que revelan por instantes el rumor incesante de una lluvia fina, de las formas del fieltro que ciñe la frente de un paseante anónimo, de licorerías solitarias, luces parpadeantes de neón, espejos de asfalto, gritos que se apagan, siluetas felinas que se pierden en los callejones.&lt;br /&gt;La brillante confección del acero en un pulso tembloroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las entrañas de una puta que se asoman de pronto a la noche tendrían mucho de cosmopolita en L.A. o en New York. En México, la grasa de las calles ensucia irremediablemente la escena. Imagina el falso mink manchado de sangre y de escupitajos frescos; la mano de la mujer que se apoya en el aceite mal lavado de la acera mientras se recompone el vientre y pide ayuda. El albañil, el mecánico, el abogado barato: la inacción de sus miradas no hace sino restarle glamour al drama ajeno. El estrépito de las sirenas va rompiendo poco a poco el silencio. Hay, sin embargo, algo decepcionante en el arribo sin magia de un nissan inofensivo de torretas descompuestas. Ya el cuerpo de la mujer es una cosa más de la calle cuando el oficial de bajo sueldo desciende al fin del vehículo para comprobar que aquello no se parece a la televisión: ese cadáver lo será para siempre y no sólo hasta que llegue la tanda de anuncios comerciales. Pedir una ambulancia no sería fácil si intentara valerse del aparato intercomunicador de hace por lo menos dos generaciones. Por eso vuelve al auto y cruza un par de palabras con su compañero (“pareja”, que les dicen) antes de introducirse para librar la acostumbrada batalla con la estática.&lt;br /&gt;La mujer no es un “fiambre”, sino una puta asesinada. Los forenses parecen salidos de una escuela de carniceros. Las luces en rojo y azul no iluminarán jamás el reflexivo perfil de un apuesto detective, sino el rostro moreno de un hombre cansado de que el crimen no pague lo suficiente.&lt;br /&gt;Nada hay de cinematográfico en esa serie de obvias circunstancias. La mujer se murió. Ni siquiera se trataba de un cadáver exquisito. Que le llore quien tenga que hacerlo. Punto. El turno del hombre acabará con un reporte ilegible que una gorda sindicalizada archivará de mala gana en el desvencijado mueble de una oscura oficina de gobierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya el alboroto de los alrededores se ha disipado cuando Nancy y yo caemos en la cuenta de que somos también un par de prófugos del romance: ninguna cámara barrió la tersa humedad de nuestra piel durante los minutos de la fornicación; el acto fue continuo y poco duradero, sin ediciones, sin disolvencias, sin profundos gemidos que pudieran mezclarse con las suaves notas de un sax seductor. Sólo tenerme dentro, apenas el placer que es réplica de sí mismo, tan sólo unas cuantas frases de una obscenidad casual. Es posible que fuera hermosa, pero nada allí lo parecía: la cama era dura, el cuarto apestaba, el deseo incluso había operado en ella de un modo irreflexivo, así que la sangre de su menstruación no sólo la había incomodado, sino que ahora se secaba en nuestros sexos mientras desnudos contemplábamos el escenario posterior a la muerte a través de la ventana.&lt;br /&gt;No hay mucho que hacer cuando el mundo se pudre ante los ojos de la mujer que te ama. Salimos a la noche sin apenas decirnos nada. Agotamos la sordidez de las calles en busca de una cafetería. Sólo éramos un par de exiliados en medio de una tierra que nos ignoraba, y, como tales, asumimos la palabra como la única forma de la resistencia.&lt;br /&gt;Lo que nos dijimos será para siempre un secreto. En descargo de tu conciencia, ten la certeza de que no hubo nada en nuestras voces que pudiera nombrarte.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Algo había que mantener a salvo de un recuerdo tan enfermo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115535992849535527?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115535992849535527/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115535992849535527&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115535992849535527'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115535992849535527'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/08/lo-pattico.html' title='Lo patético'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115320318794512352</id><published>2006-07-18T01:06:00.000-05:00</published><updated>2006-07-18T01:13:07.960-05:00</updated><title type='text'>Sólo una puta mentira más</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/m_26543[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/m_26543%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hay cosas que son de la noche: trayectos de silencio que el viento reclama al cabo de un instante, un verso que te busca, el oro entre las manos del músico de jazz, la alquimia que renace en el sexo de quien amas, los ojos que la niña descubre en la ventana, el inútil azul en la mirada de un hombre agonizante...&lt;br /&gt;La mujer que se viste ante el espejo, sus manos que van dejando rastros de deseo sobre su cuerpo, la figura en la esquina, envuelta en humo, expectante. El brillo le roba un guiño a las farolas; la navaja se cierra y retoma su sueño inquieto en el bolsillo del pantalón. La luz tras las cortinas se apaga al igual que el cigarrillo bajo el peso de una suela. Ella es ahora una silueta bajo el umbral.&lt;br /&gt;-Tarde -le dice el hombre-. Que no vuelva a suceder.&lt;br /&gt;No hay réplica en el gesto que la mujer le extiende a manera de saludo. Además de la seducción, su rostro aprenderá otros hábitos: la indolencia, por ejemplo.&lt;br /&gt;Caminan por calles sin más misterio que los ruidos indecisos de una ciudad adormilada. Él le ofrece un cigarrillo, que ella rechaza. El fuego encarna en el tabaco. El semáforo cambia de rojo a verde con un chasquido apenas perceptible. El hombre la toma del brazo y la apura a cruzar la avenida semi desierta.&lt;br /&gt;-Ve -le dice él cuando han llegado al nacimiento del callejón en penumbras-. Estaré cerca.&lt;br /&gt;El taconeo de la mujer acompasa la cadencia que la lleva a internarse poco a poco en la calle de las putas.&lt;br /&gt;Algunas la ignoran al pasar; otras la miran con recelo: es alta, sus formas se estilizan a contraluz de los faros de los autos que recorren lentamente la larga hilera de cuerpos entallados en lycras, de senos asomados a la noche invernal.&lt;br /&gt;-¿Eres nueva?&lt;br /&gt;Los ojos de brillo apagado de una rubia de ancha espalda la enfrentan. Ella alza los hombros y en sus labios se dibuja una sonrisa asimétrica.&lt;br /&gt;-Hoy lo voy a averiguar -le responde.&lt;br /&gt;Un vehículo se orilla a mitad del callejón. Las mujeres lo rodean, inclinándose ligeramente para comprobar si es deseo o curiosidad lo que hay en los ojos del hombre tras el volante. La ventanilla se abre y una o dos mujeres se asoman, desbordando el filo con la carne descubierta. El auto no se queda allí más que un par de minutos: una morena de abrupta minifalda lo aborda y un instante después ya no es ni siquiera un recuerdo.&lt;br /&gt;Las mujeres se dispersan, recuperan sus espacios, se transforman, en segundos, en inmóviles caprichos de las sombras. Pero ella ha seguido las luces rojas del auto que se pierde a la distancia; luego, sus ojos reconocen la silueta del hombre que la espera, irremediable, recargado en la esquina. El suspiro que escapa de su boca es como los restos de una última esperanza que al fin la abandona.&lt;br /&gt;Enciendo el auto y conduzco, con los faros apagados, hacia el interior del callejón. El truco funciona: las mujeres no parecen notarme, y, cuando me descubren, ya me he extendido en el asiento para abrir la ventanilla y llamar a esa otra mujer solitaria que acaricia el rigor de la blusa diminuta que le ciñe el pecho.&lt;br /&gt;-Hola -le digo.&lt;br /&gt;Ella se vuelve al escuchar mi voz. Se inclina para buscarme el rostro y entonces compruebo que la lejanía no ha desgastado la belleza de sus rasgos.&lt;br /&gt;-Hola -dice ella, mirándome y observando de reojo al hombre que custodia su cuerpo.&lt;br /&gt;-¿Quieres venir? -le pregunto, viendo que las demás han iniciado el ritual del acoso, esperando un titubeo, prestas a arrojarse sobre la carroña de alguna indecisa.&lt;br /&gt;-¿Qué es lo que buscas? -pregunta ella a su vez. Sus ojos recorren en instantes el interior del auto y finalmente se detienen en los míos.&lt;br /&gt;-Compañía -le respondo.&lt;br /&gt;-Búscate una novia -dice ella con estudiada malicia y finge retirarse.&lt;br /&gt;-Tu cuerpo -la detengo-. Busco tu cuerpo.&lt;br /&gt;-¿Cuánto piensas que vale mi cuerpo?&lt;br /&gt;-Dímelo tú.&lt;br /&gt;Ella me dice su precio. No dudo en aceptar.&lt;br /&gt;-Entra -la invito, abriendo la portezuela. Los rostros que asoman a través de la ventanilla empiezan a desaparecer entre murmullos y risitas burlonas.&lt;br /&gt;Acelero. El callejón va quedando atrás. El sujeto, al pasar, le dice algo no muy cordial con la mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;-Por lo que vas a pagar, como a ti se te antoje.&lt;br /&gt;He echado el cerrojo a la puerta y me he quitado ya la gabardina, aunque aún no decido si colgarla en el respaldo de la silla que está frente a la luna o dejarla sobre el buró.&lt;br /&gt;-No soy bueno para los nombres -le digo.&lt;br /&gt;-Entonces, esta noche seré una puta, nada más.&lt;br /&gt;Me le acerco. Le acaricio los hombros, dejo que el dorso de mis manos resbale por la curva de sus senos.&lt;br /&gt;-¿Y quién eras antes de esta noche?&lt;br /&gt;Su cuerpo se tensa un poco, pero ella no se aleja. Justo como debe aconsejar el oficio.&lt;br /&gt;-No eres uno de esos maniáticos que buscan prostitutas para que les hablen de sus vidas, ¿verdad?&lt;br /&gt;-Oye -le sonrío-, eso no es muy cortés de tu parte.&lt;br /&gt;-Es sólo precaución -dice ella, volviéndose un poco para verificar discretamente la distancia que media entre nosotros y la cama.&lt;br /&gt;Me aparto para desabotonarme la camisa. Ella me mira; en su expresión se advierte un leve titubeo, que aprovecho para pedirle que se desvista.&lt;br /&gt;-Para que confíes en mí -observo.&lt;br /&gt;Obedece. La blusa cede al peso de sus senos, que brotan a la tenue luz de la lámpara. La falda desciende por sus muslos, dejando al descubierto el juego oscuro de sus prendas transparentes. Ella me mira, como indagando si debe continuar.&lt;br /&gt;-Quédate así -le digo.&lt;br /&gt;He terminado de desvestirme. La sangre se me agolpa poco a poco en el miembro, que ella estudia sin disimulo.&lt;br /&gt;-Quítate los zapatos -le ordeno-. Ven.&lt;br /&gt;Le acaricio la cintura, el vientre, los pezones que trascienden la orilla del sostén.&lt;br /&gt;-¿No me dirás tu nombre? -inquiero, rozando sus mejillas.&lt;br /&gt;-No es lo que necesitas.&lt;br /&gt;Se hinca frente a mí, me sujeta el miembro, lo manipula sin destreza. Pero, contrario a lo que espero, no se lo lleva a la boca.&lt;br /&gt;-Si quieres que te lo chupe, son quinientos más. Mil sin condón.&lt;br /&gt;No respondo. La obligo a incorporarse y la tiendo sobre la cama. Mis labios le buscan el cuello, el mentón, la boca; ella me rehuye volviendo la cara hacia la almohada.&lt;br /&gt;-Sin besos -dice muy quedo.&lt;br /&gt;El perfume de su oreja me sabe amargo. Dejo que mis dedos se pierdan en la espesura de su falsa cabellera negra y la sujeto por la nuca para obligarla a mirarme.&lt;br /&gt;-Dime tu nombre -insisto.&lt;br /&gt;-No necesitas saberlo: es sólo una palabra. Además, nunca volverás a saber de mí luego de esta noche.&lt;br /&gt;-No es una palabra, sino la historia que esconde.&lt;br /&gt;No forcejeamos precisamente, sólo que resulta un poco difícil hacer que sus labios se acerquen a los míos.&lt;br /&gt;-Te llamas Estela -afirmo, categórico, obligándola a mirarme.&lt;br /&gt;-Si tú lo quieres.&lt;br /&gt;-No es sólo mi deseo: es la verdad.&lt;br /&gt;-Soy el cuerpo que deseas, lo demás no importa.&lt;br /&gt;-Te equivocas -le digo, sujetando sus muñecas por debajo de la almohada-. Tu nombre es Estela, aunque finjas que eso también lo has olvidado.&lt;br /&gt;Sus ojos escupen una primera lágrima. Sólo entonces deja de luchar. Abandono sus manos y le acaricio los senos, le recorro el vientre, me detengo en la promesa del vello que la delicada trama de sus pantaletas no consigue esconder.&lt;br /&gt;-Tu nombre es Estela, eso lo sabes, aunque el resto de tu historia se haya ido, aunque finjas ignorar que alguna vez estuve en tu pasado, aunque te resistas a reconocer que me sé tu cuerpo de memoria...&lt;br /&gt;Pero no es verdad: la piel de su ingle es una farsa, una burda caricatura de todos mis recuerdos.&lt;br /&gt;Por un momento creo que la acompañaré en el llanto. Entonces su voz se impone como una canción desconocida que surgiera en el sueño, tan viva y, a la vez, completamente irreal:&lt;br /&gt;-No te has equivocado: soy Estela, y tú eres el primero, el primero en mi vida...&lt;br /&gt;-¡Cállate! -le digo-. No sabes lo que estás diciendo.&lt;br /&gt;-Sí lo sé: Estela es un nombre hermoso, lo único hermoso que recordaré de esta primera noche. Eso, y tal vez tú.&lt;br /&gt;Ella miente: la ausencia del lunar en ese pliegue secreto la ha delatado. No es Estela, no puede serlo: ella se ha ido, y yo sigo en la atroz tarea de profanar su tumba.&lt;br /&gt;Miente, miente como una puta perversa y embustera, pero a la vez está diciendo la verdad:&lt;br /&gt;-Él me ha obligado a prostituirme, pero, de todas formas, no tengo alternativa. ¿Sabes lo que es no tener otra cosa que tu cuerpo? ¿Sabes lo que significa tener que resignarse a vivir de otros cuerpos?&lt;br /&gt;He mantenido la cara escondida entre sus piernas. El aroma entre ácido y dulzón de su sexo me está dejando una huella imborrable en la memoria. Por eso me animo al fin a incorporarme. Es entonces cuando descubro que su llanto fue menos cobarde que mi propio llanto.&lt;br /&gt;-Tú eres el primero -me dice, secándose las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay cosas que son de la noche. La mentira no es una de ellas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115320318794512352?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115320318794512352/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115320318794512352&amp;isPopup=true' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115320318794512352'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115320318794512352'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/07/slo-una-puta-mentira-ms.html' title='Sólo una puta mentira más'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115294508054951970</id><published>2006-07-15T01:20:00.000-05:00</published><updated>2006-07-15T01:35:00.670-05:00</updated><title type='text'>Estela</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/CIUDAD.0.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/CIUDAD.0.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sólo quien se ha despojado de la incómoda noción de la locura sabrá espiar -como yo lo he hecho- las formas de su propia vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estela abandonó el hospital en una mañana sin sol de principios de julio. Su cuerpo transparente, delgado, casi diminuto, se estremeció un poco al sentir la opresiva libertad del exterior. Su padre la condujo del brazo hasta el interior de la camioneta y cerró la portezuela con exageradas precauciones, como si temiera perturbarla, romper el fino cristal de su frágil equilibrio. Los seguí a la distancia por las calles estrechas y de fachadas carcomidas de la zona. A punto estuve de perderlos cuando la camioneta trascendió un cruce con el amarillo del semáforo; alcancé a librar con dificultad el taxi que se detuvo ante el rojo y dejé pasar un par de vehículos antes de acelerar para evitar la embestida de un autobús escolar. Tomaron Avenida Cuauhtémoc y doblaron a la izquierda en Viaducto. Ahora estaba seguro de que su destino no me era ajeno: los padres de Estela habían concluido los trámites del divorcio pocos días antes del accidente. Su madre había adquirido un departamento en el oriente de la ciudad y la casa había quedado en poder del padre por algunas cuestiones legales que ignoro. Sé, sin embargo, que el hombre suele hacer largos viajes por el país; a ello se debía, seguramente, que hubieran optado por hospedarla en el departamento, en donde siempre habría alguien que cuidara de ella durante el tiempo que tomara la recuperación. Era, a todas luces, un error: Estela no necesitaba emprender una vida distinta, sino reencontrar el camino, y para ello, estar rodeada de las cosas que la amnesia le arrancó habría sido lo mejor. No hay nada más triste que especular acerca de lo que hemos dejado atrás: yo había decidido hacerme a un lado, dejar que Estela se reconstruyera a sí misma sin el lastre que había sido nuestra secreta relación, dejar el paso libre a ese otro que la amaba y a quien ella recordaba amar, aunque ese sentimiento fuera más un capricho de la memoria que del alma.&lt;br /&gt;Aunque todo, excepto mi rostro, hubiera renacido ya en su interior.&lt;br /&gt;¿Qué hacía allí entonces? ¿Qué enfermo impulso me obligaba a seguirla, a negar los motivos de mi promesa, a convertirme en un abyecto y ruin merodeador? No lo sé. Supongo que, una vez que has aprendido a vivir con una máscara, tu verdadero rostro es algo que el espejo de la existencia no puede soportar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante la primera semana, fui uno con la esquina solitaria de la calle desde la cual podía velar sin ser visto la ventana de su recámara. Una o dos veces la vi asomarse para reconocer el exterior, como si en ese análisis superficial de las cosas quisiera hallar un recuerdo, una fugaz señal que pudiera conducirla a ese pasado que era para ella tan sólo una ficción. En una de esas ocasiones, creí ser descubierto: Estela descorrió el cancel de la ventana y su vista pareció perseguir el origen de la canción que inundaba la calle desde el taller mecánico; en cierto momento, la mitad de su cuerpo colgó hacia el vacío y por un instante su mirada me alcanzó. Oculté el rostro detrás de un poste de alumbrado público y fingí interesarme en el mensaje de un cartel quemado por el sol. No quise saber si me había reconocido; di la media vuelta y me alejé calle abajo sin volver la vista atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ignoro su nombre, pero ese misterio, lejos de atenuarla, sólo ha conseguido hacer más honda mi desesperación. Llegó una noche, justo cuando la lluvia había cesado. Estacionó el sedán frente al edificio y miró hacia lo alto, como un hombre que recién hubiera advertido el tamaño de su destino. Se acercó al portal y estudió la numerología antes de decidirse por pulsar uno de los timbres. El ruido de los autos que el viento arrastraba desde la avenida me negó los detalles del breve diálogo que sostuvo con el intercomunicador. Unos segundos después, el mecanismo de seguridad del portal se destrabó y el hombre dejó de ser la aterradora promesa de sí mismo. Pensé en correr hasta el umbral y detener el viaje del portón que por días había impuesto su silencio entre Estela y la historia que nunca quise contarle. Pero me ganó la cordura, si es que acaso esa palabra tiene algún valor en un hombre como yo. Me atreví, sin embargo, a buscar un sitio más cercano, al otro lado de la calle. Fumé un cigarrillo; me resigné a las sombras. Al rato, las dos siluetas se dibujaron en la cortina y un instante después la espalda de Estela se concretó dentro del marco de la ventana, como si el reverso de su vida fuera la única imagen que me correspondiera. Tenía un cigarrillo en una mano, y el hombre se dejó ver entonces con un encendedor cuya flama le iluminó ligeramente el rostro. Sonreía. O el dolor me traicionó. Conversaron. No supe cuánto tiempo. En cierto momento, la espalda de Estela se estremeció, por la tos o por la risa, y una colilla moribunda surcó el vacío para caer sobre el asfalto a pocos metros de donde yo me encontraba. La magia de saber si habían sido sus labios los que agotaron esos restos me distrajo, y cuando de nuevo volví la vista hacia la ventana, ya el hombre la abrazaba. Su rostro, tenuemente revelado por el ámbar, hizo suyo el hombro de Estela y sus ojos se cerraron, ignoro si por apresar el ansia contenida o porque hubiera intuido mi presencia y quisiera contagiarse de esa amnesia que había aprendido a negarme.&lt;br /&gt;No hubo lluvia que disfrazara mis lágrimas. Esperé a ver que aquel contacto madurara y sólo entonces me retiré de la misma forma subrepticia como había llegado.&lt;br /&gt;Conduje lentamente por las podridas calles de esa noche que, entonces lo supe, jamás terminaría. No fui directamente a casa, no podía: debía dejar que la soledad y el tiempo repararan el origen de mi llanto. Porque allá, a lo lejos, una mujer me esperaba; porque en ella, en su cuerpo, residían los recuerdos intactos de una vida de la que aún no había llegado la hora de partir.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Un sitio en la memoria.&lt;br /&gt;Donde nadie se merece el olvido.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,&lt;br /&gt;mis manos contienen la lejanía de las tuyas&lt;br /&gt;y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que no merecías,&lt;br /&gt;a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,&lt;br /&gt;mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un movimiento de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha de aceite en el agua,&lt;br /&gt;y es la hora de encender ciertas luces&lt;br /&gt;y caminar por la casa&lt;br /&gt;evitando el estallido de ciertos rincones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,&lt;br /&gt;en tu pecho hubo tardes que al final del verano&lt;br /&gt;todavía miré encenderse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y éstas son aún mis reuniones contigo,&lt;br /&gt;el deshielo que en la noche&lt;br /&gt;deshace tu máscara y la pierde.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;-José Carlos Becerra&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115294508054951970?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115294508054951970/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115294508054951970&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115294508054951970'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115294508054951970'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/07/estela.html' title='Estela'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115277610893117828</id><published>2006-07-13T02:11:00.000-05:00</published><updated>2006-07-13T02:36:43.026-05:00</updated><title type='text'>Kodak de locura ordinaria</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/25_Rapport-Set-White-Small[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/400/25_Rapport-Set-White-Small%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;También hubo buenos momentos: la lluvia sobre el mármol del Palacio de las Bellas Artes, el gentío, la figura que cruza a ciegas Avenida Juárez, el cielo en gris como el ala de la historia, cernida y amenazante sobre la ciudad de México. Había ido allí porque Verónica tenía el antojo de beberse un café al aire libre mientras tomaba algunas impresiones de la gente, de su residencia pasajera en torno a nuestra circunstancia, creo que dijo. No es que le gustaran las palabras, era sólo que aquella frase la había alcanzado en un sueño y sintió deseos de construirse una ficción en torno a su significado, que, por otra parte, aún no tenía del todo claro. Cuando al fin di con ella, con su silueta difuminada, casi disuelta en la penumbra del local, la lluvia apenas escampaba. Se hallaba a solas, sentada ante la mesa diminuta, y no me vio llegar, absorta en las tareas de su cámara fotográfica.&lt;br /&gt;-Creí que no vendrías -me dijo a manera de saludo-. Aquí ha caído un aguacero insufrible. Pensé que no terminaría nunca.&lt;br /&gt;-El Metro se atascó -me disculpé, al tiempo que ocupaba una silla a su lado-. Aquello apestaba. Luego un niño empezó a llorar. Un pedo anónimo, como diría el poeta, terminó por hundirnos en la desgracia.&lt;br /&gt;Verónica sonrió.&lt;br /&gt;-Mira -me dijo, mostrándome la cámara-. Aún la conservo.&lt;br /&gt;Verónica y yo fuimos compañeros en la Universidad. Ella tomó el camino de las artes; yo, el de la puerta de salida. Un primo lejano me envió la cámara desde los Estados Unidos. Era poco lo que podía hacer con ella, a no ser que la cediera a un precio irrisorio en algún momento de desesperación. Verónica la descubrió una tarde en casa de mis padres; me mostró cómo se usaba; me hizo incluso algunas fotos, que nunca revelé. Finalmente, una tarde la esperé a la salida de la escuela y le pedí que la guardara. No era precisamente un regalo, sino un vínculo, algo que nos mantendría unidos aun en la distancia. Deseos de juventud. Por eso, aquella tarde, al ver el aparato que apenas me supe capaz de reconocer, algo de aquel pasado no demasiado remoto vino a mi encuentro. Si es que la memoria no ha perdido algo en el camino, recordé que Verónica y yo mantuvimos una buena amistad. Nada muy intenso, nada inquebrantable. Me gustaba que usara medias con liguero incluso debajo de los jeans. Poco tenía que ver con los trabajos de la seducción: si no mal recuerdo, algún día me confesó que amaba los secretos, y encontrarse a ella misma en medio de la gente que ignoraba el capricho de su ropa interior era algo que la hacía sentirse diferente, algo mágica, creo que fue eso lo que dijo. “¿Por qué entonces lo confiesas?”, le pregunté cuando lo supe. “Porque nunca lo verás”, me respondió, “y la prenda tendrá mil formas y ninguna en tu imaginación, por siempre.”&lt;br /&gt;-¿Vas a tomar algo? -Su voz me arrancó de la abstracción.&lt;br /&gt;-Una coca -dije-. No, mejor un café.&lt;br /&gt;Verónica llamó al mesero con un gesto y le pidió un vienés.&lt;br /&gt;-Aún te acuerdas -observé. Ella reprodujo la misma expresión con la que en el pasado me había revelado su placer secreto.&lt;br /&gt;-Espero que no te hayas pasado a la moda del capuchino -bromeó.&lt;br /&gt;-Hay cosas que siguen intactas -le dije, mirándola con una suerte de soterrado deseo.&lt;br /&gt;Había algo que la memoria se empeñaba en ignorar: alguna vez mis manos se reconocieron en esas caderas que de ninguna manera eran una celebración de la feminidad, aunque no por ello desmerecían. El tacto, entonces, supo que Verónica decía la verdad: los insinuados bordes de su ropa interior se correspondían fielmente con aquella confesión. Fue una tarde en la escuela, mientras ella se afanaba en asomarse al otro lado de la cerca que marcaba el final del patio del colegio. Había intentado colgarse de muchas formas, y sólo después de meditarlo un poco accedió a que mis manos le sirvieran de impulso. No hallé mejor punto de apoyo que sus caderas. Verónica me advirtió que dejara aquel manoseo por la paz, pero igual la curiosidad pudo más que la vergüenza y pronto pasó por alto la profanación de sus nalgas. El sueño no fue conmigo esa noche. Después de todo, ella tenía razón: el liguero adoptó todas las formas y todos los colores que mi imaginación halló a la mano y el mórbido desfile sólo encontró fin cuando el tumultuoso estallido de mi eyaculación me bañó el dorso de la mano derecha.&lt;br /&gt;Me sonrojé un poco, reviviendo aquel momento, y ella dejó ver su extrañeza.&lt;br /&gt;-No es nada. Sólo un recuerdo -le dije.&lt;br /&gt;La taza ya estaba frente a mí. Bebí un poco y señalé la Kodak, que descansaba en silencio en medio de los dos.&lt;br /&gt;-He pensado en la fotografía que debo tomar -dijo-. Me imagino a los dos en el centro de una multitud que camina a toda prisa, en distintas direcciones, ajenos a nosotros, a nuestra circunstancia. ¿Me sigues?&lt;br /&gt;Asentí, observando su rostro, tierno detrás de todos esos años que se habían ido acumulando en medio de nuestra historia.&lt;br /&gt;-Tal vez lo consiga si logro encontrar un buen lugar donde instalar la cámara -continuó ella-. Un sitio alto, de ser posible. Tal vez un balcón, o un tejado. Pero hay un problema: el obturador tendría que permanecer abierto un minuto o dos, y eso sólo puede hacerse manualmente. -Verónica meditó unos instantes-. No creo que funcione...&lt;br /&gt;-Podríamos pedirle a alguien que lo haga, alguien que tenga pinta de estudiante, que tenga cierta noción del manejo de...&lt;br /&gt;-¿En esta ciudad? -me interrumpió-. No: nada garantiza que saldrá corriendo en cuanto lo dejemos solo, y nosotros a media calle, como turistas extraviados.&lt;br /&gt;-Tienes razón -acepté-. Piensa en otra cosa.&lt;br /&gt;-Se me ocurre... -comenzó a decir, pero se detuvo de improviso-. No, olvídalo.&lt;br /&gt;-No puedo: tengo buena memoria -dije, señalándome la frente-. Anda, dilo -la animé-, tal vez sea una buena idea.&lt;br /&gt;-Son puros alucines -suspiró ella-. Una extravagancia.&lt;br /&gt;-¿Qué puede ser tan complicado?&lt;br /&gt;Verónica me miró fijamente. En sus ojos había un brillo extraño, una luz intensa, casi corpórea, profusa en la oscuridad de aquella terraza que el fulgor cristalino de la tarde mantenía intocada.&lt;br /&gt;-Promete que no te reirás ni que lo tomarás como un juego -me advirtió, de pronto seria, no: intrigante.&lt;br /&gt;-Puedo jurar, mas no prometer, porque una promesa es de dioses, que son inmortales.&lt;br /&gt;La vi llevarse la taza hasta los labios, pero ignoro si bebió o sólo fue una forma de disfrazar su indecisión. Cuando al fin la dejó sobre la mesa, se volvió de nuevo hacia mí y torció la boca en una mueca que se fingió sonrisa.&lt;br /&gt;-Me imagino -dijo- que la soledad puede ser un refugio para el tránsito apresurado de la gente. Cuando una persona está harta de los otros, se esconde en sí misma. Pero entre dos, la cosa no resulta. La única opción es que esos dos sean una sola y la misma persona. Y sólo hay una manera de lograrlo...&lt;br /&gt;Ahora su mirada fue como un destello, una fuerza que me empujó poco a poco hasta depositarme en la única imagen que podía hospedar aquello que su mente había fraguado. Pero no quise equivocarme, no en ese instante, que me pareció decisivo. Me mantuve en silencio, justo como haría el responsable de que el mundo se fuera al carajo de una manera discreta, si es que alguna vez alguien acepta esa tarea absurda. Verónica, al ver que las palabras que completarían la idea no saldrían de mi boca, se atrevió al fin:&lt;br /&gt;-La única manera es robarle al tiempo esa imagen en que dos cuerpos se juntan, ¿me sigues?, en que dos cuerpos se convierten en uno. ¿Sabes de qué te estoy hablando?&lt;br /&gt;Pensé que había dicho sí, pero ahora sé que mis labios jamás habrían podido reunir las fuerzas necesarias para expresar que lo había comprendido todo.&lt;br /&gt;-Tendríamos que estar tú y yo en un lugar solitario, semioscuro, que subraye la idea de la autosegregación, del exilio interior, pero que a la vez sugiera no esa costumbre de los cuerpos que es el encuentro marital, sino la intimidad, la lúcida y descarnada intimidad de dos amantes que se esconden, que se refugian del juicio público.&lt;br /&gt;-Verónica -conseguí decir-, detente un momento, me estás mareando. Mira: no soy tonto; te entendí desde el primer momento. Y si digo que no soy tonto, estoy abarcando hasta el último resquicio de tu idea. Sólo tengo una duda: ¿en verdad quieres tenerme a mí en esa foto?, ¿no crees que podrías esperar a que alguien más te acompañe, alguien con quien quieras estar en &lt;em&gt;esa&lt;/em&gt; circunstancia, alguien que le dé sentido a la idea de intimidad?&lt;br /&gt;Su vista escudriñó el sector de la calle que asomaba a la terraza. Luego, sus dedos rozaron los bordes de la cámara fotográfica, fría y expectante como un niño que presenciara una discusión de sus padres. Entonces sus ojos al fin me buscaron y la delgada línea entre sus labios se separó ligeramente como quien le tiende una trampa al suspiro.&lt;br /&gt;-Tú eres a quien soñé -dijo al fin-. No veo por qué deba suplantarte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fotografía nos exhibe a los dos, desnudos frente a frente sobre la cama revuelta. Puede que para ti no sea más que un cliché, el lugar común de los amantes. Para mí, sin embargo, esa imagen guarda una íntima relación con los quehaceres de la memoria: el liguero, blanco, delgado, dibujado como el frágil rastro de un sueño sobre su piel morena, era terso incluso a la mirada. Descubrirlo así, de pronto cierto, fue un momento devastador. Verónica, de pie frente a la débil luz que contagiaba su perfil, se fue despojando poco a poco de los jeans. Su cuerpo no tendría por qué haber sido hermoso, pero el tiempo, indolente, nos había traicionado, dejándonos a merced del ansia que sólo entonces supimos eterna. Se lo dije, porque era poco ya lo que necesitaba esconder. Y ella lo aceptó, creo que lo aceptó, pues ensayó un lento giro antes de caminar hacia mí, que la esperaba, también semi desnudo, sentado a la orilla de la cama.&lt;br /&gt;-No lo hagas -me detuvo al ver que mis manos se movían en un primer intento por reconocerse en la tela de aquella prenda que ya jamás olvidaré.&lt;br /&gt;-Déjame -le pedí en un ruego-. Lo necesito...&lt;br /&gt;-Yo tampoco soy tonta -repuso-: ¿crees que no sé que ya lo habías tocado?&lt;br /&gt;Sin más trámite, le quitó a su cuerpo aquella distracción y fue hasta la cómoda para verificar el encuadre de la cámara. Luego regresó y se tendió de una manera más tierna que sensual sobre la cama.&lt;br /&gt;-Ven -me llamó-, necesito decirte algo.&lt;br /&gt;Me habló muy quedo.&lt;br /&gt;Aquella nueva confesión se morirá conmigo. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115277610893117828?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115277610893117828/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115277610893117828&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115277610893117828'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115277610893117828'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/07/kodak-de-locura-ordinaria.html' title='Kodak de locura ordinaria'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115268422410125501</id><published>2006-07-12T00:51:00.000-05:00</published><updated>2006-07-12T01:03:44.130-05:00</updated><title type='text'>El tamaño del infierno</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/pito_grande[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/pito_grande%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando Laura enfatizó el perfil contra el nauseabundo rostro del domingo, no sólo estaba rescatando una complicada imagen del oscuro entramado en que se habían convertido sus recuerdos: también estaba decretando un dominio de la situación que, a partir de ese momento, supe que estaría hecho de hierro e indolencia.&lt;br /&gt;-Tuve un novio horrible -comenzó, dejando que sus ojos se pasearan por las altas galerías del centro comercial-. Era prietísimo, de pelos negros, algo barrigón. Me trataba como a una niña. Me celaba. En la vida real era muy tierno, pero en la cama se transformaba por completo: me hacía de todo, me volteaba para todas partes, aguantaba horas...&lt;br /&gt;-¿Dijiste “en la vida real”? -me extrañé-. Eso suena a que lo demás lo estás inventando.&lt;br /&gt;-Es un decir. Hoy es la “vida real”, pero mañana puede ser “el día” o “entre semana”, ¿me entiendes? Es sólo una manera de referirse a los momentos en los que no estábamos &lt;em&gt;haciéndolo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;-Bueno, el tipo era horrendo, pero en la cama era una fiera...&lt;br /&gt;-¡Y tenía un pene enorme!&lt;br /&gt;-¿O sea -quise saber- que no te gustaba pero andabas con él por su pene?&lt;br /&gt;La sonrisa de Laura era una verdadera declaración de principios.&lt;br /&gt;-Pero eso ocurre nada más en la pornografía -bromeé.&lt;br /&gt;-Te lo digo en serio. Mira: cuando empezamos a andar, yo venía de tronar con un chavo que lo tenía &lt;em&gt;normalito&lt;/em&gt;. Yo lo quería mucho y lloré cuando terminamos. Estuve soltera mucho tiempo. Cada vez que aparecía un pretendiente, luego luego me ponía a compararlo, a ver sus gestos, su manera de hablar, de comportarse. Y, obvio, ninguno le llegaba. No era tanto porque el otro fuera la gran cosa, sino que había estado enamorada de él, y empezar otra relación me parecía lo más tormentoso del mundo. Imagínate: tener que adaptarte, hacer que se acostumbre a ti, volver a contarle la historia, todo eso. Por eso prefería ir sola al cine, salir con mis amigas, con la familia, en fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Hasta que apareció este cuate. Ya te dije que era feo como un gargajo, pero se portó tierno desde el inicio. No intentó seducirme y esas ondas, simplemente me preguntó cómo era mi vida, qué pensaba de ciertos asuntos, y así, más como cuate que como presunto amorío. Hacía tiempo que no me sentía tan en confianza. Y un buen día, sin apenas darme cuenta, ya éramos novios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Cierta noche me invitó al cine. Yo estaba tan entusiasmada por dejar al fin la soledad, que acepté sin saber ni qué película íbamos a ver. Bueno, pues se trataba de una de supuesto cine de arte, de esas que no se diferencian mucho de la pornografía: se trataba de unos cuates que se hacen amantes; ninguno de los dos sabe nada del otro, ni se molestan en averiguarlo: sus encuentros son siempre silenciosos, en hoteles diversos, puro sexo. Bueno, pues nada de que le cortan a la escena o te ponen una música como de desfile de modas para adornar sus tomas dizque sensuales: llegaban, se encueraban y se ponían a darle al asunto. En una escena, el cuate se levanta al baño y se le ve todo el cuerpo, incluida &lt;em&gt;su cosa&lt;/em&gt;. Era grandísima, te lo juro. Fíjate que con mi ex novio platicaba a veces del tamaño del pene. Yo, que no sabía nada de la vida, le insistía en que los hombres generalmente se comparan el pene cuando están orinando uno junto al otro, y que desde esa perspectiva, pues el de junto siempre se va a ver más grande. Eran puras idioteces, y él -se llamaba Omar- me decía que no era cierto, que sí eran evidentes las diferencias de tamaño, que era igual que como cuando un hombre ve a una mujer tetona: se excita mucho, pero eso no significa que la ame. En cambio, la mujer de la que está enamorado puede tener en el pecho apenas un par de piquetitos de mosco, pero eso queda relegado por la pasión que siente por ella. Algo así. No te rías. El chiste es que al ver al actor ese, entendí la importancia del pene...”&lt;br /&gt;-&lt;em&gt;La importancia del pene&lt;/em&gt; -la interrumpí, paladeando la frase.&lt;br /&gt;-Deja de burlarte o ya no te cuento nada -riñó ella.&lt;br /&gt;-No es burla, de veras que es todo un hallazgo verbal.&lt;br /&gt;-En fin. Pues resulta que a media película ya estaba yo toda mojada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Es bien raro: hasta ese momento, yo ni pensaba en el pene de los hombres. Bueno, sí lo hacía, pero lo veía -y todavía lo sigo viendo, no me creas tan perversa- como una simple parte del cuerpo. A la mayoría de las mujeres nos gustan más otras cosas, cosas que no siempre tienen que ver con el físico, como la manera de mirar, de platicar, y así. Sólo que en ese momento me puse a ver que lo que más me excitaba era esa idea del amante, de lo prohibido, de lo nuevo, de lo pasajero. Entonces miré de reojo a este chavo y me di cuenta de que también me estaba mirando, y de que respiraba medio agitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿Te has dado cuenta de cómo se comporta la gente cuando ve una escena de amor? Se mueven en el asiento, tragan saliva ruidosamente, carraspean, se incomodan. No entiendo por qué. Lo cierto es que mi entonces novio volvió los ojos hacia la pantalla y yo aproveché para ponerle una mano en la pierna. Y la dejé allí un momento, para ver qué hacía. Y no hizo nada, sólo ponerse tenso. Luego -ya sé que no me vas a creer-, por puro accidente le rocé la entrepierna. Y ¿qué crees? Pues que lo tenía bien duro. Eso para una mujer es algo definitivo, algo que no se puede ignorar, menos si lo tienes al alcance de la mano. Peor si estás en medio de la oscuridad, viendo una película en la que no hacen otra cosa más que tener relaciones. Como este chavo no hizo nada, sino quedarse quieto y fingir que no se había dado cuenta, pues me atreví a ponerle de plano toda la mano en su cosa. Fue así como me di cuenta de lo grande que era.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pregúntame qué hice. Andale, pregúntame.&lt;br /&gt;-¿Qué hiciste, pues? -sonreí.&lt;br /&gt;-Nada. Absolutamente nada. Me hice la desentendida y retiré la mano. Y él siguió como si no se lo hubiera agarrado.&lt;br /&gt;-¡Qué martirio!&lt;br /&gt;-Salimos del cine y paseamos un rato. Ya unos días antes nos habíamos besado, pero esta vez nos pusimos a restregarnos como Dios manda. Yo casi jadeaba, y más cuando me puso aquella cosa en el vientre (el cuate era igual de grandote que su pene) y lo sentí duro, durísimo. Entonces me puse a sobárselo por encimita y él ya no aguantó más: me tomó por la muñeca y me hizo que metiera la mano en el pantalón. Fue una experiencia cachondísima, sentir la carne caliente y endurecida, palpitante. Mira, vas a decir que soy una embustera, pero traté de agarrárselo... ¡y nunca pude cerrar mis dedos en torno a ese trozo de carne!&lt;br /&gt;-¡Ya! -exclamé-. ¡Te pasas!&lt;br /&gt;-¡En serio! Esa noche no hicimos nada, pero dos o tres días después me sugirió hacerlo. No me pude negar. Ya no era tanto el antojo, los días que llevaba en ayuno, sino la curiosidad por ver de cerca un pene de ese tamaño. Y no sólo verlo, sino saber qué se sentía. En ese momento ya no me importaba que el tipo fuera feo como un chino mal comido; yo quería tener una cosa de esas en las manos, en la boca, ¡en el coño!&lt;br /&gt;Un hombre se volvió desde la mesa contigua y nos estudió fugazmente. Estaba con su familia y reprobó el vocablo como si hubiera hallado un vello púbico en su hamburguesa.&lt;br /&gt;Laura y yo reímos discretamente. Le pedí que fuera menos expresiva y ella continuó.&lt;br /&gt;-Su pene no sólo era gigantesco, sino que estaba igual de prieto que su dueño. Fíjate: cuando se desvistió, le colgaba como un hombre exhausto, pero una vez que me empezó a acariciar, le empezó a crecer y la carne, de tan grande, se le salió del cuerito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Yo al principio me hice la santita. Lo abracé por el cuello y lo atraje hacia mí para besarlo. Estábamos acostados en la cama, uno junto al otro, por eso pude ver de reojo la evolución de la carne...”&lt;br /&gt;-¡No sigas! -exclamé-. Una frase dominguera más y voy a dejar de creerte...&lt;br /&gt;-Perdón, perdón -se disculpó Laura, riendo contagiada-. Pero si no quieres que emplee eufemismos, voy a tener que decir pito, verga y todo ese vulgar catálogo de sinónimos que ustedes inventaron.&lt;br /&gt;-Si al señor no le importa -dije, señalando al pater familias que no parecía perder detalle-, a mí me tiene sin cuidado.&lt;br /&gt;-Bien. ¿En qué estábamos? Ah, sí. Resulta que su verga le estaba creciendo hasta límites intolerables y yo ya no pude resistir más y se la agarré con una mano, mientras que con la otra seguía acariciándole el cuello, ya ves, para no parecer tan perver. Pues mira: cuando lo toqué, mis dedos todavía se lo podían rodear; pero conforme pasaron los segundos, ¡ni las uñas me tocaba! El otro se puso a gemir, a gruñir, a lamerme toda la cara y finalmente me puso de espaldas y me fue besando todo el cuerpo hasta llegar allá abajo. Ya Omar me lo había hecho con la lengua, pero no soy fan de esas ondas. Sin embargo, este cuate se había puesto de nalgas contra el espejo y desde donde yo estaba le alcanzaba a ver el manojo completo, meciéndose hacia atrás y hacia adelante como un acróbata indeciso. Cuando menos me di cuenta, ya estaba yo toda mojada y deseosa, y le jalaba el cabello para ver si le paraba al asunto y me dejaba agarrárselo otra vez. Entonces hicimos un sesenta y nueve. Creéme que tenía un culo horripilante, pero le olía bonito, como acidito, tiernísimo. Al principio fue muy incómodo, porque su pito me llegaba hasta los senos y apenas alcanzaba a lamerle el paquete testicular...”&lt;br /&gt;-Ahí vas otra vez...&lt;br /&gt;-Oh, perdón. El chiste es que tuvimos que hacer una serie de complicadas contorsiones para poder tenerlo al alcance de la boca. ¿Nunca has probado un pene?&lt;br /&gt;Le ofrecí una sonrisa discreta.&lt;br /&gt;-Es broma. Pues mira: un pene sabe a orines rancios, pero es la cosa más rica del mundo. No por su sabor, sino por la idea de que todo el deseo del hombre se concentra en ese trozo de carne, y si sabes usar la lengua, ya puedes tener un esclavo. El de este chavo, sin embargo, tenía el inconveniente de que no me cabía en la boca. Y fíjate de qué tamaño la tengo...&lt;br /&gt;Laura ensayó un gesto de bostezo como el del león de la Metro. De verdad tenía (para decirlo a su estilo) una ancha cavidad bucal. Al verla así, abierta frente a mí como una promesa, me imaginé las vergas de treinta centímetros de diámetro de las que hablaba el Marqués de Sade. Sin poder evitarlo, me llevé la mano a la entrepierna, y tuve que consolarme pensando que la boca de Laura era tan grande, que bien podrían caber en ella todas las mentiras del mundo.&lt;br /&gt;-¿Loh vej? -balbuceó, esforzándose por ensancharla aún más.&lt;br /&gt;-Te creo, te creo.&lt;br /&gt;-Así que ya podrás imaginarte que no me cupo más que la puntita. Y eso que no te he hablado del tamaño de sus testículos, ¿o sí? En fin. También se los lamí, me los metí en la boca, uno por uno, y hasta le mordí el pellejito arrugado. No soy una diestra mamadora, pero igual sirvió, porque lo puse cachondísimo y no pasaron más que unos segundos para que lo tuviera encima de mí. Yo creo que él ya sabía las dificultades que implica andar con esas dimensiones por la vida, pues me alzó las piernas y se agarró el pene para apuntarme y empezar a meterlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Ya sé que nunca te han metido nada, pero de todos modos quiero que te imagines lo que es que te introduzcan una cosa así nomás porque sí: la primera vez se siente rarito; duele, pero si estás húmeda, el dolor no es mucho por la idea de que al fin vas a saber lo que es hacer el amor. Ya una vez que está adentro, la cosa cambia: el simple roce en la orillita es algo indescriptible; luego, conforme empiezan a moverlo, la sensación abarca todo lo que es la entrada, y si están arriba de ti, la cabecita toca el punto G y te puedes volver loca. Eso sí, cuando todo acaba, sientes la vagina chiquigrande, como que te pulsa, como que te arde. Ahora piensa en el tamaño de ese pene: por supuesto que yo ya no era virgen, pero como si lo fuera: aquella cosota me estaba rompiendo el coño y casi me echo a correr. ¡En serio! Me arrenalgé cama arriba y, por puro reflejo, creo que hasta se me cerraron las piernas. Este chavo me vio como diciendo ‘¡Otra cobarde!’, pero no dijo nada, únicamente me tomó por los tobillos y me atrajo hacia sí. ‘Oye, duele’, le dije. ‘¿Nunca lo habías hecho?’, me preguntó. Asentí con un gesto y el exhibió un gesto de mórbido placer. Ha de haber dicho: ‘Estoy cabrón’, o algo así, porque se echó encima de mí y me apretujó los senos mientras me metía la lengua en la boca y los dedos en el coño. Yo pensé que de la frustración me iba a violar, pero lo que hacía era provocar que me mojara para poder meterme su pitote sin problemas. De todas maneras, el truco tampoco funcionó: me puso una almohada debajo de las nalgas, me agarró de los muslos para evitar que me escapara y me empezó a penetrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Yo ahorita te lo cuento así, pero la verdad es que ya quería sentirlo y me odiaba por no poder aguantarme tantito. Así que me armé de valor, apreté la quijada y dije: ‘Véngase tu reino’ mientras sentía que la verga me abría en canal. ¡No sabes qué rico se siente aquello! Mira: no es tanto que el pene sea grande; lo verdaderamente importante es que sea grueso, ¿me entiendes?, porque entonces te abarca todo lo que es alrededor de la vagina, que es el área más sensible. Hay algo que los hombres, o casi todos los hombres, ignoran, y es la sensación de ocupación. Aunque no lo creas, una sí siente el tamaño ahí dentro. Bueno, no exactamente el tamaño, quiero decir que una percibe que hay algo adentro y lo asocias con la imagen de la persona que te lo está haciendo. Es como si lo tuvieras todo él en tu interior, y si lo amas, ese placer se multiplica. Ahora imagina que un pene grande, además de estético, es capaz de tocarte toda por dentro. Así que, una vez que pasó el dolor, lo demás fue puro, total y absoluto rock and roll.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y te aficionaste a los pitotes?&lt;br /&gt;Laura, por toda respuesta, me extendió una sonrisa pícara.&lt;br /&gt;-¿Y qué hay entonces de los demás? ¿Todos han sido unos auténticos &lt;em&gt;tripiés&lt;/em&gt;?&lt;br /&gt;-No, la verdad no. Unos lo han tenido grande; otros, chico. Pero ninguno como ese. Era Un Pito.&lt;br /&gt;-¿Y el mío? -quise saber.&lt;br /&gt;-Ay borreguito -así me decía, la muy cabrona-. Comparado con ese chorizo, el tuyo parece una chistorra.&lt;br /&gt;-Eres cruel.&lt;br /&gt;-Soy realista.&lt;br /&gt;Laura me jaló por el cuello y me besó. Fue un gran beso, de lengua inquieta y ojos entornados.&lt;br /&gt;-Házmelo otra vez -me susurró ella, ahora mordiéndome la oreja.&lt;br /&gt;-Después de conocer la dimensión de tu historia, me declaro incompetente.&lt;br /&gt;-No seas tontito -regañó, acariciándome una mejilla-, a mí el tamaño no me importa...&lt;br /&gt;-¿Y piensas que voy a creerte?&lt;br /&gt;-Allá ustedes si no lo creen.&lt;br /&gt;-Sí, lo sé: es una frase de consolación.&lt;br /&gt;-Si no te tienes confianza, prueba a metérmelo por atrás: ese lugar está incólume.&lt;br /&gt;-Eres una mentirosa: tienes el ano más grande que la boca.&lt;br /&gt;-Sí hombre. También me lo metió por ahí, pero eso no cuenta porque fue por una apuesta, no por deseo.&lt;br /&gt;-¿Y quién ganó?&lt;br /&gt;Laura lo meditó un poco, demasiado para no entrever el tamaño de su recuerdo.&lt;br /&gt;-Creo que él -dijo al fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camino al hotel, me contó de otro hombre. Ya no habló del tamaño de su pene, sino de la dureza de sus nalgas. No supe si agradecer esa ligera variación en el tema.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115268422410125501?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115268422410125501/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115268422410125501&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115268422410125501'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115268422410125501'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/07/el-tamao-del-infierno.html' title='El tamaño del infierno'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115259112014080392</id><published>2006-07-10T23:05:00.000-05:00</published><updated>2006-07-10T23:12:00.160-05:00</updated><title type='text'>Scarlett</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;¿Debo presentarme? No te hagas: mi nombre ya lo conoces porque lo leíste en el título. Scarlett. ¿Te gusta? Qué quieres que te diga: a mí me fascina. Me súper encanta. Suena como una herida. Como una herida de amor, de esas que te dejan tirada en la cama días enteros. Scarlett. Como cuando te quitas una costra y la piel debajo se parece a una rosa que apenas florece. Sí, ya sé lo que estás pensando: Scarlett es nombre de mujer fatal. Ya me lo habían dicho.  Tal vez no se equivocan: en toda mujer hay algo de oculta, disimulada fatalidad. Y mi caso no tiene por qué ser diferente. Verás: yo ahorita soy feliz; lo has visto en la foto, esa en la que estoy sonriente, insoportablemente sonriente, como un enorme corazón al que le acaban de rascar el ombligo. Pero eso que ves, engaño colorido (como decía Sor Juana) no es otra cosa que una ficción de la luz. Si te fijas bien, yo pude haber sonreído para el obturador, pero en la vida también hay cosas que me pudren y en esos momentos rara vez hay una cámara dispuesta a inmortalizar mis rencores. ¿Qué rencores puede haber en una mujer que apenas rebasa los 20, que lo tiene todo (o al menos todo lo inmediato), que vive a orillas del mar (ese mar que como un dios quisiste poner entre los dos -Xavier Villaurrutia), que sólo tiene que mirar al horizonte para presenciar ese breve milagro que es el sol cuando renace desde la línea ondulada que es el principio del mundo, una mujer a la que el espejo le confiesa un rostro favorable, que conoce la amistad, las caricias, el cuerpo desnudo de los hombres, el sabor de unos labios que han dicho algo hermoso, el amor? ¿Qué rencores, entonces, puede tener una mujer así? Huy, si te contara... Está bien, ya que insistes, diré algunos: la cerveza tibia, la depre del domingo por la noche, que la minoría decida quién debe gobernar, la apatía de los otros, el desamor. El desamor. ¿Sabes cómo es el desamor? Es un cuate con cara de simio que te saca a bailar. Es una uña rota. Es un día nublado. No sé si te has fijado, pero al cielo le tiene sin cuidado tu fragilidad emocional: una vez que se le antoja, se nubla todo. Y no puedes andar de un lado para otro correteando al sol: tarde o temprano, la oscuridad te alcanza. Lo mismo ocurre con los seres humanos, con las relaciones de pareja, para que me entiendas. Hoy estás feliz, tu cuerpo está dispuesto a que unas manos te lo busquen, tus labios se abren como una flor exótica y no son necesarias las palabras para que esa otra persona entienda que hoy estás aquí, y que ese abandono es una puerta abierta para el que se quiera hospedar en tu interior. El sexo, pues. El antojo, que es una de las formas que adopta la felicidad. Si el otro lo entiende, todo se vuelve como uno de esos amaneceres luminosos a los que te asomas al despertar para descubrir que todo es posible. ¿Qué más se puede pedir? Pues que no llegue una nube para darle en la madre a ese paisaje de arbolitos y casitas felices, muy a la Bob Ross. Pero ocurre, y no basta con echarse a correr, menos en una ciudad tan pequeña como esta. Bueno, ya, dejémonos de metáforas: cuando digo desamor, quiero decir: el muy perro que tenía por novio me engañó. O no exactamente: no me engañó. Eso es lo peor de todo: que una lo descubra, que el telón caiga a medias y te des cuenta de lo que ocurre tras bambalinas, que descubras que a  esa magia calientita que te habita la genera una maquinaria oxidada. La mujer era preciosa, así, delgada, alta, extravagante. Creo que era suiza. Tampoco me hagas mucho caso: tengo una rara fijación con los arios; se me hacen desabridones, esquemáticos, hinóspitos, si es que existe esa palabra. Por eso ubiqué mi odio en esa geografía, pero no tengo certezas: sólo la vi una vez, y con eso bastó. A lo mejor ni era extranjera, pero eso no le quita lo puta, ni lo suiza. Alan, así se llamaba el sujeto (y digo “se llamaba” porque, aunque siga deambulando por ahí, en mi loca cabecita lo arrojé por un barranco). Alan, era el nombre. Como actor. ¡Vaya analogía! En fin: el Alan ese pensó que si se iba a hacer sus porquerías en la playa más lejana, el efecto “cuerno” no me alcanzaría. Se equivocaba: en este mundo no hay refugio que sirva cuando el azar anda suelto. Te pondré al tanto: Cancún es para muchos solamente una postal. Para los que aquí residimos, sin embargo, Cancún es algo vivo, algo que late, algo que no deja de asombrar. Al menos lo es para mí, que lo amo, que sufrí cuando el huracán quiso borrarlo, que no pierdo oportunidad de salir a acariciarle la arena, a sobarle la tibieza al mar. Bueno, pues en uno de mis acostumbrados paseos andaba cuando fui testigo de la infamia. Primero fue una espalda, amplia como un deseo, cobriza, casi un imán. Si alguna vez has tenido a alguien, si alguna vez te has empeñado en dejar rastros de ti mismo en la piel de otra persona, sabrás que ese cuerpo que ya te ha pertenecido te llama como un guiño cada vez que lo descubres, cerca o lejos, a la vista o al tacto. La espalda, hermosa, besable, del tal Alan, me hizo señas a la distancia. Él estaba de frente al mar, en la terraza de un bar, y en un instante esa silueta lo fue todo para mí. Soy bien intensa, eso tienes que saberlo, y esa difícil condición femenina me lleva a cometer toda serie de atrocidades, desde cargar a una mesera en plenos alcoholes, hasta hermanarme en largas charlas con gente que no entiende ni pizca de español. Así que allí estaba esa espalda que era mía, y de este lado estaba Scarlett, preparando la embestida. Entonces vino una de esas nubes de las que te hablaba y le puso el toque fúnebre al asunto: de la nada (porque así llegan las desgracias) se apareció la suiza, toda glamour, toda seducción, la muy cabrona. Vestía -si es que así se le puede decir- un bikini casi inexistente, casi insuficiente para las formas de su cuerpo. Se paró frente a él, le sonrió, toda senos y nalgas desbordantes, y se sentó a su lado. Ah, me dije, ya apareció la arpía que nunca falta, siempre zopiloteando la carne ajena. Pero, ¡oh sorpresa!, el buen Alan la besó. Sí: la besó. No fue uno de esos besos al aire que se dan entre camaradas, sino un ósculo apasionado, babeante y horrorosamente real. Y yo, que iba ya a media carrera, tuve que detenerme al sentir en el pecho las garras de esa fiera indeseable que se llama desencanto. ¿Lo has sentido? El mundo se descompone en un segundo. O tú. Como si una mano anónima te detuviera de improviso en medio de la nada para arrancarle jirones a tu alma indefensa. Dejémonos de poesía: de un instante a otro, pasé de la felicidad a la ignominia. Sin ningún trámite. Pero, ¿era él? La imaginación es una cabrona ociosa, y a veces basta con descubrir unos ojos entornados que te arrancan del anonimato para que tu mente enfebrecida le dibuje a ese rostro unos rasgos conocidos, le ponga nombre, apellidos y lo envuelva en el transparente celofán de la confusión. Aferrada a esa última esperanza, tuve el valor (o la osadía) de acercarme a una distancia prudente. Rodeé la terraza desde el otro lado de la calle y me instalé en la posición ideal para escudriñar al hombre que alegremente dejaba que sus manos se reconocieran en la carnosidad de esas nalgas tersísimas. No había error: el pérfido perfil era el de Alan. Nada lo dice mejor: el alma se te escapa. Es muy extraño, pero en ese momento sentí claramente cómo me salía de mí misma y lo veía todo desde arriba: yo, ahí, parada a media calle, con los puños apretados y el coraje saliéndoseme de los poros como un aura cegadora, así como dibujan al Chico Migraña. Pero no hice nada, absolutamente nada más que aceptar el disfraz de mujer engañada, la inmovilidad que tantas veces le critiqué a otras amigas en desgracia. Creo que hay algo de perverso en esto de hallarte ante la infidelidad: odias que esa idea tome forma en una imagen indeseable, pero, una vez que la tienes frente a ti, no puedes apartar los ojos de ella, por más que duela. Eso fue lo que hice cuando el alma me regresó al cuerpo y supe que el ansia de matar no es exclusiva de las novelas policiacas. Alan, o lo que quedaba de él, seguía en lo suyo: sonriente, le recorría la cintura, por momentos se le acercaba con el pretexto de decirle algo al oído para oler la rubia cabellera que se derramaba sobre el bronce de esos hombros estrechos, trémulos, aborreciblemente apetitosos, sobre el nacimiento de esas chichis enormes, de vaca suiza, de vaca flaca, de vaca loca. Ya hasta estoy debrayando. Horas, meses, años después (ahora conozco la eternidad) recuperé a la Scarlett que soy, aunque no demasiado, pues de haber sido así habría ido derechito hacia aquella tipa y le habría arrancado su puto esplendor con mis propias manos para bailar la macarena sobre la piel de su muerta belleza. Pero no, no lo hice. Recogí mi dignidad, me di la media vuelta y regresé a casa. La abuela no estaba. Fui directo a mi recámara y hundí la cara en la almohada, que es la única que me aguanta mis pataletas. Creí que lloraría, por eso, antes, tuve el cuidado de echar la cerradura y correr las cortinas para que los sonidos de mi drama no pudieran escapar. Cosa rara: no fui capaz de una sola lágrima. Y eso, en el código femenino, sólo significa una cosa: no lo quería. ¡En serio! Tú vas a decir “Ahora resulta...”, pero es la verdad. Alan y yo teníamos poco tiempo de andar. Uno o dos meses. Ya nos habíamos hecho todas las confesiones de rigor. Ya conocía a su familia y él conocía a la mía. Ya habíamos hecho cosas, cosas del sexo que no voy a contarte porque voy a fingir que no las recuerdo, en su honor. No acostumbro andar metiéndome en la cama de todos los hombres que conozco (qué rico sería, ¿no?), aunque sí me aviento uno que otro faje cuando las miradas se distraen. Lo usual. Creo. Pero con él acepté tener relaciones porque era una persona cariñosa (hasta con otras), porque parecía inteligente, sincerote, porque tenía una forma demasiado seductora para hablarte, para pedirte lo que necesitaba, hasta para decir las guarradas que uno se dice cuando está dándole al asunto. Pero de ahí a que lo quisiera, había un país de por medio (Suiza, por ejemplo). Supongo que lo sabía, me imagino que al ver que las lágrimas no me salían por más que pujara, entendí que no era amor sino deseo lo que había entre nosotros. Y entonces comprendí que cuando eso ocurre se vale de todo: el engaño, la mentira sutil, el desequilibrio, el comprender que el otro no nos pertenece del todo, no sé. Todo vale, menos la farsa. Todo, menos la infamia. Por eso lo arrojé por el barranco, lo vi despeñarse, agitar las manos, preguntarse el porqué de su estrepitosa muerte mientras todo su ser se rompía en pedazos, abandonado al mar que ama a los cadáveres sin nombre. Imagina mi sonrisa satisfecha, Scarlett Freyre detenida al pie de la tumba de una historia que moría sin siquiera haber llegado al fin, sacudiéndose las manos, enfilando con rumbo a la ciudad, silbando una canción que hablaba de trágicos amores e inesperados vuelcos del destino. Vaya que las hay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Preguntas si lo llamé? ¡Claro que no! Él lo hizo esa misma noche. Ya puedes ver su rostro azorado cuando le pregunté cómo era el infierno. Creyó que era una broma, el pobre. Cuando se recuperó de la sorpresa, me dijo que quería verme. ¿Verte yo?, le contesté. No, papacito, yo no soy el niño de El sexto sentido: no acostumbro ver gente muerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así es mi vida a veces. A ver qué día me cuentas un poco de la tuya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Besos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-&lt;em&gt;Scarlett&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;P.D.: Perdona por el choro, pero a veces se me da. Si algún día llegamos a encontrarnos, ten por seguro que a lo mejor nada más nos sentamos uno frente al otro y nos ponemos a reírnos de nuestras propias existencias.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115259112014080392?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115259112014080392/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115259112014080392&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115259112014080392'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115259112014080392'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/07/scarlett.html' title='Scarlett'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115225169812864540</id><published>2006-07-07T00:29:00.000-05:00</published><updated>2006-07-07T00:54:58.143-05:00</updated><title type='text'>De cómo Fabiola va dejando de serlo</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/DESVANECIMIENTO.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/DESVANECIMIENTO.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;La recuerdo, pero me he rodeado de cosas que no la nombran. Durante la adolescencia, por algún tiempo sólo tuve una carta: una hoja a rayas, arrancada de algún cuaderno escolar, llena con el azul de ciertas palabras que reproducían, no sin torpeza, los detalles de una circunstancia ingenua: ella había pasado a mi lado en el corredor del colegio, creyó que la saludaría, sonrió incluso ante la posibilidad de saberse de pronto en mí, de verse a sí misma en los ojos de ese otro que era yo, de redescubrirse inquieta, casi ansiosa, recobrada al fin en esa tarde que moría sin que ninguno de los dos nos hubiéramos atrevido a buscarnos. No sé qué abyecta magia nos negó, lo cierto es que de aquel momento sólo me quedan los rostros de dos o tres compañeros, el patio vacío, las palmeras, añejas, que presidían la reja de salida, la ignorancia de estar en el centro del escenario de una situación definitiva. Por eso, la tarde siguiente, cuando ahora sí la vi venir, dejarme la hoja doblada en una mano, pasar sin detenerse, debí entender que no era la inmediata emoción de aquel breve secreto lo que se hospedaba en mí, sino la señal, atroz e inequívoca, de que el mundo no nos pertenecía.&lt;br /&gt;La mirada cómplice de algún amigo me abortó del nerviosismo y busqué un refugio propicio; desdoblé la hoja y leí y releí sin entender del todo sus palabras; luego la busqué con la mirada, pero sólo hallé ese contradictorio vacío que adopta la forma de una multitud que es como una multiplicidad de espejos en los que la desesperación ensaya su unánime y aborrecible gesto.&lt;br /&gt;Una carta, el deseo disfrazado de reproche, la extrañeza, la única manera que su mano encontró para llenar ese espacio en el que habrían cabido los años, dos cuerpos, las caricias, toda una historia, incierta, sí, pero real, y que al final del día sólo sirvió de refugio para la nostalgia. Para la inútil nostalgia.&lt;br /&gt;Y la he perdido.&lt;br /&gt;A veces vago por la ciudad con la absurda esperanza de encontrarla, a ella, para explicarle la teoría de ese mundo inmerecido que no me detendré a relatar, pues esta es sólo la historia de su ausencia. He creído verla en otras, pero su rostro, adolescente, ni siquiera juvenil, jamás se concreta. He tenido que ensayar el absurdo sortilegio de intentar su gesto en rostros sorprendidos que jamás terminan por corresponderse con mis recuerdos. Pero no desisto. En ocasiones me paseo frente a los cansados cuerpos de las putas, a través de callejones no menos sucios que la piel que detentan. No escucho sus voces, sólo espero ver el guiño, el hábito de una sonrisa falaz. Entonces me acerco y mi silencio indaga el precio de la representación. Siempre o casi siempre, es el aire infantil lo que me imanta. Puede ser cualquiera, sólo me basta la silueta desnuda de formas, el gesto de ninfa que ha sido mil veces virgen, la promesa del himen que las monedas reconstruyen noche tras noche al calor de una fornicación apresurada. Luego, la puta que el azar me ha confiado me toma de la mano y me conduce hasta el interior de un hotel que alguna vez se soñó majestuoso. La habitación apesta a tabaco y sudores añejos. No la busco: le pido ver su cuerpo al tiempo que yo mismo me desvisto. Solícita, me pone el condón en la punta de la verga y se hunde la carne hasta la garganta con la exhausta pasión de un fakir asalariado. La penetro por detrás: su cabellera áspera, su espalda larga, la morena piel de sus breves nalgas, son cosas que le convienen a mi imaginación. Fabiola es entonces ese cuerpo que violento con el ansia melancólica de quien ha decidido mudarse a la memoria, de quien se resiste, inútilmente, a morir como ha muerto la historia.&lt;br /&gt;Y me vengo, una, dos, tres veces. Y no importa cuántas veces lo haga, mi eyaculación es siempre el mismo nombre, el mismo grito que altera el sórdido silencio de la habitación de hotel, el mismo estallido al que la puta en turno se resigna, callada, mientras acaso se pregunta el porqué del llanto, el porqué del húmedo y anónimo drama que hoy la noche le ha deparado.&lt;br /&gt;Más tarde recojo las imágenes, los ruidos de las calles que me ocultan su rastro. Enciendo un cigarrillo, me detengo en alguna esquina, atento a la impresión fugaz del paso de los autos, del andar apresurado del gentío que busca, como yo, sus propias voces perdidas, los rostros que el tiempo ha sepultado.&lt;br /&gt;Fabiola es esta ciudad de ámbar y concreto, el capricho de las sombras en los callejones solitarios, la lluvia que deserta al pie de los muros y que un sol plural e indolente recuperará más tarde para alimentar el gris del cielo, mudo y senil, como el hastío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún la amo, pero he procurado rodearme de objetos que no la nombran. No basta: algún día, si el buen Dios lo decide, la veré. Entonces ella misma me dirá que la sonrisa de ese rostro que mi imaginación ha cultivado es una más de las cosas que han dejado de pertenecernos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115225169812864540?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115225169812864540/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115225169812864540&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115225169812864540'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115225169812864540'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/07/de-cmo-fabiola-va-dejando-de-serlo.html' title='De cómo Fabiola va dejando de serlo'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115182235811777783</id><published>2006-07-02T01:28:00.000-05:00</published><updated>2006-07-02T01:39:18.126-05:00</updated><title type='text'>Escenas (II)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/cogorno[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/cogorno%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Le pedí que se masturbara con el dildo. Dijo que no había magia. El aparato zumbó y se restregó en sus labios. Al rato, un tercio estaba en el interior de su vagina. Ella empezó a gemir. Le acaricié los senos, pero no le busqué los labios: preferí observar el excitante abandono de su gesto. Le lamí un pezón y luego el otro. Cerró los ojos. Sus jadeos se hicieron más intensos. Sus piernas, largas y hermosas, comenzaron a endurecerse; los dedos de sus pies apuntaron hacia el cielorraso y luego se contrajeron. No pudo evitar un grito: el estallido eléctrico la estaba recorriendo y yo era el único testigo.&lt;br /&gt;¿Y tú?, me preguntó una vez que recobró la calma. Simplemente sonreí. ¿Crees que esto no es placentero para mí?, le respondí, acariciándole el cabello húmedo de sudor. Ella suspiró y sonrió también al descubrir que el aparato seguía activo, vibrante en el nacimiento de su muslo derecho. No lo apagues, le pedí al ver que buscaba interrumpirlo; sóbate con él una vez más. Obedeció. Guió la punta azulada por los alrededores de su clítoris. Yo le alcé las piernas y le metí la lengua en el culo, que sabía a sus jugos. Su mano, que creí inexperta, trazó lentos círculos sobre la carne enrojecida. Lo estaba disfrutando. Tuve que renunciar a su expresión en favor del ano, que se abría y se cerraba como un ruego. Me chupé un dedo y se lo introduje poco a poco. Alcé la vista y sus senos, que se veían enormes, me negaron su rostro. Le metí el índice y el dedo medio y los giré en su interior. Oí un resuello, la inequívoca traducción de su deseo. Como pude me hinqué ante ella y me escupí la mano para restregarme la verga enhiesta. La cabeza, hinchada de violenta sangre, la trascendió. Ella se retrajo un poco: le había dolido. Fue apenas un quejido, pues un instante después gimió al sentir que la dureza ya la había penetrado por completo. Sujetándola por los tobillos, le bombeé el culo, al tiempo que ella misma se introducía la incesante maquinaria en el coño. Entonces nuestros ojos, creo que por primera vez aquella tarde, se encontraron, ya sin máscaras, ya sin ese incierto pudor que provoca el no saber si los cuerpos lograrán pertenecerse. Míralo así: el hambre de sexo, más que una pulsión, más que un simple deseo, es el ansia por hallarse a sí mismo en el deseo del otro. No se ama: se codicia. Lo que el otro es; lo que el otro puede ser dentro de nosotros mismos. Algunos lo llaman amor; nada sino el oscuro, soterrado deseo de sentir en el otro el placer que uno mismo es capaz de prodigarle.&lt;br /&gt;Ya todo eso nos había rebasado cuando volvimos a besarnos bajo los calientes lengüetazos de la ducha. Ocultos entre las risas y el vapor, analizamos nuestros cuerpos. Con la mano enjabonada me tomó el pene, aún no del todo lánguido, para acariciarlo, para estudiar su consistencia, para entender, tal vez, lo que ella misma le había hecho sentir. Y yo me quedé quieto, pues acaso esa callada inmovilidad era la única manera de asentir a su reconocimiento.&lt;br /&gt;Lo demás ya es una simple costumbre de los días.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115182235811777783?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115182235811777783/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115182235811777783&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115182235811777783'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115182235811777783'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/07/escenas-ii.html' title='Escenas (II)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115155560557681719</id><published>2006-06-28T23:23:00.000-05:00</published><updated>2006-06-28T23:36:49.886-05:00</updated><title type='text'>Ultima confesión a Estela (Fragmentos III)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/PLAYA%20AL%20AMANECER.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/PLAYA%20AL%20AMANECER.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Formas que el mar dibujó con su mano de sombra: estaban ahí al amanecer, pero la espuma se propuso reinventarlas y no eran más lo que ella y yo veíamos tomados de la cintura, mientras el alba le iba inyectando color al entorno de altos edificios que poco a poco un breve guiño del sol nos iba descubriendo a lo lejos. Y esa mujer, la que un día creí amar, me tomó de la mano y me pidió que paseáramos un rato antes de que la gente, como llamada por las olas, abandonara los hoteles y aquello perdiera esa intimidad, tan necesaria. Así que caminamos sin un rumbo preciso, trazando surcos sobre la arena aún fresca, y nos dijimos cosas que ahora el pudor me niega. Creo..., quiero decir, si es que el recuerdo no me traiciona, creo que estábamos enamorados. ¿Cómo lo sé? Lo ignoro. A lo mejor es eso precisamente: las ganas de recordarlo, la memoria que asiste, más como sensaciones que como las imágenes henchidas de silencio que se nos quedan aquí, sin que alguna vez hayamos podido elegirlas. No puedo decir que haya sido su mirada, porque sus ojos, al igual que su cuerpo, habían sido tomados por el deseo. Acaso lo era todo: el paisaje, el viento, casi tibio, o su presencia, simplemente su presencia. Cuando una mujer se ofrece así, en esa totalidad inabarcable, uno siempre encuentra la manera de entender que se le posee, que la puerta está abierta, que la única condición para quedarte ahí es el silencio, la aceptación, callada, hermética, sin indagaciones, sin interrogatorios. Tan sólo estar porque ella está. Sí, lo sé: era sólo una esperanza, un recurso de la imaginación. Pero había algo que me permitía afianzarme a su territorio: era su cuerpo, abandonado a mis caricias, a mis caprichos, al ansia desgarradora de profanarlo, de caminar por su piel dejando rastros de un placer que algún día pudiera nombrarme. ¿Por qué no mejor se lo pregunté y me dejé por un rato de masturbaciones mentales? Porque no era necesario: ella había ido hasta allí para buscarme; tan sólo una llamada había bastado. Desde que llegó, apenas la tarde anterior, no habíamos dejado de desearnos, de lamernos, de fornicar como perros en celo. Sí: puro deseo. Pero el hecho de que ella quisiera compartir conmigo el amanecer era evidencia suficiente. Acaso para ella no eran necesarias las palabras; hacer de la circunstancia una metáfora, una oculta confesión, fue siempre su manera de residir en mí. Por eso creo que me amaba. ¿Aún lo dudas? Lo comprendo: tú también eres mujer y conoces los métodos. Inútil pretextar el calor de su abrazo, las suaves formas que adoptaba su cuerpo cada vez que la tenía con la mirada, el hecho casi banal de que sus muslos se cerraran para dejar que descansara mi mejilla, o su aroma, que era en sí mismo una insinuación. O el deseo, que ya no es necesario referir. Es posible que el amor se disfrace a veces con las formas del sexo para no sentirse vulnerable. Nunca, creo, se atrevió ella a conjugar ese verbo cuando se sentía penetrada. Nunca -así me lo dictan los recuerdos- me atreví a proferir esa sencilla palabra cuando me sabía a punto de inundarla. Acaso temíamos el abandono que de su significado se deriva; acaso simplemente reconocíamos la obviedad de nuestros sentimientos. Las cosas se ensucian cuando las dices; dejar que esa verdad albergara en silencio en nuestros cuerpos era, quizá, la única manera de mantenerla con vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo era? Siempre me he negado a describir a la gente. Una cabellera oscura sólo tiene sentido si la has visto o no derramada en la almohada; unos ojos claros, por el contrario, carecen de magia en la intimidad: su enigma radica en descubrirlos de pronto entre el gentío, en saber que, a su vez, son capaces de arrancarte del anonimato para siempre. Un cuerpo es delgado o ancho cuando no lo amas, pero una vez que has aprendido a ser en él, ese cuerpo puede ser tan grande como el mundo. Perdona entonces que no la describa. ¿Un rasgo, algo que la defina?: el ansia de mirada, más intensa en ella que en otras mujeres. No era, jamás fue sin un testigo. Develar poco a poco su cuerpo antes del sexo era para ella un ritual imprescindible. Pero no pienses por favor en imágenes trilladas de movimientos sensuales, ni en insinuaciones obscenas; ella acostumbraba desvestirse lentamente, de pie a la orilla de la cama, sin nada más allá del automatismo cotidiano; pero el simple hecho se saberse observada detonaba en su piel una rara sensación de codicia, ajena por completo a la vanidad. Y esa breve revelación no era un acto de entrega, sino de ofrecimiento: porque ese cuerpo podía estar ahí, dispuesto para ti, pero sólo porque a ella le complacía mostrarlo al mundo, prestárselo a la vista y luego al tacto, como un vislumbre, como una confesión a medias. No te equivoques: esa era su manera de darse; en ello estaba su equilibrio. Porque, una vez que comenzaban las caricias, los forcejeos y todas esas cosas del sexo, ella volvía a ser una mujer sin más misterio que el que provoca el placer por sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estás conforme: lo sé por tu mirada. Haré, pues, una confesión que no amerita la retórica: ella era idéntica a ti. No te extrañe saber que a mis recuerdos, con los años, les sobrevivirá tu rostro y no el de ella, tu cuerpo, la sensación de tus manos en mi piel, la imagen de un lunar que no es más un secreto de tu ingle. Todo eso que ella dejó alguna vez en mí, abdicará en tu favor. Diré tú y no ella; diré Estela y no su nombre. Y también con el tiempo, cuando hayas recuperado la memoria o te resignes al fin a saberte esa persona que mis palabras han intentado reanimar, quizá encuentres que las caricias que detenta tu piel tienen rostro. Acaso el mío, acaso el que decidas inventarte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los recuerdos, después de todo, no tienen palabra.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115155560557681719?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115155560557681719/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115155560557681719&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115155560557681719'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115155560557681719'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/ultima-confesin-estela-fragmentos-iii.html' title='Ultima confesión a Estela (Fragmentos III)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115051966542548007</id><published>2006-06-16T23:42:00.000-05:00</published><updated>2006-06-16T23:51:25.003-05:00</updated><title type='text'>Las formas de la noche</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/CIUDAD%20ALUCINADA.0.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/CIUDAD%20ALUCINADA.0.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Como sombras mis palabras caerán sobre la ciudad adormecida. Uno a uno, los restos de una oración fragmentada se irán acumulando en los rincones que el ámbar ignora. Pordioseros, tránsfugas, esquizos: rabia contenida en las calles, huellas de humedad que el olvido, como una lluvia ciega, hubiera abandonado para siempre en las fronteras del asfalto. Espectros -alguna vez carne y sangre -despertarán al miedo de saberse entre los hombres, que anochecen, distantes, evasivos. Fantasmas del concreto, en sus ojos no habrá nada que no sea el silencio amurallado, el soterrado enigma de un murmullo que a diario fenece en el entorno. Y se irán quedando solos, sin hallarse, buscando a tientas como quien desea encontrar su nombre en el lugar definitivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sombríos, reflexivos, agotarán las aceras, gravitarán sin saberlo, acaso alguno se topará sin querer con una mujer que aguarda en la esquina, el gesto confundido que creerá reconocerlos. Se habrá equivocado: la mirada no basta para figurar un sueño roto, la descarnada melancolía parida por una nostalgia que no le pertenece. Pero el terror es un capricho desmedido incluso para los dueños de la noche: la mujer apartará los ojos de la figura inconcreta, desandará sus pasos, tal vez confiará de nuevo en los trabajos del olvido. Él o ellos, por el contrario, querrán asirse para siempre a su recuerdo. No lo conseguirán: el mañana los encontrará vacíos, inciertos, derrotados. Porque es la ausencia lo que le da sentido a su misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No son ángeles: jamás han soñado con los hombres. Un anciano frente a una taza de café es sólo la taza de café o el calor, el aroma del tabaco, la rara sensación de que alguien o algo los presiente. Pero tampoco hay maldad en su residencia pasajera: si algún fugaz juego de luces les revelara el contorno de una silueta en el balcón, ellos no verán sino una forma, una cosa más en la geometría del mundo. Nadie odia o anhela lo que no conoce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué quieren, entonces, mientras recorren la noche? Ellos no lo saben, pero quizás algún día encontrarán el rastro, que será una fragancia o acaso simplemente la tibia alteración del aire que un cuerpo habrá dejado a su paso. Esa leve confesión me bastará para entender que la mujer, la única mujer, aún existe. Que la ciudad la contiene. Que las calles, a final de cuentas, no son del todo aborrecibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto, continuará el asedio. Las formas de mi deseo seguirán merodeando la noche, como un aliento, como palabras, como los fantasmas de un ansia que no cesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y de nuevo la madrugada los sorprenderá en la magia atroz de saberse a sí mismos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115051966542548007?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115051966542548007/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115051966542548007&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115051966542548007'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115051966542548007'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/las-formas-de-la-noche.html' title='Las formas de la noche'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115034536573016193</id><published>2006-06-14T23:05:00.000-05:00</published><updated>2006-06-28T23:37:47.960-05:00</updated><title type='text'>Los quehaceres de la ironía (Fragmentos II)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/assasing.300_300[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/assasing.300_300%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una de las cosas que aprendes con el tiempo es a no reírte del mundo cada vez que cuenta un mal chiste. Menos en su cara. Y menos aún si has sido tú quien lo ha motivado. ¿Por qué la aseveración? Porque Estela se ha quedado muda un tiempo largo, demasiado largo para no pensar que ese vacío que se abrió de pronto entre los dos era el primer síntoma de un mal augurio. Se veía demacrada: había permanecido muchos días sin maquillarse, el neón blanquecino de la habitación le transparentaba la piel y nada sino alguna sonrisa ocasional le despertaba el color del rostro. Además, estaba la comida del hospital. Ya sabes. Un momento antes de que Estela hiciera esa pausa lúgubre, ocurrió algo extraño: ella me había pedido que me acercara un poco y en voz muy baja me preguntó si alguna vez la había deseado. No le respondí: la miré a los ojos y a su vez me pregunté en silencio si estaría empezando a recordar. Hasta ese momento, había tenido que mentirle: éramos amigos, íntimos, pero nada más. Tenía la esperanza de que a partir de mis recuerdos, en su propia memoria reencarnara mi imagen. Pero era inútil: nada, ni un solo pasaje de su vida anterior le parecía familiar.&lt;br /&gt;Hasta ese momento.&lt;br /&gt;Primero separó ligeramente los labios; su mano derecha se anticipó a sus palabras y luego abrió los ojos, exactamente como quien se instala en un recuerdo vergonzoso. Luego me sujetó el brazo, que yo mantenía apoyado sobre el camastro, a un lado de su cadera.&lt;br /&gt;Me apretó un poco. Entonces dijo:&lt;br /&gt;-Tú y yo somos... -Y se detuvo.&lt;br /&gt;La observé con insistencia, animándola a seguir. Fue cuando noté el rubor en sus mejillas, la señal inequívoca de que había algo en su memoria, algo suyo y no la recreación de las anécdotas que tarde a tarde le había estado contando desde el accidente, desde que el burdo tejido de la amnesia se le enredó en los recuerdos. Poco a poco me fue soltando y luego se llevó ambas manos a la cara. Cuando volvió a mirarme, su expresión se había descompuesto en una mezcla de pudor y sombría belleza.&lt;br /&gt;-Tú y yo hemos... -volvió a decir. Pero esta vez se atrevió a continuar-: Tú y yo hemos hecho el amor.&lt;br /&gt;Así de contundente.&lt;br /&gt;-Ya recuerdas -le dije, sintiendo que mi presencia diaria a su lado había empezado a cobrar sentido.&lt;br /&gt;-Fuimos una vez a un hotel -siguió ella-. A un hotel en un callejón cerrado.&lt;br /&gt;-En el Centro -asentí-, a unas cuadras de la oficina.&lt;br /&gt;-No sé -rememoró-. El hotel tenía, o tiene, un estacionamiento subterráneo, y en el lobby había un gran cuadro con un paisaje como una playa nocturna o algo así.&lt;br /&gt;-Efectivamente. Ese cuadro siempre te había fascinado, y fue gracias a tu curiosidad que quisiste acompañarme a la playa.&lt;br /&gt;-¿Fuimos juntos a la playa?&lt;br /&gt;-Deja eso a un lado -me disculpé-. Concéntrate en tus propios recuerdos. ¿Qué más ves en ese hotel?&lt;br /&gt;Estela meditó un momento. En ese instante ninguno de los dos sabíamos que la incidencia de imágenes que yo casi podía ver claramente no era nada sino un error.&lt;br /&gt;-Yo pagué ese día -continuó-, porque tú habías olvidado la cartera. No puedo verte ahora, pero sé que estás detrás de mí porque te ofrecí el billete para que fueras tú quien pagara, pero sólo escondiste las manos y entonces tuve que acercarme al cristal y dije una tontería, algo así como “Queremos reservar un cuarto” o “¿Tiene habitaciones disponibles?”&lt;br /&gt;Empezó a reír. Pero yo fui incapaz de compartir su alegría: como en una rara transferencia, el vacío que le había correspondido se hospedó de pronto en mi cabeza: nada de lo que decía era cierto; yo jamás había olvidado la cartera; nunca le habría permitido que pagara, no por machismo, sino porque ella misma me había dicho que el mundo se despeñaría junto con su existencia si tuviera que hacerlo. Entonces, ¿por qué mentía? ¿Bromeaba? ¿Lo sabía todo y jugaba a ver cuánto de lo nuestro era yo capaz de recordar?&lt;br /&gt;-Hay algo raro -dijo-: sé que no es la primera vez que estamos ahí pero, por alguna razón, al entrar en el cuarto te digo que soy... virgen.&lt;br /&gt;-Estela -musité, esperanzado-. Estás mezclando los recuerdos. Sí lo eras, pero no me lo dijiste en ese momento sino un día antes, cuando decidimos hacer..., hacerlo.&lt;br /&gt;-No -me interrumpió, apenada-. Recuerdo claramente mis palabras: “Estoy asustada: nunca he estado con nadie”. Y tú entonces me abrazaste y te portaste muy tierno: me llevaste a la cama y me pediste que me tranquilizara, que no haríamos nada que no quisiera. Me recosté en tus piernas y tú me acariciaste el pelo. Sabía que te había mentido, que mis miedos no eran ciertos, pero saber que eras capaz de ese detalle fue algo que me reconfortó.&lt;br /&gt;Exactamente: nada de eso era cierto. La vez que me dijo que era virgen, estábamos en un café. Aquella tarde le hice notar que nada de eso importaba, al menos no para mí, pues sólo deseaba que ella supiera lo que se sentía, no el acto en sí sino el hecho de que ambos pudiéramos estar juntos por primera vez. No quise decirle lo que estaba pasando en ese momento por mi cabeza. Me quedé callado, disimulando mi tenue incredulidad.&lt;br /&gt;-Pero luego todo cambió -prosiguió Estela-: cuando empezamos a hacerlo, tú te detuviste de pronto y te asomaste acá abajo -se señaló el vientre-. Luego me dijiste que no entendía por qué no había sangrado. En verdad me ofendí: en un segundo pasaste de ser un príncipe a un sapo, sin beso de por medio.&lt;br /&gt;Por alguna razón que ignoro, tampoco quise corregirla. Algo en su cerebro había decidido contarle una mentira y a lo mejor me nació saber hasta dónde sus recuerdos eran capaces de falsear los acontecimientos sin toparse de un momento a otro con la verdad. Es posible que sean los trabajos de la amnesia, creo que pensé. A lo mejor sus neuronas despertaron al fin y buscan alocadamente las ramificaciones que las aten de nuevo a la realidad. No era más que una hipótesis sin fundamento, pero de alguna forma yo también necesitaba asirme al mundo en ese momento.&lt;br /&gt;-Perdóname -volví a mentirle-, no es que aquello me importara demasiado, es sólo que jamás había estado con nadie así... -ensayé un gesto que esperaba pudiera decirle más que mis palabras-. Fue curiosidad, simple curiosidad.&lt;br /&gt;-Tú no dijiste eso -se extrañó ella-. Te enojaste mucho. Me llamaste embustera y no sé cuántas cosas. Te vestiste de prisa y te saliste. Hasta dejaste la puerta abierta. Yo la cerré de una patada. Pensaba quedarme ahí un rato, pero estaba tan molesta que también me vestí rápido y corrí a alcanzarte. -Meditó un poco-. Ya recuerdo -dijo al fin-: era domingo, porque la florería estaba cerrada. Y todas las tiendas. Te vi parado en la esquina. La sangre se me subió a la cabeza. Había decidido arrancarte la piel con mis propias manos, pero al llegar y verte de cerca, noté que llorabas. No era un llanto, así, digamos, de enojo, sino de rabia, de coraje mezclado con desolación.&lt;br /&gt;Aquello había ido demasiado lejos. Por un momento, a mi cabeza acudió la idea fugaz de la locura. Nadie en sus cabales es capaz de inventar una historia con detalles tan precisos, no después de despertar de la amnesia. Que el choque le hubiera atrofiado la mente era algo angustiante. Por eso, por la desesperación que ya había tomado forma en mi interior, decidí concluir con esa retahíla de mentiras. Las suyas y las mías.&lt;br /&gt;-Estela -le dije en tono enérgico-, nada de lo que me estás contando ocurrió realmente. Sí existe el hotel, sí estuvimos más de una vez en él. Yo nunca he dejado que pagues por mí. Nunca he tenido un arranque de enojo semejante. Jamás nos hemos visto en domingo, no porque no quiera, sino porque no puedo.&lt;br /&gt;Suspiré. Había llegado el momento de la confesión definitiva.&lt;br /&gt;-Y nunca nos hemos visto en domingo por una simple razón -le dije, tomándola de la mano que estaba más cerca-: soy...&lt;br /&gt;-Espera -me interrumpió ella, no sólo con la voz, sino con un gesto de urgencia que más que una orden parecía un ruego-. ¿Sabes?, acabo de recordar por qué llorabas. Cuando me acerqué a ti, me lo dijiste: tú sabías que yo no era virgen, pero igual habías fingido con la esperanza de que tus miedos al respecto se alejaran. Pero funcionó al revés: ya no era sólo el hecho de saber que no eras el primero en mi vida, sino que en ese momento, más que nunca...&lt;br /&gt;Intrigado, tuve que abandonar mi naciente confesión en favor de la suya, más siniestra incluso. La vi sumergirse de nuevo en profundas cavilaciones. El brillo de sus ojos, antes opacados por la introspección, parecieron cobrar una luz intensa, casi hiriente. Entonces descubrí que no era el reflejo de la tarde, sino las lágrimas lo que florecía en su mirada.&lt;br /&gt;-No, tú dolor no era de saber que ya otro me había..., sino de que incluso conocías a ese otro. Lo habías visto, nos habías visto. Incluso una tarde nos seguiste hasta ese hotel y te quedaste afuera, contando las horas, limpiando la sangre de tus heridas. Se oye cursi, pero eso dijiste. Y yo entonces te abracé, muy fuerte, y me puse a llorar contigo. Pero no de compasión, sino por el hecho de que entonces supe que te amaba, y que te estaba lastimando, y que ninguno de los dos nos merecíamos nada de eso...&lt;br /&gt;Como en un baño de hiel, recordé una tarde anterior a ese momento: mi encuentro con el hombre aquel que me había acosado, que se había atrevido a enfrentarme para decirme que Estela era suya, que la amaba, que iban a casarse.&lt;br /&gt;La estupefacción es algo que no alcanza cuando te miras al espejo y es un rostro ajeno el que sonríe. Entonces, ¿era cierto? Sí, lo era: el hombre no mentía. Estela lo amaba. La confección de aquella mentira con respecto a su vida sexual no tenía como propósito el juego obsceno, la impostura barata, sino el deseo de recobrar para él un momento que no le había correspondido, de quitármelo a mí para curarse las cicatrices del remordimiento.&lt;br /&gt;Ahora lo sabía: el hombre en el recuerdo era él. El otro era yo.&lt;br /&gt;Estela, apenada, se retrajo en sí misma y empezó a llorar.&lt;br /&gt;-Perdóname -musitó entre sollozos-. Sé que te lastimé. Pero créeme: de haber sabido que tú eras..., no sé, te habría esperado. O tal vez no, pero al menos no habría prolongado ese engaño. Porque, ¿sabes?, ese hombre no significa nada para mí. En algún momento pensé que lo quería, pero sólo me estaba mintiendo a mí misma, porque él pasaba mucho tiempo a mi lado, pero había algo que me lo negaba. No sé bien qué era, no puedo recordarlo, pero sí sé que aquello nos impedía estar juntos.&lt;br /&gt;Estela se limpió el llanto con el dorso de su mano vendada. Luego giró un poco hacia la izquierda para alcanzar los pañuelos.&lt;br /&gt;No supe qué hacer. Los papeles se habían invertido. Ya ni siquiera sabía quién era yo mismo. Un intruso a lo mejor. Un espectro. Un capricho de las sombras que habitaban la mente confundida de esa mujer que de pronto me pareció ajena, distante, inalcanzable. Por un instante sentí el impulso de decirle que no era mi dolor lo que ella pretendía aliviar, que yo era ese otro, ese fantasma de rostro evasivo que un sesgo de su memoria le había mostrado apenas. Pero me contuve: no era el momento; el descarnado cuarto de aquel hospital no era el sitio. Ya habría oportunidad de rectificar la historia. Acaso ella misma tendría que hacerlo, redescubrir a solas las huellas que conducían a su propia vida para seguirlas y encontrar, al final, quién era ese hombre que se cernía de pronto como una catástrofe sobre la fragilidad de su llanto, ese hombre cuyo odio tomó la forma de un beso, apenas un roce de sus labios sobre la frente, y que después abandonó la habitación en silencio, grave, vacío de sí mismo, exactamente como hacía un par de años, cuando, una tarde en la oficina y sin haber cruzado con ella una sola palabra, le tomó las manos y dejó que sintiera el calor de su deseo.&lt;br /&gt;Una imagen que la amnesia, al morir, dejaría intacta en su memoria.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115034536573016193?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115034536573016193/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115034536573016193&amp;isPopup=true' title='4 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115034536573016193'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115034536573016193'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/los-quehaceres-de-la-irona-fragmentos.html' title='Los quehaceres de la ironía (Fragmentos II)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-115017602405810148</id><published>2006-06-13T00:13:00.000-05:00</published><updated>2006-06-13T00:20:24.073-05:00</updated><title type='text'>Fabiola y el asedio</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Buscandole%20el%20rostro[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Buscandole%20el%20rostro%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hay cosas que el viento no arrastra cuando la ciudad precisa del otoño. Una de ellas es Fabiola. Su rostro de niña que no cede. Su figura detenida en el silencio que se niega a renacer.&lt;br /&gt;Asuntos del tiempo: cuando la mente construye una nostalgia, el objeto que se ansía fenece. Densas capas de recuerdos lo cubren. Se queda, pero es el disimulo, si acaso una carta, o esa calle que a veces te llama, la canción que asiste, el texto que la evita y que, sin embargo, no cesa de dibujarla en los espacios vacíos que van dejando las palabras, mis palabras, la sucia representación de mi deseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer falsifiqué su sonrisa en los labios de una mujer que no sabía. “Júntalos un poco más, así”, le exigí mientras seguía los dictados de una imaginación que a veces se disfraza de memoria. “Tienes que parecerte a la caída de la tela sobre el muslo”, le insistí. “Necesito que seas piel y seda, atardecer.” Ella -la que no era, la que no podía ser- obedeció. “Deja que el cabello se te escurra por los hombros”. Pero no lo consiguió: en el pelo que recuerdo no había fatalidad, sino candor.&lt;br /&gt;Su nombre es Tamara. &lt;em&gt;Es&lt;/em&gt;, aunque haya ido, como otras, a refugiarse en el pasado. Estábamos desnudos. La penetraba por detrás. Mi verga, frenética, se reconocía en sus entrañas; el pulgar de mi mano derecha, no menos azaroso, le calibraba el culo. Sus nalgas eran hermosas, suaves y brillantes. Nos habíamos acomodado en un costado de la cama, y el enorme espejo del hotel nos devolvía la enferma recreación de la infidelidad. Fue en ese momento cuando lo noté: la débil luz de una tarde que moría se filtró como un estertor a través de un sesgo de la pesada cortina; el juego de claroscuros detalló por un instante en su perfil los rasgos de la mujer que en la juventud creí amar; la nostalgia se encargó del resto. No sin sorpresa, me detuve. “Eres hermosa”, le dije, tomándola de la barbilla para imponerle su rostro al espejo. “No entiendo cómo pude ignorarlo”. Tamara quiso sonreír, pero una nueva arremetida le descompuso el gesto. “Eres hermosa”, repetí, acometiendo una y otra vez su carnoso culo, “eres muy hermosa”.&lt;br /&gt;Se vino. Lejos de que el grito dejara traslucir la violencia del orgasmo, Tamara apretó los labios, cerró los ojos, estrujó el dorso de mi mano apoyada junto a su cuerpo. Luego, de nuevo empezó a gemir. Ya no la dejé terminar: el rostro imaginado, su cintura, deformada también por el recuerdo, me absorbieron el alma. Acabé en su interior y me quedé un momento recostado sobre su espalda, tan idéntica. Mi verga languideció entre sus nalgas y me incorporé. “Ven”, le dije, rompiendo nuestra magia para iniciar otra, la que le correspondía a la mujer cuyo rostro me asediaba. La llevé de la mano hasta el espejo. La obligué a sentarse. Ensayé aquel artificio en su expresión. Pero no bastaba. Desesperado, vacié su bolso sobre la mesilla. “Toma”, le dije, alcanzándole el estuche de maquillaje, “píntate, ponte un poco de sombra, haz que tus cejas lleguen hasta aquí”.&lt;br /&gt;Tamara, al principio indecisa, finalmente procedió a darle forma a aquella farsa. No sé si creyó que todo era una broma, lo cierto es que siguió una a una mis indicaciones y sólo se detuvo cuando sintió que el esperma le escurría entre los muslos.&lt;br /&gt;“Sigue”, le pedí, colocándole un pañuelo desechable en la entrepierna, “ponte más rubor, así, sin exagerar”.&lt;br /&gt;Corrí a encender la luz. Tamara dejó de mirar su reflejo y me observó con una tenue sonrisa.&lt;br /&gt;“Soy o me parezco”, dijo, divertida.&lt;br /&gt;“No eres”, le respondí, de pronto oscurecido. “Ni siquiera te pareces”.&lt;br /&gt;Tamara, sin que mediara una palabra más, comprendió lo que ocurría.&lt;br /&gt;“Sería mejor si me mostraras una fotografía de &lt;em&gt;ella&lt;/em&gt;”, dijo.&lt;br /&gt;“No la tengo”, le contesté, “sólo me queda el recuerdo”.&lt;br /&gt;Aún con el pañuelo entre las piernas, Tamara se puso de pie. Vi que se restregaba, acaso con furia, y que arrojaba el papel humedecido en un rincón. Entonces me enfrentó.&lt;br /&gt;“¿Haces lo mismo con todas?”, preguntó con voz apagada.&lt;br /&gt;No supe qué decirle. Había sinceridad en el silencio que de pronto se impuso entre los dos: era la primera vez que me ocurría y, sin embargo, de súbito descubrí que aquel impulso me era familiar. ¿Cuántas de aquellas mujeres se habían parecido en un momento u otro a ella?, ¿cuántos de aquellos rostros habían expresado una cierta semejanza?, ¿cuántas de ellas habían sido en mí por el oculto afán de pretenderlas otra?&lt;br /&gt;Me sentí derrotado, enfermo. No se puede ser cómplice de la memoria cuando sabes que los años han urdido en ella el atroz mecanismo de la traición.&lt;br /&gt;Tamara no aceptó el cigarrillo que le ofrecí mientras la veía vestirse con los ademanes fríos y contundentes de quien sabe que el otro no llegará a la cita. Ni siquiera hizo el intento por deshacerse de la colorida ficción que hacía apenas unos segundos habíamos practicado en la piel de su rostro. Con paso firme fue hasta la puerta y quiso cruzarla, pero algo la detuvo.&lt;br /&gt;“Espero que la hayas disfrutado”, dijo, volviéndose un momento hacia mí, “quien quiera que sea”.&lt;br /&gt;Y salió.&lt;br /&gt;Una vez que me quedé a solas, me pregunté si Fabiola habría sido capaz de regalarme un gesto tan hostil. Nunca lo sabría: en la eterna adolescencia que la contiene en mis recuerdos, las formas del reproche no madurarán jamás.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-115017602405810148?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/115017602405810148/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=115017602405810148&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115017602405810148'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/115017602405810148'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/fabiola-y-el-asedio.html' title='Fabiola y el asedio'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114974722051675423</id><published>2006-06-08T01:04:00.000-05:00</published><updated>2006-06-08T01:13:40.526-05:00</updated><title type='text'>Verbo hecho carne</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Extasis[1].jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Extasis%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Lamer el súbito musgo que postula tu herida. Robar esa secreta alquimia que renace. Incisivo, retomar el temblor, lacerarte. Cincelar aquí y allá el rastro de mis manos. Volver sobre las huellas que va dejando el asombro. Insistir. Saberte esfinge a la distancia, heredera del tiempo, hallazgo entre la arena. Recuperar para tus muslos el sentido del tacto. Contemplar, irreflexivo, el punto suspensivo que alguna vez te ató a otro cuerpo. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Lamer, incidir, hurtar. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Redescubrirte.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Tus ojos, esclavos de mi ansia antropológica.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Palpar el cercenado bosque de tu axila. Rediseñar la curva peligrosa de tus hombros. Rozar con el aliento la complicada geografía de tu oreja y de tu pelo, derramado en sí mismo. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Mis manos son el molde de tus senos. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Inquietarme ante el fragor que dibujan tus labios. Aprehender cada palabra, cada pausa, el colorido engaño que se escurre de tu boca. Encarnar en ti, en tu cicatriz. Confiarte el rigor de la sangre acumulada. Traducir al braille las imágenes del sueño que ayer te habitó. Agonizar, morir incluso de esperma y de violencia.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Reproducir el verbo que antecede a la oración que hoy, aquí, te invoca.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Para adorar el deseo de tu carne infinitiva.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114974722051675423?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114974722051675423/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114974722051675423&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114974722051675423'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114974722051675423'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/verbo-hecho-carne.html' title='Verbo hecho carne'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114966097271889639</id><published>2006-06-07T01:09:00.000-05:00</published><updated>2006-06-28T23:38:31.816-05:00</updated><title type='text'>Fragmentos</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/ALUCINACIONES%20052.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/ALUCINACIONES%20052.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;“Dijiste que a tu primo le gustaba espiarte mientras te bañabas. Él era un adolescente y tú apenas rebasabas los diecisiete. Lo viste nacer, jugabas incluso con él cuando su familia los visitaba. Se distanciaron por alguna circunstancia que ignoras y volvieron a encontrarse la tarde en que sus padres pactaron el divorcio al final de una escena dramática que tuvo su ocaso con el regreso de tu hermana a la casa familiar. Se instalaron en tu recámara. Dijeron que solamente sería por una semana o dos, así que aceptaste dormir en la sala. Pero los días se fueron prolongando como la frase que te habría gustado gritar cada vez que la dureza del sofá te sorprendía en las noches. Aquel sillón no te quería, así lo aseguraste, y una mañana le pediste a tus padres que compraran uno nuevo o te pagaran de plano el hospedaje en un hotel. Y tu madre lloró todo el llanto que a su hija recién divorciada se le negaba, como si en ese acto de valor radicase la reconstrucción de su reino personal. Pero nada ocurrió, ni ellos cambiaron la sala, ni tú te atreviste a cruzar la puerta al término de la última discusión, pese a que tus pocas pertenencias ya estaban en esa maleta entre tus manos. Hay edades que no dan para grandes hazañas. Finalmente abdicaste y tu cuerpo terminó por amoldarse a los rigores del sofá.&lt;br /&gt;“Tenías una reunión aquella tarde. Como cada sábado, cuidaste las evoluciones de tu ropa entre las tripas de una lavadora arcaica mientras Madonna y el tetris, mientras el nácar en las uñas y alguna historieta ocasional. Tu primo -perdona que yo también haya olvidado el nombre- llegó del futbol y ni siquiera se detuvo a preguntar a dónde habían ido todos; simplemente ensayó un gesto que se pretendió saludo y fue directo a la recámara. La espera terminó. Tendiste tu ropa al sol, que ya se ocultaba, y fuiste a venerar el clóset portátil que habías acomodado junto al televisor. Elegiste cuidadosamente el look para la fiesta. La regadera del baño de tus padres parecía una improvisada casa de campaña de tanta ropa interior que colgaba de ella. Te ceñiste la bata de baño y formaste una bolita con tus calzones para que al cruzar tu recámara, o lo que había sido tu recámara, el primo no pudiese verlos. Pudores juveniles. Abriste la puerta de golpe, no por la costumbre, sino por el tenue rencor que aún a veces te aconsejaba. El primo estaba sentado con la espalda apoyada en un costado de la cama. La luz del ventanal te cegó un poco, pero igual alcanzaste a ver, o imaginaste, que sus hombros se sacudían. Fue apenas un atisbo. Nada concreto. Por supuesto, se sorprendió al verte. Más que nada, pareció asustado. Se quedó quieto, más incluso que las cosas cuya naturaleza es la inmovilidad. Eso lo delató. Pero tú no tenías tiempo para sospechas. Arrugaste la nariz y practicaste una danza ridícula al pasar para que tu intromisión fuera menos detestable. En la puerta del baño quedaban rastros de tu niñez: cierta noche te encerraste sin querer y conociste el horror. Para rescatarte, tu padre se valió de una herramienta inapropiada, aunque eficaz: la sierra eléctrica. Practicó en la madera un boquete tan grande, que incluso el gato podía pasar a través de él sin rozar los bordes. La desidia o el hábito convirtieron ese vacío en una circunstancia más del mobiliario. Hasta tenía nombre: Eleuterio. Sí, ya sé, suena estúpido, pero tú se lo pusiste. La ventana era Anastasia; la cómoda, Comodina. Son los registros de tu ocio. Cerraste la puerta, aunque sabías que era inútil, y habrías comenzado a bañarte de no ser porque al otro lado del agujero descubriste la cara de tu primo, que a lo lejos, recortada contra la moribunda luz de la tarde, parecía esperar a que maduraran tus asuntos para volver a los suyos. Valiéndote del clavo que a guisa de percha sobresalía de la puerta, colgaste tu bata y la extendiste sobre la descascarada superficie para cubrir siquiera parcialmente la ausencia de madera. Encendiste el radio. Había una canción que te gustaba. Creo que te pusiste a cantar, no lo recuerdo. Te quedaste quieta unos segundos bajo la tibia caricia del agua y fue entonces cuando descubriste que la orilla de la bata se movía. No quisiste darle importancia: el agua en los ojos no es fiel a la realidad. Te enjabonaste el cabello, que aún conservabas casi hasta la espalda, y procediste a ejecutar tu cristalina danza de sirena. Esa densa y pesada cabellera fue la cortina a través de la cual notaste claramente cómo el hueco que iba dejando la orilla de tu bata se llenaba de asombro. Eso era un ojo. Y estaba calibrando tu desnudez.&lt;br /&gt;“¿Qué hiciste? Según refieres, fuiste por segundos una estatua y luego el mimo que la simula. Y en esa pausa no hubo un sólo resquicio para la vergüenza. A lo mejor quisiste pensar que imaginabas; acaso, acudir a la imaginación no fue una buena idea. Porque entonces tu mente recreó la escena que estaría teniendo lugar al otro lado de la puerta, con tu primo echando mano de su pene adolescente, que se hinchaba de sangre primeriza. No eras ninguna experta; de hecho, tus conocimientos en el terreno de la masturbación eran nulos. Pero saberte deseada, sentir que los secretos de tu cuerpo eran capaces de tanta abnegación, fue suficiente para que en tu interior floreciera el hambre de mirada, esa oscura vanidad que ya jamás te abandonaría.&lt;br /&gt;“Quiero pensar que quien es objeto del voyeur encierra en sí mismo una naturaleza análoga: saber que se es espiado traiciona el sentido del acto, pero a la vez desata los trabajos de una transferencia voluntaria, que trastoca los cuerpos y convierte al observador en observado. De ahí que aquella tarde hayas practicado esa serie de posiciones inauditas en quien sólo se relaja bajo la regadera: te abriste los labios vaginales para que el agua, como una lengua incesante, reconociera la consistencia de esa zona inédita de tu cuerpo; luego, te pusiste de espaldas a la puerta y te arqueaste para que la hendidura entre tus nalgas se revelara al fin a la callada codicia del profano; tus senos, por supuesto, fueron un juguete de tu propio tacto. No me hagas mucho caso: la imaginación se rige por sus propias leyes, no siempre fieles al recuerdo.”&lt;br /&gt;-Es todo lo que sé -le digo a Estela, que ha estado escuchándome, sonriendo a veces, dejando por momentos que su mirada vague por los intrincados pasajes de su memoria oscurecida, pero siempre en silencio, como si hubiera estado reconstruyendo los escenarios que tomaban forma a través de mis palabras para apropiárselos, para fundar así sus propios recuerdos.&lt;br /&gt;-Qué divertido -comenta, un poco para sí misma-. Divertido pero inútil: jamás había oído algo semejante.&lt;br /&gt;-No te esfuerces -repongo, ofreciéndole el vaso de jugo que no ha querido tocar en toda la mañana-. El olvido es caprichoso: si te empeñas en recuperar una idea que alguna vez fue tuya, no pasa nada; en cambio, si diriges tu atención a otras cosas, la idea vuelve, así, sin más. Lo llaman serendipia.&lt;br /&gt;Estela alza una mano para alejar el jugo que he mantenido por segundos frente a su boca. Al hacerlo, sus dedos me tocan. Apenas un leve roce, pero es la primera vez que entramos en contacto desde el accidente. Ella lo ha notado, pues enrojece y desvía la mirada mientras una ligera sonrisa la traiciona.&lt;br /&gt;-¿Nada? -le pregunto, refiriéndome al jugo.&lt;br /&gt;Ella me mira con sus ojos de pronto apagados y se reacomoda sobre la almohada.&lt;br /&gt;-¿Cómo puedo saber si me estás mintiendo?&lt;br /&gt;-Eso nunca lo sabrás -le respondo-. Pero no tienes otra opción más que confiar en mí.&lt;br /&gt;Ahora se estira un poco. Está incómoda; no conmigo, sino con su circunstancia. Estela es uno de esos seres contradictorios que aman su cuerpo y a la vez lo martirizan en horas de gimnasio. Sé que la inmovilidad de la cama de hospital la está matando, así que aprovecho para deslizar una pregunta que pretendo casual:&lt;br /&gt;-¿No extrañas el ejercicio?&lt;br /&gt;Me mira de una manera extraña, como si hubiese atisbado una señal en su interior. Por un momento creo que aquella súbita interrogante ha funcionado. Pero entonces, sin ningún trámite, su gesto se reinstala en su condición extraviada.&lt;br /&gt;-A veces me pregunto qué pasará si nunca logro recuperar la memoria.&lt;br /&gt;Es una pregunta difícil, pero igual finjo que no es decisiva.&lt;br /&gt;-Entonces me disfrazaré de Sherezada y te contaré tu propia historia en largas noches de tabaco y cafeína.&lt;br /&gt;-Viviré para siempre en la mentira.&lt;br /&gt;-También la verdad se inventa.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114966097271889639?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114966097271889639/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114966097271889639&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114966097271889639'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114966097271889639'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/fragmentos.html' title='Fragmentos'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114956975101536619</id><published>2006-06-05T23:46:00.000-05:00</published><updated>2006-06-06T00:01:24.970-05:00</updated><title type='text'>La otra "Miss Amnesia"</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Choque.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Choque.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Estela arribó de noche a la ciudad. Llovía. Era sábado. Un taxi la llevó a la oficina, transitando lentamente por calles lodosas mientras ella se distraía observando el ralentizado movimiento de los otros autos que a veces los rebasaban y por momentos se quedaban quietos, como prensados al asfalto por la fuerza indolente del chubasco. Minutos después, el guardia la ayudó a transportar su pesada maleta por la rampa de acceso. El sedán la esperaba. Enfiló con rumbo al sur. El tráfico era intenso. A través del parabrisas tomado por la lluvia, las calles habían cobrado una especie de luminosidad abigarrada. Un semáforo en rojo la detuvo en la esquina de Insurgentes y Filadelfia. Mientras esperaba el verde, se miró el esmalte desgastado de las uñas. Sus manos sostenían el volante como si quisieran mantenerlo a la distancia. Un hombre la observaba desde el auto contiguo. Creyó que le sonreía. Acaso la imaginación la traicionaba. Aprovechó los últimos segundos de aquella espera para mirar su propio rostro en el espejo retrovisor: el reflejo, fiel y nítido, le devolvió un gesto cansado. El hombre en el auto dejó de mirarla: el semáforo estaba en verde. Arrancó un instante antes de que Estela pudiera reaccionar. El vehículo, un impecable Marquis en color negro, se adelantó al sedán e invadió el carril sin aviso de por medio. Estela tuvo que aminorar la marcha. Los autos pasaban velozmente a su lado y el fragor de la lluvia aumentó de súbito. Las gomas del limpiaparabrisas arrastraban inútilmente el agua sobre el cristal. Estela desvió un instante la mirada hacia el tablero para accionar el aire acondicionado y al volver la vista hacia la calle se encontró a centímetros del Marquis, que se había detenido. Al instante pisó el freno, pero no pudo evitar un golpe leve, aunque rotundo. El motor se apagó. A través de la densa cortina de agua, Estela alcanzó a ver que las puertas de ambos lados del vehículo se abrían, pero el vaho en el cristal canceló la progresión de esa imagen. De haber limpiado a tiempo el vidrio, quizás habría podido notar la decisión de aquellos hombres mientras ejecutaban un movimiento preciso, calculado. El potente reflejo de unos faros en el espejo retrovisor la cegó un poco; luego, una figura sin rostro se detuvo a su izquierda. Sólo entonces descubrió el arma, el oscuro cañón confeccionado en acero que le apuntaba.&lt;br /&gt;El miedo es ese animal que se agazapa y busca el instante preciso para saltar sobre tu espalda. Cuando Estela quiso reaccionar, el golpe del acero reventó el cristal y cientos de gotas afiladas le cayeron encima. Por eso no vio la mano que rápidamente se introdujo y retiró el seguro de la puerta, que se abrió en un instante. Estela, en un reflejo absurdo, quitó la llave de la pastilla de encendido y entonces sintió el jalón que finalmente la expulsó a la calle.&lt;br /&gt;No vio la cara del atacante. Cayó de bruces sobre la humedad del asfalto y en seguida aquellos brazos la levantaron en vilo para arrastrarla hacia el Marquis. La puerta trasera se abrió y en un momento se encontró en el interior, al lado de un hombre que apestaba a tabaco rancio.&lt;br /&gt;-¡No me veas, pendeja! -le dijo el hombre, empujándole la cabeza contra el asiento-. Quédate quieta o te meto un plomazo.&lt;br /&gt;El peso de otro cuerpo la empujó y la puerta del auto se cerró con un ruido apagado. El Marquis arrancó.&lt;br /&gt;La fuerza de aquella mano la mantenía con la nariz hundida en el asiento, que también apestaba. Oyó voces en distintos tonos, vociferaciones diversas, alientos excitados. Por los movimientos de su cuerpo, que se mecía, abandonado pero tenso a la vez, supo que el auto había dejado atrás la avenida y buscaba el anonimato de las calles circunvecinas.&lt;br /&gt;Una de aquellas voces hizo una pregunta. Fue la inflexión lo que la delató, pues Estela, incómoda por los cristales que se le enterraban en la piel, seguía sin entender lo que decían. Por lo poco que alcanzó a rescatar de aquella conversación entrecortada, creyó que hablaban de su auto. Puso atención un momento, y entonces se dio cuenta de que el hombre que preguntaba lo hacía a través de un teléfono celular. Al parecer, no habían podido mover el sedán, y habían decidido abandonarlo. En su mano derecha aún estaba la llave de encendido.&lt;br /&gt;El auto dio un trompicón y dobló a la izquierda con un horrísono chirrido de neumáticos. El súbito acelerón hizo que la mejilla de Estela se tallara contra el respaldo y no pudo evitar emitir un grito, que no nació del dolor, sino de la desesperación.&lt;br /&gt;-¡Calla a esa vieja! -oyó que decía el hombre del teléfono, y al instante la mano le oprimió la cabeza con furia.&lt;br /&gt;Estela creyó que iba a desmayarse, en parte por la asfixia, en parte también por la esperanza de que la inconsciencia la librara del yugo de esa mano, que no desistía. Cuando al fin empezó a creer que la oscuridad de un repentino sueño artificial podía ser cierta, oyó de nuevo el rechinido de las llantas, esta vez acompañado de un golpe seco, atroz, definitivo. Su cuerpo se desdibujó como un reflejo en el agua y giró en una postura imposible, mientras que a su alrededor la atmósfera parecía contraerse con un sonido de estallido, de implosión. Fue un momento fugaz y, sin embargo, como eterno. El entorno, que al fin pudo dejar de imaginar, sufrió una serie de cambios instantáneos, irrepetibles. Los rostros de los hombres retomaron el horror de aquella transfiguración y al final se unieron al confuso escenario de luces y formas cambiantes. Entonces, sólo entonces, llegó la oscuridad.&lt;br /&gt;La mujer vio el asfalto encharcado a centímetros de su rostro. Tardó un momento en enfocar la rugosidad del piso cuya humedad imitaba las luces del entorno. No era fácil explicarse por qué aquel marco irregular, como una luz al final del túnel, la llamaba a trascenderlo, a escapar, pues tampoco lograba entender la razón de su ansia de fuga. Se arrastró con dificultad hacia el exterior y la mitad de su cuerpo se asomó a la noche lluviosa. Había en el aire un intenso aroma a hule y gasolina, y la palma de su mano sangró cuando la apoyó en el filo del marco para librarse del peso que le apresaba una de las piernas. De reojo alcanzó a ver el rostro de un hombre que la miraba fijamente; luego supo que no era ella el objeto de su atención, sino un punto impreciso en el vacío. El hombre estaba muerto, pero eso no le decía nada a la desesperación que sintió en ese momento cuando comprendió que era el peso de ese cuerpo regido por la sangre y la inmovilidad lo que la sujetaba. Como si quisiera sacudirse los últimos rastros de una pesadilla, agitó la pierna y finalmente consiguió liberarla. La cabeza inerte cayó hacia un costado y sólo entonces el hombre dejó de mirar, o más bien dirigió sus ya inútiles ojos hacia otro lado.&lt;br /&gt;Exhausta, empapada, aunque intacta, apoyó un momento la espalda en la llanta de un auto estacionado a un costado de la calle. En una reacción de ridícula vanidad, la mujer que era Estela -aunque ya en ese momento lo ignoraba- se arregló un mechón de cabello y se revisó el escote de la blusa, a la que le faltaba un botón. Apenada, palpó el derredor para buscarlo. Al no hallar nada a que anclar su confusión, se apoyó en el cofre del auto para ponerse de pie. Entonces pudo ver la totalidad de la escena: el Marquis volcado con la mitad del frente hundida bajo la caja de un camión de carga, las ruedas que giraban alborotando el humo, la mano que se asomaba a través del cristal, retorciéndose en espasmos como si quisiera remedar las formas desarticuladas del hierro. Y más allá, la calle desierta, incomprensible, sesgada por la lluvia.&lt;br /&gt;Un repentino mareo la obligó a sostenerse la cabeza con ambas manos. Algo le lastimó la frente: era el juego de llaves, que no reconoció. Lo sostuvo un momento frente a sus ojos y finalmente decidió guardarlo en un bolsillo del pantalón. Dio un paso al frente y sintió que cojeaba. Sólo así se dio cuenta de que apenas llevaba puesto un zapato. Alzó un poco la pierna para deshacerse de él y se fue de espaldas contra la acera. Semioculta por las sombras de los árboles, sintió que un rumor de voces empezaba a crecer. Se arrastró hasta el muro y se incorporó con esfuerzo. De la puerta de un edificio vecino vio salir un grupo de gente. Se veían alarmados, pero la confusión de sus sentidos la llevó a pensar que aquellos gestos ensayaban una expresión amenazante. Se quedó quieta un momento; luego, al descubrir que no la habían notado, se alejó calle adentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre la miró de arriba a abajo. Parecía curioso, de alguna manera asombrado. Estela hurgó entre sus recuerdos en busca del menor rastro que le sugiriera la familiaridad de esa cara, de esas manos gruesas y velludas que abandonaron el calor de la chaqueta de piel para tomarla por los hombros. No creyó reconocerlo, pero algo en su interior le decía que podía confiar en él.&lt;br /&gt;-¿Qué te ocurre? -le preguntó el hombre, tomándola de la barbilla para estudiar su rostro.&lt;br /&gt;La mujer, Estela, quien quiera que fuese en ese momento, no respondió. Se le quedó mirando, como esperando que de algún modo aquel desconocido de rostro amable y cálido pudiera hallar por sí mismo una respuesta.&lt;br /&gt;-¿Te pasó algo? ¿Estás enferma? ¿Tuviste un accidente?&lt;br /&gt;Demasiadas preguntas, nada sino confusión.&lt;br /&gt;-¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;Eso era: si es que acaso había una salida de aquel sucio marasmo que la mantenía presa, recordar su propio nombre tal vez podía significar el primer paso hacia la salvación.&lt;br /&gt;-No lo sé -le respondió con voz apenas audible, una voz que no sólo le pareció distante, sino también extraña, ajena.&lt;br /&gt;-¿No sabes cómo te llamas?&lt;br /&gt;-No lo sé -repitió ella, queriendo acostumbrarse a su voz.&lt;br /&gt;El hombre se le acercó un poco más y le tomó la cara con ambas manos.&lt;br /&gt;-¿Tampoco recuerdas qué te ocurrió?&lt;br /&gt;Estela cerró los ojos y registró sus recuerdos, pero sólo halló un instante de imágenes confusas enmarcadas por el ruido y el dolor.&lt;br /&gt;-Pasó algo -dijo al fin, abriendo apenas los ojos para encontrar que ese rostro que la enfrentaba, transmitiéndole una confianza profunda, acogedora, era real.&lt;br /&gt;-¿Un accidente?&lt;br /&gt;-No lo sé -insistió ella.&lt;br /&gt;Y entonces se derrumbó. El llanto le bañó las mejillas y su cuerpo se sacudió, convulsionado por el miedo y una callada, desesperada súplica.&lt;br /&gt;-Vamos, vamos, no pasa nada -la tranquilizó el desconocido, abrazándola un poco.&lt;br /&gt;En el pecho de aquel hombre, la mujer halló consuelo. Se había sentido frágil, pero de pronto el aroma de la esencia masculina, el calor de su abrazo, le devolvió un poco de calma. La requería.&lt;br /&gt;-Ven -le dijo el otro, pasándole un brazo por encima de los hombros-. Necesitas descansar, curarte esas heridas. Será mejor que te lleve a un lugar seguro y luego buscaremos la forma de que regreses a casa.&lt;br /&gt;La mujer, arrastrando los pies de medias rotas, se dejó conducir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió los ojos. El auto dio un respingo al trascender el filo de la acera y se introdujo lentamente a través del portal. El hombre apagó el motor y salió. Rodeó el auto y le abrió la puerta, extendiéndole una mano para invitarla a salir. La mujer estrechó aquella mano y sintió el dolor en su propia palma. No sabía el porqué de aquella herida, que de nuevo sangró. No sabía nada.&lt;br /&gt;El desconocido la acomodó en un sofá y salió un momento de la sala para regresar con un vaso. El alcohol le hendió la garganta, pero el calor del líquido la reconfortó.&lt;br /&gt;-Relájate -le dijo el hombre, sentándose a su lado-. Cierra los ojos; tal vez necesites dormir.&lt;br /&gt;-No -respondió ella, y de nuevo esa voz irreconocible la llenó de miedo, de un horror que supo personal, aunque incierto.&lt;br /&gt;-Es verdad -aceptó el hombre, dejando su propia bebida sobre la mesa de centro-. Lo que necesitas es limpiarte esas heridas. Ven, acompáñame.&lt;br /&gt;La condujo del brazo por un oscuro corredor alfombrado. Llegaron al baño, una habitación límpida, blanca, impregnada de humedad y fragancias masculinas. El dueño de aquel lugar fue hasta el espejo, que era en realidad la puerta del botiquín, y al abrirlo, la mujer pudo contemplar su propio rostro, que jamás había visto.&lt;br /&gt;-No sé quién soy -dijo el reflejo de la mujer palpándose la piel de las mejillas enrojecidas por los golpes.&lt;br /&gt;El hombre, a su lado, también una imagen, la miró un instante con una expresión neutral y luego fue hasta el cancel de la regadera para abrirlo y accionar los grifos. El chasquido del agua al romper contra el piso de la tina le recordó la lluvia a través del cristal. Afuera estaba la calle, las luces de los autos, informes, diminutas. Fue una imagen fugaz, externa, sin vínculo alguno con su desajuste interior.&lt;br /&gt;-Un baño caliente te caerá bien -le dijo la voz a sus espaldas.&lt;br /&gt;Ella se quedó quieta, siguiendo mentalmente el rastro de la escena lluviosa. Y sólo reaccionó al escuchar que la puerta se cerraba.&lt;br /&gt;Se desvistió con dificultad. El cuerpo le dolía. Echó las medias rotas y lodosas en el cesto de la basura e hizo una pausa para estudiar la ropa que traía puesta. Fue un análisis improductivo: la blusa beige y el pantalón de tenues rayas eran cosas que aún en sus manos parecían conservar las formas de su cuerpo, aunque no había en ellas nada que despertara en sus recuerdos la sensación de pertenencia. Finalmente se metió en la tina. El calor del agua la sedujo. Recargó su cabeza contra el filo y de nuevo buscó las sombras, el profundo pozo de la calma, no importaba que fuera ficticia.&lt;br /&gt;Fue apenas un instante, pero el tiempo suficiente para que una súbita languidez se anclara a su cuerpo. Entonces descubrió que no era el sueño lo que se había hospedado en su interior, sino una rara inmovilidad, un abandono involuntario. Vio, sin que le importara, que el filo del agua bordeaba sus labios; que las formas de sus senos, antes irregulares por la ondulación, iban recobrando poco a poco una redondez concreta. Vio la gota que se inflaba, colgada de la regadera, sin animarse a caer, y una silueta que se empezaba a formar al otro lado del cancel. Entonces escuchó cómo la puerta se descorría y descubrió poco a poco que aquella figura era real.&lt;br /&gt;El hombre se agachó a su lado para mirarla de cerca. Le puso las manos en la cara y le abrió los párpados. Luego sonrió. Fue un gesto complacido, calladamente obsceno. Sin que la mujer ofreciera resistencia, el desconocido la cargó en brazos y la llevó a la recámara. Sin violencia, aunque de forma brusca, la arrojó sobre la cama. Y empezó a desvestirse. La mujer veía todo como quien es tomado repentinamente por un recuerdo vívido, de sensaciones intensas que te niegan la posibilidad de intervenir, de modificar. Siguió el viaje del hombre, que se hincó frente a ella, y vio que la tomaba de los tobillos para contemplar hambriento la hendidura en su entrepierna. Sintió el aliento de su respiración agitada, y el frote lúbrico de una lengua ansiosa. Había algo que de alguna manera estaba de su lado: fuera lo que fuese lo que la obligara a abandonarse, algo en esa química funesta le había aliviado el dolor. El hombre le puso en la boca unos labios gruesos y olorosos a su propio sexo y le lamió los labios. Algo le dijo, no quiso saber qué era, antes de volverla bocabajo para hundirle la viscosidad de su lengua en el ano. No era exactamente una sensación placentera, pero deseó que aquellas caricias hubiesen intimado con la eternidad cuando sintió la dureza de una verga que le rompía el culo. Sus gemidos, de por sí apagados, fueron interrumpidos por la mano del hombre que jadeaba con todo el peso de su cuerpo apoyado en su espalda. Fueron minutos que se disfrazaron de horas lo que duraron las arremetidas cada vez más furiosas; fueron minutos de un callado martirio los que la mujer sin pasado tuvo que soportar mientras escuchaba aquella voz que era como un catálogo de odios y obscenidades; fue un rencor sin fuego, desvanecido, lo que su mente nublada asumió cuando las bofetadas repetidas, sistemáticas, le reventaron las heridas que ya eran un hábito de su piel. El hombre dejó de golpearla y se acomodó con presteza sobre su pecho. Con una mano le tiró del cabello para obligarla a mirar, y con la otra se jaloneó la verga en una masturbación ansiosa y repugnante. Finalmente, le abrió la boca y la obligó a tragar el largo escupitajo de su grosera carne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya la madrugada había retomado sus rincones de siempre cuando el auto se detuvo a la orilla del parque. El hombre se estiró sobre el cuerpo aún lánguido, aún desconocido, y abrió la portezuela. No sin dificultad lo empujó poco a poco hasta que su dueña se derrumbó pesada sobre el asfalto. No pudo verlo, sólo escuchó el ruido del portazo y el hule de los neumáticos que tallaron el piso para iniciar la fuga.&lt;br /&gt;El charco en la orilla de la acera recibió una primera gota que alteró por un instante el reposo del agua. Luego vino otra, y otra más. En segundos, la lluvia dejó de ser una insinuación y empezó a caer sin pausa sobre las calles, sobre los autos mudos y silenciosos, sobre el cuerpo de la mujer que sólo entonces volvió a despertar a su atroz realidad.&lt;br /&gt;De nuevo el asfalto, húmedo y rugoso, en el que descansaba su mejilla. De nuevo esa extrañeza, la sensación de despertar en medio de una pesadilla ajena. De nuevo el dolor de la herida en la palma apoyada en el piso. Y el cuerpo, asustado, incorporado a la noche como un extranjero. La mujer que era Estela, aunque nada hubiera a su alrededor que le confiara esa verdad, se arrastró para alcanzar la banca de hierro. Se dejó caer en el asiento, buscando un descanso que de nuevo había faltado a la cita. La lluvia, como una densa cortina, le impidió notar la sombra que crecía, que progresaba como un capricho de la noche. La silueta se recortó contra la luz del alumbrado público y repentinamente la lluvia dejó de caer sobre su cuerpo.&lt;br /&gt;Supo que era una voz lo que la llamaba con insistencia, aunque nunca logró precisar si la reconocía o si tan sólo era un juego de su imaginación, que había empezado a mezclar las formas del sueño con las piezas dispersas de una memoria fragmentada. Algo, sin embargo, le dictó una sentencia cruel: las cosas nunca empiezan o retoman su camino; ocurren, simplemente ocurren.&lt;br /&gt;-¿Te pasa algo?&lt;br /&gt;Eso era lo que la voz decía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que lloré cuando el médico me confesó que era mi número telefónico lo único que Estela alcanzó a recordar un día después de su ingreso. El timbre había irrumpido en la noche como una oración violenta y ni mi esposa, que jadeaba, ni yo, que le mordía la piel de la espalda, quisimos responder. Una hora después, el teléfono volvió a insistir. Fue así como supe lo que había pasado.&lt;br /&gt;Estela duerme, rodeada de objetos que pulsan y gotean como las ocultas entrañas del mundo. Hace apenas unos minutos que conversé con ella. Creí que bromeaba cuando me cnfió que mi cara se le hacía familiar.&lt;br /&gt;-¿Qué eres de mí? -me preguntó, débil.&lt;br /&gt;-Soy “todo”. ¿No lo recuerdas?&lt;br /&gt;Ella cerró los ojos. Quiso apretarlos con fuerza, pero al parecer no tenía energías para hacerlo. Luego volvió a mirarme.&lt;br /&gt;-No -respondió.&lt;br /&gt;Al llegar al hospital, hice un par de llamadas y al rato, sus padres, sus hermanos, incluso el médico de la familia, llegaron alarmados. Algunos de ellos me interrogaron, pero no era yo quien tenía las respuestas. Me contaron lo del auto, el testimonio de otros que vieron el secuestro, lo del accidente y su desaparición. Luego el médico los llamó. Minutos después, hubo llanto. Me quedé hasta el final de la hora de visita. Su madre, la última en salir, me informó que ella quería verme. No exactamente a mí, sino al dueño del número telefónico que el azar o los trabajos de la amnesia le habían permitido recordar. Por eso pude hablar con ella.&lt;br /&gt;-¿Qué eres de mí? -había insistido.&lt;br /&gt;Dudé un momento. Finalmente, le respondí:&lt;br /&gt;-Un amigo.&lt;br /&gt;Estela desvió su vista hacia la ventana, que la lluvia azotaba con callada violencia.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114956975101536619?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114956975101536619/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114956975101536619&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114956975101536619'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114956975101536619'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/la-otra-miss-amnesia.html' title='La otra &quot;Miss Amnesia&quot;'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114931005943683721</id><published>2006-06-02T23:36:00.000-05:00</published><updated>2006-06-02T23:47:39.653-05:00</updated><title type='text'>Madrugada</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/00077b[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/00077b%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Madrugada&lt;/em&gt; era el nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos llevan una palabra retratada en el rostro, aunque el registro civil se obstine en demostrar lo contrario: la cara redonda es Fabiola, el gesto desolado es Juan. Pues bien, la primera vez que vi ese rostro, el rostro que ahora rememoro, la palabra Madrugada se me fue mostrando letra por letra, tan clara y nítida como los caracteres de un anuncio de neón. Siempre he sido un hombre imantado por los senos y las piernas, en ese orden. Así que aclaro a tiempo: el énfasis en su rostro me lo dictó la sorpresa, pronto verás la razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y bien, ya la confesión ha sido hecha: el nombre se lo puse yo. Deja pues de lado las falsas suposiciones: esta no es la historia de una palabra, sino de la fotografía que la revela. Antes de eso no había nada más: ella vino hacia mí, pasó a mi lado, luego estaba a centímetros de mis ojos mucho antes de que pudiera hacerme de las llaves para abrir la puerta principal. Así que todo parte del instante en que vuelvo a nombrarla y terminará, si tu paciencia lo permite, un poco antes de que salga el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madrugada está en mi casa, en el estudio. Se ha sentado en un rincón y ha cruzado la pierna derecha sobre su muslo izquierdo. Por un momento pensé que lo hacía para disimular el rasguño que ha ido creciendo en la zona de la media que ahora quedó oculta, pero ya me he fijado bien y he notado que esa posición que se finge casual le permite alcanzar con mayor facilidad mis revistas deportivas. Parece que odia las complicaciones; seguramente por eso eligió la única edición disponible en español, aunque para mi gusto (y creo que también para el suyo) exhiba tan pocas ilustraciones. La sensibilidad se lo exige: ella es fotógrafa y está aquí para hacerme un estudio que no veré, aunque no extraño. Digo esto sin nostalgia: abomino de ese sentimiento porque conozco mis alcances y sé que es la única manera en que lograré olvidarla sin esfuerzo.&lt;br /&gt;¿Por qué debo olvidarla?, te preguntarás. Por pura retórica: ni siquiera la conozco y no la veré ni hablaré con ella más allá de las horas que ya he señalado. Insisto: yo sé cómo inician las cosas cuando la gente se me encarna en la piel y en los sentidos, y ella sólo está pasando por la orilla de mi vida, como hace unos minutos. De eso estoy seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Olvidarla, esa es la palabra adecuada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imagino que ya estás esperando que la describa. Desde ahora te digo que no lo haré. Así será más fácil deshacerme de su presencia una vez que se vaya y, a la vez, con ello evitaré recordarla algún día a través de estas palabras, que de cualquier manera, con el tiempo, deformarán lo que ella haga hoy aquí y me traicionarán a mí al tratar de recordarlo. Hay algo más que me ayudará en este propósito: desde el principio, antes de entrar en el departamento, ella me advirtió que deberé posar con los ojos vendados. Las razones no me las confió; simplemente lo dijo así, sin ánimos de que su petición se oyera como una advertencia. No he pasado por alto que es algo raro, pero en sus labios sonó tan íntegro, tan natural, que no me quedó más remedio que asentir y abrir la puerta. Luego colgué las llaves y la invité a pasar al fondo. Ella avanzó unos metros y se volvió de pronto, aunque todavía alcanzó a dar un par de pasos hacia atrás, con cierta gracia, como hacen las mujeres cuando no han podido intuir lo que ocurre a sus espaldas y deciden verificarlo con sus propios ojos. Fue en ese momento que noté el rasguño de la media: eso bastó para ahuyentar de mi mente el asunto de la venda y desviar mi atención hacia la ausencia de la seda.&lt;br /&gt;-El vacío de la seda -digo en voz baja mientras salgo de la habitación para ir a la cocina.&lt;br /&gt;Madrugada continúa hojeando la revista y se detiene en las imágenes de un anuncio de calzado deportivo. Creo que finge no ver que he entrado en el cuarto. Dejo su vaso de refresco sobre la mesa que está a su derecha y me siento con el mío apoyado sobre las piernas, que también cruzo. No tengo prisa; pienso esperar a que ella decida el momento de comenzar. Mientras eso ocurre, doy un sorbo a mi bebida y repaso los muebles de la habitación, que está hecha un desastre. No me incomoda: me gusta lo informal, y a Madrugada y a su circunstancia les va bien el ambiente. Ella en la orilla de un cuarto desordenado es lo justo para un momento que parece haberse ido construyendo con los deshechos del mundo. Por eso no me extrañaría que la mujer con la revista entre las manos tuviera una enfermedad terminal, y que todo este cuento de las fotos fuera apenas el pretexto para confesar su tragedia. Entonces tendría que estar lloviendo, o tendría que ocurrir que yo mismo me encontrara retrasado para una cita muy lejos de aquí. Pero no: la noche es tibia y mis amistades se quedaron atrapadas en el 93. Soy relativamente nuevo en el barrio.&lt;br /&gt;Lejos de mis especulaciones, las manos de Madrugada siguen ocupadas con la revista. En ningún momento alza la mirada, así que me puedo tomar la libertad de observar sus manos desnudas de joyas, que aparentan ser dos animales agazapados a uno y otro lado del rostro de un futbolista famoso, a quien no parece importarle. El de la foto tiene en su expresión esa sonrisa firme del artillero implacable. Del triunfador. Nada que no sea una mala tarde puede afectarle, mucho menos que las manos de Madrugada enmarquen su rostro mientras el concentrado análisis de sus ojos le agota los rasgos. Doy un nuevo trago a mi refresco y lo abandono sobre el anaquel de los discos, cosa que me obliga a incorporarme brevemente y ocasionar el rechinido de la silla. Sólo entonces, Madrugada parece advertir mi presencia.&lt;br /&gt;-¿Estás listo? -pregunta, dejando a un lado la revista.&lt;br /&gt;Es más un aviso que una interrogante. Me cruzo de brazos en la actitud de quien no tiene que hacer más que aguardar. Era lo que ella esperaba: toma su maletín y extrae una cámara profesional. No sé mucho del tema, pero el tamaño del artefacto me hace pensar así. Vuelvo a mi bebida y ella me mira nuevamente.&lt;br /&gt;-¿Tienes una bufanda o algo así? Es para los ojos… -explica.&lt;br /&gt;Voy a la recámara y busco la prenda. Cuando regreso, Madrugada le ha instalado unos raros aditamentos a la cámara, que apoya sobre sus piernas ya libres, ligeramente separadas. No me fijo en ellas por ninguna razón en especial, es simplemente que ahora puedo ver que el vacío de la seda no ha crecido. No entiendo por qué, pero el hecho me tranquiliza. A lo mejor es porque, a mi parecer, eso le dará confianza. Quizás así se anime a decirme su nombre, o a preguntar el mío, cosa que me produce una cierta contrariedad. Por el asunto del olvido.&lt;br /&gt;Me ve venir y deja el aparato a un lado para ponerse de pie. Le extiendo la bufanda. Ella la dobla y con un ademán me pide que me vuelva, así, sin más.&lt;br /&gt;Aprieta el nudo.&lt;br /&gt;Por algunos segundos sólo puedo saber que está ahí por los ruidos del aparato. Giro un poco en esa dirección. Se oye un flash. No puedo evitar sonreír. Como un goleador.&lt;br /&gt;Oye -le digo-, ¿no tengo que posar o algo así?&lt;br /&gt;-Sólo haz lo de siempre. Si quieres muévete, camina un poco, o siéntate si no te apetece otra cosa.&lt;br /&gt;Su voz, al final de la frase, se ha ido alejando.&lt;br /&gt;Sigo sus indicaciones. Tanteo la oscuridad en busca del refresco: mi mano choca contra el filo del mueble y algo cae, algo escandaloso, tal vez el vaso o algún adorno, no sé precisarlo. En ese instante se oye otro flash.&lt;br /&gt;-Creí que te habías ido -le digo-. ¿Sabes si tiré el refresco? Tengo por aquí unos documentos que no son míos…&lt;br /&gt;-No te preocupes, no es nada.&lt;br /&gt;Sólo eso.&lt;br /&gt;Madrugada arrastra ligeramente los pies mientras se desplaza por la habitación. Por un momento creo escuchar el frote de su ropa. Calculo que se ha puesto en cuclillas. La imagen se me adhiere en forma irremediable: ella está allá abajo, enfocando mi rostro que no sabe conducirse sin el amparo de la vista. Puedo estar equivocado, pero el flash se escucha más o menos a esa altura, cargado ligeramente a mi derecha. Así que entonces ella está bajo el marco de la puerta y estudia la perspectiva de la toma a partir de mi espalda, eso creo. No tardo en comprobarlo.&lt;br /&gt;-Estás tenso -dice, justo desde el lugar en el que la imaginaba-. No es necesario que permanezcas quieto. Ya te dije: puedes moverte, hacer lo que quieras…&lt;br /&gt;-Entonces quisiera saber por qué tengo que estar con la venda puesta.&lt;br /&gt;Más tardo en formular esa estúpida pregunta, que ella en responder:&lt;br /&gt;-Si te lo digo, pierde sentido.&lt;br /&gt;-Ah -musito, como si eso fuera suficiente.&lt;br /&gt;En los siguientes minutos, el flash de la cámara se dispara repetidamente. No puedo conservar la calma: me tomo la cintura, palpo el derredor, arriesgo unos pasos. Finalmente no puedo más e intento despojarme, más que de la venda, del juego en sí. Entonces siento la firmeza de su mano en las mías.&lt;br /&gt;-No lo hagas: lo que verás no te gustará.&lt;br /&gt;Su voz me congela, pero no siento miedo: esas palabras no encierran una amenaza, sino un llamado a la disciplina. Bajo poco a poco las manos y me entrego al destino misterioso que la noche me ha deparado.&lt;br /&gt;Recorremos el departamento. Por momentos, ella me toma de la mano y luego me deja libre, aunque no sé si “libre” sea la palabra que describa mi torpe deambular por los espacios que Madrugada va eligiendo para desarrollar su trabajo. Cada paso a ciegas se vuelve un descubrimiento ahora que camino por lo que supongo el corredor que deriva en las recámaras. Como puedo, me voy improvisando una técnica que busca evitar los accidentes: decido un rumbo y al instante lo traiciono; giro levemente y emprendo el camino contrario. No siempre funciona: más de una vez doy con el dorso de la mano -que esgrimo como frágil defensa- contra las paredes o los muebles viejos que la abuela abandonó al morir. Inútilmente espero una advertencia o una señal: Madrugada se ha enredado en el silencio que me entregan los fallidos intentos por adivinar su presencia. Decido no resistirme más y abandonarme a la intuición. Así que avanzo de frente y penetro un espacio abierto (me lo dicen mis manos).&lt;br /&gt;-Esto es el baño -afirmo con una falsa audacia.&lt;br /&gt;A mis espaldas se oye el flash.&lt;br /&gt;Me quedo quieto, giro hacia el lugar en el que la adivino, me llevo las manos a los bolsillos del pantalón.&lt;br /&gt;-¿Puedo sentarme un momento? Ya me cansé.&lt;br /&gt;Pero Madrugada no responde.&lt;br /&gt;Me permito un suspiro que no surge del cansancio, sino del desencanto. Necesito relajarme un poco antes de continuar, así que doblo las rodillas y busco el piso; recargo la espalda contra algo sólido, frío.&lt;br /&gt;-Siéntate conmigo, descansa un rato.&lt;br /&gt;-No estoy cansada. Tú quédate donde estás; yo puedo seguir trabajando.&lt;br /&gt;-Como quieras -le digo-, pero te advierto que no tengo prisa.&lt;br /&gt;En ese instante, una vibración me golpea la espalda. Asustado, casi me arrojo hacia la nada. A tiempo me doy cuenta de que el zumbido que antecede a mi sorpresa proviene del motor del refrigerador, que se ha puesto en marcha.&lt;br /&gt;-No es el baño -reconozco, confundido-. Estamos en la cocina…&lt;br /&gt;Pero no escucho más que el flash y el mecanismo que recorre la película.&lt;br /&gt;Por primera vez me siento estúpido. Un estúpido que se resigna al piso de una cocina para eludir la confrontación con una desconocida que juega a la impostura de un pretendido happening, mientras su protagonista piensa cómo hacer para tramitar un final decoroso. No quiero, te decía, trasladar esta narración más allá de los hechos inmediatos, por eso evito a toda costa traducir sus silencios o las poses que ella ha ido imprimiendo en este ridículo y voluntario asedio fotográfico. Prefiero obviar los minutos que absurdamente se disfrazaron de segundos para marcar nuestra estancia en ese lugar que me sorprende no haber reconocido, como si estuviera siendo despojado poco a poco de cada una de las cosas que me pertenecen: primero, del sentido de la vista; después, de mi capacidad de decisión; ahora de la ubicuidad. Hasta qué punto podría seguir tolerando este absurdo, es algo que me pregunto con frecuencia durante la jornada; y sin embargo, sigo ahí, inmóvil, abandonado al ruido de las luces instantáneas que el índice de Madrugada acciona sin cesar.&lt;br /&gt;Así que fueron horas. Ahora reflexiono en ello, pero en el momento en que subimos a la azotea del edificio, lejos estaba de saber que ya la medianoche había sido derrotada. Me quedo parado a pocos pasos de la puerta que nos ve salir al frío y no contengo las ganas de decirle que ya es suficiente. Me sorprende saber que ella está de acuerdo.&lt;br /&gt;-Sólo una última foto -me anuncia-. Pero necesito que camines de frente y trates de adivinar el borde.&lt;br /&gt;Aquella petición va más allá de mi abandono. Pienso un par de veces en lo que voy a decirle, pero al final ninguno de mis argumentos me parece convincente. No después de toda esta circunstancia enferma.&lt;br /&gt;-Lo siento -digo entonces-. Mira, hasta ahora sigo sin entender de qué se trata todo esto; por respeto a tu trabajo no voy a pedirte que me lo expliques. Pero eso sí, conozco lo estrecho de esta azotea y no estoy dispuesto a dar un paso más.&lt;br /&gt;Aguardo unos instantes y luego finjo que voy a quitarme la venda. Madrugada parece saber que no voy a hacerlo.&lt;br /&gt;-Está bien -acepta ella-. Quédate donde estás y trata de pensar qué dirás cuando veas esta foto.&lt;br /&gt;El último flash cancela la pregunta que jamás formularé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es necesario decirte que bajamos en silencio. Por el sonido atenuado de sus movimientos, sé que ella guarda sus cosas cuidadosamente, y de pronto ya no escucho más. Presiento que me mira.&lt;br /&gt;-¡La venda! -exclamo al darme cuenta de que ahora ella sabe lo fácil que me resulta acostumbrarme a las cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sobre con la fotografía llegó unas semanas más tarde. No tenía sello postal ni remitente; de hecho, lo hallé por casualidad en el umbral de la puerta principal cuando me agaché para recoger las llaves que había tirado por descuido. No sé si lo esperaba, lo cierto es que de alguna manera se me hizo familiar. Corté el borde sin la ansiedad que supones; contemplé la imagen sin misterio; la dejé todo el tiempo a un lado de la hoja que vio nacer las palabras que ahora estás leyendo.&lt;br /&gt;¿Observas el vacío de la seda en la pierna izquierda? Cualquiera diría que es un error de impresión. Apenas un detalle.&lt;br /&gt;Si miras bien, el amanecer no es distinto a otros.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114931005943683721?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114931005943683721/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114931005943683721&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114931005943683721'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114931005943683721'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/madrugada.html' title='Madrugada'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114923308071376125</id><published>2006-06-02T02:15:00.000-05:00</published><updated>2006-06-02T02:24:40.743-05:00</updated><title type='text'>Confusiones de grafito</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/duchamp_desnudo_bajando_escalera[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/duchamp_desnudo_bajando_escalera%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sucedió un noviembre. No sé de qué año. Lo recuerdo porque recién había pasado mi cumpleaños. Vivía con Samira, la rubia, una chica que pintaba y vestía siempre un overol manchado de aceites. Era una casa de amplios ventanales, situada arriba de un edificio de oficinas. No había estufa, ni refrigerador, así que a veces solíamos bajar por algo de comer y al regresar, metidos en el elevador en medio de ejecutivos e impecables secretarias, parecíamos un par de albañiles que volvieran del almuerzo. Terminamos por acostumbrarnos a las miradas despectivas, a la oblicuidad. Tal vez haya sido lo mejor: aún hoy, aquellos días me parecen como arrancados de un recuerdo ajeno. Tengo mis razones. Ahora las conocerás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Samira pintaba por las mañanas, mientras yo estaba en el colegio. En ocasiones iba por mí a la hora de salida y comíamos en algún pequeño restaurante. A veces, ya lo he dicho, era yo quien pasaba por ella. La casa, ya también lo he referido, era un estudio improvisado que su padre, un hombre que había prosperado en el negocio del arrendamiento de inmuebles, se animó a proporcionarle cuando al fin se convenció de que la medicina no era un arte, sino una ciencia. Algo menos imperfecto, pero igual de ficticio. Samira y yo dormíamos en un colchón que la mayor parte de las veces estaba desnudo. Nos tumbábamos de espaldas mirando las cosas de la noche según transcurrían a través de los cristales que se fingían paredes sólo para no dejarnos soñar a la intemperie. Hacíamos el amor todos los días bajo el ruido del vuelo 36 de Mexicana, que sesgaba el humo citadino con rumbo a Guadalajara. Ignoro si nos queríamos, tampoco importaba: el sexo era todavía un buen asunto entre nosotros y el futuro era como uno de esos juguetes que prometen las cajas de cereales: nada más que un pasatiempo en la sobremesa del desayuno. Hasta que apareció Edgar.&lt;br /&gt;Éramos amigos desde la infancia. Cursamos juntos la etapa secundaria, pero nos separamos durante el bachillerato. Había afecto entre nosotros, así que la distancia entre su colegio de paga y mi humilde escuela pública era una simple incomodidad a la que el teléfono le borraba el sentido. Pero nuestra amistad nunca maduró lo suficiente como para sobrevivir a las fraternidades que uno mismo se improvisa cuando pasa demasiado tiempo lejos de casa. Ambos, cada cual por su lado, nos integramos a nuevos círculos de amigos y el tiempo se encargó de lo demás. Muchos años después, mientras cursaba la universidad, recibí una carta suya desde los Estados Unidos: estudiaba arte en Nueva York. Demasiado glamour como para no sentir que mi vida era poco menos que miserable. Se hallaba a punto de iniciar el periodo vacacional y hacía tiempo que no venía a México. Tenía ganas de verme. De conversar. Tal vez de emborracharse con las imágenes de antaño como tema principal. Estaría un mes en casa de sus padres. Me pedía mis datos para hacer más sencillo el contacto. Llegó en una de esas tardes sin sol y sin misterio. La familia lo recibió con un gran festejo. Bebió hasta la madrugada y se puso tan mal que pasó dos días en cama. Entonces me buscó.&lt;br /&gt;Apareció en la puerta del estudio como una silueta fantasmal. El lugar, que a mis ojos había sido siempre algo sorpresivo, tan lleno de asombro, a él le pareció un simple sitio acogedor. Nos dimos un gran abrazo, nos miramos fijamente a una distancia prudente e hicimos las observaciones de rigor: él era más alto de lo que me dictaban los recuerdos, tenía menos cabello, los hombros se le habían ensanchado; yo, según confesó, estaba idéntico... excepto por la barba rala, el sobrepeso, los anteojos de carey que habían sustituido al fin a esos arcaicos Ray Ban de policía gringo. Le mostré el lugar, que recorrió de un vistazo, y luego lo invité a sentarse. Sobre la duela. Samira había salido para comprar algo de beber y llegó algunos minutos más tarde. Se agradaron desde el primer momento. Se aprende a reconocer la intensidad de la mirada de quien a diario despierta junto a ti; al ver a Edgar, los ojos de Samira ensayaron una expresión que yo, hasta ese momento, desconocía. Pero lo dejé pasar, pues los aullidos teatrales de mi amigo, quien había encontrado el vino mientras hurgaba en las bolsas que contenían las viandas, terminó por abstraerme de mi fugaz incomodidad. Aquella tarde comimos y bebimos y fuimos todo lo camaradas y casi hermanos que nos permitió el alcohol, y al caer la noche Edgar se fue, no sin antes prometer que volvería para que Samira le mostrara sus trabajos. Cosas de artistas. Una vez que estuvimos nuevamente a solas, Samira y yo nos rendimos a la noche. No hubo sexo entre nosotros. Nunca más lo habría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo clara una imagen, el único recuerdo nítido de aquellos años que a veces vuelven y me devastan sin remedio. Se trata de un sueño. Estoy tendido bocabajo sobre un cuerpo; unas piernas largas, algo grises, como tomadas por la oscuridad, parten de mi rostro y se extienden hacia la lejanía, breve. Un ruido tenue, casi un aliento, se escucha a mis espaldas. He querido volverme para saber de dónde proviene ese jadeo, pero una circunstancia me lo impide: frente a mis ojos, como un capullo que quisiera abrirse al sol, ha comenzado a aparecer la carne dura y palpitante de una enorme verga. No es la escena cargada de un simbolismo casi milenario lo que me inquieta, sino el hecho atroz de que mi boca la desea. Sin más, mi lengua prueba el gusto ácido del miembro anónimo. Siento, como si fuera real, la consistencia del pellejo que se juega alrededor de la dureza irreparable; mis labios palpan las venas, la punta hendida, la trémula ansiedad. En un instante, justo en la frontera entre el sueño y el alba, obligo a mis ojos a buscar el rostro del hombre que ahora gime como si el deseo estuviera a punto de escapar de su cuerpo. No lo hallo: me lo niegan las sombras. Mis propios ojos, al abrirse con alivio al fulgor de la mañana, me lo niegan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve que volver a casa por una razón que es casi un lugar común de tan real e inexorable: un tío lejano murió. De un infarto. El hombre, casi un anciano, se fue sin despedirse y mi madre, devota de esa culpa irreflexiva que es propia del catolicismo, no dudó ni un instante en acudir a los funerales. Cientos de kilómetros de remordimientos la aguardaban, y no quería padecerlos a solas. Mi padre no podía abandonar el trabajo y me pidió que la acompañara. Apenas pude despedirme de Samira y al colgar el teléfono empecé a andar esa distancia que, al final, resultó definitiva.&lt;br /&gt;Regresé una semana después. Apenas dejé a mi madre en la puerta de su casa y salí corriendo en busca de Samira. Era de noche, y el estudio estaba desierto. No bien me había tendido de espaldas sobre el colchón, deseándola como un marinero sin más compañía que el abismo, cuando descubrí el dibujo. No estaba sobre el caballete, que le habría otorgado esa naturaleza común de las cosas que simplemente ocurren, sino abandonado sobre el polvo, como un presagio, al lado del colchón. No estaba en mí juzgar el arte de Samira, sino amarlo. Pero al ver las formas que el lápiz había ensayado sobre el blanco, sentí un poco de ese horror que la literatura despierta cada vez que describe el otro lado de las cosas: en medio de aquella confusión de grafito, dos figuras humanas se habían entrelazado para conformar la imagen exacta de mi sueño. Sólo que había una diferencia: las figuras eran las de un hombre y una mujer.&lt;br /&gt;Samira me encontró en la magia de ese análisis.&lt;br /&gt;-¿Llegaste? -me preguntó, como si mi sola presencia no fuera evidencia suficiente.&lt;br /&gt;-Hace un rato -le dije, incorporándome para abrazarla. Sin soltar el dibujo.&lt;br /&gt;Hay calores que son un hábito; el de Samira lo era. Hay una cierta tensión en el cuerpo que conoces, acaso porque se ha moldeado al tuyo, acaso porque el cariño así te lo aconseja. El de ella, esa noche, tenía la consistencia del rechazo cuando empieza a trascender la incredulidad y busca instalarse en la resignación.&lt;br /&gt;Soy un ser lleno de drama. Es un padecimiento que he aprendido a tolerar. Pero a veces, esa incómoda pulsión halla sustentos más allá de la imaginación. Apenas fui expulsado de aquel intento de caricia, alcé el dibujo y lo esgrimí ante los ojos de Samira, los apagados ojos de Samira.&lt;br /&gt;-Esto -le dije, retándola a sostenerme la mirada-, es algo que soñé.&lt;br /&gt;Samira dio un medio giro para abandonar sus cosas sobre la mesa de trabajo y se quedó allí, de espaldas a mi incredulidad.&lt;br /&gt;-No finjas -respondió entonces con el aire fúnebre que creí haber dejado a kilómetros de distancia-. Ya Edgar habló contigo.&lt;br /&gt;Sentí esa mezcla de sorpresa y conmoción que acompaña a las noticias que odian pasar simplemente a nuestro lado. No entendí. O no quise entender. Di un par de pasos hacia ella, pero de nuevo se alejó. Tomó asiento en el filo del colchón, se abrazó las piernas, hundió la cara entre sus rodillas. No era una buena postura. No para quien la observa mientras guarda la esperanza de hallarse en medio de un feliz malentendido.&lt;br /&gt;-¿Te lo dijo todo? -musitó-. ¿Te contó por qué lo hicimos?&lt;br /&gt;-¿Hicieron qué? ¿Hicieron quiénes?&lt;br /&gt;Samira alzó la cara. Había lágrimas en ella.&lt;br /&gt;-Edgar. ¿Te lo dijo?&lt;br /&gt;-Oye -repuse-, acabo de regresar. Si no hablé contigo en toda esta semana, menos con Edgar. -Y aquí hice una pausa teatral que de alguna manera se imponía-. ¿Qué es lo que tiene que contarme?&lt;br /&gt;-Que hicimos el amor.&lt;br /&gt;Mi humanidad, como un dibujo abandonado, alteró de golpe el reposo del polvo sobre la duela.&lt;br /&gt;-¿Que hicieron qué? -me defendí. De mí mismo.&lt;br /&gt;-Que tuvimos relaciones. ¡Que cogimos! ¿De qué otra forma quieres que te lo diga?&lt;br /&gt;Supe de pronto lo que debe sentir un abogado cuando interroga al testigo equivocado. Se cierra el caso. Tu novia ha fornicado con tu mejor amigo. La confesión es en sí misma una sentencia. No más argumentaciones. No más trucos legales. Las paredes vaginales de la persona que creías amar están llenas del esperma de otro y eso es algo capaz de borrar tu nombre de la historia de un solo tajo. Pero no para un hombre forjado en la tragedia griega; no para un hombre atiborrado de preguntas que nunca, o muy esporádicamente, hallan respuesta.&lt;br /&gt;-¿Qué fue lo que pasó? -Me arrastré (literalmente) hacia donde ella estaba y le alcé el mentón para mirarla a los ojos-. No me interesa la versión de Edgar, quiero que me lo digas tú.&lt;br /&gt;Temo reproducir aquí la descripción prolija de la excitación de Samira cuando esa noche, luego de un par de tragos y de indicarle a Edgar en dónde se encontraba el baño, lo vio reaparecer, desnudo, sonriente, exhibiendo las horas que el trabajo en el gimnasio le habían regalado a su cuerpo. Y no esquivo las palabras, mis palabras, sino la concreción de imágenes que de ellas se desprende cada vez que las digo, cada vez que las repito con el estúpido ánimo de verlas desgastarse, morirse transparentes y livianas, desaparecer. Edgar, tomado por el alcohol y los estupefacientes -lo supo después- le había estado diciendo que el espíritu del arte exige a veces abandonarse a los impulsos para nacer con toda su crudeza, o algo así de falaz. La verdad es que la deseaba, ansiaba fornicar con ella desde el primer momento en que la vio. Y Samira, no ajena a ese deseo, quiso creer que aquello podía ser cierto. No las formas del arte, que ya las conocía, sino las del cuerpo que de pronto le pareció irreal de tan hermoso, como imantado. No era una mujer sensual; de hecho, algo había de tosco en su naturaleza. Pero esa noche, aquel hombre, casi un desconocido, la hizo tomar conciencia de que su piel podía ser algo vivo, algo fuera de su dominio y, sin embargo, atenazante, inmanente. La otredad.&lt;br /&gt;-No fui yo exactamente quién lo hizo. Fue alguien más -y se interrumpió al ver que yo me había incorporado, dejando el dibujo a sus pies.&lt;br /&gt;-No fuiste tú, fue tu vagina. ¿Es eso lo que quieres decir? -expuse, amargo, obscenamente divertido-. Tú no le mamaste la verga, sino tu boca. No fueron tus nalgas las que se le ofrecieron, sino las nalgas del “espíritu del arte que ansiaba renacer”. ¡Por favor!&lt;br /&gt;-Tú no lo entiendes -me espetó Samira, poniéndose de pie para defender su complicada tesis.&lt;br /&gt;Los artistas.&lt;br /&gt;-No, no lo entiendo. Una cogida es una cogida, entre costureras o entre pintores. No hay más.&lt;br /&gt;-Sí lo hay. Desde hace tiempo quería abandonar esos tontos paisajes para hacer algo diferente. Míralo -y señaló el dibujo, que nos miraba como el hijo que acaba de orinarse en la cama-. Ahora sé que soy capaz de hacer algo distinto, algo más cercano a mi voz interior.&lt;br /&gt;Llevo años escarbando en el cajón de mis recuerdos y no he hallado final más estrafalario que el de aquella noche. Sé, ahora, que debí reír ante esa muestra de humor involuntario. Pero habría prolongado mi partida y ya desde ese momento, parado en medio de tubos de pintura, brochas, caballetes, me sentía como un extranjero, como un invitado al festín del mundo que ha llegado muy temprano a la cita sólo para encontrar que no han terminado aún de decorarlo.&lt;br /&gt;Recogí mis pertenencias, que no eran muchas, y, antes de salir, pasé a propósito sobre el dibujo. Fue mi única venganza.&lt;br /&gt;Samira lloró profusamente cuando vio que abría esa puerta, y que lo hacía por última vez. Pero igual no hizo nada por detenerme. Bajé el tramo de escaleras que llevaban al último piso del edificio y pulsé el botón del elevador. A lo mejor para hacer tiempo, confiando en que Samira fuera a buscarme; a lo mejor para saber si mi odio era real.&lt;br /&gt;Lo era.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De boca de Edgar no escuché excusa alguna. Imagino que sus vacaciones finalizaron y tuvo que regresar a Nueva York. No lo imagino; lo sé. El remitente de la carta que recibí ese mismo año así lo indicaba.&lt;br /&gt;No quise abrirla.&lt;br /&gt;Samira y la inmediatez de los días que pasé con ella eran un cúmulo de recuerdos que no cabían en el cesto de la basura, de tan dolorosos.&lt;br /&gt;Pero Edgar cupo. A la perfección.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114923308071376125?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114923308071376125/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114923308071376125&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114923308071376125'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114923308071376125'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/confusiones-de-grafito.html' title='Confusiones de grafito'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114913975101539701</id><published>2006-06-01T00:13:00.000-05:00</published><updated>2006-06-01T00:29:11.026-05:00</updated><title type='text'>Estela, con el mar de fondo</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/noche[1].jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/noche%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Presentir el mar cuando la noche te descubre a la orilla del mundo. Ahí donde la conciencia te dicta que siempre hay algo, sólo existe ese vacío. Si acaso, la espuma se resiste a fenecer; pero el mar no es más que ruido, rumor que llega o va sin decidirse; promesa sin testigos.&lt;br /&gt;El mar.&lt;br /&gt;Hace años que lo supe. Como muchos, sentí en ese momento la gratuidad de mi residencia en el mundo. Pensé, no sin una leve nostalgia, que las cosas del mar ya eran antes de mi llegada, y que mañana, siglos después de asistir al llamado de la tierra, de ser polvo del polvo, esas mismas cosas lo serían sin mí. Acaso sea esa la razón por la que el mar, cuando es de noche, apenas se sugiere: un breve vislumbre debería bastarnos; la mirada, nuestra mirada, jamás tendrá el privilegio de quedarse con algo más que incertidumbre.&lt;br /&gt;Estela es el mar, y como tal, es a veces inasible. Al llegar al puerto, esa nada, esa oscuridad de ojos cerrados asomó de pronto al otro lado de la cortina en el cuarto del hotel. Emocionada, fue hasta la ventana, descorrió el cristal que imponía su silencio y dejó que el viento salino se reconociera en su rostro. Pude haber pensado en mil crepúsculos, en lo hermoso que sería morir en la aquiescencia de su perfil sonriente, en el ámbar, en la clepsidra, que mediría cada gota de mi deseo, que me diría cada gota que me restaría de tiempo. No lo hice: opté por la piel, por el grito, por el placer inmediato; ya las horas se encargarían de someterme a otras imágenes, al capricho de algún ideario menos carnal. Y Estela, allí, de pie ante la ventana, sin acusar siquiera la curiosidad de otras miradas, le fue fiel a mis caricias hasta el último jadeo. Finalmente lánguido, la abandoné en ese sitio. Trémula, grosera en su desnudez inacabada, su silueta, hermosa aún a la distancia, se mantuvo intacta. Ignoro si sus ojos me buscaban o si esa quietud pasajera era un simple juego de mi imaginación. Lo cierto es que mi imagen, si es que acaso su mirada quiso registrarla, era la de un hombre momentáneamente derrotado.&lt;br /&gt;-Todo el mundo me está viendo -musitó, y no supe si había hallado al fin una metáfora para explicar lo que alguna vez me dijo: que yo lo era todo en su vida.&lt;br /&gt;-Insensatos -le respondí-, ni siquiera te sueñan. Yo acabo de tenerte, y siento como si jamás te hubiera tocado.&lt;br /&gt;Estela, de espaldas a la noche, comenzó a vestirse. Se ajustó las breves pantaletas, la falda amplia, y aprisionó de nueva cuenta sus senos, que ya se creían libres. Luego fue hasta mí, que desde la orilla de la cama no había dejado de observarla.&lt;br /&gt;-Iba a preguntarte si me quieres -confesó, acomodándose a mi lado-, pero tus manos me lo han dicho, tu mirada.&lt;br /&gt;Se estiró para encender la luz, que al momento de nuestra llegada no hacía falta. Era la primera vez que veíamos la habitación. Se trataba de un cuarto pequeño, de una sola cama; en la esquina había una mesa en círculo y un par de sillas; más allá, una luna enorme cuyo reflejo nos evadía en favor del ventanal. Nada más. Pero bastaba. Acaso ni siquiera fuera necesaria.&lt;br /&gt;Cenamos en el restaurante del hotel, iluminados por una vela diminuta e ineficaz. Luego dimos un paseo alrededor de la alberca desierta. Finalmente, salimos a la playa.&lt;br /&gt;La arena en nuestros pies descalzos, el mar como una inquieta sugerencia de sí mismo, las luces de embarcaciones lejanas, henchidas de horizonte.&lt;br /&gt;-Mañana vendremos aquí a primera hora -sentenció Estela, atisbando el entorno-. Quiero ser parte del amanecer.&lt;br /&gt;Compartimos un cigarrillo. En silencio. Fue cuando supe lo del mar. Pero no se lo dije a ella: tenía miedo de cancelar la magia. De nuevo su perfil aceptaba la penumbra y aquello era un instante que tendría que sobrevivir por sí mismo.&lt;br /&gt;Un rato después, desandamos el camino. Era tarde, y el staff del hotel se dispersaba como sombras. En lo alto del edificio, las imágenes de los televisores impregnaban de azul los ventanales. El frío aliento de artificio nos recibió en el lobby, allí donde la luz era un fragor blanquecino, ajeno a la oscura majestad del exterior. Cruzamos la rara soledad de aquella galería con rumbo a los elevadores. Una sonrisa de estúpida alegría nos acompañó hasta la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fornicamos. Porque, además de acudir al llamado del mar, esa era la razón de nuestro viaje. Como nunca lo había hecho antes, Estela me pidió que le llenara el culo de esperma. Obedecí. Luego quiso que le chupara el coño hasta hacerla venirse. Nada de caricias, nada de ornato, nada que no fuera fricción, absoluta, descarnada genitalidad.&lt;br /&gt;Unos dedos, finos, menudos, de uñas nacaradas. Unas manos que estrujan la colcha hasta el límite de la asfixia para luego abandonarla, exhausta, como un asesino que cede a la razón.&lt;br /&gt;Es el orgasmo.&lt;br /&gt;Sin misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;CODA&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Creo en el silencio posterior al sexo. Creo, porque así lo he aprendido, que nada ajeno a la savia del instante debe morar en ese silencio.&lt;br /&gt;Creo, entonces, en la muerte de la palabra.&lt;br /&gt;Y la muerte ensayó su ritual nocturno en la quietud de Estela, que pronto ya dormía.&lt;br /&gt;Su cuerpo, envuelto por las sábanas, era un simple capricho de las sombras.&lt;br /&gt;El ruido apagado de su respiración. El movimiento apenas perceptible de su pecho, que acaso tan sólo imaginé.&lt;br /&gt;Como si no estuviera allí. Como si nunca hubiera estado allí.&lt;br /&gt;Como ese mar, el vacío del mar, que allá afuera nos aguardaba.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114913975101539701?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114913975101539701/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114913975101539701&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114913975101539701'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114913975101539701'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/06/estela-con-el-mar-de-fondo.html' title='Estela, con el mar de fondo'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114905812363601525</id><published>2006-05-31T01:36:00.000-05:00</published><updated>2006-05-31T01:48:43.683-05:00</updated><title type='text'>Donde el sueño te derrota</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Más sobre Griselda:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ella la conocí por allá del 92. Mala época para ser del equipo perdedor: luego de que nos expulsaron del colegio por razones que ya he relatado, le perdí la pista. Creí que para siempre. Durante un año o algo así, estuve solo. Si alguna vez te has convertido en un triste perro vagabundo que pasa largos periodos olfateando culos que lo rechazan, reconocerás mi infierno. Un hombre solo es como el negro del mundo: la gente se cambia de acera cuando te ven venir, las mujeres te ignoran como a un proxeneta, los amigos te tachan de homosexual, el mundo entero finge que no te ha parido. Pero, una vez que conoces a alguien, no importa qué tan pasajero sea el encuentro, la invisibilidad se te escurre y cada mirada femenina se torna promesa, confesión, enigma. Y dejas de ser un paria.&lt;br /&gt;Apenas Griselda dejaba de doler, cuando apareció Karina. Ella era una chica de sonrisa tierna y feminidad casi insufrible. Tenía 18 años y unos senos como de 36 (hablo de tallas). Mis manos ya me habían dicho que usaba unos calzoncitos tibios y deliciosos, pero ese conocimiento no bastaba. Una tarde quise verlos y la llevé a un hotel. La desvestí a la luz de la ventana y le lamí el culo mientras ella fingía mirar las cosas de la calle. Aquello le gustaba. Me saqué la verga y la apreté entre sus nalgas, mientras le sobaba el enorme secreto de sus senos con ánimos de revelación. Finalmente la llevé a la cama y la obligué a chuparme largo rato. No era virgen, pero a mi imaginación le apetecía jugar un poco al machismo. Una vez que su coño estuvo húmedo, la hice que me montara y comencé a penetrarla poco a poco para disfrutar ese breve instante en el que la expresión de una mujer te va develando la aceptación del placer que tu carne le regala. Pero, no obstante que las sombras me negaban un poco esa imagen, el asombro me otorgó uno de los momentos más extraños de mi vida: apenas la cabeza del miembro había trascendido el umbral de su vagina, el rostro de Karina se descompuso en el gesto del mártir.&lt;br /&gt;-Perdón -le dije entre balbuceos-. Tal vez no sea la mejor posición.&lt;br /&gt;La tendí de espaldas en la cama y me pasé sus piernas alrededor del cuello. Me escupí la mano y me bañé la verga de saliva; la froté un poco contra sus labios vaginales y empujé, suave, muy suavemente... Y esta vez ella gritó.&lt;br /&gt;-¿Pasa algo? -la interrogué, en verdad confundido.&lt;br /&gt;-Nada, nada -dijo, a medio camino entre el delirio y el sufrimiento.&lt;br /&gt;Lo intenté de nuevo, esta vez abriéndole el coño con los dedos índice y pulgar de una mano. Tampoco funcionó. Como una rara sierpe, Karina se arrastró sobre la cama para alimentar una odiosa distancia.&lt;br /&gt;Y empezó a llorar.&lt;br /&gt;-¡Soy yo, soy yo! -decía entre sollozos. O eso creí entender.&lt;br /&gt;Me tendí a su lado. Traté de acariciarla, pero me rechazó débilmente.&lt;br /&gt;-No te angusties -la tranquilicé-, no pasa nada...&lt;br /&gt;-Claro que pasa -dijo ella-, ¿no ves que soy estrecha? ¿No te das cuenta de que no puedo tener relaciones?&lt;br /&gt;-¿Qué dices?&lt;br /&gt;-Lo que oíste: mi vagina es muy estrecha. Me duele horrible cuando me penetran. ¡No puedo coger!&lt;br /&gt;Durante varios minutos estuvimos así, en silencio, uno al lado del otro, sin nada más que una enorme duda, retorcida y ufana entre los dos.&lt;br /&gt;Me estiré para tomar los cigarrillos. Encendí dos. Le entregué uno a ella, pero se le murió entre los dedos.&lt;br /&gt;-¿Hay algo que pueda hacer? -me atreví por fin a hablar-. ¿No crees que sea cosa de lubricación? Tal vez me precipité...&lt;br /&gt;Entonces me contó el asunto de su vagina estrecha. Los avatares con su ex, quien, para colmo, tenía una verga descomunal. Una sola vez alcanzó a penetrarla, apenas un par de centímetros, y ella sangró como si la hubiesen apuñalado. Fue una pérdida lamentable. La de su himen. Aquella vez sólo hubo dolor y frustración. Luego, días más tarde, volvieron a intentarlo. Entonces su vagina se contrajo de tal manera que ni la punta logró introducirse. Era menor de edad. Tenía miedo de ir al médico. Y vergüenza. Pero el ex tenía ganas y, en principio, se conformó con una chupada y un desalentador frote de clítoris. Luego quiso penetrarla por el ano. Un par de centímetros y varios litros de saliva después, tuvo que desistir del intento. Por supuesto, el tipo perdió el interés. Karina le contó a una amiga y ésta la remitió a cierto artículo publicado en una revista de chismes adolescentes. Vagina estrecha. El nombre médico era impronunciable. Ni siquiera trató de retenerlo. Tampoco al novio. Y aquí estaba. Apenas un día antes estaba convencida (como sólo puede convencerse de que sueña un condenado con la soga al cuello) de que su problema se reducía al tamaño del miembro. Pero incluso el mío, que apenas rebasaba el promedio, se ajustaba a la perfección al dolor que ya era un hábito de sus días.&lt;br /&gt;Apagué el cigarrillo y le eché un vistazo. Si hubiera tenido una lámpara al alcance, como Henry Miller, habría podido escribir un capítulo completo del Trópico de Cáncer. Pero esto era la vida real, y la vida real no admite ensoñaciones literarias. Aquella era una vagina hermosa, pequeña como un capullo, rosada como una bailarina de Degas... e idéntica a todas las vaginas que había visto.&lt;br /&gt;-No sé del asunto -le comenté mientras nos vestíamos-, pero prometo que voy a averiguarlo y te daré una cogida que te voy a dejar patisamba de por vida.&lt;br /&gt;Nunca lo hice. Mi palabra es de hierro, pero incluso un caballero se merece unos minutos de compensación, y yo no los tuve. Una mujer, la vagina de una mujer, es siempre una promesa, un algo que ocurre a partir de nosotros o a pesar de nosotros; un deseo que permanece entre los hombres, que arranca máscaras o deviene anonimato; una sensación, nada más. El coño de Karina era, pues, esas ganas, ese drama irresuelto, que una tarde se concretó como una nueva promesa en la voz de Griselda, que luego de dos años había regresado del Canadá y deseaba verme, saber si recordaba en dónde nos habíamos quedado, descubrir si nuestra carne era real o si el tiempo nos había reducido a una ficción.&lt;br /&gt;-Haré una fiesta. Y quiero que vayas.&lt;br /&gt;-No sé si pueda -le aclaré-. Yo tampoco estoy muy convencido de que nos hayan contado la misma versión del mundo en todo este tiempo.&lt;br /&gt;Griselda guardó silencio. Un minuto. Lo conté. En serio. Luego, su voz infantil, de alguna manera apagada, me hizo una rara confesión:&lt;br /&gt;-Tal vez esté enamorada de ti.&lt;br /&gt;-Griselda -le respondí en tono dramático, que a veces se me da-: ni tú ni yo hemos aprendido a leer las señales del mundo. Esa distancia nació de la tragedia. No sé si debamos persistir en la insensatez.&lt;br /&gt;Ella amaba esos juegos verbales. Hacer del camp una costumbre, solazarnos en ello como un par de cerdos en su propia mierda, era algo que le había dado sentido a nuestra breve relación. Y allí estaba otra vez. Acaso era verdad, acaso nuestros nombres le funcionaban a la existencia como uno solo. Y no había otra manera de comprobarlo que estar de nuevo frente a ella, descubrir si el mecanismo del deseo volvía a operar en nuestros cuerpos.&lt;br /&gt;Etcétera.&lt;br /&gt;Pero a alguien en algún lugar no le había gustado el guión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fiesta tuvo lugar en un antiguo edificio de departamentos muy cerca del centro de la ciudad. Calzada de Tlalpan, San Antonio Abad, nombres que a un extranjero pueden sonarle como un laberinto, pero que a un mexicano de la capital lo remiten de inmediato a hoteles de paso, a comercios que se cierran para abrirle la puerta al paisaje crudo y fantasmal de cualquier urbe latinoamericana de calles grasientas y sordidez sin glamour. Pulsé el timbre del 703 y una voz sin sexo me pidió la contraseña. Se oyeron un par de risas. Luego, el portón se destrabó.&lt;br /&gt;Ya un hombre me esperaba al salir del elevador. Me condujo por un pasillo solitario, en medio de rumores de televisores encendidos y llantos de infantes.&lt;br /&gt;-No soy el comité de bienvenida -dijo mi acompañante sin molestarse en volver la vista-. Si te fijas, pocas puertas tienen número.&lt;br /&gt;Era verdad.&lt;br /&gt;Al fondo del corredor, un rockcito inofensivo se escapaba por la rendija de la puerta entreabierta.&lt;br /&gt;-Pásate -me dijo, extendiendo el brazo que sostenía un cigarrillo con la elegancia de un torero extinto.&lt;br /&gt;Era un departamento amplio y vacío, de paredes rasgadas y grupitos dispersos en todos los rincones. Griselda ensayaba un baile insípido en brazos del hombre apropiado. Sonrió al verme. Se soltó de aquel abrazo y corrió a mi encuentro.&lt;br /&gt;-Has adelgazado -observó.&lt;br /&gt;-Yo no podría decir lo mismo -respondí. Y no mentía: la costumbre del suéter abultado seguía en ella.&lt;br /&gt;Me dejó un momento para traerme una bebida. El lugar apestaba a marihuana y sudor disimulado por las fragancias de moda.&lt;br /&gt;-No te voy a presentar a nadie -me dijo Griselda al tiempo que me entregaba una cerveza-. De todos modos, muchos ya no saben ni cómo se llaman.&lt;br /&gt;Tenía razón: los carrujos pasaban de boca en boca como una noticia funesta. Hombres y mujeres exhibían la mirada ensangrentada de la intoxicación. Griselda sonrió al ver que lo sabía y me preguntó si quería un toque. Negué con un gesto y bebí un largo trago.&lt;br /&gt;-Aquella vez en mi casa estuvimos a punto de hacerlo -dijo.&lt;br /&gt;Sentí un raro placer al descubrir que no lo había olvidado.&lt;br /&gt;-Lo sé -le respondí-. Durante mucho tiempo me pregunté si no fue mejor así. De haber ocurrido, nuestro misterio se habría esfumado.&lt;br /&gt;Griselda me abrazó, hundiendo su mejilla en mi pecho.&lt;br /&gt;-Yo lo hice un par de veces -me dijo muy quedo-. En tu honor.&lt;br /&gt;-Malas nuevas para los canadienses...&lt;br /&gt;-Ni tanto: a uno de ellos se lo dije. “Cógeme bien fuerte, que me estoy imaginando a otra persona y no quiero que me decepcione”.&lt;br /&gt;Solté una carcajada.&lt;br /&gt;-¡Te pasaste de lista!&lt;br /&gt;-Pues sí, pero gracias a eso sé que coges bien rico.&lt;br /&gt;Alguien puso a New Order, pero la elección no entusiasmó a nadie.&lt;br /&gt;-Hay algo que no checa -insistió Griselda. En su aliento había algo más que alcohol y coca cola-. ¿Por qué si eres beige, tienes el pito negro?&lt;br /&gt;Esta vez fue ella quien se soltó a reír.&lt;br /&gt;-Porque durante mucho tiempo estuve solo, y era el negro del mundo.&lt;br /&gt;Ya estábamos asomados a la ventana de la sala, que daba a un callejón desierto.&lt;br /&gt;Encendí un cigarrillo. De tabaco.&lt;br /&gt;-Fuiste un verso de Borges -le dije, repasando la línea invisible que partía en dos su espalda-: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”.&lt;br /&gt;-O sea que me extrañaste.&lt;br /&gt;-Fuiste también un vacío, una quimera.&lt;br /&gt;-Tú eras un retrato. Lo dibujé el día anterior a mi viaje. Lo tuve en la cabeza durante mucho tiempo. Quería llevarte conmigo. Lo hubiera hecho. Pero no me llamaste.&lt;br /&gt;-Tú tampoco lo hiciste.&lt;br /&gt;-Te escribí una carta. Esperaba que la adivinaras.&lt;br /&gt;Se alzó el suéter. La traía escondida en la orilla de los mallones tornasol.&lt;br /&gt;-Nunca sabrás lo que dice en ella. Sólo quería que supieras que no te estoy engañando.&lt;br /&gt;-Luego fuiste una mentira.&lt;br /&gt;El carrujo de marihuana llegó a sus manos. Ella le dio una larga chupada y casi lo agotó. Me lo extendió con un gesto invitante. Pero volví a rechazarlo y fui fiel a la cerveza.&lt;br /&gt;Nos quedamos en silencio, moldeando a nuestro antojo las sombras del callejón.&lt;br /&gt;-Me enamoré de ti una tarde sin lluvia -susurró Griselda, casi para sí misma-. Luego tuve que romper contigo porque no hacías más que esto que estás haciendo ahora.&lt;br /&gt;-Callar para saber si había un fondo en el vacío.&lt;br /&gt;Entonces me miró con una mezcla de desprecio y vanidad.&lt;br /&gt;-Tus labios no se parecen a mi recuerdo.&lt;br /&gt;-Los tuyos si se parecen a mi imaginación.&lt;br /&gt;No nos besamos. Porque nunca hicimos lo que al mundo le complacía. Uno de los amigos sin nombre se nos acercó y le dijo a Griselda algo que no entendí. Ella me acarició el pecho como una señal de que aguardara y fue con una de las mujeres que se hallaban sentadas en la duela en torno a una botella. Intercambió con ella algunos gestos y luego regresó.&lt;br /&gt;-Ya se acabó el alcohol. Me ofrecí a ir por más. ¿Me acompañas?&lt;br /&gt;Al igual que la tarde en que se enamoró de mí, tampoco llovía. Griselda me tomó de la mano en cuanto el portón automático cerró y me guió hacia el sur. Los autos pasaban velozmente, dibujando por instantes nuestras siluetas en las bardas heridas de grafitti. En silencio alcanzamos la esquina, y Griselda, confundida o alterada por la droga, tardó un momento en decidir. Finalmente, me obligó a continuar.&lt;br /&gt;-Hay que pasar al otro lado.&lt;br /&gt;Calzada de Tlalpan, o San Antonio Abad, o como quiera que se llame esa horrenda avenida, es una larga cicatriz que parte en dos la ciudad. Sobre su espina dorsal corre una línea del Metro. Sólo hay retorno cuando viajas en auto. A pie, la única manera de cruzarla es a través de ciertos oscuros pasajes subterráneos que huelen a orines y a muerte. De día, algunos comercios de comida y baratijas les iluminan las entrañas. La noche los consagra a la sucia fantasmagoría de la mendicidad y los demonios elementales. No tuvimos más remedio que recorrer uno de ellos. A la mitad del camino, Griselda se alzó de puntas para buscarme la boca, que no cedió al momento, pues una sombra a lo lejos se incomodó al sentirnos.&lt;br /&gt;-Hay alguien -le dije. Pero no me escuchó.&lt;br /&gt;Sus labios me succionaron la lengua y una mano surgida de la oscuridad se reconoció en mi verga.&lt;br /&gt;Yo, por mi parte, le acaricié las nalgas. Luego le metí la mano bajo la ropa y palpé la ausencia del vello púbico, la orilla de una segunda boca, también húmeda. Me hinqué en el suelo pegosteoso y le bajé los mallones de un tirón. Mi lengua y mi imaginación jugaron al capricho de adivinar las formas de la carne, pero el ácido sabor de aquellos jugos era una realidad.&lt;br /&gt;-Quiero cogerte -le dije-. Aquí mismo.&lt;br /&gt;Griselda jadeó profusamente y luego murmuró algunas palabras inciertas con una voz que no le pertenecía. Miró con unos ojos que no le pertenecían. Se dejó ver a la distancia, como una silueta a medias, una forma inquieta, disimulada apenas por la penumbra.&lt;br /&gt;Tuve que vestirla de nuevo, y ella, anegados los ojos por una ensoñación artificial, me preguntó por qué.&lt;br /&gt;-Hay alguien allá -le señalé con la mirada-. Nos está viendo.&lt;br /&gt;-Chúpame -me rogó, ignorando mi angustia.&lt;br /&gt;No se daba cuenta de nada que no fuera el rigor de la sangre agolpada en su sexo.&lt;br /&gt;Me incorporé y la obligué a desandar el camino.&lt;br /&gt;-¿Me vas a coger? ¿Me vas a coger bien rico? -decía, negándose a avanzar.&lt;br /&gt;-Griselda, despierta, tenemos que regresar.&lt;br /&gt;No sé si fue mi voz lo que ella escuchó en aquella ocasión. Yo podría decir, sin temor a equivocarme, que más allá del sueño existe un territorio a donde van a parar las cosas que alguna vez creyeron en su propia realidad. Esta imagen, por ejemplo. Las siluetas que en silencio, acosadas, en medio de las sombras, cancelan la ficción y se abren de pronto a la noche como un par de ojos que dudan un instante y al final terminan por resignarse al entorno: una habitación cerrada, los números en rojo que iluminan tenuemente el rincón, las cruces que las farolas de la calle dibujan sobre la cama revuelta en donde Griselda acepta despertar.&lt;br /&gt;Un sueño. Sólo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mañana, tal vez, lo habrá olvidado.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114905812363601525?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114905812363601525/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114905812363601525&amp;isPopup=true' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114905812363601525'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114905812363601525'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/donde-el-sueo-te-derrota.html' title='Donde el sueño te derrota'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114871164582323747</id><published>2006-05-27T01:22:00.000-05:00</published><updated>2006-05-27T01:34:05.840-05:00</updated><title type='text'>El otro</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/corazon_roto[1].gif"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/corazon_roto%5B1%5D.gif" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una vez que entiendes cómo funciona el odio, tu enemigo se vuelve más pequeño. Lo supe una tarde mientras daba un paseo a solas por la orilla del Parque México. Estela había sido reclutada para apoyar las tareas de organización de cierta convención relacionada con la empresa. Hacía apenas unos minutos que me había llamado, pero colgamos casi enseguida porque la comunicación se hacía difícil: estaba en Acapulco y no había manera de que volviera sino hasta el lunes siguiente. Apenas era martes y los días, de hecho, las horas de comida empezaban ya a tener la consistencia de un desierto inexplorado. No tenía hambre y había decidido buscar la sombra de los árboles para reflexionar. Sobre nada en particular. Caminaba hacia el pequeño lago artificial, bueno, hacia el pozo que alguna vez fue un lago, cuando un hombre me abordó. Vestía como un colegial: una sencilla playera estampada, unos jeans, una mochila a la espalda. Pero no era un muchacho. Me cuesta trabajo calcular la edad de la gente, pero aquel hombre debía tener entre 35 y 40 años. Con su rostro enjuto, malhumorado, como de quien ha pasado demasiado tiempo entre gente que aborrece, me enfrentó. Por la profundidad de su mirada, supe que estudiaba mi reacción. Pero en mi expresión no había nada sino confusión. Una callada, tenue sorpresa.&lt;br /&gt;-¿Tú eres...? -y aquí dijo mi nombre.&lt;br /&gt;Dudé si asentir. Pero entonces entendí que no era una pregunta lo que su cansada voz había formulado, sino una afirmación. Lo miré en silencio, buscando en sus ojos las señales del alcohol o de la droga. Pero no las hallé. En cambio, el otro bajó por un momento la vista, y al buscarme nuevamente el rostro, ya tenía preparado el discurso. Lo había ensayado, había repasado cada línea hasta el cansancio. La memoria no iba a traicionarlo. No esa vez.&lt;br /&gt;-Conozco a Estela -me dijo.&lt;br /&gt;Hay lazos invisibles que nos unen con los otros. El taxi que abordaste ayer por la tarde, la chamarra que nunca te ajustó en el probador, la imagen del sol sugerido entre las nubes: instantes que alguien más también supo, huellas que has pisado, ideas ajenas que de pronto parecen buscar acomodo en tu cabeza. El nombre de la mujer que creía amar, que pensaba mía, era uno de esos lazos, y ya no era necesario seguir tirando para ver quién estaba al otro extremo.&lt;br /&gt;-La conozco -siguió diciendo el hombre-, y ella sabe que me pertenece.&lt;br /&gt;Estábamos justo en el centro del parque, detenidos sobre el camino de grava, y el hombre miró discretamente el derredor, como si supiera que al fin el anonimato se le estaba escurriendo del cuerpo y quisiera aprovechar esos últimos instantes.&lt;br /&gt;-Y sé también quién eres tú.&lt;br /&gt;Esa sentencia final no era necesaria. El asunto estaba claro: uno de los dos había estado jugando en patio ajeno y el recreo había concluido. Ahora sólo faltaba saber quién de los dos le pertenecía al mundo bizarro.&lt;br /&gt;Pensé en aquellas películas del lejano oeste: el viento que levanta la tierra en un pequeño terreno solitario, los rostros detrás de las ventanas, el miedo y la curiosidad tomados de la mano, y en el centro del tenso escenario, dos pistoleros enfrentados en el duelo final. Ridículo. Pero real. Y lo peor era que el otro ya había desenfundado.&lt;br /&gt;-Quiero que la dejes. Quiero que te olvides de ella para siempre. Es a mí a quien ama.&lt;br /&gt;Algo había de definitivo en sus palabras. No entiendo cómo, pero lo supe en seguida: sus ausencias sorpresivas los fines de semana, el teléfono de la oficina que timbraba sin que ella se atreviera a contestarlo, esas pausas súbitas que de pronto se transformaban en abismos cada vez que pensaba llamarme por mi nombre. Todo eso se resolvió en un instante, justo como ocurre en las novelas baratas. Que sólo disfrazan la existencia.&lt;br /&gt;Si algo había más allá de aquel absurdo, había llegado el momento de averiguarlo.&lt;br /&gt;-¿Por qué debo creerte? -le pregunté. Y el temblor en mi voz fue evidente.&lt;br /&gt;-Porque vamos a casarnos -dijo el otro.&lt;br /&gt;Uno de los rasgos principales de quien se torna infiel es que se lleva la guardia siempre en alto. Nada, ni un sólo detalle debe parecer ambiguo, si no quieres que el teatro se derrumbe como la casa de los tres cerditos. Por el contrario, uno de los errores más graves que pueden cometerse es alzar la guardia hacia el lado equivocado. Hacía ya dos años que practicaba una serie de breves rituales que me permitían mantener aquella relación lejos del alcance de mi esposa: la búsqueda del mínimo rastro en la camisa, el celular en modo silencioso, el escudriñar el entorno para prevenir encuentros fatales. Pero jamás, en todo ese tiempo, se me ocurrió siquiera que Estela pudiera ser un espejo de mi infamia.&lt;br /&gt;Durante los siguientes minutos, el hombre me contó mi propia historia. Es extraño descubrir cómo la infidelidad se parece tanto a una película pornográfica: si viste una, ya viste todas. Sólo cambian los rostros, sólo varían los escenarios, pero los diálogos, las situaciones, los encuentros y desencuentros son siempre los mismos. ¡Demonios, qué falta de imaginación! Me vi forzado a interrumpirlo a la mitad del relato: conocía el resto de la historia y ninguno de los dos teníamos la necesidad de seguirnos recordando que le pertenecíamos al dominio público. Así que lo atajé con un gesto y le pedí callar.&lt;br /&gt;-Todo eso de lo que hablas -le dije-, es algo que conozco, algo que yo mismo he vivido. Sé lo que sientes, sé incluso lo que piensas de mí en este momento. Sé que te has sentido engañado, traicionado. Pero hay algo que nos hace diferentes: tú lo sabías. Excepto por eso, ambos somos los dueños del mundo.&lt;br /&gt;-Te equivocas -repuso, levemente encolerizado-: si tú has tenido a Estela todo este tiempo, es porque yo lo he permitido.&lt;br /&gt;Aquella confesión cambió el rumbo de las cosas. De pronto ya no éramos yo y mi circunstancia, sino una caricatura de lo que solía ser mi vida en medio de un escenario que otro, a la distancia, me había deparado. ¿Quién dice que Dios no existe? ¿Quién puede negar que el advenimiento ya tuvo lugar y que el mismísimo creador se pasea entre nosotros? Yo lo estaba viendo en ese momento. Lo tenía delante de mí, pero la humanidad tendrá que perdonarme: todas las preguntas al porqué de la existencia se quedaron atoradas para siempre en mi garganta.&lt;br /&gt;-Lo descubrí hace tiempo -dijo el hombre, y su expresión se transmutó en pesar-. Quiso negarlo, pero al final tuvo que contarme todo. -Y los tres sabíamos cuántas cosas cabían en esa sola palabra. -Le pedí que terminara con eso, y ella aceptó, pero me rogó que la esperara, pues, según ella, vivir esa farsa junto a ti es algo que necesita. Y yo la amo.&lt;br /&gt;“Esa farsa junto a mí”. ¡Vaya, ni siquiera “esa farsa conmigo”! Aquello me dolió profundamente, pero ocurrió tan rápido, que no hubo tiempo para auto conmiseraciones.&lt;br /&gt;-¿Cómo sabes que no es a ti a quién está mintiendo? -me defendí.&lt;br /&gt;-Lo sé -dijo simplemente.&lt;br /&gt;Su respuesta fue tan contundente, que me sentí derrotado. En un acto reflejo, me palpé los bolsillos en busca de los Camel. No los hallé. Como si el saber lo que pasaba por la mente de ambos no fuera sólo una metáfora, el otro me extendió sus cigarrillos.&lt;br /&gt;Encendí el mío. Exhalé el humo y lo miré directamente a los ojos. Estaba diciendo la verdad. De qué otra forma puede comprenderse que estuviera allí, delante de mí, con el pecho abierto y el corazón en la mano como un Cristo en el desierto.&lt;br /&gt;No soporté más. La imagen de Estela, con toda su belleza y esa sonrisa que estúpidamente siempre asumí como ingenua, se había roto. Y no me sentía siquiera en condiciones de pisotear sus restos. No por orgullo, sino por un creciente, súbito hartazgo.&lt;br /&gt;Al ver nuestros silencios, ambos supimos que no había más que decir. Bueno, sí: a veces la retirada digna exige hacer uso de la retórica, por más fútil que ésta sea:&lt;br /&gt;-Voy a hablar con Estela -balbuceé-. Voy a hablar con ella en cuanto vuelva. Y si todo lo que has dicho es verdad, las cosas entre nosotros habrán terminado. De eso puedes estar seguro.&lt;br /&gt;-Tú eres quien debe convencerse de ello -me respondió.&lt;br /&gt;No quería que me fuera sin llevarme un último recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llamé a la oficina con no sé qué pretexto y pasé el resto de la tarde delante de una taza de café. Intacta. Puse el celular sobre la mesa, pero ni él ni yo nos atrevimos a nada más que contemplar nuestra miseria. Durante aquellas horas, me dediqué a recrear la posible escena del hallazgo: Estela habría salido temprano de la oficina, habría tenido que esperarme en la esquina del mini super. El hombre que representaba mi papel en esa sucia trama debió aparecer unos minutos después. Ella sabe que entre nosotros no debe existir nada más allá del contacto visual cuando nos hallamos en el entorno del trabajo, pero aquella noche debió sentirse especialmente cariñosa. Tal vez se ocultó detrás del puesto de periódicos, acaso me sorprendió al pasar. Creo que me abrazó. Su cuerpo, tan habituado al mío, se dejó acariciar. Entonces sus labios me buscaron. Alerta, me alejé un poco para hacerle saber que aquello estaba mal. Pero ella insistió: su lengua me humedeció los labios, en su gesto había diversión. ¿En dónde estaría el otro mientras aquel escarceo tenía lugar? Espiaba, con toda seguridad, desde el otro lado de la avenida. Sus puños deben haberse cerrado, pero él no lo supo hasta que las uñas le hirieron las palmas. El semáforo cambió de verde a rojo, justo como su gesto, que no se decidía por el asco o por la vergüenza. La vergüenza de sí mismo. Podía cruzar en ese instante y sorprendernos. Podía haber ido a nuestro encuentro y hacer que la sangre, acaso su propia sangre, que hervía, se asomara con violencia a la noche de la ciudad de México. Pero entonces los autos reanudaron su andar, al igual que aquella pareja, que en segundos buscó el refugio de un taxi. Un hombre que yo no sabía, el mismo que en ese momento empezaba a acostumbrarse al odio, un odio que ahora tenía rostro, mi propio rostro.&lt;br /&gt;Cosas del odio, pensé mientras planeaba mil maneras retorcidas de confiarle el mío a Estela. Pero sabía perfectamente que nada de eso sería necesario: bastaría con una mirada y un simple adiós para que ella comprendiera lo cerca que habíamos estado de creer en esa mentira.&lt;br /&gt;Sólo una mirada, desnuda de todo sentimiento. Eso tenía que bastar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya el otro había agotado todo el rencor que nos correspondía.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114871164582323747?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114871164582323747/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114871164582323747&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114871164582323747'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114871164582323747'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/el-otro.html' title='El otro'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114871082562293592</id><published>2006-05-27T01:14:00.000-05:00</published><updated>2006-05-27T01:21:54.866-05:00</updated><title type='text'>El ojo ajeno (II)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Tres%20cabezas[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Tres%20cabezas%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sólo una mujer sabe que el deseo no le nace del cuerpo, sino de la línea invisible que desaparece cuando ese cuerpo despierta el deseo en la mirada de otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O de otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para Estela no había otra realidad que la desnudez de Lena, recortada suavemente contra el ventanal del cuarto de hotel. Se volvió de pronto hacia mí. En su mirada había confusión, pero sobre todo preguntas, muchas preguntas. Y en la mía, una sola respuesta: la mujer desnuda que aguardaba en el rincón.&lt;br /&gt;Una de aquellas interrogantes pretendió formularse en sus labios, pero al final se acobardó. El hueco que dejó atrás esa duda se quedó en la boca de Estela unos segundos, que yo aproveché para arrebatarle delicadamente el bolso de mano y la gabardina, que colgué en el perchero junto a la puerta.&lt;br /&gt;-Estela, ella es Lena -las presenté-. Y viceversa.&lt;br /&gt;-Hola, Estela -saludó la otra, cruzando las piernas sobre la silla que tenía frente a sí. El cuerpo que yo había conocido días atrás enfundado en ropa barata se desplegó como un muestrario de joyería reluciente y llamativa.&lt;br /&gt;Era un cuerpo hermoso.&lt;br /&gt;Estela sacudió un poco la cabeza, en parte para corresponder al saludo y en parte también en un intento por recobrar el dominio de sí misma.&lt;br /&gt;-¿Qué pasa? -se animó por fin a preguntar. Y yo sabía que eran pocas las palabras que se atreverían a salir para echar un vistazo a todo aquello.&lt;br /&gt;-Nada -le dije, tomándola del brazo y conduciéndola hacia donde Lena estaba. Era la única oportunidad que tenía para aprovechar los últimos restos de confusión que nos quedaban-. No tengas miedo, es sólo un juego. Un capricho.&lt;br /&gt;Lena sonrió. Coqueta y divertida al mismo tiempo. Se pasó una mano entre los senos, fingiendo distracción, mientras que la otra la ocupaba en acariciarse un muslo. Un largo, bronceado muslo.&lt;br /&gt;-¿Cómo que un juego? -insistió Estela-. No te entiendo.&lt;br /&gt;-Cálmate -le dije, abrazándola un poco-. ¿Recuerdas nuestra plática de la otra tarde? ¿Sobre el asunto de verte hacerlo con otro? Tú aceptaste porque sabías que no tenías otra opción. Pero luego entendí lo que decías, que de nada serviría tu juramento de exclusividad si dejabas que un hombre te tocara, por más que yo te lo estuviera pidiendo. Bueno, pues esta noche ningún hombre que no sea yo te tocará, y habrás cumplido tu promesa.&lt;br /&gt;Creo haber sido lo suficientemente claro.&lt;br /&gt;Estela, en instantes, analizó la situación.&lt;br /&gt;-¿Tú quieres que yo lo haga... con ella?&lt;br /&gt;Asentí. La otra volvió a sonreír.&lt;br /&gt;Sentí cómo Estela se soltaba ligeramente de mi abrazo, como si al dar un paso hacia el costado pudiera huir de aquella situación. La tomé por la cintura y la atraje de nuevo hacia mí.&lt;br /&gt;-Ya dije que no debes tener miedo -la tranquilicé-. Ni ella ni tú harán nada que no desees.&lt;br /&gt;-¿Puedo hablar un momento contigo? -me susurró, jugándose su última carta.&lt;br /&gt;-No -le dije-. No puedes.&lt;br /&gt;Y la llevé hacia la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mujer es su cuerpo, y Estela sabía que el suyo era inquietante a la mirada de otros. Ese placer antiguo era casi un instinto, un hábito de sus sentidos, y habría sabido dominarlo como en otras ocasiones si no fuera porque eran mis manos las que lo acariciaban mientras la desvestía, al tiempo que los ojos de Lena le estudiaban las formas, el color, el agitado batir de su pecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mujer es su cuerpo, decía, y ese cuerpo sólo existe cuando el tacto de unas manos ajenas le dan sentido. Lo que el hombre ignora es que ingresa derrotado en territorio femenino, porque al iniciar ese juego está aceptando su renuncia en favor del placer del que ese cuerpo se alimenta. Pero cuando una mujer vacía su tacto en el cuerpo de su semejante, las cosas cambian: ya no hay renuncia, sino equidad; no hay abandono, sino entrega. Las manos, al contrario de lo que suele ocurrir en el hombre, no vacilan, pues conocen el camino que sus propios rincones les han mostrado. Las pieles comulgan. No hay aprendizaje ni enseñanza. Una mujer que toca a otra, que reconoce en sus reacciones las raíces del placer que también le corresponde, únicamente ha echado a andar la suave maquinaria que sólo se detendrá cuando ambos cuerpos hayan nutrido de nuevo la experiencia que tienen de su propia belleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguro quieres saber lo que ocurrió aquella noche. Te diría que interrogaras a tu imaginación, pero no compartir contigo parte de mi placer sería algo injusto. Para todos. Para Lena, que se comportó a la altura de su cuerpo; para Estela, que comprendió que una promesa es hierro y soledad; para mí, que por momentos me sentí rebasado por las formas que adopta el placer femenino cuando se arranca la máscara del prejuicio. Incluso para ti, que has arriesgado el anonimato para robarle al mundo un par de imágenes que ya no podrá negarte jamás.&lt;br /&gt;Estela, creo que lo sabes, tiene un cuerpo delgado. Por eso, la tensión en ella es inocultable. Pero llegó un momento en que dejó de luchar. No hubo forcejeo ni cosa parecida; en el fondo, he llegado a sospechar que su resistencia era fingida. Sea como sea, una vez que estuvo desnuda, me abrazó. Muy fuerte. Como si quisiera darme una última oportunidad de recapacitar. Inútil intento: la obligué a tenderse de espaldas y estiré una mano para llamar a Lena, que nos había estado observando, sentada en la orilla de la cama. Tomé esa mano que nunca había tocado y la puse sobre el muslo de Estela, quien, al sentir esa rara profanación, cerró los ojos. Justo como hacen los niños cuando simulan desaparecer. Yo mismo conduje esa palma por el vientre ajeno, la obligué a palpar el nacimiento de los senos, la hice descender y rozar apenas el vello del pubis, quieto como el silencio. Entonces la solté. Los dedos, ya sin guía, siguieron su recorrido, nuevamente por los muslos, por las rodillas, por el empeine de unos pies cuya belleza, me parece, los merecía.&lt;br /&gt;Comencé a desvestirme. Lena apoyó ambas manos a los lados de ese cuerpo tendido y extrañamente inmóvil, casi estatuado, y dejó que sus labios se reconocieran en él. Antes de que pudiera quitarme los bóxers, ya mi erección era insoportable. Las nalgas redondas y carnosas de esa mujer me miraban directamente a la entrepierna, como si el ojo de su culo hubiera descubierto apenas mi presencia y me retara a mantenerme a la distancia.&lt;br /&gt;Las manos se entrelazaron. El sabor del cuello de Estela dejó de ser un secreto que aquella lengua aguardaba. El lóbulo de su oreja derecha, tan delicado, cedió a la suave presión de los incisivos y un gemido canceló para siempre el incómodo silencio que ya había empezado a madurar entre nosotros. No sin sorpresa atestigüé el momento justo en el que la mano de Estela tocó la piel de un hombro que sus ojos se negaban a aceptar. En instantes, sus dedos ya habían hecho suyo ese territorio y lo asumían. Lena aprovechó ese instante para buscarle la boca. Detenido a la orilla de la cama, no supe si sus labios ofrecieron resistencia, pues el cabello de Lena me lo impedía. Fui hasta el otro lado y me puse de rodillas sobre la cama. El cuerpo de Lena era un imán. Le acaricié la espalda y, frenético, introduje un dedo en la ranura entre sus nalgas. Pero ella, excepto por un primer momento de sorpresa, ni se inmutó: su lengua trabajaba el húmedo interior de la boca de Estela y aquello absorbía sus sentidos. Me arrastré un poco hasta tener esas nalgas a modo y las separé con ambas manos para meterle la lengua en el culo, que tenía un ligero aroma ácido. Una mano, la de Estela, que por un momento creí ajena a mí, me apresó el miembro y jugó a masturbarlo un poco. Nunca había sentido algo así. Por si no lo has intentado, es exactamente igual a los sueños de adolescencia, cuando la mente urde una ficción en la que le haces el amor a una compañera del colegio mientras tu cuerpo experimenta sensaciones que sabes que no provienen de ella, sino de la experiencia que se ha ido acumulando en tu cerebro a lo largo de cientos de generaciones. La mano de una te agita la verga como si quisiera arrancártela, mientras, a la vez, tu lengua le responde a otra restregándole el ano hasta casi hacerlo sangrar. Y esa otra, que no te ignora, le devuelve la intensidad de tu deseo a la primera como si pretendiera confesarle el placer que tú mismo le has confiado. Es confuso. Pero es lo que menos importa en ese momento.&lt;br /&gt;En segundos, Lena empezó a gemir. Le había metido dos dedos hasta el fondo del coño y sus labios rompieron el contacto con la boca de Estela para decirme, en el lenguaje gutural del sexo, que aquello le estaba gustando.&lt;br /&gt;-Sigue con ella -le pedí, al ver que su cuerpo se estaba abandonando a lo que yo le hacía.&lt;br /&gt;Estela aprovechó ese instante para incorporarse un poco y observarme. Creí que el verme hurgar en la vagina de otra le causaría enojo, pero entonces encontré que la curiosidad por tener esa imagen de mí se estaba saciando, que aquello la excitaba, que el descubrir mis ansias por morder la carne de esas nalgas le encendía el deseo. Entonces se procuró uno de los senos que se mecían frente a su boca y chupó el pezón con frenesí, sin quitarme ni un momento la vista de encima. Para Lena, aquello era demasiado, pero no suficiente. Con ágiles movimientos se tendió de espaldas y llamó a Estela con un gesto. Ella, al principio indecisa, esperó a que yo asintiera y se sentó sobre su boca. Lena se puso a chuparle el clítoris, mientras sus manos le estrujaban las nalgas. Yo hice lo mismo con su cuerpo: le pasé la lengua por los labios vaginales mientras le alzaba las caderas, oprimiendo esas nalgas que, por un momento, sentí que me amaban. Se oye ridículo, pero fue lo que sentí. Imagina las sensaciones que experimenté cuando esa mujer, luego de un rato, hizo que Estela recargara la espalda en la cabecera para seguir chupándole la concha mientras paraba el culo como una ofrenda.&lt;br /&gt;Sí, la penetré. Y Estela me miraba. Alterné mis arremetidas entre el ano y la vagina, bufando como un toro enfebrecido. Y Estela me miraba. Le saqué la verga y me la oprimí con sus nalgas; luego volví a penetrarla mientras la abrazaba por la espalda para apretarle los senos. Y Estela dejó de mirarme, no por pudor, no por orgullo, sino porque el orgasmo, ardiente, ominoso, la obligó a cerrar los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguna vez vimos una escena parecida en una película que no recuerdo. Al terminar la función, abandonamos la sala en silencio. No sé quién de los dos comentó algo al respecto. Fue, si la memoria no juega conmigo, debido a que afuera, en el centro comercial, dos mujeres pasaron frente a nosotros tomadas de la mano.&lt;br /&gt;-Es difícil prometer -parece que dijo Estela mientras dábamos un paseo mirando aparadores.&lt;br /&gt;-A veces -creo que le respondí sin atreverme a adivinar lo que pasaba por su mente en ese momento-. Más bien me parece que es difícil prometer cuando no estás seguro de si amas a quien le ofreces una promesa.&lt;br /&gt;Ya recuerdo: habíamos ido al cine durante nuestra hora de comida y, como siempre, se hacía tarde para volver a la oficina. Pero no hay reglas que sujeten a una mujer rodeada de marcas comerciales. Estela, que vestía una minifalda veraniega, quiso aprovechar el detalle de su atuendo para probarse unos zapatos. No pude negarme. No al ver a la encargada de la tienda, una rubia de senos voluptuosos y ese gesto melancólico del que mueren los hombres. Cuando la chica le llevó las zapatillas, Estela agradeció con un gesto y luego vio cómo yo le acariciaba con manos imaginarias esas tetas desbordantes.&lt;br /&gt;La empleada nos dejó un momento para ir a atender a otro cliente. Una vez a solas, Estela me dedicó una mirada inquietante, traviesa, de alguna manera cómplice. Luego, simplemente me pidió que la ayudara a probarse el calzado, abriendo groseramente las piernas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114871082562293592?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114871082562293592/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114871082562293592&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114871082562293592'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114871082562293592'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/el-ojo-ajeno-ii.html' title='El ojo ajeno (II)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114836567483749739</id><published>2006-05-23T01:20:00.000-05:00</published><updated>2006-05-23T01:31:17.433-05:00</updated><title type='text'>La luz interior</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/LASER.0.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/LASER.0.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por alguna razón que ignoro, la gente que conozco siempre acaba por desmoronarse. Magda y su muerte prematura en ese accidente automovilístico; Natasha y el suicidio; Diana y el destierro de todo sentimiento. Supón si quieres que he sido yo el causante de cada una de esas tragedias personales; imagina que fui un sesgo definitivo en sus vidas, que de no haberme conocido, ellas seguirían con vida, ellas seguirían el decurso normal de la existencia. Yo alguna vez me pregunté si eso era cierto, si mi presencia era el imán de la desgracia. Hasta que apareció Carla. Y entendí que el mundo se pudre igual, conmigo o sin mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carla era una sobreviviente de los 80, y como tal, amaba algunas cosas en desuso: los viniles, los cassettes Sony de metal y cierta música bailable de ritmo pasmoso, aunque de alguna manera sensual y sofisticada, que ella conocía como Italo. Debo reconocer que aquella música entraña una especie de belleza melancólica que puede absorberte, fanatizarte, enajenar tu voluntad. Incluso ahora que Carla ya no está conmigo, los discos que ella me regaló, y algunos otros que yo mismo fui adquiriendo entre sus amistades, tienen un sitio de honor en mi colección. Pero esta no es la historia de mis preferencias musicales, sino de Carla y de la forma como se fue hundiendo en sí misma hasta convertirse en una caricatura de lo que solía ser. Ya me explicaré. Mientras tanto, obsérvala (a ella le gustaba): se halla recargada en un rincón de la barra en un antro oscuro y caluroso, mientras que a su alrededor las siluetas se estremecen dibujadas contra la violencia entrecortada de los estrobos. No oye cuando le digo que es tarde, que las calles del derredor se vuelven peligrosas; sólo me ofrece un perfil sonriente y agota la sexta de las siete y ocho cervezas que se beberá esa noche, inclinando la cabeza hacia atrás con la exageración del histrión pero casi inmóvil en medio del alboroto.&lt;br /&gt;-Carla -le insisto, pues he descubierto que no más de un hombre solitario la mira con el ansia del merodeador-, si quieres seguir bebiendo, podemos comprar cerveza en el camino.&lt;br /&gt;Pero ella no me escucha. O finge no hacerlo.&lt;br /&gt;Un láser de líneas verdes cruza el aire enrarecido y la multitud chilla con una emoción casi animal. Es difícil no sentirse animado por el juego de luces y el ritmo nostálgico que escupen los potentes altavoces. Pero Carla ya no parece notar la música: observa el vaso a medias (no vi a qué hora le volvieron a servir) e introduce el índice en la espuma para trazar alguna figura instantánea que un momento después se muere en su garganta.&lt;br /&gt;Decidido, la tomo por un brazo y, sin poder evitar ser algo violento, la atraigo hacia mí.&lt;br /&gt;-Carla -le digo en voz alta al oído-, son las dos de la madrugada. No me importa si quieres seguir bebiendo; compremos algo allá afuera y vayámonos ya.&lt;br /&gt;Ella alza una mano e imita el movimiento de mis labios; luego se señala un oído mientras niega con un gesto. Y empieza a reír. No logro escucharla; sé que lo hace por la manera como se retuerce entre mis brazos. Sin soltarme, empieza a ensayar los ridículos pasos de un baile descompuesto. Poco a poco me va llevando hacia la pista y al rato estamos de nuevo a mitad del alboroto de sudores y codazos anónimos.&lt;br /&gt;Iluminada por el azul rabioso de los reflectores, su cara parece emitir destellos de un éxtasis lujurioso, ensimismado. Por un momento no parezco ser yo quien la enfrenta, sino el espejo, la turbia máscara de su propia imagen reflejada en el aire. No entiendo cómo, pero ya su cuerpo, envuelto apenas por una delgada blusa de tirantes y la amplia falda, comienza a retorcerse, a girar, a deconstruirse en forma vertiginosa ante mis ojos. Sin apenas darme cuenta, la multitud ha formado un círculo a nuestro alrededor y las miradas de hombres y mujeres se ciernen sobre aquella figura de movimientos imposibles que semeja envolverse en la geometría pasajera que nace y muere por segundos a partir del ritmo incesante que surge de todos los rincones de la enorme galería. Finalmente desmadejada, merced al cansancio o al mareo que de alguna manera me parece adecuado, el cuerpo de Carla intima con el suelo pegajoso de alcoholes y sudores y se queda allí por un momento. Pero de nuevo recomienza: no es ya un baile lo que practica, sino las obscenas sacudidas de un acto sexual imaginario. Una marejada de gritos y silbidos se impone a la música: su espalda, como un gusano, ha comenzado a serpentear en el suelo mientras que sus manos retiran poco a poco la falda como el pesado telón que buscara revelar la suave curvatura de sus piernas. Entonces me doy cuenta de que yo tampoco he dejado de moverme, pero que he sido más bien como un absurdo títere mecido por manos inexpertas que finalmente se derrotan. Justo en el momento en que me quedo quieto, Carla ha subido la orilla de su falda más arriba de los muslos, y un guiño sorpresivo de su entrepierna envuelta por la breve pantaleta se hace evidente. Creo que ha llegado demasiado lejos. Fingiendo que soy partícipe del espectáculo, me le acerco y la jalo por un brazo para levantarla. Una nueva tanda de silbidos, esta vez de desaprobación, se deja escuchar. Sin embargo, Carla afloja el cuerpo y se deja conducir hacia una orilla.&lt;br /&gt;-¿Qué es lo que intentas? ¿Iniciar una violación masiva?&lt;br /&gt;Pero no responde. Se cuelga de mi cuello y se estremece, ya sin ritmo.&lt;br /&gt;-Llévame al baño -me grita al oído.&lt;br /&gt;Nos abrimos paso entre la gente, que nos mira pasar, reconociéndonos. La dejo a la entrada del baño de mujeres y me hospedo en un rincón oscuro, el único que parece mantenerse ajeno a la vorágine de luces cambiantes que no se detiene.&lt;br /&gt;No es la primera vez que ocurre: Carla bebe en exceso durante un corto periodo y luego se deja llevar por el ambiente que nos rodea. La he visto llorar sin consuelo durante las reuniones de vino y charla y música menos rítmica; he sido testigo de cómo es capaz de sumergirse por horas en una piscina o en la orilla del mar en algunas excursiones y paseos de fin de semana; he tenido que sacarla a rastras de salones y apartamentos luego de que ha intentado defender a golpes y jaloneos alguna causa ajena. Le gustan los límites, me lo ha confesado. Pero sólo hasta el quinto o sexto alboroto he comprendido que no es una pose sino una actitud ante la vida. Es, pues, una de esas almas sin fronteras que pueden herir e insultar a la noche hasta hacerla sangrar. Cuando la conocí, amé ese desenfreno, el ansia de consciente abandono que era el rasgo primordial de su existencia. Sin embargo, esa noche, durante la espera, sentí que algo se había roto. Es posible que no la amara, que jamás hubiera llegado a hacerlo. Pero algo semejante al cariño me unía a ella, y eran esos lazos que el sentimiento había urdido entre nosotros los que habían empezado a desatarse, pues entonces me di cuenta de que estábamos tirando hacia lados opuestos, y el de ella iba a conducirla, irremediablemente, a la auto aniquilación.&lt;br /&gt;En esa magia estaba -decía Borges- cuando noté que una meada no podía ser tan prolongada, por más cerveza que aloje la vejiga. Me acerqué a la puerta de los baños y dudé un momento, pero finalmente me dirigí a la encargada de cobrar la entrada para preguntarle si la había visto salir. La tipa me miró como si le hubiera hablado en hebreo y abrió sus manos en un gesto que podía significar que aquello no era una pasarela y que ella no era el jurado. Tenía razón. De cualquier manera, le extendí un billete y le pedí que echara un vistazo. Al salir, de nuevo apoyada en un gesto, me dio a entender que ahí adentro no había nadie con las características de Carla. No sé si enfurecido, contrariado o simplemente habituado, me puse a buscarla. Primero deambulé alrededor de las pistas de baile circulares que los mirones iban improvisando; luego intenté el despropósito de llamarla por teléfono. Finalmente, me dirigí a la escalinata que conducía a la cabina del DJ y le di un vistazo general al sitio. La hallé a varios metros de distancia. No bailaba; se movía, sí, pero como una serpiente que intentara seducir a un cazador, animando a un grupito mixto en el que predominaba la mirada masculina. Como pude, me abrí paso hasta ella. Algunos de los que la miraban se hicieron los desentendidos cuando me vieron llegar; otros siguieron en lo suyo, que era el show gratuito.&lt;br /&gt;-No vuelvas a hacerlo -le grité, mientras exhibía una cálida sonrisa paternal.&lt;br /&gt;-¿Hacer qué? -preguntó ella. Lo adiviné por el movimiento de sus labios.&lt;br /&gt;-Largarte como si vinieras sola -repuse.&lt;br /&gt;-Todos estamos solos -me gritó. Está vez sí la escuché.&lt;br /&gt;Necesitaba algo más que palabras necias para encenderme, pero uno de los tipos abyectos le estaba mirando descaradamente los pezones dibujados en la blusa y aquello bastó.&lt;br /&gt;-¿Solos? Querrás decir “sola”, porque yo me largo de aquí.&lt;br /&gt;-Pero ya -contestó ella y se dio la media vuelta.&lt;br /&gt;Caray, no soy un tipo violento, pero el ver ese desdén, haya sido o no auténtico, me hizo reaccionar como el militar al que la paloma de la paz le suelta una cagarruta en su medalla de honor. Con fuerza, le jalé un hombro para obligarla a voltear y le escupí a la cara que se estaba comportando como una puta de arrabal. No tuvo tiempo de responderme: uno de los tipos que la acompañaba se quiso hacer el héroe y dio un paso al frente para interponerse entre la que ya creía su dama y el iracundo forajido que se la quería robar.&lt;br /&gt;-¡Déjala ya! -me gritó.&lt;br /&gt;-¡Tú no te metas, pendejo! -grité también.&lt;br /&gt;Un momento después, todo fue confusión: el tipo estaba sobre mí, y pretendía tirarme puñetazos con ambas manos sin detenerse a pensar en la ley de la gravedad: al caer se dio con la nariz contra el piso y yo aproveché para quitármelo de encima. Luego era yo el que estaba arriba, propinándole salvajes codazos en el cráneo. Un certero puntapié en las costillas me derribó hacia un costado, y de reojo vi un puño que me buscaba la mandíbula, sin éxito, pues el impulso del otro había bastado para dejarme fuera de su alcance. Me incorporé como pude, y el sujeto que me había pateado se abalanzó sobre mí. No obstante, una nueva figura lo interceptó: era uno de los amigos de Carla, que afortunadamente se hallaba cerca y no sabía nada del asunto, pero alcanzó a reconocerme y se unió en instantes a la trifulca. Segundos después ya no sabía a quién pertenecían los pómulos que mis puños impactaban, ni de dónde provenían los nudillos que de golpe transportaron las luces del antro a mi propio interior. Los elementos de seguridad aparecieron de la nada y se pusieron a separarnos, aprovechando el momento para soltar un par de mandobles, que para eso los habían contratado, faltaba más. Al rato ya estaba afuera. Lo supe por el frío de la madrugada, pues por algunos minutos todo siguió siendo luces, ya sin ritmo.&lt;br /&gt;Los amigos de Carla me rodeaban, interrogándome, mientras otros discutían con los de seguridad en la entrada del antro. Les pregunté por ella; fue al hablar que me di cuenta de que los labios me sangraban. Poco a poco recuperé la lucidez y empecé a buscarla, pero un par de brazos me detuvieron, previendo un nuevo enfrentamiento.&lt;br /&gt;-Carla -les dije-, ¿dónde está Carla?&lt;br /&gt;Entonces apareció. Su falda tenía una larga rajada por la que se asomaba una de sus piernas con una sensualidad absurda. Tenía la blusa llena de sangre, el cabello hecho un desastre y el rostro descompuesto por el llanto.&lt;br /&gt;Quiso abrazarme, pero le puse un brazo en el pecho y la miré con una especie de rencor que en mis condiciones más bien parecía un ruego.&lt;br /&gt;-¿Por qué lo hiciste? -le pregunté, escupiendo sangre.&lt;br /&gt;-¿Hice qué? -me interrogó ella, con un gesto enajenado, absorto en algo que estaba fuera de mi alcance. Y acaso del suyo.&lt;br /&gt;-Mira en qué acabó tu desmadre -le grité-. ¿Ya estás contenta?&lt;br /&gt;Pero uno de los amigos nos interrumpió.&lt;br /&gt;-Vámonos -nos dijo-, no vayan a salir esos cabrones...&lt;br /&gt;Fuimos por los autos. Mientras esperábamos al valet parking, tuve un ataque de dignidad y me dispuse a buscar un taxi. Entonces descubrí que había perdido la cartera. No me quedó más remedio que abordar el auto de Carla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es el único recuerdo que conservo de ella. También están los buenos momentos, las pláticas, la música, el sexo y esas cosas. Su cuerpo era flexible, capaz de las más retorcidas posturas, no sólo para el baile. Eso era un detalle que a veces lo borraba todo. No obstante, luego ya no fue sólo el alcohol, sino también las bocas abiertas de sus venas en busca del pinchazo y todo lo demás. La última vez que la vi habíamos estado conversando en el rincón de la sala de alguna de sus amistades durante una fiesta. Todo era alboroto, risas baratas, manoseos. Pero un par de horas después, ya era incapaz de reconocerme. Yo incluso tardé en hacerlo: el cuarto estaba a oscuras y mi sombra se proyectó, muy a pesar de mí, siniestra sobre los cuerpos desnudos que se mecían en la cama revuelta. Supe que era ella no por los jadeos, también irreconocibles, sino por la pulsera tejida que le regalé en su cumpleaños, ese entrañable adorno que no se quitaba jamás del tobillo derecho.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114836567483749739?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114836567483749739/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114836567483749739&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114836567483749739'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114836567483749739'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/la-luz-interior.html' title='La luz interior'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114811133622037445</id><published>2006-05-20T02:43:00.000-05:00</published><updated>2006-05-20T02:48:56.236-05:00</updated><title type='text'>Lo febril</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/room[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/room%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Griselda se paseó a solas por el bulevar. Ya la tarde había cedido y los bares y cafés empezaban a llenarse. Enfiló sin prisa por un callejón adoquinado. A su paso, como en un video barato de alguna banda ochentera ya olvidada, las luces de farolas y comercios se fueron encendiendo. Se entusiasmó: hacía semanas que Raúl no la dejaba salir sin su compañía y el detalle de la iluminación le pareció como un guiño cómplice de una ciudad sin glamour, demasiado hostil a veces, sucia y rota, descarnada, imprevisible. Aquella idea le gustó. Verse a sí misma como una imagen fugaz en los reflejos de los aparadores le pareció una especie de señal de que, de alguna manera, las calles se sentían a gusto con su presencia. No la defraudaría. Ahora sólo necesitaba encontrar un motivo para quedarse, una razón más allá de la soledad.&lt;br /&gt;Había andado sin un destino fijo cerca de una hora cuando se encontró con la entrada de un hotel de lujo. Se trataba de una construcción colonial de gruesos muros y herrería de manufactura burda, casi violenta. Sin pensarlo mucho trascendió la puerta giratoria. Adentro, la magnitud de aquel lugar se acentuaba: no había rincón sin tapiz, cielorraso sin araña de cristal, rostro que no exhibiera esa naturaleza genuflexa que entraña el servilismo a sueldo. Uno de esos rostros la recibió con un gesto de exagerada amabilidad y le señaló la recepción con la mirada. Agradeció con una sonrisa, pero se dirigió hacia el lobby de mobiliario en piel. Ocupó un asiento cercano al ventanal. Tomó una revista y fingió mirarla, distraída. Al rato un hombre se acercó. Vestía un traje oscuro, elegante; en su expresión había algo férreo, incisivo. Se detuvo a escasos centímetros y se inclinó para hablarle.&lt;br /&gt;-¿Eres Lorna? -le preguntó, abarcándola de un discreto vistazo.&lt;br /&gt;-¿Perdón? -inquirió ella a su vez; el examen fugaz de aquel hombre inesperado la había abstraído un poco.&lt;br /&gt;-Pregunté si eres Lorna -repitió el desconocido con disimulado fastidio.&lt;br /&gt;La idea de encontrarse en medio de un malentendido le pareció algo adecuado a su propia circunstancia: nadie entra en un hotel de lujo sin un motivo premeditado; nadie ensaya la soledad sin esperar que el mundo lo interrogue. Griselda había salido de casa aquella tarde sin entender qué secreto asunto la aguardaba; ahora la respuesta estaba frente a ella en la forma de aquel hombre que, a todas luces, la estaba confundiendo. Reafirmar su identidad, su ser proclive a la aventura: esa podría ser la búsqueda. Sin más, dejó a un lado la revista y entrelazó los dedos encima del regazo.&lt;br /&gt;-Hoy seré Lorna -se puso a decir sin tener una idea de a dónde quería llegar-. Mañana puedo ser otra. Lo importante es cómo el nombre se ajusta a una misma.&lt;br /&gt;Ya estaba: si el mundo quería jugar, ella sería quien pondría las reglas.&lt;br /&gt;El hombre pareció satisfecho con esa respuesta, pese a que nada en su rostro lo denotara; simplemente se cruzó de brazos y con la palma extendida le mostró un camino imaginario.&lt;br /&gt;-Te están esperando -anunció.&lt;br /&gt;El disimulo de los empleados del hotel era evidente. Griselda, sin atreverse a mirar la puerta de salida para no desentenderse del papel que había fraguado para sí misma, cruzó la recepción siguiendo la espalda del hombre que la conducía hacia los elevadores. El sujeto dio una orden fría al ascensorista y, adoptando una expresión indescifrable, se instaló en el silencio.&lt;br /&gt;Estaban en el piso 7. La mullida alfombra absorbía el ruido de sus pasos mientras doblaban a la izquierda por un pasillo estrecho. Otro hombre, vestido a la usanza del que la acompañaba, aguardaba en la entrada de la habitación. Al verlos aparecer, tocó suavemente la puerta y, sin esperar respuesta, introdujo la llave electrónica y abrió. El primero de los hombres se detuvo en el umbral y le cedió el paso. Griselda supo que había ido demasiado lejos con aquella farsa, pero, acaso por esa misma razón, creyó que era un deber agotar la ficción.&lt;br /&gt;Entró y la puerta se cerró a sus espaldas.&lt;br /&gt;-Pasa, ponte cómoda, en un momento estoy contigo.&lt;br /&gt;La voz provenía de algún rincón que de momento no alcanzó a precisar. Con paso titubeante se adentró en lo que había creído una simple habitación de hotel, que de pronto adoptó las proporciones de un amplio departamento, finamente amueblado, elegante sin ser acogedor, tenuemente bañado por pequeños candiles que pendían del alto techo. Se quedó de pie a mitad de la estancia. E interrogó a su imaginación. Pero no hubo tiempo para juegos mentales: la silueta del hombre que hablaba por teléfono se recortó de pronto contra la ventana que enmarcaba un difuso sector de la ciudad.&lt;br /&gt;Con un ademán, el hombre que ya no era más una voz le señaló la pequeña estancia de sillones imitación Luis XV, en medio de los cuales alguien se había tomado la molestia de abandonar una absurda mesa, inútil de tan estrecha.&lt;br /&gt;-Siéntate -le dijo el hombre tapando la bocina del teléfono con una mano. Vestía ropa de cama debajo de una enorme bata de seda. Su mirada se detuvo un instante en Griselda, y en su gesto apareció algo parecido a la extrañeza-. En un momento estoy contigo -dijo después, sin dejar de observarla. Entonces volvió al habla y le dio la espalda.&lt;br /&gt;La fantasía se le desdibujó de golpe, como un luchador al que desenmascaran de un tirón: Lorna era una puta sin misterio y el hombre sólo la esperaba para masturbarse con su cuerpo. Nada más. De un rápido vistazo calculó la distancia que la separaba de la puerta. Cancelar ese estúpido jueguito sólo tomaría un par de segundos; incluso podría salir sin que su anfitrión lo notara. Luego cruzaría el portón del hotel y se uniría a la masa anónima sin nada que no fuera una divertida incomodidad. Pero nadie iba a jugarle sucio al mundo sin pagar el atrevimiento. No esa noche. Antes de que Griselda pudiera volver sobre sus pasos, el sujeto aquel ya estaba frente a ella.&lt;br /&gt;Nerviosa como pocas veces lo había estado, apenas aventuró una breve mirada al rostro del hombre que, él sí, la estudiaba sin premura.&lt;br /&gt;-Así que tú eres Lorna -le dijo. En su frente aparecieron los finos pliegues de una madurez sin cansancio; alrededor de sus ojos, grises, casi transparentes, las arrugas se hicieron de pronto evidentes-. No te pareces mucho a tu voz.&lt;br /&gt;-Lo sé -respondió Griselda.&lt;br /&gt;Pero no lo sabía. No sabía nada en ese momento.&lt;br /&gt;-Eres más joven de lo que imaginaba -insistió el otro, recorriendo con descaro el cuerpo cuyas formas le negaban la ropa.&lt;br /&gt;-Lo soy.&lt;br /&gt;Pero tampoco lo era.&lt;br /&gt;El hombre ensayó el gesto de quien considera que las presentaciones han sido hechas. Se reajustó la cinta que le envolvía la cintura y se dirigió hacia el bar.&lt;br /&gt;-Te serviré una copa -le dijo sin mirarla-. Pero sólo una: tengo curiosidad por ver que hay debajo de todo eso.&lt;br /&gt;Se refería al suéter de lana azul turquesa, al pantalón a rayas, a las botas negras imitación piel. Griselda, por puro instinto, dio un paso atrás. Pero al instante se detuvo: las putas no huyen antes de acabado el acto. Tenía claro qué cosa ocurriría si se quedaba, pero su imaginación se negaba a sugerirle las consecuencias que traería el querer cancelar la representación. Se quedó inmóvil, de muchas maneras desesperanzada. Y, de una forma por demás absurda, se puso a pensar si su ropa interior era la adecuada.&lt;br /&gt;El hombre le extendió la copa y, al tiempo que daba un primer trago, le guiñó el ojo por encima de la suya.&lt;br /&gt;-Salud. Por esta noche -le dijo.&lt;br /&gt;El licor le recorrió la garganta como un montón de arena húmeda. El hombre la miró beber y pareció estudiar el efecto que el alcohol tenía en sus ojos. Luego, sin más, abandonó la copa sobre una mesilla lateral y la tomó por un hombro para conducirla hacia la cama.&lt;br /&gt;-Desvístete -le dijo, mientras él se deshacía de la bata y del piyama.&lt;br /&gt;No había ni un rastro de cortesía en esa voz, de manera que Griselda no pudo sino sentir que en esa sola palabra había una orden tácita e inapelable. Abandonó la copa sobre la mesa de noche y procedió a quitarse el suéter, que se le atascó en los aretes y la hizo entrar en pánico. Al fin se deshizo de él y lo dobló con sumo cuidado sobre la cama. Luego, con mano temblorosa, sin atreverse siquiera a mirar al hombre que ansiaba su desnudez, se desabotonó la blusa y, sin quitársela aún, se desabrochó el pantalón.&lt;br /&gt;-Eres casi una niña -le dijo el otro al descubrir el juego de ropa interior que no combinaba: la tanga era una pieza diminuta de colores pastel; el sostén era de un color crema sin misterio.&lt;br /&gt;-Déjatelo puesto -oyó que volvían a ordenarle cuando vio que ella se llevaba las manos a la espalda en busca del broche.&lt;br /&gt;Sólo entonces Griselda se atrevió a mirarlo. Al hacerlo, descubrió el pene más grande que había visto: aquel trozo de carne, duro por la excitación, parecía, por su rara curvatura ascendente, como un sable torpemente tallado en madera. Y sus venas, hinchadas y brillantes como en un cuadro de Giger: eso es lo que más recuerda.&lt;br /&gt;-Eres una niña -repitió el hombre con voz entrecortada por el ansia mientras le acariciaba los senos diminutos por encima del sostén-, eres como un cachorrito...&lt;br /&gt;Las manos de palmas calientes y sudorosas se reconocieron en sus mejillas; luego, con un movimiento de mal disimulada violencia, la obligó a buscarle el miembro con los labios.&lt;br /&gt;Si de lejos esa verga lucía enorme, al tenerla delante de sus ojos supo que intentar metérsela en la boca sería algo imposible. Pero su dueño ya luchaba por introducirla, y Griselda abrió la boca al límite de su resistencia y probó el sabor ácido de la carne latente.&lt;br /&gt;-Chúpala despacio, pequeña zorrita. Eso es, así. Cómete tu caramelo...&lt;br /&gt;Para Griselda, no había más realidad que ese deseo imprevisto que le humedeció de pronto las entrañas. La mano del hombre le alcanzó la entrepierna y jugó a hundir los dedos en la suave ranura de su coño.&lt;br /&gt;-Ya estás mojada. Eres una perra sucia...&lt;br /&gt;Nadie jamás le había hablado de esa manera, y entonces comprendió los motivos de su excitación. Raúl la amaba, pero ese sentimiento, a la hora del sexo, transmutaba en una suerte de adoración que entrañaba el cariño, la ternura, pero jamás el sometimiento, la indefensión, la violencia que trastoca el deseo para convertirlo en ardor, en arrebato, en erotismo puro, intacto.&lt;br /&gt;Las huellas que Raúl había ido dejando en su piel desparecieron poco a poco conforme aquel extraño le restregaba el sudor de sus manos por la espalda, por los senos, por los muslos que alguna vez le parecieron impropios y que esa noche, por primera vez, fueron hartazgo, carne apetecida y abismal. El grosero frenesí con que el hombre le sacó la tanga fue un instante que Griselda disfrutó con un delirio que ya jamás la abandonaría. El hombre se tomó la verga y comenzó a azotarla contra los enrojecidos labios vaginales. El placer que Griselda experimentó al sentir aquella gruesa verga que no era ya aproximación sino realidad, la sumió de lleno en el éxtasis. Y al sentirse penetrada, un grito se le escapó. Creyó que sangraría, que el gigantesco miembro le rompería el coño, pero el hombre empezó a arremeter, primero despacio, luego con una rapidez inexplicable, y entonces el dolor mutó en gemidos, en manotazos, en ese recorrido eléctrico que emergió como un aullido que el hombre que laceraba su cuerpo recibió complacido.&lt;br /&gt;No se vino él en ese momento sino una hora después. Apenas dejó que Griselda se recuperara y la obligó a chupar de nuevo. Ella casi vomitó cuando la verga intimó con su garganta. Con una fuerza inusitada, aquellas manos la obligaron a volverse bocabajo y la carne caliente le rozó la hendidura entre las nalgas. El escupitajo le mojó el ano y un denso chorro de saliva le bajó por los muslos. Entonces el hombre luchó por sodomizarla. Pero fue imposible: apenas la dura cabeza penetró unos milímetros y Griselda, presa del dolor, arqueó la espalda para que el culo se le abriera hasta el límite de su resistencia. Tampoco funcionó. Finalmente, el hombre le reacomodó el cuerpo y al sentarse sobre su pecho le aplastó los senos para obligarla a lamerle los testículos mientras se masturbaba, gritando toda clase de improperios. Sólo así logró eyacular. El rostro de Griselda quedó bañado en esa sustancia caliente y pegajosa que parecía que no se agotaría jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Meses después, Griselda tuvo que meterse tres cocteles a base de vodka y jugos de frutas para animarse a confesar lo ocurrido aquella noche. Cuánto de aquella historia y qué detalles fueron ciertos o sólo una ficción del alcohol, es algo que ignoro. Cuando ella concluyó su relato, no entiendo por qué, pero lo agradecí. Antes de encender un nuevo cigarrillo, le pregunté quién era el hombre. Griselda alzó las cejas y los hombros como si fuera una circunstancia innecesaria. Luego dijo que lo había olvidado. La miré fijamente a los ojos en un intento por hurgar más allá de sus palabras, pero ella había cancelado toda posibilidad de ahondar en el tema. No insistí. Comprendí entonces que el mundo no se rige por las reglas de la literatura; que las cosas no tienen un principio ni un fin, y que a muchos de nosotros no nos será dado jamás ver más allá de algunos paréntesis, como si la vida se distrajera arrojándonos los despojos de un banquete al que no fuimos invitados, de una celebración que no conoceremos jamás.&lt;br /&gt;La naturaleza de Griselda es lo nocturno, lo enfermo, la imaginería febril.&lt;br /&gt;Lo demás es silencio.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114811133622037445?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114811133622037445/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114811133622037445&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114811133622037445'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114811133622037445'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/lo-febril.html' title='Lo febril'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114802021123515383</id><published>2006-05-19T01:13:00.000-05:00</published><updated>2006-05-19T01:30:11.270-05:00</updated><title type='text'>En piernas de la mujer madura (I)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/piernas[1].jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/piernas%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sé que es inusual que la gente quiera huir de sus palabras, pero yo tengo una coartada: hay una idea que me persigue desde hace un par de noches, y por más que busque la cercanía de mi esposa, el cuerpo de Estela, el tenaz infierno de una ducha helada, siempre acabo por descubrir que ahí sigue, acechante, presta a saltar sobre mi cuello con la voracidad de una sanguijuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero cogerme a mi hermana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Detente: no quieras aplicarme tus contenidos inconscientes ni hacer apresuradas lecturas basadas en la tragedia griega, que es universal. La hermana de la que hablo no ha heredado la sangre de mis padres ni comparte mucho menos la información genética de la familia. Esa mujer lleva mis apellidos por una divertida coincidencia, y si hemos acordado llamarnos de hermanos es sólo porque nos une la camaradería y, según ella, algunas virtudes y defectos zodiacales. Nada más. Ella es rubia y mi piel, en cambio, tiene el tono que tú quieras imaginar (excepto ese); ella nació en el norte del país y yo vi la luz en esta apestosa cuenca; ella fue parida en un mes otoñal, apenas un día después de que yo mordiera por vez primera el pezón materno.&lt;br /&gt;Somos, pues, “hermanos”. Y compañeros de oficina.&lt;br /&gt;Como todos, una vez que apetecí su carne, empecé a preguntarme por su vida, por los métodos que había empleado el mundo para ponerla al pie de mi historia. Creo recordar que la vi por primera vez cuando cruzó el pasillo en dirección a la sala de juntas. Usaba el pelo recortado a la altura de los hombros, vestía una falda sin pliegues y una blusa color beige de manga larga. Cierto día entró en la cocineta mientras me servía café. Se mantuvo en silencio, quieta a mis espaldas, y al volverme casi le derramo la bebida hirviente. En otra ocasión, el director de ventas me pidió que le hiciera llegar un documento a un determinado grupo de personas, entre las que se encontraba ella. Fue por la lista de contactos que supe lo de los apellidos. Esa fue mi excusa para acercarme a su lugar. Luego de ese día, la memoria me traiciona: parece que coincidimos en algún almuerzo, en una o dos juntas, en el tumulto de los elevadores. Nada mágico, nada decisivo. Lo cierto es que nos llevábamos bien y nada más. Hasta el día en que fue a mi encuentro para pedirme que la ayudara a resolver alguna cuestión relacionada con el excell. Ignoro incluso lo básico de ese programa, pero suelo ser un caballero cuando las circunstancias me lo imponen. Así que fui a su lugar y ella me señaló el problema, que ya he olvidado. Algo relacionado con fórmulas. No sé. Hubo un momento en el que echó el cuerpo hacia el frente para hacerse con un lápiz y entonces vi el borde de su tanga. Amarilla. Casi como una variante de su piel. Era viernes de vestimenta casual, y los jeans no le ajustaban a la cintura, de ahí el espacio que aprovechó su prenda íntima para guiñarme un ojo. Aquella imagen fue como un golpe, una bofetada repentina. “¿Perdón?”, me disculpé, pues no había escuchado nada de lo que me decía. Ella sonrió y procedió a explicar de nuevo; luego se hartó del asunto y apoyó la espalda en el respaldo de la silla. Y la blusa se le abrió a la altura del pecho para dejarme ver su brassiere de media copa. Demasiado para mí.&lt;br /&gt;Mi hermana es una mujer atractiva, sin llegar a ser hermosa. Es amable, el tono de su voz es dulce y, cuando pasa a tu lado, una discreta fragancia se queda en el aire. Embriagándote. No es una de esas tipas violentas que hieren al mundo al caminar: cuando ella viene o va, parece que gravita. Sus movimientos, acordes siempre con el momento, se corresponden más con la categoría del felino que con la del ser humano. Es, por decirlo de alguna manera, más una acuarela que una ficción del óleo; más el azul del alba que el agobio de una tarde soleada. Se llama Sonia, y podría ser perfecta hasta para alguien como tú, que no la desea. Pero tiene algunos defectos: uno de ellos es su marido; los otros, sus dos hijos pequeños.&lt;br /&gt;Guárdate tu diatriba en favor de los placeres de la mujer casada: ya lo he intentado, y no funciona. Y menos cuando su vientre ha alojado algo que late por sí mismo. Abomino de esas mujeres por razones bien específicas:&lt;br /&gt;1. Si a través de su aro vaginal ha pasado una cabeza humana, ya puedes inaugurar en él una autopista. Pocas madres se toman la molestia de ejercitar sus paredes vaginales luego del parto, y tratar de satisfacerlas, no importa el tamaño de tu vaina, es como querer cogerse a una ventana abierta.&lt;br /&gt;2. Su amor de madre las rebasa. Te cancelan a ti por ir a ver a su retoño ejecutar una danza imposible disfrazado de árbol o alcancía; quisieran que les metieras el pito mientras organizan la lista de útiles escolares, y una vez que has logrado llevarlas a la cama, te dicen cosas como Mi vida, Mi bebé, Mi pequeñito. Hubo una que incluso, mientras le buscaba el cuello con los dientes para confiarle la fuerza de mi eyaculación, poco faltó para que me palmeara la espalda y me obligara a eructar.&lt;br /&gt;Es una lástima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer precisamente, me encontré con Sonia en el lobby. Llevaba un traje blanco, entallado, y las líneas de una tanga diminuta se le dibujaban groseramente en las nalgas. Casi salí huyendo. Estela se encuentra de vacaciones, así que no me quedó más remedio que buscar la cercanía de un cuerpo sin hijos para hacerme aunque fuera una masturbación mental. Pensé en Janet, una tipa horrenda con unas nalgas medianamente atractivas y una especie de imán para los desposeídos. También a ella, en algunas ocasiones, se le asomaba el calzón. Y en horarios de oficina, eso es a veces suficiente. Janet me miró llegar, extrañada, pues nunca o casi nunca me paseo por sus rumbos. La saludé con un beso en la mejilla y le sobé la espalda. La sangre acudió al llamado de mi verga. Me quedé de pie junto a ella mientras le hacía la plática sobre cualquier asunto mundano. Luego, con el pretexto de ver algún muñeco que adornaba el costado de su computadora, le pasé la herramienta por el brazo. No fue ajena al contacto. De hecho, noté que se sonrojaba un poco.&lt;br /&gt;-¡Qué bonito! -le dije, analizando el objeto, una tortuga o algo así-. Es igualito a ti.&lt;br /&gt;-Gracias por el cumplido -contestó, con la vista clavada en la pantalla.&lt;br /&gt;-No es cortesía -le mentí-: es la verdad.&lt;br /&gt;-Lo sé, lo sé. Ya me lo han dicho.&lt;br /&gt;Fue una de esas ocasiones en que la vida se parece a un mal chiste.&lt;br /&gt;-Así que estás acostumbrada a los piropos.&lt;br /&gt;-Claro -dijo ella, preparando su defensa-: mi novio me lo dice a cada rato.&lt;br /&gt;Eso fue todo. Janet es una de esas tipas que inauguran su rincón de la oficina colocando a la vista de todos la fotografía de su novio. Es como colgarse un collar de ajos al llegar a Transilvania. Como esgrimir una estampa del Papa para ahuyentar a los evangelistas del domingo. En esos casos, ni poniéndote las llaves de la ciudad en la entrepierna lograrás violar la cerradura. Así que hice un par de observaciones más, ya sin interés, y le di un nuevo beso, esta vez en la comisura de los labios, para emprender una retirada digna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonia estaba en su lugar cuando pasé de regreso. Nos hicimos algunas bromas y fingí sacudirle algún objeto invasor de su mejilla.&lt;br /&gt;-¿Qué día vamos a comer? -le pregunté, no muy convencido, sólo por intentar algo.&lt;br /&gt;-Cuando quieras -me respondió-. Sólo avísame con tiempo.&lt;br /&gt;-¿Y que día vamos a cenar? -arremetí, sintiendo que el alma, como en un raro Jet Lag, había decidido abandonarme a mi suerte.&lt;br /&gt;-Cuando quieras -dijo ella, regalándome una mirada de discreta coquetería-. Sólo avísame con tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé que es inusual, decía, que la gente quiera huir de sus palabras. Lo que no es extraño es ver cómo la gente, una vez que asume su derrota, se traga vorazmente esas mismas palabras.&lt;br /&gt;Y aún le queda espacio para el postre.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114802021123515383?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114802021123515383/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114802021123515383&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114802021123515383'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114802021123515383'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/en-piernas-de-la-mujer-madura-i.html' title='En piernas de la mujer madura (I)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114793322703324238</id><published>2006-05-18T01:13:00.000-05:00</published><updated>2006-05-18T01:20:27.056-05:00</updated><title type='text'>A un costado del mundo (I)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Ojo.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Ojo.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Perdona que te pida que te alejes de estas líneas: no son para ti. Es difícil que reconozcas a la mujer de la que pienso hablar, pues Natasha no es su nombre y es imposible que logres reconstruir su rostro pues las calles por las que paseamos juntos una sola vez estaban solitarias a esa hora de la noche. Todavía más improbable es que hayas fornicado alguna vez con ella: nadie jamás lo hizo; yo fui el primer y último hombre en su vida y no me separé ni un segundo de su cuerpo. Además, a la mañana siguiente estaba muerta.&lt;br /&gt;Te lo suplico: vete ya. Pero, si decides permanecer aquí, no te guardaré rencor si no crees una sola de mis palabras. Después de todo, tú sabes bien que soy un farsante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espera, cambié de opinión: tal vez sea mejor que te quedes; necesito que alguien sepa por qué no fui capaz de amarla. Pero antes debo hacerte una advertencia: mañana descubrirás que esta historia ya también te pertenece, y entonces te corresponderá a ti cargar con sus atroces imágenes por el resto de tu vida. Y no habrá marcha atrás. Yo, he de confesarlo, ya he sido derrotado.&lt;br /&gt;Escucha, pues. Y que la piedad sea contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De no ser por la novela negra, pocos sabrían lo que significa despertar con un cadáver a su lado. Yo soy uno de ellos. Más allá de la sorpresa y el miedo, créeme, está el silencio, llano y oscuro, envolviéndolo todo. También, por supuesto, está ese cuerpo cuya imagen desnuda te fue negada la noche anterior. Pero su piel ha dejado ya de evocar para siempre los placeres de la carne, tan tuyos, para abandonarse sin remedio a las cosas inmóviles, a las cosas del mundo. Hechas de un silencio aún más profundo.&lt;br /&gt;He descrito en segunda persona ese primer instante. Con ello no he buscado el efectismo o regalarle a la estética las formas de mi horror: es, simplemente, que intento explicar cómo el alma se acobardó y huyó de mi ser cuando ese trozo descarnado de la realidad se concretó al fin frente a mis ojos: Natasha estaba muerta, y yo a su lado.&lt;br /&gt;-Me iré de madrugada, sin que te des cuenta -había sentenciado.&lt;br /&gt;Y cumplió su promesa.&lt;br /&gt;Aquella noche le había dado la espalda y contemplaba, a través del cristal polarizado, el paso de los autos sobre la avenida.&lt;br /&gt;-Ya puedes volverte -dijo ella.&lt;br /&gt;Se había puesto un kimono de falsa seda. Sobre la superficie brillante de la tela que se empeñaba en recrear las formas de sus senos, aquel dragón me miraba.&lt;br /&gt;-¿Quieres que me dé la vuelta para que puedas desvestirte? -me preguntó con una voz que se reconoció suavemente en la tibia opresión del cuarto de hotel.&lt;br /&gt;-No es necesario -le contesté, inmerso en sus delgadas pantorrillas que las sombras danzantes de la habitación se empeñaban en disimular.&lt;br /&gt;-Entonces -dijo- apagaré la luz.&lt;br /&gt;El ámbar del exterior, tenue como un rumor, bañó nuestras siluetas. Natasha, al fondo, del otro lado de la cama, encendió un cigarrillo. El diminuto fulgor le iluminó por un instante el rostro. Luego, la oscuridad pareció ceder un poco, aunque no demasiado para que yo supiera la verdad de su expresión, que adivinaba tensa, expectante.&lt;br /&gt;Me desvestí en silencio. Con un cuidado inhabitual en mí, busqué a tientas un lugar en donde depositar mi ropa.&lt;br /&gt;-Siéntate -oí que me decía.&lt;br /&gt;A gatas sobre la cama, alcancé el origen de su voz. Esa misma voz que repitió varias veces mi nombre como si de un mantra improvisado se tratara.&lt;br /&gt;-¿Quieres uno?&lt;br /&gt;Utilicé el fuego de su propio cigarrillo para encender el mío. Vi lo cerca que estaba de su rostro, pero sus detalles seguían siendo un enigma.&lt;br /&gt;-Hagas lo que hagas esta noche -dijo ella luego de arrojar una invisible bocanada de humo-, trata de no tocarme.&lt;br /&gt;-No sé si pueda -confesé-: negarme el contacto con tu cuerpo sería la peor traición a este lugar.&lt;br /&gt;Es difícil ser original cuando te encuentras compartiendo la cama con una desconocida.&lt;br /&gt;-Acuéstate -me pidió, ignorándome-. Quiero que cierres los ojos e imagines lo que harías si pudiera ser tuya.&lt;br /&gt;Obedecí, no muy convencido de lograr lo que ella esperaba: en mi vida, el tacto había suplido siempre a la imaginación.&lt;br /&gt;Cerré los ojos e intenté visualizar la geometría de su cuerpo. Sus senos serían medianos, redondos, tiernos; la carne en torno a su cintura tendría que ser esbelta, aunque no demasiado; sus nalgas serían como un par de duraznos, tersas y rosadas, y la vellosidad de su entrepierna, mullida, de rizos castaños, dibujada apenas sobre su piel como un triángulo invertido.&lt;br /&gt;Pero el silencio no era lo que ella había buscado.&lt;br /&gt;-Dime lo que estás pensando -me ordenó.&lt;br /&gt;En un principio, mi voz fue apenas un murmullo, una titubeante línea de ideas inconexas. Luego, conforme descubrí que pese a todo aquella oscuridad se iba llenando de imágenes, mis labios se ajustaron a su propia circunstancia y las palabras fueron escapando de mi boca con la fuerza de un río que se desborda.&lt;br /&gt;Esa noche, mi voz, que fue vértigo y acoso, dibujó en la sombras el cuerpo que no era; habló de movimientos, posturas y artificios del tacto; se dejó seducir y esclavizar, arañar y persuadir. Esa noche, esa única noche, mi voz urdió un instante imposible, una elegía.&lt;br /&gt;Concluí por fin, extasiado, ebrio de imágenes. Luego abrí los ojos y vi aquella silueta cernida sobre mi rostro. Natasha, al parecer, no había dejado de observarme.&lt;br /&gt;-¿Era lo que esperabas? -pregunté, deseando la carne de esos labios cuya cercana belleza rebasaba mi ficción.&lt;br /&gt;-Todo es mentira -dijo simplemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora sé por qué me eligió a mí para acompañar su muerte: yo era un extraño, y nada había que pudiera ofrecerle más que mi sola presencia y, si acaso, mi facilidad para ocultar la verdad inconveniente. Nos habíamos encontrado en la barra de una lujosa cantina. Ella, sentada a un lado del único taburete disponible, me sonrió. Yo correspondí al gesto con una leve reverencia y pedí una cerveza. No había ido allí en busca de una aventura; Iván me citó en aquel sitio para dialogar consigo mismo en torno a sus problemas personales, que no referiré pues esta no es la historia de mis amistades. Hubo una hora en que la barra se vació y sólo Natasha y yo permanecimos, uno al lado del otro, silenciosos como dos extranjeros en un vagón de tren. Quizá pensaba iniciar con ella una charla, no puedo asegurarlo, lo cierto es que Iván me palmeó un hombro a manera de saludo y ocupó un lugar junto a mí. En determinado momento, la relación de los días con mi esposa fue un tema necesario. Nunca lo evité como en otra ocasión lo hubiera hecho, a pesar de que sabía que aquella desconocida a mi lado podía estar escuchándome. Y el tema llevó a otro: Estela, el disimulo, las horas infieles que pasábamos juntos. Iván, incómodo ante la interrupción de su monólogo, se disculpó para ir al baño. Fue entonces la primera vez que escuché esa voz:&lt;br /&gt;-Tienes una amante.&lt;br /&gt;Era Natasha, en un tono ajeno al reproche.&lt;br /&gt;Me volví hacia ella, sin sorpresa, casi sin interés. En el sofocante claroscuro de aquel bar, la belleza de sus ojos se imprimió para siempre en los míos.&lt;br /&gt;-La chica ha escuchado una conversación ajena -expuse, acentuando el hecho de que no me molestaba-. Mal, muy mal. La próxima vez sólo platicaré por correo electrónico.&lt;br /&gt;-No debe avergonzarte -me contestó ella, viendo a hurtadillas el cigarrillo moribundo que yo sostenía entre los dedos-, puesto que se lo has dicho a la mitad de los clientes.&lt;br /&gt;-¿Hablé en voz muy alta? -la interrogué en forma irónica.&lt;br /&gt;Ella asintió.&lt;br /&gt;-¿Te molesta si te robo un cigarro?&lt;br /&gt;Le extendí la cajetilla. Ella tomó mis manos entre las suyas para acercarse la flama del encendedor.&lt;br /&gt;-¿Es bonita? -el humo salió de sus labios como una representación de sus palabras.&lt;br /&gt;La interrogué con un gesto.&lt;br /&gt;-Tu amante -aclaró.&lt;br /&gt;Ahora estaba seguro de que aquello era un flirteo. Y tú sabes que amo los flirteos.&lt;br /&gt;-Antes, creí que lo era. Luego de verte, ya lo dudo.&lt;br /&gt;No mentía.&lt;br /&gt;-Eso es algo muy cruel -externó.&lt;br /&gt;-Acabo de decirlo.&lt;br /&gt;En ese momento, Iván reapareció. Me contó que los baños eran mixtos, y que se había encontrado a una ex novia. Entablaron una breve conversación y en segundos descubrieron que habían agotado todos los temas. Pero siguieron sin moverse, uno frente al otro. La vejiga de Iván lloraba de angustia, pero le avergonzaba el hecho indigno de orinar en su presencia e imaginarla a su vez perder la galanura tras la puerta de un privado. Entonces, ambos lo comprendieron todo. Y estallaron en risas. “¡Vamos!”, le dijo él, “es sólo una meada”. Aquella escena le había cambiado el humor. Lo habían invitado a una fiesta; me pidió que lo acompañara. Ahí podríamos retomar la charla. ¿En qué diablos nos habíamos quedado? En el espejo semioculto por las botellas que había frente a nosotros, vi que Natasha sonreía. “Muchas gracias”, me disculpé con Iván. “Conozco las sustancias que se consumen en tus reuniones y ya sabes que yo a eso nomás no”. Al parecer, no le importó demasiado. Se despidió con un abrazo y se abrió paso a empujones entre la multitud que a esa hora ya había llenado el bar.&lt;br /&gt;-Hubieras aceptado -dijo Natasha sin más trámite una vez que Iván se perdió de vista-. Nunca se sabe a quién puede uno encontrar. A lo mejor a la sustituta de la mujer que &lt;em&gt;era&lt;/em&gt; bonita.&lt;br /&gt;-Tienes razón -le respondí, girando de plano el asiento para mirarla de frente-. Uno nunca sabe...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ahora estaba muerta. Y esa muerte, su única muerte, también había consumido su belleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Callados, nerviosos como actores novatos, fuimos dejando atrás el ruido del bar. En la calle, no del todo desierta, la música era apenas un rumor apagado, una especie de vago recuerdo.&lt;br /&gt;Cruzamos la calzada con el rojo del semáforo y enfilamos hacia el parque. Ella me había dicho que la acompañara, que amaba caminar sobre el asfalto humedecido por la lluvia.&lt;br /&gt;-Es como en las películas gringas -había comentado-: nadie sabe por qué siempre están mojadas las calles sea cual sea la temporada del año, pero a todos les parece de lo más normal.&lt;br /&gt;Luego, simplemente se quedó callada.&lt;br /&gt;Los árboles que presidían la oscuridad del parque estaban cubiertos por una niebla incipiente. Eso y la presencia de Natasha le conferían a nuestra circunstancia una suerte de naturaleza gótica, no sé si espeluznante. No quiero exagerar. Al llegar a la esquina, la ciudad nos dio a elegir entre una angosta callejuela poblada de autos en penumbras y una estrecha avenida desierta.&lt;br /&gt;-Yo sé que por aquí se llega a Tlalpan -observó ella señalando con la mirada-. Tú dime hacia dónde va esa otra.&lt;br /&gt;-Al final de ese callejón se acaba el mundo -quise bromear-, y no querrás ver a los duendes de la Navidad construyendo el futuro...&lt;br /&gt;Pero ella no rió. Me ofreció su perfil, de pronto oscurecido, y susurró, casi para sí misma:&lt;br /&gt;-No, no es algo que yo deba ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los empleados del hotel nos recibieron con su tradicional disimulo. Natasha me pidió que esperara y se dirigió a la recepción, en donde el encargado le entregó una llave.&lt;br /&gt;-Aquí vivo -me dijo al regresar-. Y no preguntes más.&lt;br /&gt;Los espejos del elevador repitieron el silencio de nuestros cuerpos y las imágenes de tres brazos que se atrevieron a buscar un primer contacto con las figuras envueltas en negras gabardinas de tres Natashas que al instante alimentaron una distancia, un vacío que hasta ese momento no sabía necesario.&lt;br /&gt;-Perdona -le dije-, no quise asustarte.&lt;br /&gt;-Y no lo has hecho.&lt;br /&gt;Salimos al amplio corredor de paredes ocre adornadas con retratos de un arte insulso. Natasha se adelantó un poco para conducirme a la habitación, la misma habitación que horas más tarde me tendría de hinojos sobre la taza del baño, vomitando con violencia el horror de una culpa que no era mía.&lt;br /&gt;Me limpié los labios con el dorso de la mano. Luego fui al lavabo con la estúpida esperanza de que no fuera mi rostro el que me escupiera el espejo. Pero ahí estaba yo, aún desnudo, de alguna manera espectral. Permíteme pasar por alto los detalles de mi angustia, que no creo necesario pedirte que imagines pues la desesperanza es siempre la misma, sea cual sea su origen. No quería salir a la recámara para no ver de nuevo ese cuerpo sin vida cuya desnudez, apenas una noche antes, se sugería misteriosa debajo del kimono que en ese momento yacía a mis pies. Vi entonces el estuche que sobresalía de uno de sus bolsillos. Me agaché un poco, con intenciones de tomarlo, pero al instante me detuve: sea que diera o no testimonio, el rastro de mis manos no tendría nada que hacer en él. Sobre la repisa del lavabo, casi como una carta de despedida, descansaba la jeringa. Asqueado, retiré las manos del mueble y las froté contra mi piel sudorosa. Como un destello, casi como si una voz en mi cabeza me lo aconsejara, supe que tenía que escapar.&lt;br /&gt;Evité a toda costa la visión del cadáver. Dándole la espalda, me vestí a toda prisa. Luego escudriñé la habitación en busca de algún objeto que pudiera incriminarme, mientras palpaba mis bolsillos contando una y otra vez mis pertenencias. Finalmente, hice lo que el cine aconseja: fui por una toalla y limpié las superficies de los objetos que pudiera haber tocado. El cuerpo de Natasha, sus piernas levemente abiertas, el inútil secreto de su sexo apenas sugerido entre la urdimbre del vello, se quedaría allí a solas, tendido sobre la cama, aguardando la eternidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me matan las ansias de tocarte -recuerdo que le dije para romper el silencio de su mirada insistente.&lt;br /&gt;-No hables así -me interrumpió-: la muerte no es una mentira.&lt;br /&gt;-Tus ojos -dije entonces-. Hay algo en ellos que me intriga. Es como si no me estuvieras viendo hoy, sino mañana. Ya sé que suena idiota, pero no encuentro manera de explicarlo.&lt;br /&gt;-Es porque no me pertenecen.&lt;br /&gt;Fue así como dejó por un momento la retórica y me confesó que había donado ya sus córneas. No era algo extraordinario, señaló. Si acaso, al hacerlo había pensado en una persona que anhelaba ver el mundo. Se trataba de su hermana -y aquí su voz se apagó un poco-, la única persona capaz de regalarle la oportunidad de preservar su vida, aunque fuera de ese modo.&lt;br /&gt;-Yo puedo morir en cualquier momento -acotó-, y si hay algo que amo es ver más allá de las cosas. A ti, por ejemplo. Saber que estás desnudo, que no puedo verte en esta oscuridad pero igual grabarme en los ojos la posibilidad de que seas como a mí se me antoje. Es por eso que no quiero tocarte ni quiero que me toques. Mañana no sabremos si fuimos una mentira y nuestros cuerpos, entonces, tendrán mil formas y ninguna. Yo sé que callaré para siempre este momento; confío, porque sé que eres un hombre lleno de secretos, en que sabrás disfrazar este recuerdo.&lt;br /&gt;Apagó el cigarrillo y se tendió a mi lado. Comenzó a hablarme de una infancia que podría no ser la suya. Me contó de su hermana, de la enfermedad que le produjo la ceguera. Yo, aún inquieto, le pregunté si había amado a alguien. Me respondió que no. Que incluso, jamás había estado a solas con nadie. Que ignoraba la desnudez de un hombre. Que adivinaba las formas de mi sexo pero que ni siquiera le pasaba por la mente la idea de tocarlo, mucho menos de intimar con él. Porque en ello residía la naturaleza de su deseo.&lt;br /&gt;-Quisiera amarte -le dije-. Pero juro que no haré nada que tú no quieras.&lt;br /&gt;-Quédate así -me respondió-. Recuerda para siempre todo lo que te pedí que imaginaras. No quiero que sacies tu deseo; así, nunca me olvidarás.&lt;br /&gt;Fue lo último que le escuché decir. Luego vino el silencio definitivo, el sueño del que, como ella, no debí despertar jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso fue lo que ocurrió. Aquella mañana, llegué a casa y fui directo a la regadera. Mientras me bañaba, mi esposa me interrogó sobre mi ausencia. Le mentí que luego de encontrarme con Iván, me invitó a una reunión; que el lugar estaba en los suburbios y que el sujeto se emborrachó al grado de no poder conducir. Quiso saber por qué no la había llamado. Le dije que lo había intentado, pero que la señal del teléfono era débil y se cortaba. No quedó muy convencida. Me vestí con el disfraz acostumbrado y preparé café. Ella no hacía más que mirarme a los ojos. Impenetrables.&lt;br /&gt;Una hora después, con la excusa de salir por cigarrillos, fui a la esquina e hice la llamada anónima. Jamás volveré a criticar los lugares comunes de Hollywood: al día siguiente perseguí la noticia en los diarios. No había evidencias de que aquella muerte fuera un crimen, aunque los empleados del hotel recuerdan que la mujer, que había pagado el hospedaje de una semana, subió a su habitación en compañía de un hombre del que difieren en la descripción de sus características. No hay forma de corroborar ese dato por medio de las cámaras de seguridad, pues hacía más de un año que no existían. Eso fue todo. Bienvenidos al Tercer Mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Aún estás ahí? Lo siento, pero estoy cansado. Quizás mañana, quizás algún otro día, si es que aún te quedan ganas, leerás aquí el resto de la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una historia que ahora también a ti te pertenece.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114793322703324238?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114793322703324238/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114793322703324238&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114793322703324238'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114793322703324238'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/un-costado-del-mundo-i.html' title='A un costado del mundo (I)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114785110973430054</id><published>2006-05-17T02:21:00.000-05:00</published><updated>2006-05-17T02:31:49.756-05:00</updated><title type='text'>Algo huele a podrido...</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/vagina[1].0.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/vagina%5B1%5D.0.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sucedió hace algunos años. Los padres de Edgar poseían una casa en Cuernavaca, un lugar de descanso al sur de la ciudad de México. Durante varias semanas preparó una fiesta de fin de semana entre los compañeros de la oficina. Invitó a hombres y mujeres por igual. No negaré que la idea me entusiasmaba: tenía tiempo que no me emborrachaba de manera escandalosa. Mis amigos se habían ido quedando atrás en el tiempo y sólo tenía espacio para el alcohol en reuniones familiares, que a veces llegan a ser tan divertidas como una visita a casa de la tía sorda. Así que acepté desde el principio, pero existía un inconveniente: mi esposa. Antes de que me juzgues, haré una aclaración: el sol es un veneno letal para su piel, de modo que nuestras vacaciones rara vez se dan en lugares cálidos o en épocas veraniegas. La idea de acompañarme, por supuesto, le pareció inconcebible. Estaba ya en el asunto de buscar un buen pretexto para cancelar el viaje sin parecer un hombre sometido, cuando ella hizo una cosa de mujer: de frente al espejo del tocador, de espaldas a mi azoro, me dijo que ya me hacía falta un fin de semana a solas. Al principio, no supe si aquello era una trampa o un pasaje de sinceridad. Pero ella agregó que el sábado tendría su guardia semestral en el trabajo, y que odiaba la idea de imaginarme solo en casa, sabe Dios con qué atroces pensamientos.&lt;br /&gt;-Voy a llegar muerta de cansancio -dijo, estirando la cara para aplicarse el desmaquillador-. Y no voy a tener fuerza para descolgar tu cadáver.&lt;br /&gt;Celebré la noticia con una buena cogida por el culo. Era miércoles por la noche; me quedaban un par de días para recuperarme. Mientras le embestía ese corazón hecho de nalgas en la semipenumbra de la recámara, pensé en Alicia, la recepcionista de la tarde. Hacía apenas un par de semanas que se había incorporado a la empresa y sus enormes senos ya eran el imán de mis ojos. Edgar, merced a mis ruegos, había decidido invitarla, y lo último que supe fue que no dudó en aceptar. La clásica “nalga pronta” que no debe faltar en ningún lugar de trabajo. En ese momento no sabía (por fortuna, pues la última acometida y el posterior estallido del semen fueron en su honor) que esa misma noche había llamado por teléfono a mi amigo para rechazar la invitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Puedes intentar con Margarita -me consoló Edgar para tratar de evitar mi derrumbe emocional.&lt;br /&gt;-¿Quién es esa?&lt;br /&gt;-La de Cobranzas. Está buena. En serio.&lt;br /&gt;-Insiste con Alicia -le rogué, al borde de la histeria.&lt;br /&gt;-No puede. Dice que se va a un retiro.&lt;br /&gt;-La muy puta...&lt;br /&gt;-Margarita está buena, ya lo verás.&lt;br /&gt;Nalga mata carita. Eso es una certeza. A lo lejos, estaba claro que la tipa cargaba con un asco de rostro, pero tenía un trasero encantador. Quedaba el asunto de las tetas, que puede ser definitivo, y las de ella bien podrían llamarse pectorales. Pero, como diría el buen Henry Miller: “Una picha tiesa no tiene conciencia”.&lt;br /&gt;-El culo es lo de hoy -declaré en voz baja ante un Edgar complacido por el valor de su hallazgo.&lt;br /&gt;-Además, dijo que llevaría a su hermana. Con que esté la mitad de buena que ella...&lt;br /&gt;El viernes por la noche, las cosas tomaron un rumbo interesante.&lt;br /&gt;-Cancelaron todos, los muy cabrones.&lt;br /&gt;Pero la alegría en el rostro de Edgar no se correspondía con la funesta noticia.&lt;br /&gt;-Y... ¿por qué estás sonriendo?&lt;br /&gt;-Porque cancelaron todos, menos Margarita. Y sí llevará a su hermana.&lt;br /&gt;Ya desde ese momento, la sangre se me agolpó en el miembro.&lt;br /&gt;-No le has dicho nada, ¿verdad?&lt;br /&gt;La sonrisa se le pudrió de tanta felicidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegamos a Cuernavaca al mediodía del sábado. Las hermanas, cómplices de su propia fealdad pero dueñas de unas piernas largas y bronceables, se miraron entre sí al entrar en la casa vacía.&lt;br /&gt;Detrás de ellas, Edgar y yo cargábamos los víveres.&lt;br /&gt;-¿Y los demás? -preguntó Margarita, más curiosa que preocupada.&lt;br /&gt;-Unos cancelaron -se apresuró a explicar mi amigo mientras se dirigía a la cocina-; otros aseguraron que llegarían por la tarde. ¿Hay algún inconveniente?&lt;br /&gt;-Ninguno -respondió ella como si la idea tampoco la incomodara demasiado.&lt;br /&gt;La hermana (Margot era el nombre) se le acercó por la espalda y le susurró algo al oído. Debió ser algo gracioso, pues ambas rieron en voz baja, aunque lo dudo: cuando una mujer se ríe, nadie puede garantizarte que acaban de contarle un buen chiste.&lt;br /&gt;Algo era seguro: eran un par de putas.&lt;br /&gt;-Arriba están las recámaras, por si quieren cambiarse -avisó Edgar al salir de la cocina con un par de botellas de tequila. Al ver que ni siquiera me inmutaba, me señaló la escalera-: La invitación también es para ti.&lt;br /&gt;-Puedo cambiarme aquí mismo -le dije, con una sonrisa siniestra-: ya traigo puesto el traje de baño.&lt;br /&gt;Las dos usaban bikini. Y ambas parecían haberse dejado las tetas en el vestidor. Margot portaba también un culo de considerables proporciones, pero ya Edgar la había elegido. El privilegio del anfitrión. Se quitaron las toallas y ajustaron las camas a una posición cómoda. Edgar les extendió un par de vasos y las invitó a darse un chapuzón. O eso me imaginé. Podía verlos a los tres desde el otro extremo de la alberca, que había cruzado de unas cuantas brazadas.&lt;br /&gt;Margarita se paró en la orilla y me llamó. No escuché lo que decía. Me sumergí con elegancia y salí al otro lado, justo a sus pies.&lt;br /&gt;-¿No vas a brindar con nosotros?&lt;br /&gt;-Podría beberme todo esto -le respondí, agitando el agua con una mano-, pero el cloro no emborracha. Te agradecería que me pasaras mi vaso.&lt;br /&gt;-Sal por él -me dijo, insinuante.&lt;br /&gt;-No puedo hacerlo -le aclaré, entrecerrando los ojos a causa del sol, que me hería-. ¿Por qué no lo traes y te metes a nadar conmigo?&lt;br /&gt;-Porque no sé nadar.&lt;br /&gt;-Enséñale -gritó Edgar, que ya se había sentado en la cama de Margot.&lt;br /&gt;-¿Así, nada más, sin habernos presentado? -bromeé.&lt;br /&gt;Margarita rió con ganas. No sólo era una puta: también era idiota.&lt;br /&gt;-Enséñame -dijo después.&lt;br /&gt;-Tú lo pediste -le dije.&lt;br /&gt;Apoyé los brazos en la orilla y emergí con toda mi humedecida desnudez.&lt;br /&gt;No alcancé a ver el tamaño de su sorpresa, pues al salir resbalé un poco y, una vez que recuperé el equilibrio, sólo encontré que las hermanas se miraban entre sí.&lt;br /&gt;-¡Eres un guarro! -exclamó Edgar, fingiendo que aquella situación lo apenaba.&lt;br /&gt;Sé que tengo un buen cuerpo. Me lo han dicho. Tampoco soy un modelo de ropa interior masculina, pero las proporciones de mi verga tienen justo la medida de mi orgullo. Por fortuna, el agua de la alberca estaba calientita.&lt;br /&gt;Con total desvergüenza, me detuve frente a Margarita, que ya había tomado asiento, y le pregunté por mi vaso.&lt;br /&gt;-Es ese -me dijo, señalándolo con su mano libre. Por un instante me miró, pero no a los ojos.&lt;br /&gt;Edgar sonreía, buscando la complicidad de Margot, quien apenas podía disimular un leve nerviosismo.&lt;br /&gt;Me senté a un lado de Margarita.&lt;br /&gt;-Salud -dije, alzando mi bebida.&lt;br /&gt;Al rato, Edgar propuso un juego en la piscina. Se metió en la casa y un instante después salió con una enorme pelota de playa. Sin mediar aviso, se lanzó al agua.&lt;br /&gt;-Vengan -nos llamó.&lt;br /&gt;Hice equipo con Margarita. No sé en qué consistía el juego y sólo me dediqué a rechazar con fuerza la pelota cada vez que la tenía a modo. Tampoco importaba: aquello era sólo un pretexto para el contacto subrepticio y la cachondez. Cuando me cansé de fingir, le propuse a la tipa enseñarla a nadar. Aceptó. La hice que se tendiera de espaldas para que aprendiera a flotar, y aproveché para probar la consistencia de sus nalgas, que mis manos apenas abarcaban. Mientras tanto, Edgar, al otro extremo, se encargaba de Margot. Por las risas y los manotazos, supe que también estaba calibrando su cuerpo.&lt;br /&gt;No supe cuánto tiempo estuvimos ahí, lo cierto es que habíamos estado alternando las clases con los tragos y un rato después ya estábamos completamente borrachos.&lt;br /&gt;Edgar nos hizo algunas fotografías. Comprometedoras. Pero ninguna de aquellas imágenes, mucho menos aquella que me mostraba con el top de Margarita entre los labios, sobrevivió: por la noche, me tiré un clavado con cámara en mano. No fue un accidente. En fin. Una vez que el sol acabó por largarse, salimos de la alberca y entramos en la casa con la excusa del hambre, que para mí no lo era. Comimos pollo rostizado y organizamos una guerra de ensalada. El comedor quedó inservible; las botellas de tequila, a salvo.&lt;br /&gt;Si alguna vez has bebido más allá del límite que aconsejan los anuncios comerciales, sabrás muy bien que los recuerdos del alcohol están hechos de imágenes que por alguna razón adoran fragmentarse. Y no necesariamente en un orden específico. Cada vez que intento convocar la memoria de aquella noche, lo primero que me viene a la mente es el rostro de Margarita mientras intenta besarme bajo la ducha. Estábamos metidos bajo los gruesos chorros cuando sentí sus manos en mi verga y sus labios en el voraz intento de reconocerse en los míos. Pero no la rechacé: ignoro merced a qué alquimia aventurada aquellas facciones se habían despojado de su fealdad para mostrarse plenas de una belleza casi exótica, inasequible. No sé si lo hice, o qué le dije (ya sabes cómo soy yo: el hocico por delante), lo cierto es que de pronto se quedó quieta, sus ojos muy fijos en la ebriedad de mi rostro empapado de deseo.&lt;br /&gt;-Tú sí lo eres -murmuró, dejando que el agua le escurriera por las comisuras de los labios.&lt;br /&gt;Luego estamos en el intento de secarnos mutuamente, literalmente desequilibrados, buscando a tientas las elusivas paredes de brillante azulejo. Y entonces está mi boca en donde debieran estar sus senos, y el incisivo esmalte lastimando quedamente la carne erecta del pezón. Después, su lengua, que lame la tiesa carne de mi verga con un candor insoportable. En instantes, ambos estamos tendidos sobre la cama. Nunca supe a qué hora alcanzamos la recámara. Margarita, debajo de mí, ha empezado a gemir justo en el momento en que mis manos abandonan su pecho y le buscan ciegamente las nalgas, que se ocultan; tantéandole los muslos, la entrepierna. Sé que por alguna razón que desconozco hay un corte, una burda edición que ha borrado para siempre un fragmento de aquellos instantes, pues de pronto me veo hincado frente a ella, lamiendo los dedos de sus pies con un placer mórbido, casi insano. Es entonces, creo, cuando descubro que no se ha quitado la parte baja del bikini, una pieza diminuta con alguna impresión de dudosa estética. Sin dejar que los dibujos de mal gusto me distraigan, me froto el miembro con sus pies. Sí, soy un jodido fetichista, y esa sensación me enerva. Pero el coño disfrazado de barcazas antiguas me derrota. En un gesto de absoluta lujuria, le abro las piernas y comienzo a lamer la parte interior de sus muslos, que son hermosos. Pronto tengo frente a mis ojos el pliegue moreno de sus nalgas, el anuncio furtivo del vello, los bordes de los labios vaginales dibujados en la tela húmeda, en parte por el agua, en parte también por el deseo, que se le escurre para buscarme la lengua, que ya esgrimo.&lt;br /&gt;Henry James acuñó una metáfora que ya es lugar común en la literatura. Pero las vueltas de tuerca no siempre le abren un sesgo al devenir cotidiano para que lo incomprensible asome la jeta: a veces también pueden romper la maquinaria que le da cuerda al mundo. Lo supe cuando al fin desaté el nudo de aquel horrible bikini y acerqué mi boca al coño sediento de Margarita. De la puta Margarita.&lt;br /&gt;Aquel coño apestaba.&lt;br /&gt;Soy mujeriego, no ginecólogo. El arte que postulo, por lo tanto, se rinde ante la ciencia. Ignoro, pues, el origen de aquel olor nauseabundo. Tampoco es algo que me importe. Lo cierto es que el húmedo agujero de la mujer que me atraía hacia sí con una fuerza inusitada olía a todos los rencores del mundo. Con un rápido movimiento me deshice de sus manos y le busqué el rostro, contraído por la excitación. Al entrar de nuevo en contacto con su piel, descubrí que mi verga, otrora tiesa como un tótem, se había muerto. Ella también lo sintió. Su expresión fue entonces una lastimosa interrogante.&lt;br /&gt;-No sé si debamos hacerlo -le dije con la voz aún tomada por el alcohol, aunque no del todo.&lt;br /&gt;-¿Por qué? -preguntó ella, moviendo su cuerpo debajo del mío.&lt;br /&gt;Fue así como externé una excusa que había jurado no utilizar jamás:&lt;br /&gt;-Soy casado.&lt;br /&gt;Su cuerpo, ya quieto, se transformó de golpe en algo ajeno. Suave, pero sin vida. Como si de pronto me hubiera despertado de un sueño de adolescencia para descubrir que la mujer que estaba a punto de abandonarse a las formas de mi pasión juvenil es una almohada. Así de cruel. Así de cierto.&lt;br /&gt;-Entonces, ¿por qué has estado haciendo todo esto?&lt;br /&gt;-Fue el alcohol -le respondí, resbalándome hacia un costado para evitar la delación de mis ojos.&lt;br /&gt;Margarita alzó los brazos para recogerse el cabello y luego se cubrió con él el rostro. Y suspiró. Y el aire dejó al descubierto sus labios, ya desnudos de su belleza etílica.&lt;br /&gt;-¡Maldición! -exclamó entonces-: de todos los hombres de la Tierra, me tenía que tocar el honesto.&lt;br /&gt;-Perdóname -le dije, sabiendo que sí, efectivamente, la había tocado. Pero nada más.&lt;br /&gt;-No te preocupes -dijo ella-, me pusiste muy mal, pero creo que es lo mejor. Si mi marido me hiciera una chingadera así, lo mato.&lt;br /&gt;-¿Eres casada? -pregunté, en verdad sorprendido.&lt;br /&gt;-No, tonto -repuso-. Es un supuesto.&lt;br /&gt;-Si de algo te sirve, créeme que daría lo que fuera por ser soltero en este momento -le dije, fingiendo una sinceridad que apestaba, no tanto como su coño.&lt;br /&gt;Ella simplemente me miró y agradeció el cumplido con un gesto.&lt;br /&gt;-Me siento ridícula -dijo luego, atrapada en mi falsa sinceridad.&lt;br /&gt;Me levanté de un salto.&lt;br /&gt;-¿Cómo ves si les caemos de sorpresa a esos dos?&lt;br /&gt;-¡Es mi hermana!&lt;br /&gt;-A esta hora, de seguro ya acabaron de hacerse cosas.&lt;br /&gt;Así era. Cuando abrimos de un golpe la puerta, Edgar y Margot fumaban un cigarrillo. Sé que es una imagen trillada, pero era real.&lt;br /&gt;Edgar se cubrió instintivamente el miembro flácido; Margot ni se inmutó. La visión de otra mujer desnuda, distinta y sin embargo casi idéntica a la que estaba envuelta en una bata de baño junto a mí, me provocó una súbita erección.&lt;br /&gt;-¡Ah cabrón, no seas puto! ¡Deja me visto! -bromeó Edgar. Seguía borrachísimo.&lt;br /&gt;-¿Es para mí? -rió Margot, señalando mi entrepierna.&lt;br /&gt;-Mmm, nadie sabe para quién trabaja -respondió su hermana.&lt;br /&gt;Edgar, aún en pelotas, ya estaba junto a nosotros. Tomó a Margarita de una mano e intentó sacarla de la recámara.&lt;br /&gt;-Vente -le dijo.&lt;br /&gt;-¡Qué mas quisiera! -exclamó ella.&lt;br /&gt;Pero ya no hicimos nada. Jugamos un rato a las cartas, pero no había prendas que quitarse y el asunto duró poco. Bajo el pretexto de que tenía hambre, bajé a la cocina y luego fui a la sala y me tendí en el sofá. Y dormí como un diablito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lunes siguiente me encontré a Margarita en el lobby del edificio, frente a los elevadores. Nos saludamos con un beso en la mejilla y callamos durante todo el trayecto hacia los pisos superiores. Al salir, ella me guiñó un ojo y me deseó los buenos días. Tan fresca.&lt;br /&gt;Más tarde, Edgar quiso saber qué había pasado entre nosotros. Cuando le hablé del “desagradable detalle” que había arruinado el paseo, se rió con ganas.&lt;br /&gt;-¡Jura que no me estás mintiendo!&lt;br /&gt;-En serio: olía al cagadero del diablo.&lt;br /&gt;-Pues no me lo vas a creer -los ojos de Edgar me anunciaron desde ya la divertida confesión que hoy me tiene detentando estas líneas-: ¡el coño de su hermana también apestaba a madres!&lt;br /&gt;Reí como nunca.&lt;br /&gt;-No te creo -le dije entre carcajadas.&lt;br /&gt;-¡Te juro que es cierto! Nomás le bajé los calzones, le salió un tufo de la chingada.&lt;br /&gt;-Pues ni modo -le dije, ensayando un tono de desconsuelo-, el dolor de huevos ya nadie nos lo quita.&lt;br /&gt;-¡Ah caray! -se extrañó Edgar-. ¿Y eso?&lt;br /&gt;-Pues sí -expuse-, puro manoseo y nada de nada.&lt;br /&gt;-¿A poco no te la cogiste?&lt;br /&gt;-No me digas que tú...&lt;br /&gt;-Yo qué.&lt;br /&gt;-¿Tu sí...?&lt;br /&gt;-¡Claro! Con todo y su pinche olor, le puse una cogidota que no va a poder caminar erguida en toda la semana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Moraleja: la felicidad es efímera... y la infidelidad apesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es metáfora.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114785110973430054?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114785110973430054/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114785110973430054&amp;isPopup=true' title='4 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114785110973430054'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114785110973430054'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/algo-huele-podrido.html' title='Algo huele a podrido...'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114775666087654708</id><published>2006-05-16T00:09:00.000-05:00</published><updated>2006-05-16T00:22:15.286-05:00</updated><title type='text'>A un costado del mundo (II)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/blind.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/400/blind.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Por qué te cubres los ojos?&lt;br /&gt;Berenice ensayó un gesto sin gesto. Es decir, ignoro cuánto de esa pregunta fue capaz de revelarse cabalmente, lo cierto es que su rostro permaneció neutro, inexpresivo.&lt;br /&gt;-¿Por qué? -insistí, buscando el rastro de algún movimiento detrás de los espejuelos oscuros.&lt;br /&gt;Estábamos en un café sobre Avenida de los Insurgentes. Era poco más del mediodía y apenas unos cuántos oficinistas comenzaban a salir al sol; no faltaba mucho tiempo para que la relativa soledad que nos rodeaba fuera sólo un vago recuerdo.&lt;br /&gt;-¿Hay alguna razón en especial?&lt;br /&gt;Pude parecer un terco: yo conocía bien el motivo por el cual Berenice me escondía la mirada. Pero quería jugar. No con ella, sino con la circunstancia. Jugar a que detrás de aquellas gafas había un misterio que no me pertenecía. Jugar a que no era Natasha quien rehuía mi encuentro, sino que era ella quien había venido a buscarme. Desde el cielo. Desde el infierno. Su origen no me concernía.&lt;br /&gt;-¿Por qué?&lt;br /&gt;Hasta hacía apenas una semana, Berenice no sabía nada de mí. Cuando tomó el teléfono y le dije que necesitaba verla y cuál era la razón, ella simplemente guardó silencio, como si ese gesto, esa expresión sin expresión pudiera ser también un vacío. En ese momento comprendí que la muerte no es algo que va y viene por el mundo llevándose la vida, sino que es algo que se queda, que se va hospedando de a poco entre la gente. La muerte, pues, seguía aquí, un tanto en mí y otro tanto en Berenice, y su rostro era esa larga oscuridad entre los dos.&lt;br /&gt;-Fui amigo de Natasha, más que amigo -continué aquella tarde en el teléfono-. Apenas hoy me enteré.&lt;br /&gt;-Mis papás sólo le avisaron a los parientes más cercanos -se disculpó Berenice-. Nada de amigos, nada de conocidos. No sé por qué.&lt;br /&gt;-A lo mejor sentían que si la gente la seguía recordando...&lt;br /&gt;Me detuve. No tenía derecho de inventar una verdad tan frágil cuando yo mismo era y había sido una ficción en la vida de Natasha, una mentira que, esa sí, se negaba a morir.&lt;br /&gt;Berenice, al parecer, no le encontró sentido a esa frase, pues de nuevo volvió a su gesto silencioso y yo aproveché para citarla lejos de casa. Quería, le dije, conocer algunos pormenores; nada que lastimara el luto de la familia, simplemente ciertos detalles, como el lugar en donde habían depositado sus restos, por ejemplo. Nada más.&lt;br /&gt;-No necesitas verme para saber eso -objetó ella-. Ahora mismo puedo decírtelo...&lt;br /&gt;-Tal vez no entiendas -me apresuré a explicar-, pero de algún modo necesito verte. Natasha me dijo alguna vez que eras muy parecida a ella, no sólo en lo físico, sino también en el carácter. Nunca te conocí, pero siempre tuve curiosidad por hacerlo.&lt;br /&gt;-¿Iguales? -En el tono de esa pregunta había sorna, pero lo dejé pasar.&lt;br /&gt;-Sí, iguales -le respondí.&lt;br /&gt;No lo eran, ni siquiera en detalles que suelen ser comunes entre hermanos, como el color del cabello o de la piel, mucho menos en cuanto al carácter: los silencios tan perturbadores de Natasha estaban hechos de enigma; los de Berenice, en cambio, eran sólo producto de la desconfianza.&lt;br /&gt;-¿Ahora lo ves? -fue lo primero que me dijo cuando llegué hasta su mesa en la cafetería-. No nos parecíamos ni tantito. No sé por qué te dijo eso...&lt;br /&gt;-Quizás en la mirada -me atreví a decirle.&lt;br /&gt;Finalmente, luego de mucho insistir, Berenice accedió a quitarse las gafas oscuras. Al sentir aquella mirada, el escalofrío se hospedó en mi piel: eran sus ojos, de nuevo aquellos ojos. Los ojos de un muerto.&lt;br /&gt;-¡Qué cara! -observó ella con una ligera sonrisa.&lt;br /&gt;-Perdón -me disculpé-, es sólo que...&lt;br /&gt;-Que ahora sí nos parecemos.&lt;br /&gt;-No sé si “parecerse” sea la palabra correcta -le dije.&lt;br /&gt;-No, no es la palabra correcta. En realidad, son los mismos ojos.&lt;br /&gt;Fingí que no había comprendido aquella metáfora, cuando, en realidad, saber si la mirada de Natasha seguía viva era lo que me había llevado hasta allí.&lt;br /&gt;-Los mismos...&lt;br /&gt;-Así es. Bueno, no exactamente: en verdad son sólo las córneas. Un transplante. Natasha las donó antes de morir. Ante notario. De hecho, fue por una llamada del hospital como supimos que...&lt;br /&gt;Algo más que un recuerdo se le atoró en la garganta.&lt;br /&gt;-Perdóname -dijo-, no sé si deba decir esto.&lt;br /&gt;-Entonces, no sigas -le dije para tranquilizarla. Y, acaso, para tranquilizarme a mí mismo.&lt;br /&gt;-No fui ciega de nacimiento -comenzó a decir Berenice con la mirada clavada en la calle-. Perdí la vista a los seis años. Por una enfermedad. No se puede decir que hayamos sido las mejores hermanas; de hecho, ni siquiera crecimos juntas: yo ingresé en una escuela especial para invidentes y ella tuvo una vida “normal”. Aprendí todo lo que un ciego tiene que aprender: el braille, la memorización de los espacios, todo eso. Estuve en ese lugar hasta los doce. Entonces, alguien le aconsejó a mis papás que era mejor si me acostumbraba a desenvolverme en la “vida real”. Hasta ese momento sólo estaba con mi familia los fines de semana. Y no es que fuera feliz; más bien, estaba resignada. Tú no lo sabes, pero no es lo mismo perder la vista que no haberla tenido nunca. Para mí fue muy difícil entender mi situación, y quizás me haya ayudado el que hubiera sido una niña en aquel tiempo. Pero al volver a casa ya era una adolescente, y darme cuenta de que mi hermana iba a fiestas, tenía amigos, novio y todo lo demás, me deprimió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Natasha trataba de ser todo lo buena que podía, pero no era suficiente. Imagínate: quería contarme lo que hacía, de los lugares a donde iba, cómo eran los muchachos que la buscaban, y yo me daba cuenta de cómo se le hacía difícil, pues creía, y con razón, que aquello sólo me lastimaría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Ya dije que no éramos muy unidas. Y no la culpo: fuera de las charlas y las reuniones familiares, nuestros mundos eran muy distintos. Tú estás acostumbrado a ver pasar las modas, a encariñarte con los personajes de la televisión, a... no sé. Pero cuando eres ciego, todo eso pasa frente a ti sin que lo notes. Un galán del cine es sólo una voz; una minifalda o un escote son sólo una intención. Y puedes acostumbrarte a vivir a un costado del mundo, o puedes crearte tu propio mundo y sumergirte en él, pero ahí sólo cabes tú, ¿me entiendes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Las cosas cambiaron muchos años después. Recuerdo que hacía calor y yo había ido a sentarme junto a la ventana. Entonces la sentí llegar. Creo que me miraba; es decir, percibí, por su silencio, que me estaba observando. Me quedé callada, ya dije que no hablábamos mucho. Entonces oí que arrastraba una silla y se sentaba a mi lado. Y comenzó a hablar. Me preguntó si recordaba la casa de campo a donde solíamos ir de niñas; luego me contó que ya todo ahí era diferente. También quiso saber si recordaba el mar. Yo era muy pequeña la última vez que lo vi, pero cuando Natasha comenzó a describirlo, sus palabras y mis recuerdos se mezclaron y me puse a llorar. Creo que jamás había llorado tanto. Me dolía el hecho de que nunca más volvería a ver todo aquello, pero el mayor dolor era que el mundo siguiera existiendo a pesar de mí. Entonces, ella se me acercó. Pensé que me abrazaría, que intentaría disculparse por provocar mi llanto, y yo ya estaba lista para rechazarla como en otras ocasiones lo había hecho. Pero no me abrazó: simplemente, me atrajo hacia sí y me dijo muy quedito al oído que, si me había hablado de todo eso, no era para atormentarme, sino para que saliera del hoyo en que me había metido, para que recuperara las ganas de vivir. ‘Para ti es muy fácil decirlo’, repuse. ‘Tú no estás ciega, ni tienes que vivir con la macabra esperanza de que alguien muera y cierre los ojos para siempre para que tú los abras’. Pero no me respondió. No al menos durante algún tiempo. Una noche oí que se abría la puerta de mi recámara. Supe que era ella por el olor de su perfume. Se sentó en la orilla de la cama y me acarició el cabello. ‘¿Recuerdas lo que hablamos el otro día?’, me preguntó. ‘Pues no me preguntes cómo, pero muy pronto volverás a ver y nadie tendrá que perderse las cosas del mundo para que tú vuelvas a reconocerlas. Te lo garantizo’.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Berenice ya no lloraba. Durante su relato, había paseado la vista por la cafetería. Pero sólo fue por breves lapsos: casi todo el tiempo había estado cabizbaja, sumida tal vez en las imágenes que pasaban por su mente. Pero ahora que había terminado, se había decidido al fin a mirarme directamente a los ojos.&lt;br /&gt;-Ella tenía razón -continuó-. Sólo hasta después de su muerte supe que, durante mi estancia en el internado, ella había padecido los tratamientos de su enfermedad, la quimioterapia y todo eso.&lt;br /&gt;-¿Estaba enferma? -La confesión me había tomado por sorpresa. Ya no jugaba: aquella revelación era algo inesperado.&lt;br /&gt;-Leucemia. Terminal. No sé cómo nunca me di cuenta. Creo que en casa me lo ocultaban todo para que no tuviera pretextos para deprimirme. Como si los hubiera necesitado...&lt;br /&gt;-Entonces, ella sabía que iba a morir.&lt;br /&gt;-Ella &lt;em&gt;quería&lt;/em&gt; morir.&lt;br /&gt;Una vez más guardamos silencio. El más auténtico de cuantos habíamos fabricado en la última hora. Y, acaso por lo mismo, imposible de romper.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que salimos a la tarde. Habíamos caminado algunas cuadras hacia la estación del Metro. Sumergidos en nuestros pensamientos. Acariciando nuestras propias heridas. Fui yo quien se atrevió a hablar. Le pregunté si todo eso había valido la pena. Luego de pensarlo, me contó lo mucho que había llorado cuando supo quién había donado esos órganos. Luego recordó aquella platica y lo comprendió todo, palabra por palabra: con su muerte, Natasha no había perdido nada, pues, debido a su enfermedad, el mundo realmente nunca le había pertenecido. Berenice era su única esperanza de seguir con vida. Y no la traicionaría jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada cambió entre nosotros hasta el tercer encuentro. Habíamos ido al cine y paseábamos por las calles del Centro. En un momento dado nos vimos entre la multitud en una zona de comercios. Juro que no lo planeé así, fue simplemente que no podía apartarme de aquella mirada: cuando la besé, ella cerró los ojos, pero yo le puse los dedos en los párpados para obligarla a mantenerlos abiertos.&lt;br /&gt;-No es a mí a quien deseas, sino a ella -musitó.&lt;br /&gt;-Jamás lo comprenderías. Yo nunca pude amarla. No tuve tiempo. Y si te busqué fue para decírselo. Yo lo sabía todo.&lt;br /&gt;Berenice, ya sin que yo la obligara, me miró profundamente.&lt;br /&gt;-¿Crees que no lo imaginaba?&lt;br /&gt;-No lo intentes.&lt;br /&gt;Hicimos el amor en un hotel ruidoso y barato. A pesar de que nos encontrábamos en un tercer piso y de que apenas una estrecha callejuela nos separaba de los otros edificios, Berenice insistió en mantener las cortinas abiertas. A la débil luz de la tarde, sus ojos me recorrieron el cuerpo con un interés ajeno a la lujuria. Me sujetó los testículos con una mano, con la otra me tomó el miembro y lo vio hincharse. Luego hizo que me pusiera bocabajo y me separó las nalgas. La cercanía de su aliento en mi ano fue un instante indescriptible. No soporté más: la cargué por los sobacos y le hundí la carne, justo como hubiera deseado hacer con Natasha. Y en su voz encontré los rasgos de aquella mujer misteriosa que, lo supe al fin, jamás moriría en mí. “Sigue, sigue”, me decía, mirándome fijamente. Hasta que no pudo más: su gesto contraído fue la señal de que había alcanzado el orgasmo. Pero jamás cerró los ojos.&lt;br /&gt;Se quedó tendida a mi lado. Creí que dormiría, pero bastó con que hiciera el intento por incorporarme para que ella volviera sus ojos hacia mí. Y su mirada, cómo decirlo, no era más la de Natasha.&lt;br /&gt;-Para mí fue también un descubrimiento -dijo simplemente.&lt;br /&gt;-No te entiendo.&lt;br /&gt;-Jamás había visto a un hombre desnudo.&lt;br /&gt;-No eras virgen.&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Entonces...&lt;br /&gt;-¿La amabas? -me interrumpió.&lt;br /&gt;-¿A Natasha? Ya te dije que no tuve tiempo.&lt;br /&gt;-Pues ya lo has hecho -me dijo, sin un ápice de rencor.&lt;br /&gt;No supe qué responder. Y ella no me quitó los ojos de encima. La suya no era una mirada normal, sino la de alguien para quien las cosas del mundo jamás podrán ser suficientes.&lt;br /&gt;Su cuerpo en ese momento pareció desenvolverse, como una flor que se abre, como una idea que se resuelve en tu mente. Fue entonces cuando la vi por primera vez. Fue justo en ese momento cuando en verdad nació para mis ojos. Es extraño, incluso irónico, pero hasta ese momento había estado ciego a la belleza de su cuerpo.&lt;br /&gt;-Ahora cógeme a mí.&lt;br /&gt;Eso fue lo que ella dijo. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114775666087654708?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114775666087654708/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114775666087654708&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114775666087654708'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114775666087654708'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/un-costado-del-mundo-ii.html' title='A un costado del mundo (II)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114741344182730638</id><published>2006-05-12T00:36:00.000-05:00</published><updated>2006-05-12T13:11:39.750-05:00</updated><title type='text'>Del sentimiento de lo fúnebre</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/oscuridad[1].0.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/oscuridad%5B1%5D.0.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/oscuridad[1].jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;div align="justify"&gt;Décadas atrás, un hombre trató de robar mi vida. Es posible que me equivoque, pero el rostro del desconocido apareció detrás del periódico y una mano huesuda se estiró discretamente para llamarme. Recién había salido de clases, mi hermana conversaba con algunas amigas y la alameda, a la orilla de la cual se alzaba el colegio, poco a poco se iba deshaciendo del alboroto infantil. El índice en la mano de aquel hombre me llamaba. Mi hermana era una niña, apenas un par de años mayor que yo, pero en ese momento ella fue mi único refugio. Apreté con fuerza la tela de su vestido y ella, distraída como estaba, apenas acertó a mirarme de reojo.&lt;br /&gt;El miedo es impredecible: una vez que se apodera de ti, tu propia conciencia, extrañada, abandona tu cuerpo y te vuelves capaz de cualquier cosa. O de ninguna. Recuerdo que no pude más que abrazarme a esa cintura delicada y esperar que todas esas historias de robachicos que pueblan las pesadillas infantiles fueran tan sólo una mentira. Entonces lo sentí: ajenos a mi terror, acaso injustificado, los brazos de mi hermana me ceñían.&lt;br /&gt;Esa es la única sensación que me habita cuando miro por primera vez su cadáver adulto. No sé rezar; puedo repetir de memoria los torpes versos de alguna oración, pero ninguna imagen sagrada, ninguna representación del ruego se concreta dentro de mí. Es por eso que en silencio le agradezco aquel abrazo que en vida jamás fue capaz de recordar, pese a mi insistencia. Es por eso que acaricio la carne muerta de sus brazos que, quizá sin saberlo, me dictaron una nueva versión del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi esposa llega al fin a la funeraria. Nos saludamos con un beso y luego busca confortarme con un abrazo que, no lo sé, acaso me rescate de algún futuro incierto. La conduzco de la mano con el resto de la familia. Nos quedamos ahí, a un costado del féretro, algo así como una hora. Entonces le cuento que debo volver al trabajo para cancelar unos asuntos y me despido sin esperar a que ella crea o no esa nueva mentira.&lt;br /&gt;Ya en la oficina, Estela se acerca. Me aprieta un hombro, me mira con cariño. Luego me pregunta si no debería llorar. Le explico que no desprecio el llanto como una vía hacia la resignación, pero que, por extraño que parezca, así, casi en silencio, me siento mejor.&lt;br /&gt;-Búscame si necesitas hablar -me dice antes de alejarse.&lt;br /&gt;Unos minutos más tarde, la cito en la cafetería. Ante un par de americanos, le acaricio la mejilla.&lt;br /&gt;-Te deseo -le digo.&lt;br /&gt;Ella entorna los ojos. Debe creer que estoy a punto de sufrir un ataque de nervios, pues de inmediato me suelta un discurso que parece tomado de un manual de superación personal.&lt;br /&gt;La detengo con un gesto.&lt;br /&gt;-Te deseo -repito-. Soy yo quien te lo dice. Hoy he visto el rostro de la muerte y he pensado en ti, en las cosas que hemos hecho, en la vida alterna que estamos construyendo. Y ahora menos que nunca seré capaz de arrepentirme. ¿Sabes por qué? Por algo muy sencillo: si el infierno llega a reclamarme en este momento, tendrá que matarme dos veces.&lt;br /&gt;Estela no parece muy convencida. No quisiera separarse de mí, pero me aconseja ir a mi casa y descansar. Tal vez el sueño me dé otra perspectiva. ¿Acerca de qué? No me lo aclara.&lt;br /&gt;-Nos vemos a la hora de la comida en “ya sabes dónde” -le digo, antes de separarnos.&lt;br /&gt;Pocas veces me ha ocurrido: los minutos transcurren dentro de ella y la eyaculación se demora. Mi deseo, lejos de ir muriendo, se agiganta. Ensayo en Estela todas las posturas que es capaz de soportar y al final, exhausto, le pido que me lo haga con la boca. Solícita, gira sobre la cama y me atenaza el miembro, y lame, succiona, se escupe las manos para frotarlo de una manera delicadamente violenta. Yo la tomo por el cabello y tiro hacia atrás y hacia adelante para masturbarme con su boca. Entonces siento que me empuja para obligarme a permanecer de espaldas; me toma la parte anterior de los muslos y me alza las piernas como yo hago con ella cuando me bebo sus jugos vaginales. Su lengua se reconoce en mis nalgas y un instante después su viscosidad caliente me penetra. Es un placer que ignoraba. Sorprendido, me yergo un poco para mirarla. Pero no se detiene. Mi cuerpo, incapaz de soportarlo, expulsa con violencia un denso chorro de semen.&lt;br /&gt;-¿Qué me hiciste? -le pregunto con voz apenas audible.&lt;br /&gt;-Te metí la lengua.&lt;br /&gt;-Ya lo sé -repongo-. Quiero decir: ¿cómo es que sabes hacer eso?&lt;br /&gt;-No empieces -regaña.&lt;br /&gt;-Es un decir -le aclaro.&lt;br /&gt;-Sólo se me ocurrió. Tú no te diste cuenta, pero estabas como ido. Más de una vez me llamaste con otro nombre. Pero no me sentí herida: sé por lo que estás pasando. Lo único que quise hacer fue traerte de regreso, y sólo se me ocurrió de esa manera.&lt;br /&gt;Me apoyo en los codos para mirarla a los ojos. Es cuando descubro que su voz entrecortada no es víctima del esfuerzo, sino del llanto.&lt;br /&gt;-Perdóname -musito.&lt;br /&gt;-No tienes por qué... -me responde, secándose el rostro con el antebrazo-. Yo también sé lo que es perder a alguien, y no quiero que me vuelva a ocurrir.&lt;br /&gt;Su boca sabe a sexo, a mi propio sexo. Por primera vez en los dos años que han transcurrido desde que compartimos esta oscuridad, siento ganas de decirle que la amo. Pero no lo hago; sólo acierto a tomarle la cara con ambas manos para mirarla, larga, profundamente.&lt;br /&gt;No sé si hice bien en no decírselo. Lo cierto es que ninguno de los dos sabíamos que a partir de ese momento comenzaríamos a distanciarnos. ¿Fue acaso su ingenua confesión lo que la llevó a reflexionar que nunca iba a perderme porque no me tenía? Lo ignoro. Lo real es que jamás escuchó de mi boca esas palabras y algún día, tal vez en la soledad de una tumba, sé que tendrá que preguntarse si acaso eran necesarias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos quedamos algunos minutos más tendidos y en silencio sobre la cama revuelta. Luego nos vestimos y abandonamos ese hotel, dispuestos sin saberlo a contarnos una nueva historia del mundo que mi hermana, muerta hacía apenas unas horas, ignoraría para siempre.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114741344182730638?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114741344182730638/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114741344182730638&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114741344182730638'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114741344182730638'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/del-sentimiento-de-lo-fnebre.html' title='Del sentimiento de lo fúnebre'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114732636352757195</id><published>2006-05-11T00:35:00.000-05:00</published><updated>2006-05-11T00:46:03.546-05:00</updated><title type='text'>Fabiola R. J.</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/CONCIERTO%20MARILLION%20006.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/CONCIERTO%20MARILLION%20006.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;A veces la ciudad es como una muralla de relámpagos, ángeles que se desprenden de las nubes y se precipitan en ruidosa procesión hacia el vacío. Una escenografía barata: lenguas de humedad sobre las calles, haces de luz desde los autos que describen por momentos la lluvia, el susurro de la goma y el asfalto como una canción inconclusa, y luego el silencio, ese denso espacio que nunca se concreta, que el semáforo en verde rompe de un tajo. Y así todo recomienza.&lt;br /&gt;La primavera ha empezado a largarse, pero el calor se ha quedado como un hombre solitario en la estación. El viento retoma sus rincones de siempre; largos suspiros que acechan los cristales, las cabelleras, los árboles que sólo saben reconocerse en él.&lt;br /&gt;Afuera de una cantina de barrio, un borracho se estremece de alcohol y confusión. Acaso mañana esté muerto; acaso mañana deseará estarlo. Nadie es dueño de su propio destino cuando la lluvia juega a perseguir a los hombres. En un portal inesperado, el desconocido se refugia. La prisa lo ha llevado hasta el lugar que, sin saberlo, siempre había buscado. El portero del edificio lo observa curioso desde el interior en penumbras. Tan vulnerable, tan expuesto. El anciano encuentra en esa figura el recuerdo de un hijo que se ha ido. Por un momento duda si invitarlo a pasar, ofrecerle algo de café, algo de charla. Pero hay un reglamento que lo impide. Tal vez sea lo mejor: ese hombre es un asesino.&lt;br /&gt;Azuzados por la violencia del agua, miles de hongos de colores despiertan. El cielo recupera su naturaleza mitológica: todos saben que está ahí, pero nadie se atreve a mirarlo, o, si lo hacen, es tan sólo una sombra, apenas un guiño en los espejos que la vida rompe a su paso. Caminar sobre el agua no es ya más un milagro. El Diluvio se reconstruye incierto mientras los hombres duermen, pero al amanecer sólo deja su rastro.&lt;br /&gt;A veces la ciudad te escupe tu soledad en plena cara. Eres, de ese modo, el oscuro ser que observa la lluvia a través de la ventana. Eres también ese otro que a su vez te observa. No miras entonces la ciudad, sino que buscas las cosas que la misma ciudad te ha arrebatado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fabiola es el nombre de esa búsqueda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Veinte años de calles se concretan de pronto ante tus ojos. Tienes que ser una sombra para que en veinte años hayas podido escapar de su mirada. Tienes que haber sido ciudad que ya en nadie despierta el asombro para que Fabiola haya pasado sobre tu recuerdo una y otra y otra vez sin siquiera notarte.&lt;br /&gt;Tienes que ser ciudad.&lt;br /&gt;Entonces, ¿ella en qué se ha convertido? ¿Cómo han actuado los trabajos del tiempo sobre la piel adolescente de su rostro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fabiola es un enigma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Recuerdas aquella vez que creíste verla en el vagón del Metro? ¿A dónde ibas o de dónde venías que no fuera de esa búsqueda incesante? Los cuerpos se apretujaban, despreciando las leyes de la física, mientras que el calor acumulaba su odio hacia los hombres. Los rostros de aquel infortunio pasajero se habían vuelto un catálogo del tedio, pero al fondo descubriste esas facciones que el fugaz horror del viaje no había podido consumir. ¿Creíste que era ella? En esa sospecha radicó tu desgracia, pues un codo anónimo buscó refugio en tus costillas y, al despertar, aquella imagen había desaparecido. ¿En verdad creíste que era ella? Saliste, arrastrado por esa marea desesperada, a una estación cualquiera. Recorriste el andén. Saliste incluso a las calles, que no te reconocían. La noche se le confió a tus ojos que escudriñaban atentos el entorno. Pero nunca la hallaste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fabiola es un rastro, un disimulo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace ya tiempo que le escribiste una carta. No la reproducirás aquí, te conozco. Pero nada se pierde si aludes brevemente a su contenido ahora que estas líneas han comenzado a nombrarla. ¿Recuerdas?: la nostalgia, tu nostalgia, fue llenando ese espacio en blanco hasta concretar una imagen. No era el discurso que has estado repasando hora tras hora hasta acumular todos estos años; era, más bien, una queja: ¿Por qué, no conforme con haberse ido, ha comenzado a llevarse también los detalles de su rostro? Porque aquella vez ante la página en blanco descubriste que la memoria, tu memoria, acaso por la noche, acaso tan sólo en un descuido, le había estado difuminando los rasgos. Era una broma cruel, pero era real. Así que no tuviste más remedio que acudir a tu imaginación, y te pusiste a inventarle expresiones, tics, ingenuidades, frenético como un Van Gogh desdeñoso de los colores del mundo. Le atribuiste virtudes, deslealtades; la incitaste al dolor y al gozo; la escuchaste incluso llegar sigilosa una madrugada de sábado. Y una vez que creíste haberla definido ante el mundo, te sumaste a esa memoria, para sentirla, para darle una oportunidad al tacto, para contarle tu propia versión de las cosas.&lt;br /&gt;No funcionó. Aquella mujer de artificio, al igual que la real, según recuerdas, también se abandonó al misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que dos veces la has perdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero insistes. Y la ciudad no responde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces la ciudad es un refugio para un hombre solitario. A veces, también, es sólo una quimera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fabiola es parte de una mitología personal.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114732636352757195?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114732636352757195/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114732636352757195&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114732636352757195'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114732636352757195'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/fabiola-r-j.html' title='Fabiola R. J.'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114724338825460503</id><published>2006-05-10T01:23:00.000-05:00</published><updated>2006-05-10T01:43:08.273-05:00</updated><title type='text'>El ojo ajeno (I)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Voyeur[1].jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Voyeur%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Si alguna vez has metido la lengua en el ano de una mujer, sabrás que allí la carne es blanda, más incluso que una boca, con la diferencia de que su sabor es fuerte, repugnantemente ácido si es que no amas a la persona cuyo culo estás profanando. Si tus ansias lo permiten, trata de introducir la lengua aún más: notarás que el rígido aro del esfínter te apresa, como si quisiera silenciarte para impedir que reveles sus secretos. Adentro todo es suave, de una consistencia indescriptible. Estás probando el ardiente sabor de los intestinos. Es eso y nada más. Ahora ensaya introducir un dedo: el tacto no miente: en ese agujero no hay más misterio que el que ha urdido tu mente enferma. Y la de ella, si es que ha participado con gusto en ese breve juego.&lt;br /&gt;Nada de eso tiene relación con la historia que voy a contarte. Nada, excepto con el culo de Estela, que al principio se cierra como quien aprieta los párpados preparándose para recibir una mala noticia, pero después se abre como una pupila dilatada ante el asombro. Es algo estrecha, y mi verga sufre para vencer la resistencia de ese pequeño agujero, pero una vez que logro introducirlo, esa sensación como de pertenencia, de posesión violenta, me enerva. Arremeto una y otra vez con furia, mientras disfruto el rictus de dolor en la expresión de Estela, que es entonces una hembra, una esclava, simple carne dispuesta.&lt;br /&gt;Me gusta venirme con estrépito y luego hacer que puje un poco para que el semen escurra entre sus nalgas.&lt;br /&gt;La savia de la vida.&lt;br /&gt;Estela finalmente se tiende boca abajo en la cama, derrotada, exánime, adolorida. En ese momento no sabe que he contactado a una mujer a través del Messenger, y que esa mujer me ha pedido que la vea dentro de aproximadamente media hora.&lt;br /&gt;-Es tarde -le informo mientras me limpio el miembro con un pañuelo facial-. Tengo que irme.&lt;br /&gt;En la oficina decidieron reestructurar los esquemas de descanso y me obligaron a tomar una semana de vacaciones, justo los días que había reservado para un viaje a la playa. Este era el tercero, y como mi esposa no había conseguido intercambiar sus días libres con algún compañero de trabajo, estaba solo. Ya había visto todas la películas que me interesaban. De no ser por Estela, a esa hora tendría que estar mirando la TV, contando los minutos que me separan de la cita.&lt;br /&gt;-¿Qué vas a hacer? -pregunta Estela mientras se abrocha el sostén.&lt;br /&gt;-Lo ignoro, tal vez dar un paseo. No sé si me dé tiempo de visitar los museos del centro.&lt;br /&gt;La dejo a unas calles del edificio de oficinas y echo a andar hacia el sur. Al rato tomo un taxi y arribo con mucha anticipación al lugar de la cita. Se trata de un café, uno cualquiera de una cadena de establecimientos muy famosa en México. Ventanales, mobiliario colorido, nada que invite a la intimidad. Ocupo una mesa en el rincón y pido un americano. Enciendo un Camel. No estoy nervioso, sólo impaciente. Pero no espero mucho tiempo: apenas unos minutos después, una mujer se me acerca. Es joven, no muy atractiva a simple vista. Lleva unos jeans ceñidos y una playera escotada. En la playera lleva impreso su nombre: Lena. Se nota que ha estado estudiándome desde lejos: una vez que se detiene frente a mí, sólo me mira a los ojos.&lt;br /&gt;Me pregunta mi nombre. Se lo digo, al tiempo que me incorporo para saludarla. No extiendo la mano, la tomo por los hombros y mis labios intiman levemente con la piel de su mejilla, que está caliente.&lt;br /&gt;-Así que eres Lena, y no Stardust -le comento una vez que hemos tomado asiento.&lt;br /&gt;Ella inclina la cabeza para echar un vistazo a su playera y al alzarla de nuevo está sonriendo.&lt;br /&gt;-¿Lo dices por esto? Entonces tú debes llamarte Chaps -y señala la etiqueta en el bolsillo de mi camisa.&lt;br /&gt;Me veo obligado a sonreír.&lt;br /&gt;-No hombre, en realidad me llamo Elena. Lo imprimieron así por error.&lt;br /&gt;Su sonrisa no es bonita, sino más bien simple. No lleva adornos, apenas una liga para sujetarse el cabello a guisa de pulsera. Cuando la mesera se acerca, ella ordena una coca cola de dieta y la observa con exagerada atención mientras anota el pedido. Incluso, su mirada se queda en ella mientras se aleja, y sólo vuelve a mí cuando la ve cruzar la entrada de la cocina.&lt;br /&gt;-Tú eres casi como escribes -dice de pronto.&lt;br /&gt;-¿Como escribo?&lt;br /&gt;-Si acaso un poco más alto.&lt;br /&gt;Me agrada.&lt;br /&gt;-Cuando te invité a salir la semana pasada, nunca pensé que aceptarías. Todavía ayer que confirmaste creí que me estabas tomando el pelo.&lt;br /&gt;-Me inspiraste confianza. No me equivoqué. ¿Me regalas un cigarro?&lt;br /&gt;-Perdón -le digo al tiempo que le ofrezco de la cajetilla abierta. Le acerco el fuego del encendedor y observo su gesto, nada fuera de lo común.&lt;br /&gt;-Es curioso -dice ella mientras arroja el humo hacia un costado y lima la punta de ceniza contra el cenicero-, me recuerdas mucho a un novio que tuve hace tiempo. Hasta te llamas igual que él.&lt;br /&gt;-Así que tuviste novio.&lt;br /&gt;-Hace tiempo.&lt;br /&gt;La mesera nos interrumpe. Deposita un vaso con hielo y la lata de refresco frente a Lena, o Elena, o como demonios se llame, y pregunta si vamos a ordenar algo más. Ambos negamos con un gesto, pero el de ella es más que amable, como cachondo, como invitante, justo como la expresión de una actriz que está deseando al protagonista de la película, cuando te hace partícipe de su sentimiento, te incita, pero finalmente no es a ti a quien busca.&lt;br /&gt;-Tienes el feeling -le comento. Yo también sé perturbar a la gente.&lt;br /&gt;-Eso dicen -confiesa, alzando los hombros, sin un ápice de presunción.&lt;br /&gt;-Tuviste novio, pero lo dejaste -aventuro, llevándome la taza a los labios, sin dejar de observarla.&lt;br /&gt;Ella baja un poco la vista para buscar el cigarrillo, que sacude un poco antes de dar una nueva fumada.&lt;br /&gt;-El fue quien me dejó.&lt;br /&gt;-¡Cómo! -finjo sorprenderme.&lt;br /&gt;-Era cuestión de tiempo. Duramos dos años juntos, pero al iniciar el tercero, todo cambió: simplemente se empezó a interesar por otras mujeres; hablaba de ellas todo el tiempo, recibía incluso llamadas misteriosas. Al principio hizo todo lo posible por evitar que me diera cuenta.&lt;br /&gt;-¿Cómo te enteraste?&lt;br /&gt;-Era muy evidente: el perfume, las notitas en los cuadernos, el teléfono ocupado todo el tiempo cuando se supone que no debía estar en casa.&lt;br /&gt;“Primero me sentí herida. Cosa de mujeres: no importa que la situación ande mal, de alguna manera es doloroso notar que ya no son tan atentos contigo, ondas así. Yo sabía todo lo que estaba pasando, pero nunca le dije nada. A lo mejor necesitaba que él me lo dijera; incluso me asustaba pensar que me estuviera volviendo paranoica.&lt;br /&gt;“Un buen día descubrí que aquello ya no me importaba. Si me llamaba por las noches, yo tomaba el teléfono sencillamente porque no sabía que era él; si mis amigas me preguntaban qué estaba pasando, simplemente les decía que nada. Y pasó una semana, nos vimos para ir al cine y luego tardó otros tres días en llamarme.”&lt;br /&gt;-Hasta que finalmente te lo dijo.&lt;br /&gt;-No, nunca se atrevió. Un día fui a buscar a unos amigos a la Facultad de Derecho y me lo encontré con otra tipa. Pero no sentí nada, ni celos, ni coraje. Sólo una especie de alivio, como cuando el médico te dice que no estás embarazada...&lt;br /&gt;-O embarazado.&lt;br /&gt;-Eso -dice, sonriendo-. Fue justo ese día cuando todo cambió.&lt;br /&gt;-Pero llegaste a quererlo.&lt;br /&gt;Lena (llamémosle así de una buena vez) apaga el cigarrillo y sólo entonces se decide a dar un trago a su refresco.&lt;br /&gt;-Tal vez.&lt;br /&gt;En ese momento, algo en mi pierna empieza a vibrar. De inmediato, el sonido de un timbre de teléfono antiguo resuena en todo el lugar.&lt;br /&gt;-Disculpa -le digo, estirándome por debajo de la mesa para buscar el celular.&lt;br /&gt;Es Estela. Me pregunta dónde estoy. Le comento que se me antojó un café, que compré una revista y que estoy pasando un rato muy relajado. Quiere saber en dónde estoy exactamente. Le respondo un par de embustes, mientras noto que Lena no deja de observarme, algo seria, nunca inquisitiva. No sé si Estela cree lo que le he dicho, lo cierto es que comienza a hablar en voz muy baja y me informa que le duele “allá abajo”, que siente como si tuviera el ano del tamaño de una O muy grande, pero que en el fondo es una sensación muy placentera, pues siente como si yo siguiera dentro de ella.&lt;br /&gt;-Voy a revisar si no te quedaste con él -le sigo la broma. Lena, no entiendo por qué, mira hacia otro lado con una discreta sonrisa de burla, como si hubiera entendido el comentario.&lt;br /&gt;-Bueno -le digo al teléfono-, si no lo encuentro, te devuelvo la llamada.&lt;br /&gt;Cuelgo finalmente. Ensayo una expresión de disculpa.&lt;br /&gt;-¿Era ella?&lt;br /&gt;El tono que emplea Lena al preguntar tiene algo de cachondo misterio del que me resulta imposible sustraerme. Sé muy bien que, más que una pregunta, es una clara señal de que no acudió a la cita para estudiar el terreno, sino que ha venido consciente de que mi invitación no era un juego, o sí lo es, pero real. Ya entenderás.&lt;br /&gt;-Sí, es ella -afirmo.&lt;br /&gt;-Y no tiene idea de todo esto.&lt;br /&gt;Asiento con un leve gesto.&lt;br /&gt;Lena se queda callada un rato, a veces mirándome, a veces atendiendo a algo que no está aquí afuera, entre nosotros. En un momento dado toma la cajetilla y enciende ella misma un cigarrillo, como si de alguna manera comenzara a ensayar la confianza que a partir de ese momento tuviera que existir entre los dos.&lt;br /&gt;No sólo entre los dos.&lt;br /&gt;Entonces decide romper el silencio.&lt;br /&gt;-¿Por qué lo haces?&lt;br /&gt;Es extraño: la idea, la invitación, el proyecto, todo es mío. Y sin embargo, no encuentro qué responder. Lena parece comprenderlo, pues no espera mi respuesta y se pone a comentar que tiene libre el sábado del próximo fin de semana, es decir, dentro de un par de días. Duda un instante y al fin se decide a pedirme que anote su número telefónico.&lt;br /&gt;-Es más fácil que me encuentres por las noches, después de las nueve. Ni trates de llamarme por la mañana, porque duermo hasta muy tarde y no te voy a contestar.&lt;br /&gt;Le explico que le hablaré al otro día para confirmar la hora y el lugar.&lt;br /&gt;Y dejamos que el silencio vuelva a tomar la palabra. Aprovecho el momento para encender un nuevo cigarrillo; ella, para llamar a la mesera con ese gesto universal de quien pide la cuenta. Los dos nos miramos como un par de hermanos siniestros. Luego, simplemente, rompemos el contacto.&lt;br /&gt;-Es bonita -le digo al cabo de un rato.&lt;br /&gt;Ella se confunde un poco: ha estado observando a la mesera y, al oír mi comentario, me responde con una expresión que parece significar “más o menos” o “da igual”.&lt;br /&gt;-Estela -insisto.&lt;br /&gt;-Ah -dice ella, comprendiendo de pronto.&lt;br /&gt;-¿No te interesa saberlo?&lt;br /&gt;Lena me regala una nueva mirada, más inquietante aún que las otras.&lt;br /&gt;-Ya la conoceré -me responde.&lt;br /&gt;La mesera nos entrega la cuenta. Salimos del café cuando ya ha oscurecido. Por pura costumbre he caminado en dirección a la avenida; entonces oigo que ella me llama. No había notado que se ha detenido a la entrada del estacionamiento.&lt;br /&gt;-Traigo auto. ¿No quieres que te lleve a algún lugar?&lt;br /&gt;Le pregunto su rumbo, hago un rápido cálculo y finalmente la sigo, asintiendo en silencio.&lt;br /&gt;En el auto hay algo de The Cure. Pornography. Muy apropiado para el momento. No puedo resistirme al comentario.&lt;br /&gt;-No, es deprimente -repone.&lt;br /&gt;El tráfico nos detiene por momentos. Conozco muy bien la zona, así que la dirijo por algunos atajos. Finalmente, le pido que me deje a la vuelta de Insurgentes, cerca del Parque Hundido.&lt;br /&gt;-Es curiosidad -le digo, sin que medie entre nosotros nada sino la voz de Robert Smith.&lt;br /&gt;Lena frunce el seño. Esta vez logré tomarla por sorpresa.&lt;br /&gt;-Hace rato preguntaste por qué lo hago. Esa es la respuesta: curiosidad. Sí hay deseo... Perverso. Pero sobre todo es simple curiosidad.&lt;br /&gt;Ya no me responde. Parece satisfecha. Se inclina un poco para despedirse con un nuevo beso en la mejilla y no deja de observarme hasta que salgo del auto.&lt;br /&gt;-Espero tu llamada -dice antes de partir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal vez me odies por no haber contado la historia que prometí. No desesperes. Mientras, imagina que llego el sábado a la casa de Estela mucho tiempo antes de lo pactado. Ella no me espera, así que me pide que aguarde un rato en la sala o, si lo deseo, la acompañe mientras se baña. Por supuesto, no hay nadie más en casa. Estela puede ser feliz cuando toma un baño: sonríe, juega, canta. Por momentos descorre la cortina para que la observe mientras se enjabona la entrepierna. Me invita incluso a entrar con ella. Yo simplemente sonrío y la miro con un gesto de auténtica malicia. Cuando me pregunta qué me traigo entre manos, le respondo que no es nada más que su sola presencia, que me enciende. No miento.&lt;br /&gt;Ahora imagina que llegamos a la recepción del hotel; que le digo al encargado que he reservado una suite con jacuzzi; que tomo a Estela de la mano y la conduzco hasta la habitación.&lt;br /&gt;Tú no la amas; tan sólo has visto su rostro hecho de palabras; pero aún así sentirás que compartes con ella algo más que el azoro cuando su mirada se detiene a la orilla del ventanal que enmarca una ciudad gris y sin misterio contra el cual se recorta la silueta vagamente sensual de Lena, quien, desnuda, violentamente desnuda, también la está mirando, y en sus ojos se adivina el deseo.&lt;br /&gt;Imagina que Estela se vuelve, esta vez para buscar mi mirada, sin comprender absolutamente nada de lo que está ocurriendo.&lt;br /&gt;Imagina que yo simplemente cierro la puerta a mis espaldas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora deja descansar a tu imaginación: ya habrá tiempo de que conozcas los detalles de la historia.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114724338825460503?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114724338825460503/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114724338825460503&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114724338825460503'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114724338825460503'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/el-ojo-ajeno-i.html' title='El ojo ajeno (I)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114714844295847046</id><published>2006-05-08T23:00:00.000-05:00</published><updated>2006-05-08T23:20:42.973-05:00</updated><title type='text'>Si las vaginas hablaran...</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/14680669_1496[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/14680669_1496%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ya Henry Miller demostró que todas las vaginas son iguales. Así que cuando hables con una vagina, no esperes que te descifre el mundo: te dirá lo mismo que dicen todas, es decir, sólo quejas, llanto, las preguntas que nacen de una frágil vanidad. Las vaginas, pues, son como un espejo de la mujer, y como a cada una de ellas, todo se les va en risas.&lt;br /&gt;(Perdón por el albur. Fue irresistible.)&lt;br /&gt;La vagina de Estela no es la excepción. Tiene los labios oscuros, porque ella es morena, pero su interior se enciende de un rosa húmedo. Su pelo, como el de todas, es una maraña de secretos no siempre tersos; Estela lo ha dejado crecer sin control porque yo le pedí que lo hiciera: siempre he sido un hombre de vello púbico. Luego está el clítoris, esa elusiva protuberancia que es como un pequeño pene que se endurece cuando tu lengua juega a probar su consistencia. Y nada más. También, por supuesto, está su profundidad, que no en todas es la misma y por eso algunas mujeres, aunque el pudor les impida confesarlo, sí prefieren una verga grande. Pero no pienso ahondar en lo hondo de aquella cavidad; eso pregúntaselo a tu maestro.&lt;br /&gt;¿Por qué tengo que hablar con el coño de Estela? Porque ella lo ha pedido. Es su cumpleaños, y nos hemos escapado de la comida que los compañeros de la oficina pensaban ofrecerle para que yo pueda cumplirle ese capricho. Así que aquí estoy ahora, con el culo al aire y la cara metida entre sus piernas, diciéndole “Hola amiguita” a una vagina que se empeña en ignorarme, que ni siquiera tiene ojos para mirarme, la muy hija de su puta madre.&lt;br /&gt;-Sé cariñoso -dice Estela allá a lo lejos-, háblale bonito, pregúntale su nombre...&lt;br /&gt;-¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;Pero no hay respuesta.&lt;br /&gt;-Estela -digo al fin, cansado de ese absurdo-, tu vagina no quiere hablar conmigo.&lt;br /&gt;-Es que no habla con desconocidos.&lt;br /&gt;-No: coge con ellos.&lt;br /&gt;-¡Eres un grosero!&lt;br /&gt;Estela recarga la espalda en la cabecera de la cama y junta las plantas de los pies. Allí se queda un rato, con las piernas bien abiertas, observándome. Ella y su vagina.&lt;br /&gt;-¿Has intentado que hable alguna vez? -le pregunto, sentándome frente a ella mientras enciendo un cigarrillo-. ¿Qué tal si tiene alguna especie de retraso...?&lt;br /&gt;-¡Ni lo mande Dios!&lt;br /&gt;-Tienes razón. Ojalá que sólo sea introvertida.&lt;br /&gt;-Efectivamente. No le gustan los extraños, pero cuando está a solas conmigo, ni quien la calle. ¿Sabes?, ayer me dijo que le gustas, que le encanta cuando la besas con la lengua bien adentro. Pero también me dijo que hay algo que odia...&lt;br /&gt;-¿Qué?&lt;br /&gt;-Tu pito.&lt;br /&gt;-Ah, vaya. ¿Y se puede saber por qué?&lt;br /&gt;-Por lo grande. Ella tan estrecha y tú con esa grosería de carne que te cargas.&lt;br /&gt;No creas nada; estábamos jugando: ni yo tengo ninguna gran verga, ni ella es tan estrecha, y mucho menos su vagina tiene una opinión sobre mí. ¿O sí la tiene?&lt;br /&gt;-Estela -le digo, pasándole el cigarrillo-, nunca te lo había preguntado, pero, ¿te gusta mi pito?&lt;br /&gt;-A mí sí; a mi vagina, no.&lt;br /&gt;-¡Te estoy hablando en serio!&lt;br /&gt;-Yo también. Mira: para mí tu pito es como una parte de ti, como tu cabello, como tus ojos. Si es grande o chico, para mí no es importante, siempre y cuando me lo metas y le des al asunto. ¿Pero es que los hombres no hacen más que pensar en eso? ¿Tanto les duele no tener un pene de kilo y medio?&lt;br /&gt;-O de treinta centímetros de grosor, como relataba el Marqués de Sade.&lt;br /&gt;-¡Eso no existe!&lt;br /&gt;-¡Claro que sí! Bueno, sé que son casos aislados, pero de que hay pitos gigantes, vaya que los hay.&lt;br /&gt;-A ver, enséñame uno.&lt;br /&gt;Sólo entonces reparé en el asunto: las TV´s de los hoteles que acostumbrábamos frecuentar se mantenían siempre apagadas. La razón era sencilla: nuestros encuentros sexuales se daban casi siempre en horas de oficina, sin tiempo más que para un breve juego -como el que nos tenía allí- y una o dos venidas. Pero nada más. Nunca se había presentado la oportunidad de ver juntos alguna película porno. La ocasión era propicia.&lt;br /&gt;La calidad de la cinta que estaban transmitiendo era lamentable, pero no mortal. Entre líneas que corrían por la pantalla de abajo hacia arriba y viceversa, una rubia se falsos senos estaba siendo penetrada por dos negros musculosos que le pellizcaban los pezones y la tundían a violentas nalgadas. Sobre la piel casi transparente de la mujer sólo había dos zonas que parecían con vida: el culo y la cara, completamente rojos.&lt;br /&gt;El camarógrafo hizo un acercamiento a la zona genital. Justo en ese momento, la verga del que sodomizaba se salió de aquel culo caliente y quedó colgada unos instantes, obstaculizando la toma.&lt;br /&gt;-Eso no es de verdad -murmuró Estela, que no perdía detalle.&lt;br /&gt;-¿No habías oído hablar del Black Power?&lt;br /&gt;El dueño de aquel roble empezó a gemir. En segundos, la rubia se desmontó del otro y, merced a una maniobra propia de un contorsionista, se llevó el trozo de ébano a la boca. No le entró ni la mitad.&lt;br /&gt;-¡Qué asco! -exclamó Estela con la boca bien abierta.&lt;br /&gt;-¿Ahora me crees?&lt;br /&gt;Un repentino torrente de leche bañó el rostro de la tipa, que gemía, como si el semen por sí mismo pudiera causar placer. Luego el otro, que había seguido jalándose la tripa de espaldas sobre el diván, se arrancó el preservativo de un tirón y apenas alcanzó a venirse sobre aquel par de senos artificiales.&lt;br /&gt;-¿Estás seguro de que son reales?&lt;br /&gt;-¿Qué, las vergas? ¡Claro que son reales! ¿Por qué crees que contratan a esos tipos? No es por recomendación, por supuesto...&lt;br /&gt;Entonces me llegó la idea, y con ella, una pronta erección.&lt;br /&gt;-¿Te gustaría que te metieran una de ese tamaño?&lt;br /&gt;Estela me miró en silencio, sonriendo ligeramente, como si esperara que completara aquella broma, si es que lo era. Pero no, no lo era.&lt;br /&gt;-Conozco un lugar en donde puedes contratar tipos así -continué, sin poder evitar sobarme mi propia verga-. ¿Qué te parece si traemos uno a un hotel y le haces el amor mientras yo te veo?&lt;br /&gt;Estela se incorporó un poco. Juro que estuvo a punto de arrancar una de las sábanas para cubrir su desnudez, como si aquella propuesta pudiera concretarse por el sólo hecho de pronunciarla.&lt;br /&gt;-No lo estás diciendo en serio...&lt;br /&gt;-Muy en serio.&lt;br /&gt;Ahora, fue ella quien buscó el refugio del tabaco. Encendió el cigarrillo con mano temblorosa y expulsó una densa bocanada de humo. Se quedó con el mentón hundido en el pecho.&lt;br /&gt;-¿Qué pasa? -le insistí-, ¿estarías dispuesta a hacerlo?&lt;br /&gt;-Tú sabes (y aquí dijo mi nombre), que yo hago lo que tú me pidas. Todo. Pero si alguien más me... toma, ¿dónde queda entonces la exclusividad?&lt;br /&gt;-Aquí -le dije, señalándome el cráneo-. Tú juraste que eras mía, ¿no es verdad? Pues yo hago con mis cosas lo que me da la gana.&lt;br /&gt;Ya no respondió. No tengo que contarte que estaba en un trance difícil, ni que evitó mirarme a la cara durante un par de minutos. Aproveché el momento para tenderme a su lado. No podía dejar escapar esa oportunidad. Le besé los muslos cariñosamente y le abrí las piernas poco a poco.&lt;br /&gt;-¿Tú qué opinas, amiguita?&lt;br /&gt;Si una vagina pudiera fumar, la de Estela lo habría hecho. Su respuesta fue un silencio seco, profundo y desolador.&lt;br /&gt;-Anda, ¿verdad que sí se te antoja?&lt;br /&gt;Estela luchó por no reír. Tampoco estaba feliz, pero el enojo en ella no era algo que gustara de echar raíces en ninguna parte.&lt;br /&gt;-¡Ha dicho que sí!&lt;br /&gt;Le hice cosquillas por todo el cuerpo. Finalmente, le arrebaté el cigarrillo, lo dejé en el cenicero y la puse nuevamente de espaldas sobre la cama. Nos quedaba poco tiempo, así que, sin más preámbulos, la penetré. Fue un poco difícil, pero al pasar de los segundos nos fuimos transformando en la misma maquinaria lúbrica de siempre. Mientras embestía con violencia la carne vulnerable de Estela, no pude dejar de pensar que era otro el que se la estaba cogiendo. Y que ella le buscaba con ansia el rostro a aquella silueta recortada contra la ventana en que yo me había convertido. Y que nuestros ojos, efectivamente, se encontraban, colmados, frenéticos, hambrientos de mirada.&lt;br /&gt;Pero los ojos de Estela no me estaban buscando, porque en ese momento se hallaban persiguiendo, silenciosos, casi fúnebres, las imágenes de sexo que exhibía la pantalla del televisor.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114714844295847046?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114714844295847046/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114714844295847046&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114714844295847046'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114714844295847046'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/si-las-vaginas-hablaran.html' title='Si las vaginas hablaran...'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114706880224640336</id><published>2006-05-08T01:09:00.000-05:00</published><updated>2006-05-08T01:13:22.263-05:00</updated><title type='text'>La culpa la tuvo Morrissey</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/ALUCINACIONES%20032.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/ALUCINACIONES%20032.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Griselda es nombre de gato. Lo sé yo y lo supo Cortázar una madrugada sin luna en París. Lo saben todos. Incluso tú. Pero nunca cometas el error de decírselo, o entonces sabrá por qué su condición nocturna, por qué su amor por las luces de la ciudad.&lt;br /&gt;Griselda tenía 17 años el día que la conocí. Pero a la mañana siguiente ya tenía 18, y luego dejé de verla y la encontré de 20, y así habría seguido de no ser porque ambos decidimos que teníamos suficiente de los dos y ella al fin se quedó quieta, instalada para siempre en los 21 en ese refugio de tránsfugas y freaks que es mi memoria.&lt;br /&gt;La primera imagen que tengo de ella es la de sus ojos verdes que juegan al enigma detrás de una coca cola. Me está diciendo que ama la música clásica, y yo estoy objetando que no se llama así, sino “música culta”, aunque tampoco sé si eso es verdad, cosa que, si he de ser sincero, creo que no le inquieta demasiado. O sea que al principio fueron Beethoven, Bach y el buen Malher con un poco de Mozart. Los de siempre. Entonces se oyó un claxon y allí estaba su hermanito, sacando medio cuerpo por la ventanilla del Tsuru. Tenía que irse y me ofreció llevarme a donde quisiera. Acepté, porque ya en ese momento no sabía estar sin ella. Así que sobre Calzada de Tlalpan y parte de Viaducto fueron Guns ‘n Roses. Un verdadero escándalo.&lt;br /&gt;-Aquí déjame -le dije, señalando la esquina de Insurgentes.&lt;br /&gt;Afuera no había música, pero eso estaba bien. Estaba aún lejos de casa, pero quería dar un paseo para saber qué se sentía andar con Griselda en silencio por las calles. Fue una experiencia horrorosa, la verdad. Por un momento sentí el impulso de tomar un taxi y tratar de alcanzarlos, y sorprenderla un instante antes de que entrara en su casa. No sé cuántas barbaridades imaginé en ese momento, pero al final me quedé quieto, mudo y abandonado. Yo sabía lo que era enamorarse, pero hasta entonces, ese viejo sentimiento no había representado peligro alguno para mí. Es difícil, casi imposible mantener la meta imbatible; lo supe cuando monté guardia junto a la cabina telefónica, contando los minutos que, según mis cálculos, ella tardaría en llegar a casa. Y cuando al fin deposité una moneda y marqué el número, supe con certeza que ya jamás estaría a salvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hoy es mi cumpleaños -fueron sus primeras palabras aquella mañana en la escuela.&lt;br /&gt;-Oye, pues felicidades -dije yo al tiempo que la tomaba entre mis brazos y acariciaba la brevedad de su espalda, que ya nunca abandonaría-. ¿Cómo piensas festejarlo?&lt;br /&gt;-No lo sé, pero eso sí es seguro: no quiero entrar a clases.&lt;br /&gt;-Vayamos a algún sitio -dije, con la mente completamente en blanco.&lt;br /&gt;-¿Como cuál?&lt;br /&gt;Ensayé el gesto del idiota con máscara de listo. Y sólo conseguí pensar en parques y cafés.&lt;br /&gt;-Podemos... podemos ir a...&lt;br /&gt;-Ya sé -dijo ella, rescatándome de la ignominia-. ¿Por qué no vamos a mi casa, nos tomamos una copa y te muestro mi colección de discos?&lt;br /&gt;Yo podría haber sido un cogelón, un maestro de la mentira y del malabarismo verbal, pero nunca había bebido antes de las seis de la tarde, y menos en una mañana de miércoles. Pero había en los ojos de Griselda algo más que simple cortesía y, sin ofrecerle el mínimo de resistencia a la sinrazón, decidí que ese día sería mi debut en el alcoholismo juvenil.&lt;br /&gt;La casa era enorme. Tenía un hermoso jardín al frente y un viejo roble que proyectaba su magnífica sombra contra el tejado de la biblioteca: una diminuta cabaña erigida al fondo, al otro lado del pequeño lago artificial. Por supuesto que no estaban sus padres, pero sí la clásica prima menor que está aprendiendo a pensar con las hormonas y que no hace más que mirarte la entrepierna y las nalgas a manera de saludo.&lt;br /&gt;Griselda la invitó a beber con nosotros, pero ella se negó y dijo que sólo estaría ahí un rato en lo que llegaba la hora de irse al inglés. Se ofreció a ayudarnos a llevar las bebidas a la recámara y se puso a bailar discretamente un pop insufrible. Vestía una minifalda, y con cada movimiento de sus tiernas caderas se asomaba la deliciosa orilla de sus calzones. Yo, que creía espiarla con absoluta discreción, sentí la fragilidad del mundo al descubrir que Griselda lo estaba viendo todo. Y lo peor: que estaba sonriendo.&lt;br /&gt;-¿Perdón? -pregunté nerviosamente. Pero ella no había dicho nada y sólo me miró unos instantes más y me puso un vaso en la mano.&lt;br /&gt;-Es ron. Con coca cola. No sé si te guste con agua mineral...&lt;br /&gt;-No, no, está bien.&lt;br /&gt;-Salud.&lt;br /&gt;-Salud -dije.&lt;br /&gt;Estábamos a la mitad del Bacardí cuando la prima al fin se despidió. No estaba borracho, pero debí estarlo para soportar el deseo de violarla cuando me dio un beso en la comisura de los labios y me ofreció esa sonrisa de ninfa depravada antes de llevarse la orillita de sus calzones a la escuela.&lt;br /&gt;Fue un alivio que Griselda pusiera el disco de Satie, porque entonces la habitación se nos llenó de piano y mi corazón languideció de inocente y puro amor.&lt;br /&gt;Griselda, ya ebria, se puso a decir un montón de pendejadas. Creía que la música de los grandes maestros la habían grabado ellos mismos. ¡En serio! La atroz imagen de Corelli llegando en pants al estudio de grabación me produjo un cortocircuito. Pero no me reí. Porque Griselda podía ser todo lo pendeja que quieras, pero era hermosa: usaba el cabello corto a la manera de Louise Brooks; sus ojos de un verde profundo hacían un contraste ensoñador con el blanco casi transparente de su piel, y en sus labios, apenas unas tímidas líneas, habitaba un rosa tenue, como floreciente. Tenía, he de confesarlo, un cuerpo de niña: sus senos, casi inexistentes, habían quedado sepultados bajo toneladas de ropa, y si la mirabas de perfil, tenías que decidir si las curvas de sus pequeñas nalgas eran ciertas o eran solamente los trabajos de tu imaginación, que se apiadaba de ti.&lt;br /&gt;Griselda.&lt;br /&gt;No sé a quién de los dos empujó el buen Dios, lo cierto es que un rato después ya nos habíamos besado, y luego nos miramos, sonriendo, ligeramente cómplices, como si supiéramos que años después yo ocuparía tantas líneas hasta atreverme a escribir que al fin nos besamos y que luego de mirarnos y sonreír fingimos que nada de eso había ocurrido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fuimos novios ni nada parecido. Nos veíamos al salir, platicábamos, nos tomábamos ocasionalmente de la mano. En la escuela, al encontrarnos en clase o al cruzarnos en los pasillos, simplemente volvíamos a sonreír: porque teníamos un secreto. Así de estúpidos podemos ser en la juventud. De ese tamaño puede ser el mundo.&lt;br /&gt;Una mañana, entre una clase y otra, le pedí que me acompañara. Fuimos a una tienda a pocas calles de la escuela y compramos cervezas. Nos sentamos en la orilla de la acera y saqué el discman.&lt;br /&gt;-Quiero que oigas esto. Es uno de los puntos más altos del rebote en cuestión de música.&lt;br /&gt;Nos calzamos los audífonos y le di play a los Smiths. The queen is dead. There is a light that never goes out. Una chingonería.&lt;br /&gt;Griselda siguió el ritmo con los pies y al rato la vi mover los labios en silencio. Creí que cantaba. Sólo hasta que me deshice de los audífonos me di cuenta de que estaba preguntando quién cantaba.&lt;br /&gt;-Morrissey -le respondí.&lt;br /&gt;-¿Quién? -gritó.&lt;br /&gt;Le quité los audífonos y, aprovechando ese movimiento, la tomé por la nuca y la besé.&lt;br /&gt;-Es Morrissey -volví a decirle-. Cantaba con los Smiths, pero ya no lo hace más. Ahora es solista.&lt;br /&gt;-Tiene una voz hermosa -dijo ella con su voz hermosa.&lt;br /&gt;Terminamos de oír aquel disco. Luego puse el Maladjusted. Pero teníamos que volver a clases. Guardamos las cervezas y regresamos. Media hora después la vi asomarse al salón en donde varios dormitábamos. Recogí mis cosas y salí con ella. Estaba borrachísima.&lt;br /&gt;-¿Te queda más cerveza?&lt;br /&gt;-Dos -le respondí.&lt;br /&gt;-Me salí del examen. No aguanto. De veras. Nada más un traguito.&lt;br /&gt;Yo habría ido con ella al fin del mundo, pero me conformé con la azotea de uno de los edificios. Nos acodamos en la barda y bebimos. Y miramos la ciudad como en otra ocasión, años después, la veríamos, sólo que entonces sería de noche y una lluvia veraniega nos sorprendería a la mitad del primer cigarrillo. Quizá algún día hable de ello. Esa mañana volvimos a besarnos. Le dije que era la mujer más hermosa que había visto en mi vida; le dije que jamás la olvidaría; le dije que la amaba. Le dije más, mucho más, incluso los secretos que el mundo nunca se había atrevido a confesar, pero Griselda no supo lo que le decía, nunca lo supo, pues era a Morrissey a quien ella escuchaba. Suedhead. Why do you call me y todas esas cosas.&lt;br /&gt;Fue entonces cuando puso esa cara de espanto que aún hoy, al recordarla, me aterra. Con un súbito escalofrío pensé que algo malo ocurría. Estaba equivocado: era algo peor. Al darme la media vuelta para buscar aquello que la mirada de Griselda perseguía, me encontré con el prefecto, que había subido a fumar, a darse un pasón, a hacerse una puñeta o sepa Dios qué demonios. Lo cierto es que nos había visto, y se acercaba hacia nosotros mascullando algo que tampoco escuchamos. Nada ni nadie habría sido capaz de defendernos: ambos teníamos una lata de cerveza en cada mano; ambos teníamos las manos libres en partes del cuerpo ajenas a nosotros mismos. Y ambos, por supuesto, estábamos respirando el aire de una escuela que ya no nos pertenecía.&lt;br /&gt;Fuimos expulsados ese mismo mediodía. Salimos en medio del escándalo general. Y tú sabes que el escándalo general puede estar hecho de puras miradas, que son más elocuentes que el discurso más reprobatorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya dije que nos encontramos otra veces. Con años de por medio. La última de esas ocasiones, nos citamos para tomar un café. Estábamos solos, y era invierno. En vísperas de la Navidad, el deseo suele disfrazarse de nostalgia. Fue la primera y la única vez que hicimos el amor. (Nota por favor que no le llamé “coger”. Saca tus propias conclusiones.) Fue extraño ver por primera vez su cuerpo desnudo después de tantos años. Fue extraño descubrir que ese rostro de niña desapareció para siempre cuando sus facciones se relajaron luego del orgasmo. Pero no te confundas: no es que hubiera sido el primer hombre en su vida, sino que algo parecido al destino me estaba mostrando, a través de ese gesto, que aquella época se había ido para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la noche fuimos a tomar un café. Charlamos. Nos prometimos estar en contacto. Pero ya Borges dijo alguna vez que sólo los dioses prometen, porque son inmortales. Estábamos en un Sanborns y buscábamos una salida cuando Griselda se detuvo y me señaló un disco.&lt;br /&gt;-¿Te acuerdas? -me preguntó, como quien sonríe al ver el álbum de fotos familiar.&lt;br /&gt;Tomé el disco y dudé un instante con él en las manos. Finalmente, lo dejé en su lugar.&lt;br /&gt;-Cómo no recordarlo -le dije, tomándola nuevamente por los hombros-. ¿Sabes?, ahora que lo pienso, creo que Morrissey tuvo la culpa de todo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114706880224640336?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114706880224640336/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114706880224640336&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114706880224640336'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114706880224640336'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/la-culpa-la-tuvo-morrissey.html' title='La culpa la tuvo Morrissey'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114689794275374391</id><published>2006-05-06T01:25:00.000-05:00</published><updated>2006-05-06T01:48:42.240-05:00</updated><title type='text'>El milagro de la carne</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Ouch!.jpg"&gt;&lt;img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Ouch%21.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Me mudé con Carla por un simple capricho de la genética: estaba buenísima. Fue un año antes de conocer a mi esposa; cuatro, antes de casarme. Así que la experiencia de un infierno común ya había sido un hábito de mis días cuando el juez lo hizo oficial. Pero esta no es la historia del rito matrimonial, sino de Carla, y más exactamente de sus nalgas, redondas como jugosos frutos, deleitables como el primer cigarrillo del día, enormes como el culo del demonio. Pero aquel par de manoseables protuberancias no era algo que la hiciera feliz, ¡lo juro!: odiaba andar por la vida con los ojos del mundo a sus espaldas, y si algo las hacía tolerables es que yo las amaba, y ella, por supuesto, estaba enamorada de mí.&lt;br /&gt;Un culo con pies, eso era Carla.&lt;br /&gt;En nuestra primera noche juntos, le hice todo lo que se le podía hacer a ese par endiablado: le metí la verga, la lengua, los dedos, la punta de la nariz, y hubiera podido hundirme en ella por completo de no ser porque el alba me derrotó. Creo que dormimos un par de horas y finalmente la resaca del desvelo nos obligó a levantarnos, a buscar el refugio del baño, a mirarnos, ya un poco más repuestos, desde uno y otro lado de la mesa vacía.&lt;br /&gt;-Buenos días -fueron mis primeras palabras, o al menos las primeras que mi conciencia pudo articular.&lt;br /&gt;-Buenos días -me respondió ella como un gigantesco culo sonriente.&lt;br /&gt;Estábamos desnudos, húmedos aún por la ducha reciente, y Carla depositó sus senos medianos sobre la superficie de formica.&lt;br /&gt;-¿Algo para desayunar?&lt;br /&gt;Le metí la punta de mi verga enhiesta y, con ayuda de mi mano, se la restregué en el umbral de sus paredes vaginales. De espaldas sobre la mesa, me pidió que continuara. Y la oí gemir. Le saqué el trozo de carne enrojecida y le froté los labios y la protuberancia rosada de su clítoris. Hasta que se vino. De aquel coño masturbado surgió un chorro violento y sorpresivo que me bañó los muslos. Fue un orgasmo tumultuoso, largo y placentero, que la dejó tendida durante varios minutos, durante los cuales no tuve más remedio que jalarme el pito como pude para lograr apenas un tímido chisguete que se me escurrió por la carne ya reblandecida.&lt;br /&gt;Así, con paso tembloroso, me fui a trabajar.&lt;br /&gt;Volví a casa al caer la tarde. Carla lloraba.&lt;br /&gt;-Te quiero -me susurró al oído con la voz cortada por los mocos-. Te voy a querer siempre.&lt;br /&gt;Durante mi ausencia durmió un poco, se levantó ya tarde y ordenó una pizza. Luego, se puso a llenar los anaqueles del clóset con mis pocas pertenencias. El olor de mi ropa la sedujo al grado de tener que frotarse la entrepierna con uno de mis bóxers. Creyó que alcanzaría un nuevo orgasmo. Fue entonces cuando sonó el timbre. Eran sus padres, que habían ido a buscarla para entregarle personalmente el mullido sofá en el que me obligó a acomodarme.&lt;br /&gt;-Pero ellos no te quieren. No quieren que vivas conmigo.&lt;br /&gt;-¿No es más importante lo que tú opines? -alegué, un tanto perturbado: ningunos padres furibundos iban a alejarme de aquella deliciosa nalguita lloriqueante.&lt;br /&gt;-Yo lo sé -me respondió Carla, sorbiendo el exceso de lágrimas-, pero a ellos también los amo. Los amo a todos.&lt;br /&gt;No estaba listo para un discurso, así que me lo guardé y le pedí que saliéramos a cenar algo. Ya habría tiempo para reordenar la situación.&lt;br /&gt;Pero los padres de Carla nos sorprendieron a la mañana siguiente. Estábamos en el baño; ella, sentada en la orilla de la tina, con un par de dedos metidos en el coño; yo, frente a ella, derramando un denso y caliente chorro de orines sobre su pecho desnudo. Era un momento de lo más cachondo, casi irrepetible, y la repentina visita lo arruinó.&lt;br /&gt;Carla se envolvió con la toalla y salió a recibirlos, mientras que yo me quedé en el interior del baño, tiritando de frío, encuerado y vulnerable como el Tigre de Santa Julia.&lt;br /&gt;Al rato, la puerta se abrió y Carla asomó su acostumbrado rostro bañado en lágrimas.&lt;br /&gt;-Quieren hablar contigo. Vístete -me dijo, arrojándome el pantalón del pijama.&lt;br /&gt;Sus rostros fueron el espejo de mi lamentable apariencia. La madre habló primero; me advirtió que Carla era una mujer decente, educada en los mejores colegios de la ciudad, y que ningún hijo de nadie le iba a enmendar el buen camino. Algo así. Luego fue el turno del padre. Simplemente me dijo que esperaba un poco de cordura de mi parte y que guardaba la esperanza de que pudiera comprender la difícil situación que enfrentaría si volvía a verme rondando la casa de su retoño mientras él conservara la vida. Por supuesto, ambos emplearon palabras menos amables.&lt;br /&gt;-Es una niña -me recriminó la madre antes de darme la espalda.&lt;br /&gt;-No soy una niña -lloriqueó Carla. Pero hasta ahí le alcanzaron los argumentos.&lt;br /&gt;-Vístase -dijo el hombre-. Queremos verlo salir ahorita mismo.&lt;br /&gt;Empacaba mis cosas cuando Carla entró en la recámara.&lt;br /&gt;-No te vayas -me rogó.&lt;br /&gt;Me interrumpí para acercarme y tomarla por los hombros.&lt;br /&gt;-¿Es tuyo el departamento? -inquirí en voz baja.&lt;br /&gt;Negó con un gesto.&lt;br /&gt;-Dijiste que lo era -le reclamé.&lt;br /&gt;-Porque necesitaba tenerte conmigo.&lt;br /&gt;La solté y volví sobre mis cosas.&lt;br /&gt;-No te vayas -insistió.&lt;br /&gt;Cerré la maleta y me crucé de brazos.&lt;br /&gt;-¿Tienes algún plan?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-¿Qué hago entonces? ¿Les invitó un café y les pido una oportunidad? ¡Ni siquiera me conocen! Ni modo de que vayas y les digas que si me voy, te matas...&lt;br /&gt;-¿Crees que no lo haría?&lt;br /&gt;Así que aquella mañana crucé la sala en medio de ese par de frías miradas y fui recibido por las cálidas burlas de mis compañeros de oficina.&lt;br /&gt;-¿Siempre sí te vienes a vivir acá?&lt;br /&gt;Una semana nada más aguanté la ficción de sentirme ofendido; por fin le tomé la llamada a Carla y la saludé con un pujido.&lt;br /&gt;-Ya hablé con ellos -fue lo primero que me dijo-. Les dejé bien claro que soy mayor de edad y que puedo decidir cómo llevar mi vida. Y lo que quiero es compartirla contigo.&lt;br /&gt;(Ya sé que te dolió leer la última frase, pero juro que le quité lo más cursi y ni aún así funciona. Hice lo que pude.)&lt;br /&gt;-¿Qué pretendes? ¿Que regrese a la escena del crimen? Jamás volveré a poner un pie en ese lugar.&lt;br /&gt;-No es necesario.&lt;br /&gt;Guardé un minuto de silencio por la muerte de mi capacidad de raciocinio.&lt;br /&gt;-No te entiendo -dije entonces.&lt;br /&gt;-Me pidieron el departamento. Más bien, se los devolví.&lt;br /&gt;-Pero Carla, eso te pertenecía...&lt;br /&gt;-Lo sé, pero sólo así van a entender.&lt;br /&gt;Nunca trates de darle una lección a nadie hasta estar seguro de que estás con el equipo ganador. Los padres de Carla le tomaron la palabra y esa misma noche arribó con todo y nalgas a la pocilga que había tenido que rentar para no arrastrar mi humillación hasta mi propia casa.&lt;br /&gt;-Bueno -le dije, recostándome en la cama, que, por cierto, ocupaba las dos terceras partes de mi departamento de soltero-. Esto es lo que hay. Tienes cinco minutos para reírte o llorar, porque ya quiero que pongas ese culo gordo en este colchón.&lt;br /&gt;No sé si fuimos felices, pero al menos, creo que estuvimos a punto de alcanzar un estado semejante. Por supuesto, cogimos día y noche durante la semana que aguantamos convertidos en familia. Luego vino el pleito, la bofetada que todavía me enerva y todos esos juramentos de odio eterno que nadie que haya iniciado su vida sexual se sabe capaz de cumplir. Incluso, un mes o algo así después de la ruptura, nos fuimos a Acapulco. El profundo azul del pacífico sabe lo rico que era verla paseándose por la playa montada en esa tanga que me mantuvo erecto y vivo durante un fin de semana completo. Aquella prenda era pura magia. Tanto así que ni siquiera me tomé la molestia de quitársela cuando me la tiré en la baranda del hotel la noche del sábado anterior a nuestro regreso, pues al otro día le vino la regla y el carácter se le pudrió. Hasta volvimos en vuelos distintos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que estuvimos juntos fue la tarde que compartimos una hamburguesa. Discutimos. Ya no sabíamos estar de otra manera. Carla me arrojó su bolsa de papas y gritó que no aguantaba más.&lt;br /&gt;¡Pero vaya que aguantaba! Recortadas contra el fragor del tráfico de un jueves cualquiera, sus nalgas iniciaron el difícil proceso del adiós: dando tumbos aquí y allá, se fueron detrás de Carla, siempre detrás de Carla.&lt;br /&gt;El milagro de la carne.&lt;br /&gt;Pregúntale a Ronald McDonald, él te dirá que no miento.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114689794275374391?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114689794275374391/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114689794275374391&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114689794275374391'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114689794275374391'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/el-milagro-de-la-carne.html' title='El milagro de la carne'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114681182360507846</id><published>2006-05-05T01:34:00.000-05:00</published><updated>2006-05-05T01:51:50.543-05:00</updated><title type='text'>Las manos de la Gestalt</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/HOTEL.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/HOTEL.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hay de todo. Por ejemplo, algunas mujeres a las que no les gusta chupar el pito. Diana es una de ellas. A Diana la conocí por intermedio de Iván: llevaba una terapia Gestalt que, según refería, lo estaba ayudando a deshacer el entramado de una ruptura amorosa reciente en aquel tiempo. Yo, que para esos asuntos no creo más que en el análisis de la densidad del sueño (tú bien sabes cómo ayuda dormir en esos casos), decidí acompañarlo porque tenía curiosidad por saber cómo era un tugurio de aquellos.&lt;br /&gt;-Mientras, puedes pedir que te den un masaje. Los hay que te relajan -me tranquilizó Iván cuando vio que me apoderaba de un libro cualquiera de su biblioteca, dispuesto a usarlo de trinchera contra las horas del tedio.&lt;br /&gt;-Te lo voy a devolver -le expliqué, intuyendo en su mirada la desesperación de quien es víctima de un asalto.&lt;br /&gt;-No es eso -se disculpó-. En realidad no lo necesitarás.&lt;br /&gt;Se trataba de una clínica al sur de la ciudad. Me decepcionó profundamente: no había en la sala de espera ninguna chica confundida a quien pudiera ofrecerle la salvación del sexo como respuesta al sentido de la existencia. Lo que hallé en todo caso fue un remedo de clínica para el control del peso, fría y espaciosa, aséptica. Aburrida, pues. La recepcionista le tomó los datos a Iván y nos invitó a ocupar el rincón más alejado con ánimos de que la dejáramos continuar su charla telefónica en la intimidad.&lt;br /&gt;-Él quiere tomar un masaje no-sé-qué -la atajó Iván-. ¿Es posible?&lt;br /&gt;La mujer me miró a los ojos en busca de las señales del retraso mental que me impidiera externar una petición semejante con mis propias palabras. Yo simplemente sonreí: no estaba dispuesto a pasar las horas con el ocio hundido entre folletos médicos.&lt;br /&gt;La recepcionista hizo un par de llamadas y luego me extendió una solicitud y un bolígrafo.&lt;br /&gt;-Llénelo -me pidió, volviendo a señalar el rincón más lejano-. En un momento lo llamo.&lt;br /&gt;Fue así como conocí a Diana. Me hallaba detrás de un biombo diminuto, tratando de decidir si las cintas de la bata de loco que debía ponerme se ataban por delante o por la espalda, cuando ella ingresó en la pequeña sala y me habló por mi nombre.&lt;br /&gt;-Puedes venir aquí cuando estés listo -dijo.&lt;br /&gt;Salí casi al instante, sujetando las orillas de la bata con una mano mientras ocupaba la otra en recomponerme el peinado. Es posible que de inmediato me haya enamorado de ella, no sé decirlo: a veces la imaginación enfebrecida por el deseo le añade detalles inexistentes a un recuerdo no menos gris que un día nublado. Aquel lo era: no bien puse un pie fuera del espacio señalado por el biombo, las ráfagas de una lluvia de verano se dejaron sentir en el cristal de la ventana.&lt;br /&gt;-Ven -me invitó Diana señalando el camastro con esa amabilidad tan clínica que, de haberla conocido en otras circunstancias, no habría sabido definir-. Quítate la bata y recuéstate bocabajo. -Pero al instante me detuvo: había en sus ojos un síntoma de divertida alarma-: ¿No estás desnudo, verdad?&lt;br /&gt;-En ropa interior -le respondí, en verdad apenado.&lt;br /&gt;-Muy bien -respondió ella, recobrando la calma-. Entonces acuéstate. -Y me dio la espalda.&lt;br /&gt;Me tendí de bruces como me lo había pedido. La cabecera de la cama tenía un hueco.&lt;br /&gt;-Puedes meter allí la cara, para que no te lastimes el cuello -dijo su voz muy cerca de mí.&lt;br /&gt;Obedecí.&lt;br /&gt;-¿Es la primera vez que recibes este tipo de masajes?&lt;br /&gt;-Ajá -le respondí, alzando un poco la cabeza, que una de sus manos devolvió a su sitio original.&lt;br /&gt;-Entonces voy a pedirte que te relajes. Quédate en silencio. No pienses en nada más que en este momento...&lt;br /&gt;Sus manos, como un par de babosas, comenzaron a masajear suavemente mi espalda.&lt;br /&gt;-Déjate llevar por la música -siguió diciendo.&lt;br /&gt;Hasta entonces la noté. Era algo de New Age. O zen. O ambas. Ese tipo de música que está hecha para que nadie la escuche.&lt;br /&gt;Las manos de Diana hicieron un largo desplazamiento desde mi espalda baja hasta el cuello. En verdad que era reconfortante. Eso y el olor de los aceites me provocó lo que hasta entonces recordé que era el origen de mi temor a ese tipo de contactos: una erección, una difícil, oprimida erección.&lt;br /&gt;Aquello me causó una súbita ansiedad. ¿Y si me pedía que me diera media vuelta? Necesitaba actuar.&lt;br /&gt;-¿Cómo me dijiste que te llamabas? -le pregunté con el simple ánimo de distraerme.&lt;br /&gt;-Shhh -dijo ella-. Mejor guarda silencio.&lt;br /&gt;Lo hice. Pero la erección no se disipaba.&lt;br /&gt;-Además -comentó de pronto-, nunca te dije mi nombre.&lt;br /&gt;Y siguió masajeando.&lt;br /&gt;-Diana -confesó al cabo de un rato.&lt;br /&gt;Saqué la cara de aquel agujero para tratar de mirarla. De reojo, Diana era apenas una silueta de lentos movimientos y un suave perfume de Givenchy.&lt;br /&gt;-Amarige -dije sin más trámite.&lt;br /&gt;Sus manos se detuvieron apenas un instante.&lt;br /&gt;-¿Perdón?&lt;br /&gt;-Tu perfume -aclaré.&lt;br /&gt;Diana se rió muy quedo y asintió con una especie de gemido.&lt;br /&gt;-¿Sabes? -insistí, ahora que el hielo se había roto-. Yo me relajo mejor si converso un poco. ¿Te molesta que lo hagamos?&lt;br /&gt;Diana guardó silencio unos instantes y después puso sus manos sobre mis hombros y las hizo descender con un movimiento tan sensual, que tuve que cerrar los ojos para asimilarlo.&lt;br /&gt;-No es lo que se recomienda -dijo al fin-. Pero si eso deseas, tampoco está tan mal.&lt;br /&gt;Así que conversamos. Nada en ese lugar era tan suave como sus manos, pero también sus palabras sabían acariciarte: en el tono de su voz, a veces grave, a veces tierno, mi pasión encontró un cálido sitio y a partir de ese momento juré que sería mi esclava.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, leíste bien: mi esclava. Una esclava solícita, un objeto a mis servicios, un hogar siempre abierto a mi lujuria.&lt;br /&gt;Primero le abrí el culo, y gocé como nunca al ver su rostro descompuesto en el espejo del cuarto de hotel. Luego, le mordisqueé los labios hasta verlos sangrar, y tiré de su cabello mientras la montaba por detrás como a un jamelgo exhausto, sediento de un cariño que la violencia de mis acometidas le negaban.&lt;br /&gt;Otra virgen. Otro himen roto en el anonimato de una sucia habitación. Otro hotel barato. Otros ojos que a veces me observan desde el recuerdo como si preguntaran a dónde huyó esa pasión, la sangre de esos días que nunca, por más que se aferre a la memoria, sabrá si fueron ciertos.&lt;br /&gt;Eso es por lo que hace a la carne. En cuanto a lo demás, creo que bien podría prescindir del llanto que bañó aquellas tardes, cuando disfrutaba del enfermo juego de hablarle de mi esposa, de decirle que era la mujer a quien amaba, de confesarle que ella, Diana, era sólo una cosa, una cosa para masturbarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella dijo que fueron años. Yo, si he de ser sincero, nunca llevé el registro de esos días. Lo cierto es que un día cualquiera me cansé de ella, de sus lágrimas, de la eterna súplica ya encarnada en sus ojos. Dejé de verla, me negué a responder sus llamadas, devolví los regalos, y cambié de rumbo. No sé cuánto tiempo pasó, pero una tarde, no me preguntes cómo, supe que había encontrado a alguien. Nunca podré explicar la rabia que sentí al enterarme. Diana era mía, ella lo había jurado, y lo que estaba haciendo tenía nombre: se llamaba traición.&lt;br /&gt;Fueron días extraños. Tuve que aprender a buscarla de nuevo; ella tuvo que volver a acostumbrarse a mi boca. O al menos eso fue lo que dijo. Y una vez que la tuve nuevamente, le pedí que abandonara al otro. Ah, pero no sería a la manera tradicional: ambos tenían que pagar. Y el precio era muy caro.&lt;br /&gt;La llevé a un local de tatuajes y seguí con atención los paseos de la aguja mientras la tinta confeccionaba mi propio nombre sobre la suave piel de su ingle. Entonces le pedí que lo llamara, que se citara con él en el lugar acostumbrado, y esperé afuera. Minutos después mi enemigo salió huyendo de la carne de la que alguna vez se pensó dueño. Pero no era suficiente: apenas un día después, la obligué a citarlo en un lugar preciso. Entraron, como habíamos acordado, en un café. Yo ocupé una mesa vecina, pedí un americano, encendí un cigarrillo y me preparé para disfrutar del atroz espectáculo de los corazones rotos. Aquello fue una carnicería: el sujeto era un llorón, vaya que lo era. Le rogó que le diera una nueva oportunidad; tuvo incluso el atrevimiento de hincarse frente a ella. Y en medio del llanto general, esbocé la sonrisa más siniestra de toda esta historia. Diana siguió mis órdenes al pie de la letra: evitó hasta donde pudo el contacto con las sucias manos del hombre derrotado, le escupió en la cara las palabras humillantes que una noche de insomnio me dictaron las musas y, finalmente, le pidió que se largara, que no quería verlo nunca más.&lt;br /&gt;A partir de aquella noche, nuestros encuentros se hicieron espaciados. Ambos sabíamos que estábamos alimentando una farsa, o al menos yo lo sabía. Mentiría si dijera que no disfrutaba hacerle el amor de una manera furiosa y descarnada, pero algo como un velo se estaba descorriendo poco a poco y no pasó mucho tiempo antes de que nos atreviéramos a confesar que ya la magia se había ido, que los dos sabíamos con certeza qué clase de personas éramos, que nuestros cuerpos desnudos no eran sino una cosa más del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ah, lo olvidaba: a Diana nunca le gustó chuparme el pito. No era ninguna fobia en particular; de hecho, lavarse los dientes era para ella un suplicio.&lt;br /&gt;Y pensar en todo el semen que tuvo que tragarse...&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114681182360507846?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114681182360507846/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114681182360507846&amp;isPopup=true' title='7 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114681182360507846'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114681182360507846'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/las-manos-de-la-gestalt.html' title='Las manos de la Gestalt'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114672164726124769</id><published>2006-05-04T00:42:00.000-05:00</published><updated>2006-05-04T00:48:31.980-05:00</updated><title type='text'>Algo acerca del odio</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Atardecer.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Atardecer.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una vez que te preguntas si la vida que tienes en las manos ha valido la pena, ha llegado el momento de largarse. Aquella tarde llené una pequeña maleta y me fui a la playa. Tenía 23 años, un walkman y un par de shorts que le venían bien a mi cuerpo cada vez que holgazaneaba. Hacía apenas unas horas que Natalia había colgado el teléfono sin esperar a escuchar el final de mis disculpas. Luego, el timbre volvió a sonar. Descolgué casi al instante y, sin más trámite, proseguí con la historia del brindis escolar en el colegio ajeno, el vaso rebosante de brandy y el efusivo abrazo general del que salí bañado en alcohol. Un embuste más, eso es lo que era. Y Alicia lo escuchó todo.&lt;br /&gt;-No necesitas inventar esa historia -me dijo esa voz que no esperaba-: yo estuve allí contigo.&lt;br /&gt;-Alicia -dije, más aterrado que confuso-. ¿Por qué no me dijiste quién eras?&lt;br /&gt;-Es interesante -dijo, ignorándome-, muy interesante lo que ocurre en esas fiestas, ¿no lo crees?&lt;br /&gt;Guardé silencio. Algo en el aire apestaba. Seguramente era mi aliento, las hediondas palabras que se me estaban pudriendo en la punta de la lengua.&lt;br /&gt;-Lo sabía -continuó Alicia-, ya me lo habían dicho. Pero no quise creerlo. Así que no me haces pendeja; me hago pendeja yo sola.&lt;br /&gt;Fue la segunda vez en menos de cinco minutos que el insistente bip irrumpió en el devenir cotidiano de mi puta existencia.&lt;br /&gt;Por eso me largué. No tenía reservación de autobús, así que tuve que esperar más de una hora hasta que al fin la ciudad y sus mujeres se fueron quedando atrás.&lt;br /&gt;Creo que dormí la mayor parte del tiempo. Arribé a Puerto Escondido pasada la medianoche.&lt;br /&gt;Me hospedé en un hotel barato, sin TV ni aire acondicionado, con apenas un ventilador ruidoso y unas cortinas raídas para bloquear la luz del sol que penetró en la habitación apenas había cerrado los ojos. Me di un rápido baño, me calcé una gorra, el short y el walkman y salí al encuentro de mi soledad.&lt;br /&gt;Debí parecer algo de lo más aburrido, pues ni los vendedores ambulantes se me acercaban. No me importó: quería estar solo, quería planear mi vida para los próximos años, quería, simplemente, estar. Sin problemas, sin disgustos, sin alegatos, sin la humedad de una vagina que no para de reclamar.&lt;br /&gt;Pero un hombre solo no es algo digno cuando el alcohol y la brisa del mar te escupen el deseo en plena cara. Antes de comer, antes de cualquier otra cosa indigna, llamé a Alicia. Le dije dónde estaba; le hablé del mar, que no sabe nada de infidelidades; le pedí que me ayudara a darle sentido a todo aquello; le rogué que viniera a alcanzarme.&lt;br /&gt;Llegó al otro día. Me sorprendió en la playa mientras me esforzaba por leer una novela barata. En inglés. Comimos un guisado imprecisable, viendo cómo el sol se llenaba de horizonte. Y por la noche nos revolcamos en nuestra propia lujuria, que estaba hecha de arena, de mariscos, de sudor. Fue una de las cogidas más ricas que puedo recordar. No supe de dónde le salieron tantos agujeros, lo cierto es que Alicia se consumía de las ganas de sentirse penetrada, y giraba y se retorcía en la cama revuelta como el barco ebrio del poema de Rimbaud, sólo que sin comas, ni puntos, ni nada que fuera capaz de detener el fluir de su deseo, tan primitivo, tan henchido de sí mismo.&lt;br /&gt;Tengo muy presente una imagen: es Alicia, que se ha puesto en cuatro delante de mí para pedirme que le entierre la carne endurecida por el culo y por la concha, alternadamente. Y la tengo muy presente por dos circunstancias. La primera, que una mujer pasó frente a nuestro cuarto justo cuando el viento ondeó las cortinas, y nuestros ojos se encontraron, y no sé si la escena de sexo despertó en aquella desconocida un mórbido placer, lo cierto es que se detuvo un instante, muy breve, pero lo suficiente para provocar en mí un extraño frenesí, casi animal, tan intenso, que poco pude hacer para evitar que el semen se escapara de mi cuerpo al mismo tiempo que ese grito que por poco me rompe la garganta. La segunda circunstancia que me obliga al recuerdo es que esa misma imagen me vino a la mente justo cuando, un mes más tarde, Alicia me anunció que estaba embarazada.&lt;br /&gt;El siglo veinte era ya casi un cadáver, pero nada de lo que se nos había prometido estaba ocurriendo: los autos no volaban, todo hacía parecer que el Mesías había cancelado de último momento, Marte continuaba siendo el mismo pedazo de tierra que era desde antes de que el hombre soñara con su conquista. Y los embarazos, por supuesto, seguían sin ser un asunto menor. Alicia lloró en mi pecho y, una vez que la noté más tranquila, le hablé de los abortos. Contrario a lo que esperaba, ella se lo tomó con mucha calma. Ya había padecido un par de extracciones de muelas; que alguien le arrancara otra parte de su cuerpo no le parecía tan mortal. Ernesto me ayudó con los trámites; incluso aceptó estar con nosotros el día de la operación. No me detendré en los detalles: tú seguramente sabes que aquellas cosas, la mayor parte de las veces, ocurren en carnicerías clandestinas, lugares sórdidos atestados de mujeres que juran por la virgen que jamás volverán a coger. Esperamos un par de horas a que Alicia recuperara el conocimiento y más tarde Ernesto nos llevó al departamento que sus padres habían abandonado luego del divorcio. La noche transcurrió sin hemorragias y al otro día Alicia ya husmeaba los rincones del lugar en busca de los motivos de la ruptura. La de los padres de Ernesto, que sólo la miraba, condescendiente. Siempre admiré su temple.&lt;br /&gt;Yo también me separé de Alicia, pero eso ocurrió algo así como un año después de aquel trance. Supe, por una amiga común, que pocos meses después se había casado. Se fue a vivir a Tampico, lugar en donde su marido prosperó en el negocio aduanal. No podían tener hijos. Y ella me odiaba.&lt;br /&gt;No importa cuánto sol se te haya quedado en la piel, ni cuántas veces hayas cogido y gritado leperadas mientras un par de senos se agitan frente a tus ojos, ni siquiera importa cuántas veces hayas dicho Te amo, a veces sin sentirlo, a veces sin sentido.&lt;br /&gt;No, nada de eso importa.&lt;br /&gt;En esta clase de historias, siempre hay alguien que termina por odiarte.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114672164726124769?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114672164726124769/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114672164726124769&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114672164726124769'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114672164726124769'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/algo-acerca-del-odio.html' title='Algo acerca del odio'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114663708004458364</id><published>2006-05-03T01:16:00.000-05:00</published><updated>2006-05-03T01:23:20.133-05:00</updated><title type='text'>La noche en que no rompí con Imelda</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/vidrio-roto[1].jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/vidrio-roto%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hay cosas por las que un hombre debería pedir la horca. Una de ellas es una mujer que ha dedicado los últimos minutos a destruir el mobiliario de su departamento. La que a mí me tocó se llama Imelda. Y está ebria. De llanto y de alcohol. Y de histeria. Y arroja tantas cosas que he llegado a pensar que existe en ella la sospecha de que si rompe el mundo, algo así como el caos y el flujo armónico del universo serán capaces de recomponerlo. Pero se equivoca: lo que hay entre los dos ya se rompió. Igualito que la mesa de centro: exactamente por la mitad. Y sin que yo haya podido ni meter las manos.&lt;br /&gt;-¿Acabas ya? -le pregunto, y sólo hasta el final de la frase me doy cuenta de que he utilizado el tono que me gustaba adoptar durante nuestros encuentros sexuales.&lt;br /&gt;-No, idiota -me responde-. No he terminado todavía. Necesito que tú rompas algo; necesito que por lo menos de esa manera me des a entender que esto ya valió madres.&lt;br /&gt;Elijo el teléfono. No es casualidad: así no podrá llamar a la policía, si es que su propósito es acusarme de agresión o algo parecido.&lt;br /&gt;Azoto el aparato contra el piso, pero no se rompe. Debido a la alfombra. Sólo se queda allí tirado, con el auricular a un lado aún sujeto por el cable, con esa inmovilidad tan dramática de las cosas que deben estar quietas, justo como el muñeco de un titiritero que acabara de sufrir un infarto.&lt;br /&gt;Imelda lo observa unos instantes y luego me busca la mirada.&lt;br /&gt;-¡Poco hombre! -me grita-. ¡Ni siquiera eres capaz de romper un pinche teléfono!&lt;br /&gt;-Tienes razón -le digo, devolviendo el aparato a su lugar-: no soy capaz de romper contigo. Tú lo sabes. Pero también sabes que esto no puede continuar. No de mi parte, al menos.&lt;br /&gt;La mirada de Imelda me confía un odio parido sobre todo por la desesperación.&lt;br /&gt;-¡Lárgate ya, hijo de la chingada! -me grita de nuevo, señalando la puerta-. ¡Lárgate con tu puta de una vez!&lt;br /&gt;Afuera, la noche es tibia. Algo que agradezco, pues no he traído el auto. Y no lo traje porque no estaba seguro de poder regresar a casa. No después de conocer la reacción de Imelda luego de aquel encuentro en el cine. Mi esposa y yo mirábamos los carteles cuando ella apareció. Quise ignorarla, pero nos observó con tal intensidad, que mi esposa tuvo que detenerse para preguntarle si se le ofrecía algo. Imelda hizo como que aquello no le había dolido, pero yo vi en la fuerza con que apretaba los puños que aquellas palabras le habían atravesado el corazón. Y que sangraba.&lt;br /&gt;Luego habló.&lt;br /&gt;Dijo:&lt;br /&gt;-Perdón, pero creí reconocerlos. Me equivoqué. Nunca los había visto en mi vida. Y espero no volver a verlos.&lt;br /&gt;Así, con el énfasis preciso.&lt;br /&gt;Mi esposa la vio alejarse y luego me miró, con esa mezcla de sorpresa y confusión que provocan las cosas enfermas de este mundo.&lt;br /&gt;-¡Mira tú a esta chiflada!&lt;br /&gt;-Las hay, vaya que las hay -exclamé en voz baja, fingiendo que el enrojecimiento de mis mejillas había nacido del azoro y no de la angustia.&lt;br /&gt;Así que vuelvo a pie. Y llego a la estación del Metro. Y allí el gentío es como un raro calor, como si hubiera estado evitando meditar en el asunto y al sumergirme en mis pensamientos, todo en mi interior se estuviera calcinando.&lt;br /&gt;De ser así, pienso, mi interior apesta.&lt;br /&gt;Y trato de no pensar en nada más. Y darle fin a esos recuerdos. Los recuerdos de la noche en que no pude romper con Imelda.&lt;br /&gt;Ni siquiera el pinche teléfono. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114663708004458364?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114663708004458364/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114663708004458364&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114663708004458364'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114663708004458364'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/05/la-noche-en-que-no-romp-con-imelda.html' title='La noche en que no rompí con Imelda'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114551235467725761</id><published>2006-04-20T00:44:00.000-05:00</published><updated>2006-04-20T00:52:34.686-05:00</updated><title type='text'>Escenas (I)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Aqu??"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Aqu%3F%3F%20fue.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Carla me llamó dos veces por teléfono aquel día. La primera no respondió, pero yo sabía que era ella por la música que venía desde el fondo del corredor en su departamento vacío: algo de Tori Amos que ahora me resulta difícil precisar. En la segunda ocasión ya no había música, sólo un silencio, largo y prolongado como una línea hacia la nada. No bien colgué, me deshice de las cobijas y del sueño y salí corriendo a buscarla.&lt;br /&gt;Fumaba un cigarrillo y bebía los restos de un café frío.&lt;br /&gt;-Dejé la puerta abierta para que tú solo llegaras hasta aquí -me dijo al escuchar que trascendía el umbral.&lt;br /&gt;Estaba de espaldas, recargada en la baranda del balcón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo hiciste para no invitarme a pasar.&lt;br /&gt;No respondió; únicamente me ofreció su perfil y soltó una bocanada de humo que se dispersó en el aire transparente de la mañana.&lt;br /&gt;-¿Por qué llamas y no contestas?&lt;br /&gt;-¿Era necesario?&lt;br /&gt;No entendí aquella respuesta. Se lo hice saber.&lt;br /&gt;-Hoy era el día. Debiste saberlo cuando olvidaste deshacerte de ese olor.&lt;br /&gt;-Carla -me acerqué un poco, no para buscar un contacto físico, sólo para que pudiera escucharme-. No fue mi intención hacerte daño. Eso no resuelve nada, lo sé; pero necesitaba decírtelo. No tengo excusas.&lt;br /&gt;Entonces me miró. Y su mirada me confió un odio que parecía definitivo.&lt;br /&gt;-¿En verdad lo sientes?&lt;br /&gt;-Tú sabes que nunca he mentido; no a ti.&lt;br /&gt;A través de la delgada bata de dormir se adivinaban sus formas, las curvas suaves de sus senos, el denso bosque de su vello púbico. Nada de eso volvería a ser para mí.&lt;br /&gt;-Muy bien -dijo categórica-, es bueno saber que vivirás con eso para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He de reconocer que ella tenía razón: aquel era el día. Sólo necesitaba que alguien me lo recordara.&lt;br /&gt;Tarde o temprano los adioses siempre te encuentran.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114551235467725761?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114551235467725761/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114551235467725761&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114551235467725761'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114551235467725761'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/04/escenas-i.html' title='Escenas (I)'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114542659848827231</id><published>2006-04-19T00:43:00.000-05:00</published><updated>2006-04-19T01:03:18.516-05:00</updated><title type='text'>Confesión</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/Estela.0.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/Estela.0.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Estela sabe ahora que los diarios personales son sólo un desperdicio de palabras cuando un viejo amigo te quiere coger. Mi sonrisa mordaz la altera un poco, así que le quito las cobijas y juego a que mis dedos le recorran el vientre; luego subo con ellos hasta el secreto valle entre sus senos, donde, le digo, yace dormido el duende de la felicidad al que muchos llaman corazón porque late, así, como sapito. Ahora ríe un poco, no sé si por evitar que esa absurda historia se prolongue, y al final confiesa que no está enojada.&lt;br /&gt;-Sólo me molesta un poco que no me creas.&lt;br /&gt;Hace apenas algunos minutos que habíamos dejado de jadear, y yo me he ido resbalando poco a poco de su cuerpo para probar la consistencia de su almohada. Es suave, demasiado; así que mi cabeza y mi cansancio comienzan a sumirse en una breve ensoñación, que Estela ha interrumpido para preguntarme si alguna vez me he puesto a buscar algo más allá del sexo.&lt;br /&gt;-No te entiendo -le digo con el afán de que mantenga el silencio, a veces necesario. Pero no capta.&lt;br /&gt;-Es decir, algo que ajeno al deseo...&lt;br /&gt;Alzo un poco la cabeza para buscarle los ojos en la penumbra de la tarde, que ya se ha instalado en su recámara. Sé que están allí, aunque no pueda verlos; pero sé también que su mirada no se ha quedado a esperarme.&lt;br /&gt;-¿Algo más allá del sexo? -repito, fingiendo meditar-. ¿Te parece bien el cigarrito que se fuma uno después?&lt;br /&gt;-¡Qué tonto eres! -se molesta, de alguna manera divertida-. Me refiero a la camaradería, al cariño, yo qué sé...&lt;br /&gt;-Al amor -le digo, con una inflexión de burla en la voz.&lt;br /&gt;-Te estoy hablando en serio.&lt;br /&gt;Tanteo la oscuridad en busca del buró y de mis cigarrillos. Enciendo uno: su rostro se ilumina brevemente mientras el fuego encarna en el tabaco. Por eso sé que no sonríe, y que el tema, por más que me joda, es para ella importante.&lt;br /&gt;-¿Te puedo hacer una pregunta?&lt;br /&gt;-Ya la hiciste.&lt;br /&gt;-¿Ves cómo tú también estás de broma? -replico.&lt;br /&gt;-¿Es esa la pregunta?&lt;br /&gt;Fumo un poco; suspiro, al tiempo que arrojo una invisible bocanada de humo.&lt;br /&gt;-¿Alguna vez has querido cogerte a alguien que no conozcas? O sea, un cuate que hayas visto por la calle, en la oficina, en la escuela. Un chavo bien buenote, no mamadas, así, con un bultote en la entrepierna y unas nalgas duras duras como cocos.&lt;br /&gt;La risa le impide responder.&lt;br /&gt;-¿Nunca?&lt;br /&gt;-He visto chavos que están... no sé... ¡guau! Pero tanto como que diga: “Quiero todo con él”, pues no, no que recuerde.&lt;br /&gt;-Júralo.&lt;br /&gt;-Bueno... -la mano de Estela hurga en la noche para arrebatarme delicadamente el cigarrillo. Da una o dos caladas y se queda unos segundos en silencio-. En la escuela había un chavo que estaba como quería. Yo, la verdad, lo veía y pues sí, me ponía cachonda. El problema es que era mi amigo. Por supuesto que yo no era la única a la que le gustaba: casi todas las chavas de la escuela querían con él, y claro, este cuate se acostaba con todo lo que le pusieran enfrente, hombre, mujer o mueble...&lt;br /&gt;-¿En serio?&lt;br /&gt;-¡Claro que no! Sí era un cogelón, pero nunca supe que se hubiera echado a un hombre. Al menos no me consta. El asunto es que estaba buenísimo y yo quería con él. A lo mejor eso es una respuesta positiva a tu pregunta.&lt;br /&gt;-Pero yo estoy hablando de alguien por quien dejarías todo por un acostón...&lt;br /&gt;-Pues él. Pero te digo que había un problema: éramos amigos y así pues no, ¿verdad?&lt;br /&gt;-¿Y si él te lo hubiera propuesto?&lt;br /&gt;-¡Lo hizo!&lt;br /&gt;Ahora sí me asombro. Me incorporo ligeramente para recargarme sobre un codo y le quito el cigarrillo.&lt;br /&gt;-¿Y no aceptaste?&lt;br /&gt;-No. Imagínate: se había acostado con todas mis amigas. Yo creo que era como un catálogo de enfermedades venéreas.&lt;br /&gt;-Pero lo deseabas. Qué tal si te hubiera agarrado borracha.&lt;br /&gt;-¡Pues así fue! Pero no quise.&lt;br /&gt;-Por la amistad.&lt;br /&gt;-Nada más por la amistad.&lt;br /&gt;Palpo de nuevo el buró hasta hallar el cenicero. Apago la colilla derrotada.&lt;br /&gt;-¿Y no me estás mintiendo? -insisto-. Igual este cuate se había cogido a todas, menos a ti.&lt;br /&gt;-¿Por qué nunca me crees? -Estela me tira un manotazo en el hombro, o lo que cree que es el hombro, pero más bien le pega a la almohada. Luego se cruza de brazos, o al menos eso imagino.&lt;br /&gt;Cansado de que no le atinemos a nada, le pido que encienda la luz. Refunfuñando, se mueve hacia un costado y un instante después el fulgor de la lámpara sobre la mesa de noche nos ciega.&lt;br /&gt;-¿Quieres que te lo demuestre?&lt;br /&gt;-No importa -le digo para no alimentar su molestia-. Si tú dices que es cierto, para mí lo es.&lt;br /&gt;Repentinamente se me echa encima. Por un instante creo que ensayará un drama femenino sobre mi torso desnudo, con las nefastas consecuencias que eso implica para mí. Pero no, lo que hace es estirarse para alcanzar el cajón del buró, del que extrae algunas libretas viejas.&lt;br /&gt;-Mira -me dice, poniéndome aquellos cuadernos sobre el pecho-. Este es mi diario del último año en la escuela. Ahí está toda la historia.&lt;br /&gt;-Estela, nada de esto es necesario -le digo, quitándomelas de encima-. Ya te dije que te creo. No necesito leerlas. Además, son cosas personales; no tengo derecho a conocerlas...&lt;br /&gt;Pero ella me ignora. Hurga entre las libretas y abre una: la pasta cruje un poco y sus ojos se pasean por las páginas, como buscando anclarse a algo, a una frase, a cualquier cosa que pueda demostrarme que no miente.&lt;br /&gt;-Aquí está. Observa: esto lo escribió él un día. Fíjate bien: no es mi letra, ni la misma pluma que yo acostumbraba usar.&lt;br /&gt;Es cierto: el sujeto aquel le escribió un intento de poema que más bien parece una mala traducción de alguna letra de Bob Dylan. Luego, algunas líneas más abajo, le dice que la quiere, que ella es su mejor amiga y que nunca podrá olvidarla. Cosas así. Finalmente le pide que olvide “lo sucedido aquella tarde”.&lt;br /&gt;-¿Con esta frase se refiere a que te quería meter el pito?&lt;br /&gt;-Ajá.&lt;br /&gt;Lo demás es una crónica de aquel día. Las clases, los compañeros, puros lugares comunes.&lt;br /&gt;Estela ha apoyado la espalda en la cabecera de la cama y ha metido más de la mitad del cuerpo en las cobijas. Justo como en las películas, cuando la actriz en turno adopta una pose de absurdo pudor, como si no se la acabaran de coger.&lt;br /&gt;-Pero lo viste -aventuro, sólo por decir algo.&lt;br /&gt;-Lo tenía grande.&lt;br /&gt;Ahora sí le atiné. Y por la expresión ausente, se adivina que aquel recuerdo ya está en su cabeza.&lt;br /&gt;-O sea que lo viste desnudo.&lt;br /&gt;-Apenas si me acuerdo. Ya te dije que estaba borracha. Me llevó a una recámara y se desvistió; me hizo confesar que lo deseaba; me tomó una mano y me la puso en su cosa; me obligó a masturbarlo.&lt;br /&gt;-¿Te obligó?&lt;br /&gt;-Bueno, no exactamente, pero si me puso la mano ahí no fue para que le tomara el pulso.&lt;br /&gt;-Y se le paró.&lt;br /&gt;Estela me mira de reojo. Ya sé que está pensando: “¿Y tú qué crees, pendejo?” Pero igual no dice nada.&lt;br /&gt;-De seguro te pusiste cachondísima...&lt;br /&gt;Ahora se lleva ambas manos a la cara.&lt;br /&gt;-Lo dejé que me lo metiera por atrás.&lt;br /&gt;-¡Válgame! Se supone que eras virgen...&lt;br /&gt;Cuando Estela se descubre el rostro, hay en él un gesto entre apenado y molesto. Seguramente cree que aquella confesión me incomoda. Lo que ella no sabe es que soy un cabrón perverso, y el hecho de imaginarla siendo penetrada por un tipo sin rostro me ha provocado una erección.&lt;br /&gt;Quiero saber más.&lt;br /&gt;-Fue difícil -dice ella-. Y doloroso. Le pedí que se pusiera un condón. Por eso. Pero no sentí placer. Ya me habían platicado que hay mujeres que pueden tener un orgasmo anal, pero yo lo único que sentía era que se me estaba desgarrando la cola y por eso me puse a gemir, así que él pensó que era de placer y me lo hizo cada vez más fuerte, hasta que ya no aguanté y corrí a gatas hasta el otro lado de la cama. Qué ridícula...&lt;br /&gt;-Lo dejaste como perrito.&lt;br /&gt;-Sí, hombre... -Estela esconde la cara entre las rodillas-. El pobre se puso como loco, me dijo que no lo dejara así, que aunque sea lo ayudara a venirse. Así que le quité el condón y me puse a darle al asunto hasta que se me durmió la mano. Y nada. No se vino.&lt;br /&gt;-Por la borrachera.&lt;br /&gt;Estela extiende el brazo para señalarme los cigarrillos. Prendo otro y se lo doy. Luego me hinco a su lado y la obligo a mirarme. Ella le echa un vistazo a mi erección y se ríe con ganas.&lt;br /&gt;-¡Eres un enfermo! -me dice.&lt;br /&gt;-Tú has de ser una santa.&lt;br /&gt;Bromeamos un poco y un rato después me acompaña a la puerta de su casa.&lt;br /&gt;-De seguro tardaste días en poder mirarlo a los ojos...&lt;br /&gt;-¿Días? ¡Fueron semanas! Un tarde fue a preguntarme qué me pasaba; le dije que no estaba bien lo que habíamos hecho, que a lo mejor habíamos echado a perder nuestra amistad, pero él se puso muy serio y me preguntó por qué había aceptado. Le dije que sentía por él un gran cariño, que en medio de la peda había entendido su necesidad, en fin, puros embustes. Y él se lo creyó. Me pidió el diario y escribió todo eso. Y a partir de ese día me trató como a una diosa; me pedía consejos para todo, me regalaba cosas, etcétera. ¿Y sabes qué es lo peor del caso? Que todas las noches me masturbaba pensando en él.&lt;br /&gt;-No existe la amistad -sentencio.&lt;br /&gt;Estela me abraza y recarga suavemente su mejilla en mi hombro.&lt;br /&gt;-Sí existe -dice muy quedo-. Pero todo lo que existe es una mentira.&lt;br /&gt;-Como nosotros.&lt;br /&gt;-Como nosotros. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114542659848827231?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114542659848827231/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114542659848827231&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114542659848827231'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291102/posts/default/114542659848827231'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/2006/04/confesin.html' title='Confesión'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-24291102.post-114491787488164337</id><published>2006-04-13T03:42:00.000-05:00</published><updated>2006-04-19T01:19:24.750-05:00</updated><title type='text'>Encuentros y desencuentros</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/1600/El%20lugar.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/417/164/320/El%20lugar.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La sabiduría de oriente a veces se equivoca: no hay honor en la derrota, mucho menos si el último en enterarse de que se ha librado una batalla eres tú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierta noche, Estela y yo salimos del hotel agotados y hambrientos. Habíamos estado en un lugar de la Roma, una de las colonias más antiguas de la ciudad de México y, antaño, el centro cultural de la capital. O sea que los cafés y restaurantes de la zona aún son sitio de reunión de sujetos culturosos a los que nadie les avisó que la comunidad intelectual hace ya tiempo que se mudó al sur. En fin. Ofrezco este detalle para que comprendas cuál era el ambiente que respirábamos en aquella ocasión. Mientras recorríamos las calles, tratando a toda costa de evitar las grandes avenidas poco propicias para el anonimato, nos topamos con un café de profundos claroscuros y una atmósfera que invitaba a la intimidad. Pese al hambre, decidimos que un americano y algún pastelillo no estaría mal para restablecer la calma y animar un poco esa charla que era un hábito de nuestras horas posteriores al sexo. Entramos y ocupamos una mesa en lo que hasta ese momento creíamos el rincón más ignorado del mundo. Pero en estos tiempos de la tan sobada aldea global, confiar en que aún existen lugares para esconderse es una idea no ingenua, sino estúpida. Apenas si habíamos depositado nuestros exhaustos traseros en la fría incomodidad del mobiliario minimalista, cuando sentí el vacío estomacal que es signo inequívoco del que está a punto de sufrir una tragedia personal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y lo era.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde el fondo del local, apenas a tres o cuatro mesas de la nuestra, varios pares de ojos nos observaban con inusual insistencia. De ninguno de aquellos rostros femeninos había registro en mi memoria, excepto de uno, el más inquieto, el más interesado, y ese, maldita sea mi suerte, le pertenecía a Liliana, la mejor amiga de mi esposa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Google hay un sitio de mapas satelitales. Al rato que tengas tiempo, me gustaría que buscaras una vista aérea del Distrito Federal. Verás que es un punto diminuto, casi una cagada de mosca en el centro de la República Mexicana. Haz un leve acercamiento que te permita verificar los límites de la ciudad; no los encontrarás: este antiguo valle, ayer orgullo de la civilización, es ahora un creciente nido de larvas, veinte millones de hediondas alimañas que se retuercen y se aplastan unas a otras como gusanos en orines calientes. ¡Veinte millones! Es posible que te haya ocurrido algo como esto: una mañana de invierno te despiertas y descubres que de la tierra coloidal del sueño te has traído un rostro: se trata de una persona que hace muchos años, quizá en la adolescencia, fue importante en tu vida. Como todo aquel que recuerda en forma vívida sus sueños, le atribuyes a ese rostro algo de magia, algo de advertencia, de señal. No pasa mucho tiempo antes de que te preguntes qué habrá sido de esa persona: ¿se casó?, ¿tuvo hijos?, ¿disfruta acaso de una alegre soltería?, ¿es posible que la desgracia le haya caído como un gol de último minuto?, ¿impartirá alguna desolada clase en la única primaria de un barrio populoso?, ¿será ejecutiva de banco, limpia pisos, cazadora de elefantes?, ¿habrá muerto? No, no lo crees: por extraño que parezca, son muchos los que consideran el fallecimiento como la última posibilidad, aunque sepan, ya lo he dicho antes, que en la vida del ser humano la muerte es la única certeza. Bueno, pues te bañas, te vistes, tomas un desayuno ligero, es posible que sea sábado, es posible que no tengas planes inmediatos. Con algo parecido a la nostalgia recuerdas que en algún lugar has guardado una tarjeta de cumpleaños, una carta roída por el tiempo, una fotografía. No entiendes bien a bien la razón, pero sabes que es necesario comprobar si ese rostro se parece al que te asedió en el sueño, o si la imaginación y los años le han metido mano a tu memoria. Así que corres al desván, al clóset o a ese rincón a donde van a parar las cosas que creemos inservibles pero que ninguno nos atrevemos a tirar a la basura, y al fin encuentras la carpeta, los apuntes, el viejo almanaque escolar. Y sí, ahí está ese rostro, de pronto demasiado infantil, demasiado ignorante de que ya pasó la era Reagan, de que la NASA se ha puesto a lanzar fuegos artificiales de millones de dólares, de que los CD’s, de que el Internet, de que las plasmas y las LCD, de que los blogs, de que el rock siempre no se murió; pero, sobre todo, ignorante de que hace apenas unas horas el sueño la trajo de regreso como aseguraba Einstein que le ocurriría a un viajero en el tiempo: rebosante de juventud, mientras que el mundo, y tú con él, ha seguido envejeciendo. Y suspiras, el tacto de una mano desobediente acaricia el brillo apagado del papel fotográfico y llega el momento en el que los recuerdos se sientan a tu lado. ¿Hace cuánto tiempo que no has visto a esa persona? ¿Quince, veinte años? Es difícil calcularlo. En esa magia estás cuando esa combinación numérica se concreta de pronto en tu memoria: es su teléfono, claro que lo es. Así que te arrastras hacia el aparato, descuelgas y de nuevo el índice desobediente se pone a trabajar. Un par de pulsos después, una voz femenina que no es la que esperabas te alcanza desde una distancia incierta. Titubeas un instante, pero al fin tus labios reproducen el nombre que hasta ese momento te habías negado a pronunciar. No, te dice aquella voz cansada de repetir un parlamento que se parece mucho a la eternidad: esa persona hace años que no vive ahí. O quizás no te responde una mujer, sino un hombre, joven o viejo, nada en el timbre de su voz te permite definirlo, y te dice que estás llamando a una ferretería, a una estación de gasolina o a un taller mecánico, y sí, efectivamente es ese el número, pero hace años que adquirió la línea y ya ni siquiera recuerda quién se la vendió. Cuelgas, derrotado, y te refugias a la sombra del árbol navideño. Y vuelves a recordar, y vienen a tu mente esos momentos de encuentros y desencuentros, siempre gente indeseable, rostros que alguna vez estuvieron frente a ti quién sabe dónde diablos, odiosos ex compañeros de oficina, un antiguo y ruidoso vecino, la amiga del amigo del amigo, o alguien que dice conocerte aunque tú sepas que jamás trabarías amistad con un sujeto de rostro tan abyecto, en fin, toda una fauna de personajes que quisieras olvidar pero que ahí siguen, acechándote, como si la ciudad se los tragara a veces y luego, asqueada, los escupiera en los lugares más inesperados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre terminas por encontrar a alguien, pero nunca a esa persona, nunca a ella. Fabiola podría ser el nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, a solas con tus recuerdos, inútiles recuerdos, resuelves que alguien ha estado jugando contigo y con todos los demás. Y que no ha jugado limpio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perdón por el paréntesis, pero de alguna forma tenía que darle tiempo a mi recuerdo para que recompusiera su expresión. Porque Liliana, decía, la misma Liliana que se juró amistad eterna con mi esposa desde los años escolares, estaba ahí, invadiendo el último rincón del mundo, y nos había visto, a mí y a Estela, y de pronto, como en el inicio de una pesadilla, se incorporó, se disculpó con sus acompañantes, se dirigió hacia nosotros. La penúltima de esas veinte millones de larvas a quien no debía encontrarme.&lt;br /&gt;Estela no comprendía el porqué de mi silencio repentino, de mi súbito autismo, así que me tomó del brazo y se asombró al ver que lo retiraba con un violento y nervioso movimiento.&lt;br /&gt;-Oye... -me dijo, pero se interrumpió al descubrir a la mujer que ya se había detenido a la orilla de la mesa.&lt;br /&gt;-Qué groserito, ¿eh? -reclamó la otra-. Desde que entraste te estoy haciendo señas y ni caso.&lt;br /&gt;-Hola -le respondí con un tono de castrati que ni ensayado-. En serio que no te había visto...&lt;br /&gt;-¿Ah, sí? Pues te juro que pensé que estabas a punto de saludarme. Hasta les dije a las muchachas que me esperaran tantito, pero te pasaste de largo.&lt;br /&gt;-No te vi -insistí. Y olvidé el español.&lt;br /&gt;-¿Y no vas a presentarme a tu amiga? -Liliana sonrió como lo haría una bruja parida por la imaginería febril de los Hermanos Grimm.&lt;br /&gt;Miré a Estela, luego a la intrusa, y otra vez a Estela. Pero seguía mudo. Por suerte, mi amante en turno ya había calculado el tamaño de la tragedia y reaccionó con rapidez:&lt;br /&gt;-Me llamo Estela -se presentó ella misma, ofreciéndole la mano, que Liliana estrechó al tiempo que decía su nombre.&lt;br /&gt;-Soy amiga de su esposa -añadió, señalándome con la mirada.&lt;br /&gt;-Mucho gusto -le respondió Estela y cruzó los brazos sobre la mesa-. Precisamente de su esposa estábamos platicando: este hombre no hace más que hablar de ella todo el día en la oficina.&lt;br /&gt;-¿O sea que trabajan juntos?&lt;br /&gt;-Por ahora sí. Ya sabes, caprichos de la empresa. Mañana se les antoja otro proyecto y ni modo: a planificar y a ingerir cafeína hasta en las horas de descanso.&lt;br /&gt;Liliana asintió con un gesto que podía significar: “Ya, ya, suficiente”, o: “¿Me crees pendeja o qué?”. Mejor lo primero que lo segundo, por más descortés que haya sido.&lt;br /&gt;-Y por cierto, ¿dónde se metió esa mujer? Ya tiene rato que no la veo. Con las ganas que tengo de platicar con ella...&lt;br /&gt;-El trabajo -reaccioné al fin-, el gimnasio; nunca se está quieta.&lt;br /&gt;Liliana me enterró la mirada en el corazón. Su rostro, de pronto inexpresivo, me hundió en la miseria. Fue un momento particularmente angustiante. Yo sabía perfectamente que en la corrupta maquinaria de su entendimiento estaba decidiendo si tragarse o no aquella farsa. Y sabía también que de esa decisión dependía el futuro de mi carrera como mezquino e infiel hijo de puta. No había ya nada que pudiera hacer: el balón estaba de su lado y sólo esperaba que el contragolpe no fuera letal.&lt;br /&gt;-Hazme un favorzote -dijo al cabo de unos segundos, recuperando el cinismo de su sonrisa-: Dile que me llame, no importa la hora que sea. No hemos hablado en años y ya es justo que esa mujer y yo nos vayamos de juerga.&lt;br /&gt;-No te apures -suspiré-, mañana a primera hora la tendrás al teléfono. Tenlo por seguro.&lt;br /&gt;-Y bueno -dijo Liliana finalmente-, los dejo en paz con sus proyectos. Fue un placer. -Y nos miró a los dos con el gesto satisfecho de una arpía que limpia la sangre de su espada.&lt;br /&gt;Sólo entonces se alejó, contoneando un culo que, no está de más aclararlo, siempre se me ha antojado.&lt;br /&gt;Una vez que estuvimos solos, Estela y yo nos interrogamos mutuamente: “¿Y ahora que chingados hacemos?”&lt;br /&gt;-Hay que largarse de aquí -consideré-. Y hay que hacerlo ya.&lt;br /&gt;-Espérate tantito -me atajó Estela-. Ni siquiera hemos ordenado. Mejor nos quedamos un rato, nos tomamos un café y hablamos como si nos acabáramos de conocer.&lt;br /&gt;-Ya sé -le dije, ignorándola-. Vamos a ordenar; luego finjo que me llaman por teléfono, nos despedimos y me voy corriendo. Te espero a dos calles de aquí, en el camellón de Alvaro Obregón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sentí como un KGB en tiempos de la guerra fría, oteando el derredor mientras la esbelta figura de Estela progresaba hacia el sitio en que me había guarecido.&lt;br /&gt;-La muy perra no me quitó los ojos de encima hasta que salí.&lt;br /&gt;Ese fue el saludo del reencuentro.&lt;br /&gt;Caminamos en silencio en la noche invernal. Nos despedimos con un beso en la mejilla. La vi descender la escalinata de la estación del Metro y busqué un taxi, confiando en que el rumor del auto supiera de pretextos.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/24291102-114491787488164337?l=retratodelinfiel.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://retratodelinfiel.blogspot.com/feeds/114491787488164337/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=24291102&amp;postID=114491787488164337&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/24291
